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In Memoriam: Anita Ekberg.

La actriz sueca Anita Ekberg, famosa por su baño en la Fontana di Trevi en «La dolce vita», ha fallecido en Roma este 11 de Enero de 2015 a los 83 años de edad.

Hija de un estibador, Kerstin Anita Ekberg Marianne nació el 29 de septiembre de 1931 en Malmöe y era la sexta de ocho hermanos. Con sus curvas exuberantes y su pelo rubio desde muy joven llamó la atención por su físico y en 1951 resultó elegida Miss Suecia. Tras presentarse al certamen de Miss Universo que no ganó, se lanzó a la aventura americana y tras trabajar cinco años en Hollywood en papeles menores, recibió el Globo de Oro (1955) a la Mejor Actriz por su papel en «Callejón sangriento», de William A. Wellman.

En la década de los años 50 se convirtió en icono y objeto de fantasías por su papel como Silvia en la legendaria película de Fellini «La Dolce Vita» junto a Marcello Mastroianni, considerada una de las obras maestras del neorrealismo italiano y una pieza fundamental en la historia del cine. La voluptuosa actriz se convirtió en símbolo sexual de toda una generación sobre todo desde la memorable escena en la que aparece dentro del agua de La Fontana di Trevi mientras invita a Marcello (Marcello Mastroianni) a entrar con ella al grito de “Marcello, come here”. (Ver secuencia en YouTube)

La carrera cinematográfica de esta actriz tomó impulso gracias a títulos como «Cómicos en París» (1955) y «Loco por Anita» (1956), en los que trabajó junto a Dean Martin y el cómico Jerry Lewis. En «En Guerra y Paz» (1956), la actriz y modelo interpretó a Helene Kuragina junto a estrellas del calibre de Audrey Hepburn y Henry Fonda. «Cuatro tíos de Texas» (1963) le permitió trabajar junto al célebre Frank Sinatra en el lejano oeste. Más poética se puso con «Bocaccio’70», adaptación del Decamerón. Menos afortunada fue su participación en «La monja homicida» (1979), junto a Joe Dallesandro. También trabajó bajo la dirección de Bigas Luna en «Bámbola» (1996), la cinta en la que interpretaba a Mamma Greta, la madre de Valeria Marini. Como curiosidad, la actriz estuvo a punto de convertirse en la primera chica Bond, pero el papel se lo quedó Ursula Andress.

Ekberg, que se casó dos veces, con los actores Anthony Steel y Rik Van Nutter, había sido noticia en los últimos años por sus serios problemas económicos. En 2011 lo perdió todo, después de que unos ladrones provocasen un incendio en su casa. Ekberg tuvo que solicitar ayuda a la Fundación Fellini y desde entonces vivía en una residencia de ancianos de Roma, con lo poco que recibía de asuntos sociales. Llevaba varias décadas sin pisar su Suecia natal, porque consideraba que allí nunca la tomaron en serio. Hasta su muerte, dedicaba gran parte de su tiempo a preparar sus memorias. Perdió la movilidad por sus problemas de cadera quedando postrada en una silla de ruedas, pero eso no impedirá que sigamos recordándola por siempre empapada y pidiendo a su Marcello que le acompañara en el baño público más mítico de la Historia del cine. In Memoriam:

Fotogaleria: La belleza y la sensualidad de Anita Ekberg.
Galería homenaje a Anita Ekberg.

Más información: El País.comEl Mundo.esABC.esCinemania │Fotogramas

In Memoriam: Rod Taylor.

El actor australiano Rod Taylor (Sídney,1930), quien saltó a la fama internacional tras protagonizar la película de Alfred Hitchcock “Los pájaros”, falleció el pasado 7 de enero de 2015 en su casa de Los Ángeles a los 84 años de edad, de un infarto al corazón.

Rodney Stuart Taylor fue una de las grandes estrellas del cine de Estados Unidos, con más de 50 películas y una docena de series de televisión que le auparon al estrellato en el Hollywood clásico.

