Algún día en alguna parte

Montgomery Clift: combate contra la máscara.

Posted in Cine, Personajes by Alguien on 27 agosto 2011

Tenía los ojos grandes, grises, hipnóticos. Con una sola mirada podía expresar inteligencia, desesperación, cualquier anhelo o íntimo deseo en sucesiones rápidas, a veces superpuestas. Ese fue su poder. Hay que recordar la forma con que fijó sus ojos en Shelley Winters antes de asesinarla o la mirada de reojo llena de fascinación y de asombro al ver por primera vez a Elizabeth Taylor en la película Un lugar en el sol. Montgomery Clift era aquel soldado yanqui de Los ángeles perdidos, que salvó a un niño alemán extraviado entre los escombros de Berlín para devolverlo a la civilización, como una metáfora de la paz. Era aquel cura de Yo confieso, dispuesto a guardar contra la propia condena el nombre del asesino que le fue revelado bajo el secreto de confesión. Era aquel joven elegante y suave, que esperaba a Olivia de Havilland con una expresión ambigua de cazadotes enamorado al pie de la escalera de su mansión de Washington Square, en la película La Heredera. Era aquel marine obstinado que se negaba a boxear y que hizo sonar su corneta en un estremecedor toque de silencio en De aquí a la eternidad. No había en Hollyvood ningún actor al que le sentara tan bien el esmoquin, la sonrisa hermética y un whisky en la mano. Monty era tan condenadamente real en la pantalla -decía Fred Zinnemann- que la gente no creía que fuese un actor profesional. Todas las convulsiones del espíritu siguieron aflorando en sus ojos, aun después del accidente de automóvil que destruyó su bello e impenetrable rostro, pero el feroz combate entre su alma y la máscara había comenzado.

En aquel tiempo era el actor que disputaba el primer puesto a Marlon Brando. Los dos habían pasado por Actor’s Studio. Cuando coincidían en las reuniones se creaba una gran expectación -decían las muchachas de la academia-. No sabían a quien de los dos mirar primero. “Marlon poseía un magnetismo animal y las conversaciones cesaban cuando se acercaba a un grupo; Monty, por su parte, era la elegancia personificada”. Los dos se vigilaban de cerca, se admiraban. Monty fue el primero en negarse a las normas de Hollywood que pretendían encasillarlo como un héroe romántico convencional.

El éxito suele ir acompañado primero de ansiedad, después llegan el insomnio, las pastillas, Nembutal, Doriden, Luminal, Seconal, las drogas potenciadas por el alcohol y finalmente aparece la atracción del abismo, que es la adicción más potente. Este trayecto lo recorrió Montgomery Clift a conciencia. Exhibía su homosexualidad como una sofisticada herida. “No lo entiendo, en la cama quiero a los hombres, pero realmente amo a las mujeres”, decía. Con Elizabeth Taylor mantenía una relación íntima, en absoluto sexual. Al principio era suavemente alcohólico, suavemente drogadicto, con el control suficiente para atemperar la presión de la fama. Y estaba en la cumbre cuando se le atravesaron los dioses en su camino. Sucedió en el amanecer del 12 de julio de 1956, después de una cena en la mansión de Liz Taylor en Coldwater Canyon, Malibú, adonde Monty había acudido con desgana, sin afeitarse siquiera, después de haber recibido cinco llamadas de su amiga que insistía en verle aquella noche. Había muchos amigos. Allí estaba Rock Hudson, Kevin McCarthy, Jack Larson. Bebieron. Pusieron discos de Sinatra y de Nat King Cole. Bailaron. De madrugada la bruma que ascendía del océano hasta las colinas de Bell Air se enroscaba en la tortuosa carretera de bajada hasta Sunset Boulevard. Después de la fiesta Monty, bastante bebido, se sentía incapacitado para llegar a casa si el coche de Kevin McCarthy no iba delante para guiarlo. Hubo un momento en que su amigo vio por el retrovisor una nube de polvo. Monty había tenido un accidente. Kevin retrocedió en su ayuda. Llamó a Liz Taylor. Cuando llegaron los amigos al lugar del siniestro, a la luz de los faros encontraron la carretera llena de vidrios, el coche empotrado en un poste de teléfonos y el rostro de Monty aplastado contra el salpicadero. Liz Taylor trepó hasta el interior del vehículo, puso la cabeza de Monty sobre su regazo y la sangre le manchó el vestido de seda. Estaba vivo, pero tenía la nariz rota, la mandíbula destrozada, una profunda herida en la mejilla izquierda y el labio superior partido. Le habían saltado varias muelas y Liz tuvo que extraerle el resto de la dentadura incrustada en la garganta para que no se asfixiara.