Su papel más recordado es el de Mitch Brenner, protagonista de la pelicula de Alfred Hitchcock “Los Pájaros (1963).El tiempo en sus manos(1960), de George Pal y basada en la novela de H.G.Wells “La máquina del tiempo“, fue otra de sus películas más célebres, junto con “The V.I.P.s” (1963), donde coincidió con Elizabeyh Taylor y Richard Burtona, “Un domingo en New York” (1963) junto a Jane Fonda, “Por favor, no molesten” (1965) y “Una sirena sospechosa” (1966), ambas en compañía de Doris Day, “Chuka” (1967) yLadrones de Trenes” (1973), su último papel importante en la gran pantalla. Disney también contó con Taylor en la versión animada original de “101 Dálmatas(1961), donde puso la voz al personaje de Pongo.

Su última actuación en el cine fue en el papel de Wiston Churchill en la película “Malditos Bastardos(2009) de Quentin Tarantino, con la que obtuvo un premio del Sindicato de Actores.

Además, el actor australiano comenzó su carrera en la televisión en la década de los 50. Participó en la serie “Studio 57” y en el western “Cheyenne. También apareció en un episodio deLa dimensión desconocida(The Twilight Zone). Con su participación en la serie de la ABHong-Kong, que protagonizó en 1960, fue considerado el actor mejor pagado de una serie, al percibir 3.759 dólares por episodio.

En los 70 regresó a la televisión para formar parte en la serieDos contra el mundoLa caravana de Oregon(The Oregon Trail). También participó en la breve serie de espías, “Mascarada. Sus últimas apariciones catódicas incluyen Falcon Crest, como Frank Agretti, “Se ha escrito un crímen” y “Walker, Texas Ranger

Casado con Carol Kikumura, Taylor fue en su juventud un soltero muy codiciado. Tuvo romances con France Nuyen y Anita Ekberg. Estuvo casado con la modelo Peggy Williams desde 1951 hasta 1954 y luego, con otra modelo, Mary Hilem, desde junio de 1963 a 1969, a quien conoció en una fiesta dada por su amigo Kirk Douglas. Su hija Felicia lo recuerda así: “Ser actor era su pasión. Consideraba a la actuación como un arte honorable y sin el cual no podía vivir“.

In Memoriam.

In Memoriam: Luise Rainer.

La actriz Luise Rainer, de origen judío-alemán pero nacionalizada estadounidense y residente en Londres, ha muerto este martes 30 de diciembre de 2014 a los 104 años de edad a causa de una neumonía.

Rainer nació el 12 de enero de 1910 en Viena, (Austria), según su entrada en el libro de referencias “Who’s Who”, aunque algunas fuentes citan su lugar de nacimiento como Dusseldorf, Alemania. Comenzó a actuar de adolescente a las órdenes del innovador director austriaco Max Reinhardt y apareció en varias películas alemanas. A mediados de la década de 1930 fue descubierta por un cazatalentos de Metro-Goldwyn Mayer y se trasladó a Hollywood. Su primera cinta estadounidense pasó sin causar sensación, pero sus siguientes papeles la convirtieron en una estrella.

Con sus grandes ojos y sus elegantes pómulos, Rainer se ganó la inmortalidad en Hollywood al convertirse en la primera mujer en obtener el Oscar a la mejor actriz en dos ocasiones consecutivas, en 1936 y 1937 con “El gran Ziegfel” [YouTube Link] y “La buena tierra” [Official Trailer y The Good Earth]. En total, solo cinco actores o actrices han alcanzado ese doblete en la historia de los Premios de la Academia estadounidense (Spencer Tracy, Katharine Hepburn, Jason Robards y Tom Hanks).

Esos trofeos marcaron la cumbre de su carrera, que declinó tan rápido que muchos la consideraron una de las primeras víctimas de lamaldición de los Oscar“. Escribió: 

“Por mi segunda y tercera películas gané el premio de la Academia. Nada peor pudo pasarme. El Óscar no es una maldición. La verdadera maldición es que una vez ganado el Óscar piensan que uno puede hacer de todo.

Después de un desacuerdo con MGM por falta de libertad artística y de salir perdiendo contra Ingrid Bergman en la cinta Por quién doblan las campanas, rompió el contrato con la productora y afirmó:

Era una máquina, una herramienta en una gran, gran fábrica, y no podía hacer nada. Así que me fui. Simplemente me fui”.

Luchó con su estudio por el control de su carrera, dejó Hollywood por Nueva York y sufrió un breve e infeliz matrimonio con el dramaturgo Clifford Odets. Para principios de la década de 1940, su fama prácticamente había terminado.

Tras una última película en Hollywood,Hostages”, en 1943, pasó la mayor parte de su tiempo en Inglaterra. Hizo apariciones ocasionales en cine y televisión, incluyendo un episodio de “The Love Boat” (conocida en algunos países como “El Crucero del Amor” o “Vacaciones en el mar”) en 1984. No obstante, muchos años después volvió efímeramente al cine para participar en una adaptación deEl jugadorde Fedor Dostoievski, estrenada en 1997.

In Memoriam.

In Memoriam: Virna Lisi.

La actriz italiana Virna Lisi, una de las musas de la cinematografía italiana durante la década de 1960, falleció el pasado 18 de diciembre de 2014 en Roma a los 78 años de edad. Fue una de las actrices más emblemáticas de la tradición cinematográfica italiana. Entre sus reconocimientos se cuentan 6 Lazos de Plata del Sindicato Nacional de Periodistas Cinematográficos de Italia (SNGCI), el premio a la mejor actriz en Cannes 1994 por La Reina Margot de Patrice Chéreau y 2 David de Donatello.

Virna Pieralisi, su nombre real, nació en Ancona (centro de Italia) el 8 de septiembre de 1937 aunque más tarde se trasladó a la capital italiana junto con su familia. Entre 1954 y 1956 trabajó en varias películas de escasa calidad hasta ser requerida por Francesco Maselli quien le ofreció su primera oportunidad importante en La mujer del día.

En 1962 fue contratada por Joseph Losey para la película Eva, con a Jeanne Moreau y Staley Baker y al año siguiente rodó El tulipán negro, junto a Alain Delón, en España.

La conquista de Hollywood fue su siguiente objetivo, donde llegó a ser considerada como la nueva Marilyn Monroe por su característico pelo rubio. Allí intervino en producciones como Asalto al Queen Mary (1966) con Anthony Franciosa y Frank Sinatra o Cómo matar a la propia esposa (1964) junto a Jack Lemmon. Por aquel entonces, Lisi conformaba, junto a Sofía Loren y Claudia Cardinale, el trío más cotizado de Italia.

Su carrera profesional no se limitó al cine sino que también trabajo en el teatro o en la televisión y en este último medio alcanzó un enorme reconocimiento. En 1969 trabajó en Otelo de Enrico María Salerno y años más tarde interpretó a la hermana del filósofo Nietzsche en Más allá del bien y del mal.

Alcanzó un gran reconocimiento por su trabajo en la serie televisiva La vida continúa, de Dinno Rissi, considerada la “Dallas italiana” por reflejar la evolución de una familia burguesa.

En su nómina como actriz figuran más de 50 películas, entre las que destacan Casanova ’70  (1965) de Mario Monicelli, Una virgen para el príncipe de P.F. Campanile, Señoras y señores (1966) de Pietro Germi o La hora 25, su mayor éxito en Hollywood.

Su deceso se produce 15 meses después de que falleciera el hombre con el que estuvo casada durante 53 años, Franco Pesci, el 23 de septiembre de 2013.

In Memoriam.

Lo que el viento se llevó cumple 75 años.

 

La película Gone With the Wind, o como se la conoce en castellano “Lo que el viento se llevó“, cumple hoy 75 años desde su estreno el 15 de diciembre de 1939 en Atlanta (Georgia, EE.UU.), una cita apoteósica con la gran pantalla que puso un broche de oro a los años de tortuosa producción que conllevó uno de los rodajes más ambiciosos realizados en Hollywood.

Tras un rodaje de más de dos años, 15 guionistas, 50 actores, 2.400 extras, cinco directores (sólo Víctor Fleming aparece en los créditos) y una actriz protagonista elegida entre más de 1.400 candidatas (Katherine Hepburn, Joan Crawford, Lana Turner y Paulette Godard), el largometraje, basado en la novela homónima Gone with the Wind (1936) de Margaret Mitchell (la única que publicó), ganadora del Premio Pulitzer en 1937, posee la esencia del éxito. Sólo así se explica que una película maniquea, racista y retrógada continúe siendo mítica 75 años después.