Montgomery Clift sobrevivió al accidente y aun vivió diez años más, incluso un día le regaló a su amiga uno de aquellos dientes como recuerdo, pero realmente su muerte se produjo aquella noche mientras se desangraba en el regazo de Liz Taylor. En ese tiempo estaban rodando juntos El árbol de la vida, una película sobre la guerra de Secesión, en la que la Metro había invertido cinco millones de dólares, su presupuesto más elevado hasta entonces. El rodaje iba ya por la mitad cuando ocurrió el accidente. Monty se convenció a sí mismo de que podía seguir. Si había perdido su hermoso aspecto, tendría que acomodarse a su nuevo rostro, eso era todo. La película se terminó ocultando las cicatrices de la frente, la parálisis de su mejilla izquierda, el labio superior partido. Toda la magia había pasado a poder de los maquilladores. En algunos planos aparecía todavía el antiguo ángel, en otros asomaba ya el futuro demonio. Seguiría siendo un excelente actor. Después rodó otras películas de éxito, El baile de los malditos, Río salvaje, Vencedores y vencidos, Vidas rebeldes. Al principio se consoló pensando que todos los dioses de mármol extraídos de cualquier ruina también tenían la nariz rota, la boca partida y la mandíbula destrozada y, no obstante, seguían siendo dioses.

El bello Monty Clift vivió hasta su muerte sin espejos, en casas con cortinas negras en las ventanas. En su camino hacia la destrucción necesitaba el alcohol cada día más duro, las drogas más fuertes, los amantes más perversos y también los cirujanos plásticos más diabólicos. En la bajada al infierno tuvo dos guías. Uno era Giles, un joven francés de 26 años, esbelto, de ojos rasgados, diseñador, modelo, que le proporcionaba chicos del coro y atendía todos sus vicios hasta llevarlo al final de un largo camino de depravación al Dirty Dick’s, un antro de la calle Christopher, famoso entre homosexuales portuarios, marineros y matarifes del mercado de la carne. En el Dirty Dick’s había que apartar una cortina pesada, grasienta para entrar en un cuartucho oscuro donde sobre una mesa de quirófano se tendía Montgomery Clift para que unos rufianes, travestis con trajes de cuero, le escupieran, lo golpearan y orinaran sobre su rostro. Había una confusión de gritos como de pelea de gallos con apuestas, a la que solo le faltaba una llamarada partida por una carcajada del diablo. La policía acudía a alguno de sus amigos. “Sáquenlo de ahí. Nosotros no podemos hacer nada sin un mandamiento judicial”. Cuando los amigos llegaban para rescatarlo, los curiosos que asistían a aquella representación gritaban que no se lo llevaran.

Otro conductor hacia el infierno se llamaba Manfred Von Linde, un cirujano sospechoso de haber matado a su mujer, un miembro falsario de la nobleza, barbilampiño, acompañante de viudas millonarias a bailes de sociedad, quien proporcionaba cadáveres a un famoso gabinete funeral de homosexuales de la Sexta Avenida. Allí por 50 dólares se podía tener relaciones íntimas con un fiambre exquisito. Este cirujano plástico operó el rostro de Monty en distintas sesiones en busca de su alma. No la encontró. Freud, dirigida por John Huston, fue una de sus últimas películas. Nunca nadie interpretó como este actor la lucha del inconsciente contra la propia máscara.