El filme forma parte de la cultura popular con frases icónicas que repiten, incluso, quienes nunca se han sentado a ver las cuatro horas que dura esta historia de amor imposible entre Scarlett OHara  (Vivien Leigh) y Rhett Butler  (Clark Gable) en los albores de la Guerra de Secesión de EE.UU. Y tras unas mil páginas y 238 minutos de metraje, finalmente… ¡no acaban juntos!. Cuando ella le confiesa su amor, él responde con la ya famosa: “Francamente querida, me importa un bledo”. Eso sí, la novela termina con un mensaje de optimismo:

«Pensaré en todo esto mañana, en Tara. Allí me será más fácil soportarlo. Sí: mañana pensaré en el medio de convencer a Rhett. Después de todo, mañana será otro día.».

 

 

En la novela: “Ahora que el primer acceso de su indignación contra Rhett y sus insultos se habían calmado, empezó a echarlo de menos, y lo echaba de menos más vivamente cada día que pasaba sin haber recibido noticias suyas. El odio, la ira, el corazón destrozado, el orgullo herido, habían cedido lugar a la depresión, que llegó a saciarse en todo ello como el cuervo se sacia de carroña. Lo echaba de menos, echaba de menos su gracia para contar anécdotas que la hacían reír como loca, la mueca sarcástica quereducía las penas a su valor estricto; echaba de menos hasta sus burlas, que la heríanhaciéndole replicar indignada. Pero más que nada, echaba de menos el tenerlo a su lado para poder ella también contarle sus cosas. Para esto Rhett no tenía precio. Podía contarle sin avergonzarse y con orgullo cómo había arrancado el pellejo a la gente, y él aplaudiría. Y, si se le ocurría contar estas cosas a otras personas cualesquiera, se escandalizarían”

Vivian Leigh trabajó 125 días en la película y ganó 25.000 dólares. Clark Gable trabajó 75 y se embolsó 120.000

 

En la novela, Escarlata dice: “Estoy cansada de ser poco natural todo el rato y no poder hacer lo que quiero. Estoy cansada de actuar como si no comiese más que un pajarito, estoy cansada de caminar cuando quiero correr o decir que me siento débil después de un vals, cuando podría bailar dos días seguidos y no cansarme”.

“Estoy cansada de decir ¡Qué maravilloso eres! a hombres que son idiotas y que no tienen la mitad de inteligencia que yo tengo. Estoy cansada de hacer ver que no sé nada, y así los hombres podrán decirme las cosas y sentirse importantes mientras lo hacen”.

Rhett a Escarlata: “Y ahora que eres tan rica puedes mandar a todo el mundo al diablo como siempre has dicho que querías hacer”.

Escarlata: “¿Te has olvidado de lo que es vivir sin dinero? Me he dado cuenta de que el dinero es la cosa más importante del mundo y no estoy dispuesta a que me vuelva a faltar.”

A Clark Gable no le gustó la película (la que le hizo más famosos) y siempre dijo que era “una película para mujeres”.

“Yo no le pido que me perdone, yo mismo no me comprendo ni me perdonará nunca, y si una bala me alcanza, Dios no lo quiera, me reiré de mi propia estupidez, Sólo sé y comprendo una cosa, y es que te quiero Scarlett, pese a tí y a mí y a ese mundo que se desmorona a nuestro alrededor, te quiero. Porque somos iguales, dos malas personas, egoístas y astutos, pero sabemos enfrentarnos con las cosas y llamarlas por sus nombres.”

En un principio, en la novela original, Melania Hamilton, que representaba la bondad, debía ser la protagonista, pero el personaje de Escarlata, con su irritable narcisisimo y seductora crueldad, acabó ganando terreno.

“Aquí está este soldado del Sur que te ama, Scarlett. Que quiere sentir tus brazos alrededor suyo, que quiere llevarse el recuerdo de tus besos a la batalla con él. No te preocupes por amarme. Eres una mujer que envía un soldado a la muerte con un hermoso recuerdo. Scarlett, bésame. Bésame, una vez”.

Durante el rodaje, Vivian Leigh fumó cuatro paquetes de cigarrillos al día.

 

Rhett a Escarlata: “Eres como el ladrón que no siente las más mínima culpa por lo que robó, pero que se siente terriblemente culpable por ir a prisión”.