Montgomery Clift: combate contra la máscara. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 27.08.2011.

John Huston: escapar y no volver nunca a casa.

Posted in Cine, Personajes by Alguien on 30 abril 2011

Su vida fue esnob y salvaje, llena de talento y de fascinación. Su momento estelar fue haber dado la cara para salvar a sus amigos a costa de jugarse el pellejo. La mitología entre la literatura y el cine hizo síntesis con este cineasta en Vidas rebeldes.

En la biografía de un escritor hay un momento en que la fascinación por la literatura se une e incluso se rinde a la mitología del cine. A los 16 años un día me escapé de casa en tren a Valencia. Fue una huida corta, un vuelo gallináceo que duró 24 horas con una sola noche. Después de perderme por las calles nocturnas de la ciudad, de colarme en algunos garitos, de ir al circo americano en la plaza de toros me metí en el cine cuya fachada tenía los cartelones más grandes y en ellos a todo color aparecía un enano con monóculo de cordoncillo y unas bailarinas de cancán con los pololos encabritados en el aire. Era Moulin Rouge, de John Huston. Desde entonces este director se erigió en uno de los fantasmas de mi libertad. Lo llevo asociado a un sabor de fugitivo, de estar fuera de la autoridad moral del padre y al castigo que me esperaba al volver al hogar. Con el tiempo adoré también a Toulouse-Lautrec, interpretado por José Ferrer, como el pintor que sirvió de gozne a la pintura moderna, a quien Picasso le robó la inspiración. Son experiencias que solo se aprenden en pecado. Ninguna Isla del Tesoro me proporcionó tantos latidos convulsos en las sienes como aquella fuga que recaló de madrugada en la cama de una pensión maloliente de la calle Pelayo, junto a la estación, donde dormí en la misma habitación con un borracho que era un viajero de paso.

La terraza de casa en el pueblo daba a un jardín de balneario donde se había instalado el cine de verano. En aquellas noches calmas de los años cincuenta bajo las estrellas la sonoridad era perfecta, todas las pasiones, los tiros, los gritos, los susurros de amor de los personajes me llegaban muy nítidos, pero subido a un pequeño pilón desde la terraza solo se podía ver poco más de media pantalla. Todas las películas prohibidas por la censura para los menores de edad las vi agazapado, una mitad con imágenes y otra mitad con la imaginación. Cuando Glenn Ford le arrea la bofetada a Gilda me quedé sin ver la mano, solo pude intuir su chasquido cuando ella vuelve el rostro y nada más. Otro filme que marcó uno de aquellos veranos en que tumbado en una hamaca leía Crimen y castigo fue Un lugar en el sol, también desde la terraza de casa. Montgomery Clift, en esmoquin, jugaba al billar a solas en un salón y Elizabeth Taylor rondando la mesa trataba de seducirlo. Ella se sumergía alternativamente en la mitad invisible de la pantalla y yo oía su voz insinuante que me obligaba a recrear su boca, sus ojos, su rostro pronunciando cada palabra y él pasaba a la oscuridad de la celda antes de ir a la silla eléctrica. A la luz del día leía a los rusos, a Camus, a Gide, pero ninguna fantasmagoría literaria me proporcionaba el morbo de saltar de la cama de noche cuando mis padres ya estaban dormidos y en pijama con pasos blandos esconderme en la terraza para ver partidas en dos todas las películas prohibidas, los gritos ensangrentados de Jennifer Jones en Duelo al sol, las metralletas de la noche de San Valentín, el huracán de Cayo Largo. Otra vez John Huston. Me fascina todavía la vida apasionante de este cineasta. Cuenta en sus memorias: “Tuve cinco esposas: muchos enredos, algunos más memorables que los matrimonios. Me casé con una colegiala, una dama, una actriz de cine, una bailarina y con un cocodrilo“. Se dedicó a la caza, a apostar en el hipódromo, a criar caballos de pura raza, a coleccionar pintura, a boxear, a escribir, a interpretar y dirigir más de setenta películas. De hecho en mi mitología, antes de comprarme una trinchera parecida a la de Albert Camus yo quería ser como John Huston hasta el punto de que recién llegado a Madrid, antes de recalar en el café Gijón fui a la Escuela de Cinematografía de la calle Montesquinza para inscribirme en el examen para director de cine. Me recibió un ser con babuchas a cuadros que se estaba comiendo un bocadillo de tortilla. Nunca sería John Huston si permanecía un minuto más en aquel lugar.

Llegó un momento en que no tenía claro si debía gustarme más leer El extranjero de Camus o Santuario de Faulkner que ver El Halcón Maltés, La Reina de África, El tesoro de Sierra Madre o El juez de la horca en el cineclub. Sabía que un director de cine conocía a sus personajes de carne y hueso, mandaba sobre ellos, los manipulaba, los soportaba o admiraba, sabía de sus pasiones dentro y fuera de la pantalla. El cine se había apoderado de los sueños de la sociedad. Cuando en una película Clark Gable se quita la camisa y aparece con el torso desnudo se hundieron las empresas que fabricaban camisetas interiores. Hubo de sacar a Marlon Brando con una camiseta ceñida y sudada para que pudiera recuperarse la bolsa textil. Eso nunca lo hará un libro, pensé.

Pero sobre todo estaba John Huston. La mitología entre la literatura y el cine hizo síntesis con este cineasta cuando dirigió Vidas rebeldes. Marilyn Monroe ya era una muñeca derruida. Venía de los brazos cada vez más cansados de Arthur Miller. Llegaba al rodaje atiborrada de pastillas, sin ducharse, con el pelo grasiento y todo daba a entender que estaba en el tramo final con vistas ya al abismo. Arthur Miller había escrito el guión de aquella película para salvar su amor. Fue inútil. Bajo la dirección de John Huston estaba también Montgomery Clift con el rostro partido por la cicatriz de un accidente de automóvil, neurótico, alcoholizado, a punto de reventar como los caballos salvajes que llenaban la pantalla. Pero el primero en morir, apenas terminado el rodaje, fue Clark Gable, al que se le reventó el corazón. Poco después el nembutal terminó con Marilyn mientras se balanceaba hasta el pie de la cama el cordón del teléfono de la última llamada sin respuesta, que dio origen a la leyenda del asesinato. Montgomery no tardó en acompañarles. John Huston les sobrevivió solo para poder dirigir ya en silla de ruedas y con un gotero en el antebrazo su obra maestra en homenaje a un genio de la literatura, su paisano irlandés James Joyce, su cuento ‘Los muertos‘, de la obra Dublineses. Aquella cena de Navidad. Aquella canción que removió los posos del sentimiento de Greta. Su recuerdo de su primer amor de aquel adolescente en Galway. Los celos de su marido Gabriel en la habitación del hotel Gresham. La nieve que caía sobre toda Irlanda. Sobre todos los vivos y los muertos. La vida de John Huston había sido esnob y salvaje, llena de talento y de fascinación. Su momento estelar fue el haberse plantado ante la comisión del senador y haber dado la cara para salvar a sus amigos a costa de jugarse el pellejo. Después de dirigir La Noche de la Iguana con Ava Gardner en Puerto Vallarta, en México, se quedó a vivir en medio de la selva entre boas y mosquitos en una cabaña solitaria adonde no se podía acceder sino en canoa. Prometo que en la otra vida, si me vuelvo a escapar y veo Moulin Rouge, ya no volveré a casa. Haré lo imposible por parecerme siquiera al dedo gordo del pie de John Huston aunque solo sea porque fue el primer contacto que produjo en mi imaginación entre los fantasmas que nacen de la psicosis del escritor y los personajes reales que se vuelven fantasmas en la pantalla.

Jonh Houston: escapar y no colver nunca a casa. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 30.04.2011.