George Cukor debía haber sido el director de la película, de hecho, estuvo un año trabajando en la preproducción de la cinta. Pero el productor David O. Zelnick lo despidió por ser homosexual. Cukor siguió ensayando con Leigh los fines de semana durante el rodaje.

En el libro: “De repente, a Scarlett la acometieron deseos de echarse a llorar, de tenderse en la cama y sollozar interminablemente. Rhett no había cambiado, nada había cambiado, y ella había sido una estúpida, una idiota, ana candida, dejándose engañar, creyéndose que él la quería. Todo había sido una de sus repugnantes bromas de borracho. La había cogido y había abusado de eÜa estando borracho, exactamente igual que hubiera hecho con cualquier mujer de casa de Bella. Y ahora volvía insultante, sardónico, inaccesible. Devoró sus lágrimas y se rehízo. Él no debía saber nunca, nunca, lo que ella había llegado a pensar. ¡Cómo se reiría si lo supiese! No, no lo sabría jamás. Lo miró de repente y sorprendió la vieja expresión tan desconcertante. Era una expresión expectante, aguda, ansiosa, como si dependiera de sus palabras, como si esperase que fueran lo que él deseaba. ¡Como que iba a ser tan tonta para decirle algo de que pudiera reírse!”.

Francamente, querida, me importa un bledo.

Elegida en 2005 la frase más memorable de la historia del cine por The American Film Institute’s y una de las primeras con una grosería en su contenido.

“A Dios pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!”.

Montgomery Clift: combate contra la máscara.

Tenía los ojos grandes, grises, hipnóticos. Con una sola mirada podía expresar inteligencia, desesperación, cualquier anhelo o íntimo deseo en sucesiones rápidas, a veces superpuestas. Ese fue su poder. Hay que recordar la forma con que fijó sus ojos en Shelley Winters antes de asesinarla o la mirada de reojo llena de fascinación y de asombro al ver por primera vez a Elizabeth Taylor en la película Un lugar en el sol. Montgomery Clift era aquel soldado yanqui de Los ángeles perdidos, que salvó a un niño alemán extraviado entre los escombros de Berlín para devolverlo a la civilización, como una metáfora de la paz. Era aquel cura de Yo confieso, dispuesto a guardar contra la propia condena el nombre del asesino que le fue revelado bajo el secreto de confesión. Era aquel joven elegante y suave, que esperaba a Olivia de Havilland con una expresión ambigua de cazadotes enamorado al pie de la escalera de su mansión de Washington Square, en la película La Heredera. Era aquel marine obstinado que se negaba a boxear y que hizo sonar su corneta en un estremecedor toque de silencio en De aquí a la eternidad. No había en Hollyvood ningún actor al que le sentara tan bien el esmoquin, la sonrisa hermética y un whisky en la mano. Monty era tan condenadamente real en la pantalla -decía Fred Zinnemann- que la gente no creía que fuese un actor profesional. Todas las convulsiones del espíritu siguieron aflorando en sus ojos, aun después del accidente de automóvil que destruyó su bello e impenetrable rostro, pero el feroz combate entre su alma y la máscara había comenzado.

En aquel tiempo era el actor que disputaba el primer puesto a Marlon Brando. Los dos habían pasado por Actor’s Studio. Cuando coincidían en las reuniones se creaba una gran expectación -decían las muchachas de la academia-. No sabían a quien de los dos mirar primero. “Marlon poseía un magnetismo animal y las conversaciones cesaban cuando se acercaba a un grupo; Monty, por su parte, era la elegancia personificada”. Los dos se vigilaban de cerca, se admiraban. Monty fue el primero en negarse a las normas de Hollywood que pretendían encasillarlo como un héroe romántico convencional.