In Memoriam: Sidney Lumet.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 10 abril 2011

El director de cine estadounidense Sidney Lumet, nacido en Philadelphia en 1924, falleció ayer, sábado 9 de abril, en su casa de Manhattan (Nueva York) a los 86 años de edad, como consecuencia de un linfoma.

Lumet se convirtió en un especialista narrador de las historias cotidianas. Comenzó su carrera en el teatro, donde hizo pequeños papeles en Broadway. Después de la Segunda Guerra Mundial, donde estuvo destinado en Asia, dejó el teatro y se metió de lleno en la televisión. Durante los cincuenta, plasmó los problemas cotidianos de los estadounidenses en más de 250 telefilmes. A finales de la década, en 1957, debutó en la gran pantalla con la gran “Doce hombres sin piedad” con un magistral Henry Ford.

Después llegarían “Piel de serpiente” (1959), “El prestamista” (1964) y “Llamada de un muerto” (1966). Al Pacino protagonizaría dos de sus mejores películas en los setenta: “Sérpico” (1973) y “Tarde de perros” (1975). Entre las dos películas, grabaría el clásico de Agatha Christie “Asesinato en el Orient Express”. Más tarde les tocaría el turno a “Network”, “Equus”, “Negocios de familia” o “El abogado del diablo” (1993), otra vez con Pacino, entre otras.

En 2007 rodó su última película, la aclamada “Antes que el diablo sepa que has muerto” con Philip Seymour Hoffman y Ethan Hawke.

XIV Festival de Málaga Cine Español 2011.

Posted in Cine by Alguien on 26 marzo 2011

XIV Festival de Málaga Cine Español.
Del 26  de Marzo al 2 de abril de 2011.

El Festival de Cine Español de Málaga llega este año a su Décimocuarta Edición presentando sus mejores producciones en las diferentes secciones: Oficial, ZonaZine, Cine Latinoamericano, Documentales, Cortometrajes, etc., además de rendir homenaje a diferentes personalidades de la industria cinematográfica y organizar numerosos ciclos, exposiciones y actividades paralelas.

Sitio Oficial │ http://www.festivaldemalaga.com/
Películas Sección oficial a concurso.
Descarga Programación 14FCM (PDF)

In Memoriam: Elizabeth Taylor.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 23 marzo 2011



La actriz Elizabeth Taylor ha muerto a los 79 años en el Hospital Cedars-Sinai de Los Ángeles, donde llevaba dos meses ingresada por problemas cardiovasculares, tras una vida intensa entregada al cine, su pasión a los hombres y las joyas, y marcada por una pésima salud que no supo seguir su ritmo.

La actriz inglesa, nacida en Londres en 1932, participó en 50 películas y ganó dos premios Oscar gracias a “Una mujer marcada” (1961) y “¿Quién teme a Virginia Woolf?” (1981), así como una estatuilla honorífica por su labores humanitarias (1993). Además, participó en cintas como “Gigante” (1956), “La gata sobre el tejado de Zinc” (1958) y “Cleopatra” (1963). Temperamental, carismática y rebelde, esta actriz que debutó en plena edad dorada de Hollywood se casó en ocho ocasiones, dos de ellas con el actor Richard Burton, su gran amor junto con su tercer marido, el productor Michael Todd, según admitió la artista, y tuvo cuatro hijos.

Fue un símbolo de la edad de oro de Hollywood y también de su declinar.

In Memoriam:

Especial Elizabeth Taylor en RTVE.es.
Especial Elizabeth Taylor en El Mundo.es.

James Dean, 80 años del eterno rebelde‎.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 8 febrero 2011

Si James Dean no hubiera muerto repentinamente a los 24 años, hoy habría cumplido 80, seguramente sin demasiada trascendencia. Es posible que su carrera hubiera sido larga y duradera, pero la historia nos habría demostrado que no fue un gran actor, ni siquiera un buen actor, y no se habría convertido en el padre de la Generación X de los años cincuenta. Sin embargo, James Dean murió en 1955 en un brutal accidente de coche y con él moría el actor, pero nacía la leyenda.