El éxito suele ir acompañado primero de ansiedad, después llegan el insomnio, las pastillas, Nembutal, Doriden, Luminal, Seconal, las drogas potenciadas por el alcohol y finalmente aparece la atracción del abismo, que es la adicción más potente. Este trayecto lo recorrió Montgomery Clift a conciencia. Exhibía su homosexualidad como una sofisticada herida. “No lo entiendo, en la cama quiero a los hombres, pero realmente amo a las mujeres”, decía. Con Elizabeth Taylor mantenía una relación íntima, en absoluto sexual. Al principio era suavemente alcohólico, suavemente drogadicto, con el control suficiente para atemperar la presión de la fama. Y estaba en la cumbre cuando se le atravesaron los dioses en su camino. Sucedió en el amanecer del 12 de julio de 1956, después de una cena en la mansión de Liz Taylor en Coldwater Canyon, Malibú, adonde Monty había acudido con desgana, sin afeitarse siquiera, después de haber recibido cinco llamadas de su amiga que insistía en verle aquella noche. Había muchos amigos. Allí estaba Rock Hudson, Kevin McCarthy, Jack Larson. Bebieron. Pusieron discos de Sinatra y de Nat King Cole. Bailaron. De madrugada la bruma que ascendía del océano hasta las colinas de Bell Air se enroscaba en la tortuosa carretera de bajada hasta Sunset Boulevard. Después de la fiesta Monty, bastante bebido, se sentía incapacitado para llegar a casa si el coche de Kevin McCarthy no iba delante para guiarlo. Hubo un momento en que su amigo vio por el retrovisor una nube de polvo. Monty había tenido un accidente. Kevin retrocedió en su ayuda. Llamó a Liz Taylor. Cuando llegaron los amigos al lugar del siniestro, a la luz de los faros encontraron la carretera llena de vidrios, el coche empotrado en un poste de teléfonos y el rostro de Monty aplastado contra el salpicadero. Liz Taylor trepó hasta el interior del vehículo, puso la cabeza de Monty sobre su regazo y la sangre le manchó el vestido de seda. Estaba vivo, pero tenía la nariz rota, la mandíbula destrozada, una profunda herida en la mejilla izquierda y el labio superior partido. Le habían saltado varias muelas y Liz tuvo que extraerle el resto de la dentadura incrustada en la garganta para que no se asfixiara.

Montgomery Clift sobrevivió al accidente y aun vivió diez años más, incluso un día le regaló a su amiga uno de aquellos dientes como recuerdo, pero realmente su muerte se produjo aquella noche mientras se desangraba en el regazo de Liz Taylor. En ese tiempo estaban rodando juntos El árbol de la vida, una película sobre la guerra de Secesión, en la que la Metro había invertido cinco millones de dólares, su presupuesto más elevado hasta entonces. El rodaje iba ya por la mitad cuando ocurrió el accidente. Monty se convenció a sí mismo de que podía seguir. Si había perdido su hermoso aspecto, tendría que acomodarse a su nuevo rostro, eso era todo. La película se terminó ocultando las cicatrices de la frente, la parálisis de su mejilla izquierda, el labio superior partido. Toda la magia había pasado a poder de los maquilladores. En algunos planos aparecía todavía el antiguo ángel, en otros asomaba ya el futuro demonio. Seguiría siendo un excelente actor. Después rodó otras películas de éxito, El baile de los malditos, Río salvaje, Vencedores y vencidos, Vidas rebeldes. Al principio se consoló pensando que todos los dioses de mármol extraídos de cualquier ruina también tenían la nariz rota, la boca partida y la mandíbula destrozada y, no obstante, seguían siendo dioses.

El bello Monty Clift vivió hasta su muerte sin espejos, en casas con cortinas negras en las ventanas. En su camino hacia la destrucción necesitaba el alcohol cada día más duro, las drogas más fuertes, los amantes más perversos y también los cirujanos plásticos más diabólicos. En la bajada al infierno tuvo dos guías. Uno era Giles, un joven francés de 26 años, esbelto, de ojos rasgados, diseñador, modelo, que le proporcionaba chicos del coro y atendía todos sus vicios hasta llevarlo al final de un largo camino de depravación al Dirty Dick’s, un antro de la calle Christopher, famoso entre homosexuales portuarios, marineros y matarifes del mercado de la carne. En el Dirty Dick’s había que apartar una cortina pesada, grasienta para entrar en un cuartucho oscuro donde sobre una mesa de quirófano se tendía Montgomery Clift para que unos rufianes, travestis con trajes de cuero, le escupieran, lo golpearan y orinaran sobre su rostro. Había una confusión de gritos como de pelea de gallos con apuestas, a la que solo le faltaba una llamarada partida por una carcajada del diablo. La policía acudía a alguno de sus amigos. “Sáquenlo de ahí. Nosotros no podemos hacer nada sin un mandamiento judicial”. Cuando los amigos llegaban para rescatarlo, los curiosos que asistían a aquella representación gritaban que no se lo llevaran.