Leyenda del cine, símbolo sexual e icono de una generación inconformista, el rebelde James Dean ganó con su muerte un sitio en el edén del celuloide donde su recuerdo burla la vejez en el 80 aniversario de su nacimiento. Tres películas, cuatro años de carrera y un final dramático le bastaron al prometedor Jimmy, como le conocía todo el mundo, para pasar de ser un chico de granja a un mito sin fecha de caducidad. Nunca nadie consiguió tanto en tan poco.

La industria de Hollywood, que sabe ser generosa con sus muertos, quedó encandilada con ese actor de impronta imborrable tras el debut de “Al este del Edén” (1955), primer filme en el que Dean aparecía como protagonista después de trabajar de extra en seis producciones anteriores. Cinta dirigida por Elia Kazan que supo ver el potencial de un intérprete que luchaba por sobrevivir en una profesión en la que el actor se estrenó haciendo anuncios de refresco y en la que, según las malas lenguas, llegó a realizar favores sexuales para abrirse camino.

Talento no le faltaba a Dean, que nació el 8 de febrero de 1931 en Marion, una zona rural de Indiana, estado natal también de Michael Jackson, donde llegó a ser premiado en su adolescencia por su desempeño deportivo y artístico. Apenas 6 años antes de su trágico final al volante de su Porsche en una carretera californiana, Dean terminaba sus estudios de bachillerato y se mudaba a Los Ángeles para cursar primero Derecho y luego Arte Dramático hasta 1952, año en el que puso rumbo a Broadway pensando en que allí encontraría la gloria.

Tras dos años deambulando por los teatros logró meter la cabeza en un par de obras, “See The Jaguar” y “The Immoralist“. Una oportunidad que supo aprovechar y le valió el premio Daniel Blum al actor revelación del año 1954, al tiempo que captó la atención de Kazan. De la noche a la mañana, James Dean sedujo a un Hollywood sediento de artistas carismáticos para alimentar su poderoso “star-system”. Su nombre y su imagen de chico malo comenzó a llenar páginas de revistas como emblema de un espíritu marcado por el nacimiento del rock&roll y la teoría de que había que vivir deprisa y morir joven, algo que Dean terminó por seguir al pie de la letra.

Al rodaje de “Al este del Edén” le siguieron casi de inmediato “Rebelde sin causa” y “Gigante“, filme que concluyó su grabación un día antes de que aquel joven actor de 24 años falleciera inesperadamente. Por motivos contractuales con Warner Brothers, Dean tenía prohibido participar en competiciones deportivas, especialmente carreras de coches, mientras estaba trabajando en un papel, por lo que tuvo que esperar al final de su última película para subirse a su bólido y dirigirse hacia un evento automovilístico.

Aquel viaje llegaría a su final antes de tiempo, como casi todo en la vida de Dean, cuando su vehículo colisionó frontalmente con otro en una intersección de las carreteras 46 y 41 en el interior de California, un lugar fatídico que ahora es de obligada peregrinación para sus fans. El destino quiso que el actor no pudiera saborear su éxito ya que solo vivió para ver el estreno de “Al este del Edén”, producción por la que obtendría una nominación póstuma a mejor actor en 1956, candidatura que repetiría en 1957 por “Gigante”. Entre sus amores destacaron Pier Angeli y Ursula Andress, aunque se le atribuyeron muchos, incluso se ha llegado a especular con que fuera homosexual en varios de los libros que se han escrito sobre él desde su adiós, tan fulminante como la forja de su leyenda.

Fuente: EFE.

Sophía Loren. Una Vida de novela.

Posted in Cine, Personajes by Alguien on 7 febrero 2011

Aunque había nacido en Roma, en 1934, Sofía Villani Scicolone venía del ambiente pastoso de Pozzuoli, de cerca de Nápoles, donde se crió de niña. Primero fue el terror a la oscuridad que precedía al sonido de las bombas; luego, terminada la guerra, el fantasma del hambre y la miseria que se estableció entre los gritos de las mammas por los patios de luces y de los vendedores en el mercado, el estruendo de escapes de motocicleta, la música de tarantelas, funiculí funiculá, el milagro de la sangre de san Jenaro que se licuaba cada año y el celo de los machos que desde la acera con la espalda en la pared seguían con la mirada pegajosa el culo de las chicas hasta que doblaban la esquina.