Otro conductor hacia el infierno se llamaba Manfred Von Linde, un cirujano sospechoso de haber matado a su mujer, un miembro falsario de la nobleza, barbilampiño, acompañante de viudas millonarias a bailes de sociedad, quien proporcionaba cadáveres a un famoso gabinete funeral de homosexuales de la Sexta Avenida. Allí por 50 dólares se podía tener relaciones íntimas con un fiambre exquisito. Este cirujano plástico operó el rostro de Monty en distintas sesiones en busca de su alma. No la encontró. Freud, dirigida por John Huston, fue una de sus últimas películas. Nunca nadie interpretó como este actor la lucha del inconsciente contra la propia máscara.

Montgomery Clift: combate contra la máscara. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 27.08.2011.

John Huston: escapar y no volver nunca a casa.

Su vida fue esnob y salvaje, llena de talento y de fascinación. Su momento estelar fue haber dado la cara para salvar a sus amigos a costa de jugarse el pellejo. La mitología entre la literatura y el cine hizo síntesis con este cineasta en Vidas rebeldes.

En la biografía de un escritor hay un momento en que la fascinación por la literatura se une e incluso se rinde a la mitología del cine. A los 16 años un día me escapé de casa en tren a Valencia. Fue una huida corta, un vuelo gallináceo que duró 24 horas con una sola noche. Después de perderme por las calles nocturnas de la ciudad, de colarme en algunos garitos, de ir al circo americano en la plaza de toros me metí en el cine cuya fachada tenía los cartelones más grandes y en ellos a todo color aparecía un enano con monóculo de cordoncillo y unas bailarinas de cancán con los pololos encabritados en el aire. Era Moulin Rouge, de John Huston. Desde entonces este director se erigió en uno de los fantasmas de mi libertad. Lo llevo asociado a un sabor de fugitivo, de estar fuera de la autoridad moral del padre y al castigo que me esperaba al volver al hogar. Con el tiempo adoré también a Toulouse-Lautrec, interpretado por José Ferrer, como el pintor que sirvió de gozne a la pintura moderna, a quien Picasso le robó la inspiración. Son experiencias que solo se aprenden en pecado. Ninguna Isla del Tesoro me proporcionó tantos latidos convulsos en las sienes como aquella fuga que recaló de madrugada en la cama de una pensión maloliente de la calle Pelayo, junto a la estación, donde dormí en la misma habitación con un borracho que era un viajero de paso.

La terraza de casa en el pueblo daba a un jardín de balneario donde se había instalado el cine de verano. En aquellas noches calmas de los años cincuenta bajo las estrellas la sonoridad era perfecta, todas las pasiones, los tiros, los gritos, los susurros de amor de los personajes me llegaban muy nítidos, pero subido a un pequeño pilón desde la terraza solo se podía ver poco más de media pantalla. Todas las películas prohibidas por la censura para los menores de edad las vi agazapado, una mitad con imágenes y otra mitad con la imaginación. Cuando Glenn Ford le arrea la bofetada a Gilda me quedé sin ver la mano, solo pude intuir su chasquido cuando ella vuelve el rostro y nada más. Otro filme que marcó uno de aquellos veranos en que tumbado en una hamaca leía Crimen y castigo fue Un lugar en el sol, también desde la terraza de casa. Montgomery Clift, en esmoquin, jugaba al billar a solas en un salón y Elizabeth Taylor rondando la mesa trataba de seducirlo. Ella se sumergía alternativamente en la mitad invisible de la pantalla y yo oía su voz insinuante que me obligaba a recrear su boca, sus ojos, su rostro pronunciando cada palabra y él pasaba a la oscuridad de la celda antes de ir a la silla eléctrica. A la luz del día leía a los rusos, a Camus, a Gide, pero ninguna fantasmagoría literaria me proporcionaba el morbo de saltar de la cama de noche cuando mis padres ya estaban dormidos y en pijama con pasos blandos esconderme en la terraza para ver partidas en dos todas las películas prohibidas, los gritos ensangrentados de Jennifer Jones en Duelo al sol, las metralletas de la noche de San Valentín, el huracán de Cayo Largo. Otra vez John Huston. Me fascina todavía la vida apasionante de este cineasta. Cuenta en sus memorias: “Tuve cinco esposas: muchos enredos, algunos más memorables que los matrimonios. Me casé con una colegiala, una dama, una actriz de cine, una bailarina y con un cocodrilo“. Se dedicó a la caza, a apostar en el hipódromo, a criar caballos de pura raza, a coleccionar pintura, a boxear, a escribir, a interpretar y dirigir más de setenta películas. De hecho en mi mitología, antes de comprarme una trinchera parecida a la de Albert Camus yo quería ser como John Huston hasta el punto de que recién llegado a Madrid, antes de recalar en el café Gijón fui a la Escuela de Cinematografía de la calle Montesquinza para inscribirme en el examen para director de cine. Me recibió un ser con babuchas a cuadros que se estaba comiendo un bocadillo de tortilla. Nunca sería John Huston si permanecía un minuto más en aquel lugar.

Llegó un momento en que no tenía claro si debía gustarme más leer El extranjero de Camus o Santuario de Faulkner que ver El Halcón Maltés, La Reina de África, El tesoro de Sierra Madre o El juez de la horca en el cineclub. Sabía que un director de cine conocía a sus personajes de carne y hueso, mandaba sobre ellos, los manipulaba, los soportaba o admiraba, sabía de sus pasiones dentro y fuera de la pantalla. El cine se había apoderado de los sueños de la sociedad. Cuando en una película Clark Gable se quita la camisa y aparece con el torso desnudo se hundieron las empresas que fabricaban camisetas interiores. Hubo de sacar a Marlon Brando con una camiseta ceñida y sudada para que pudiera recuperarse la bolsa textil. Eso nunca lo hará un libro, pensé.

Pero sobre todo estaba John Huston. La mitología entre la literatura y el cine hizo síntesis con este cineasta cuando dirigió Vidas rebeldes. Marilyn Monroe ya era una muñeca derruida. Venía de los brazos cada vez más cansados de Arthur Miller. Llegaba al rodaje atiborrada de pastillas, sin ducharse, con el pelo grasiento y todo daba a entender que estaba en el tramo final con vistas ya al abismo. Arthur Miller había escrito el guión de aquella película para salvar su amor. Fue inútil. Bajo la dirección de John Huston estaba también Montgomery Clift con el rostro partido por la cicatriz de un accidente de automóvil, neurótico, alcoholizado, a punto de reventar como los caballos salvajes que llenaban la pantalla. Pero el primero en morir, apenas terminado el rodaje, fue Clark Gable, al que se le reventó el corazón. Poco después el nembutal terminó con Marilyn mientras se balanceaba hasta el pie de la cama el cordón del teléfono de la última llamada sin respuesta, que dio origen a la leyenda del asesinato. Montgomery no tardó en acompañarles. John Huston les sobrevivió solo para poder dirigir ya en silla de ruedas y con un gotero en el antebrazo su obra maestra en homenaje a un genio de la literatura, su paisano irlandés James Joyce, su cuento ‘Los muertos‘, de la obra Dublineses. Aquella cena de Navidad. Aquella canción que removió los posos del sentimiento de Greta. Su recuerdo de su primer amor de aquel adolescente en Galway. Los celos de su marido Gabriel en la habitación del hotel Gresham. La nieve que caía sobre toda Irlanda. Sobre todos los vivos y los muertos. La vida de John Huston había sido esnob y salvaje, llena de talento y de fascinación. Su momento estelar fue el haberse plantado ante la comisión del senador y haber dado la cara para salvar a sus amigos a costa de jugarse el pellejo. Después de dirigir La Noche de la Iguana con Ava Gardner en Puerto Vallarta, en México, se quedó a vivir en medio de la selva entre boas y mosquitos en una cabaña solitaria adonde no se podía acceder sino en canoa. Prometo que en la otra vida, si me vuelvo a escapar y veo Moulin Rouge, ya no volveré a casa. Haré lo imposible por parecerme siquiera al dedo gordo del pie de John Huston aunque solo sea porque fue el primer contacto que produjo en mi imaginación entre los fantasmas que nacen de la psicosis del escritor y los personajes reales que se vuelven fantasmas en la pantalla.

Jonh Houston: escapar y no colver nunca a casa. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 30.04.2011.


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