Los marines recién desembarcados repartían chocolatinas a los niños desde lo alto de los carros de combate y algunas madres ofrecían a sus hijas adolescentes a los soldados norteamericanos a cambio de un kilo de pan. Sofía Villani había crecido bajo el bombardeo en un tiempo canalla de héroes y escombros, pero las banderas más patrióticas del sur de Italia, recién liberado, seguían siendo los calzoncillos, bragas, sostenes, pañales, pantalones y camisas que colgaban de la trama de cuerdas tendidas entre los balcones del laberinto de calles napolitanas a cuya sombra esta criatura desgarbada y de piernas largas abrió los ojos desvalidos al resto de los sentidos. Solo había una salida. Su tía la llevaba al cine desde la primera sesión hasta la última, donde Rita Hayworth e Yvonne de Carlo, Charlot y Cary Grant, a falta de pan, alimentaron sus sueños, de los que ya nunca se recuperó.

De pronto, a los trece años sus hormonas hicieron explosión y le fabricaron un cuerpo poderoso de mujer con un alma igual de fuerte, debido a las tragedias que había vivido de cerca. Esta experiencia generó el rasgo fundamental de su carácter. Desde entonces fue esa chica que en el cine a ningún productor, policía malo, detective costroso, gánster o mafioso se le ocurriría nunca llamarla muñeca o nena, como sucedía con otras estrellas del tamaño de Marilyn Monroe o Lauren Bacall, sin exponerse a que le arrojara el plato de espaguetis a la cara.

Su madre, Romilda, casada con el ingeniero Scicolone, que la había embarazado dos veces sin llevarla al altar, se ganaba la vida tocando el piano y resarcía sus sueños de artista en papeles de poca monta. Romilda llevaba a su hija allí donde pudiera sacar las plumas, a concursos de belleza, a la cola de los extras de películas, a las oficinas de modelos para fotonovelas sin separarse nunca de ella, no fuera a comerse algún lobo a su caperucita. Uno de los primeros trabajos de Sofía en el cine fue de esclava romana en Quo vadis, pero su gran papel lo desarrolló en un concurso de belleza donde enamoró al mandamás de la industria cinematográfica italiana Carlo Ponti, un hombre de la misma edad que su madre, que fue para ella padre, hermano, amigo, amante y marido, con el que se casó en 1957 a los 23 años, le dio dos hijos y logró retenerlo hasta el final de su vida como esposa sumisa, incluso después de hacerle bígamo, meterlo en pleitos para anular el matrimonio, volverse a casar y tener que huir juntos de Italia.

Ante todo, ser artista consistía en ganarse el pan, pasando por todas la humillaciones consabidas. Comenzó entonces a ser Sofía Loren, al principio una actriz un poco caballona, sin desbravar, toda exterior, la boca grande, los pechos desbridados, con aire arrabalero de cantarle las cuarenta al más pintado, pero en el fondo nadie sabía, ni siquiera Carlo Ponti, si no se trataba todavía de una chica italiana que prefería hacerle una buena pasta a su marido para tenerle trincado por el estómago a la antigua usanza más que triunfar en la pantalla hasta convertirse en una diva. En aquel tiempo, recién terminado el neorrealismo con todas las lacras de posguerra que retrataron Vittorio de Sica y Roberto Rossellini, el soplo de humor y sarcasmo de la comedia italiana inundó todas las pantallas. Renato Carosone cantaba Tu vuo’ fa’ l’americano, Domenico Modugno y Claudio Villa ganaban siempre el Festival de San Remo, por todas las radios se oían las canciones Volare o Come prima, y Gina Lollobrigida era el icono erótico de Italia, pero en mitad de los años cincuenta Sofía Loren comenzó a disputarle el primer puesto en el inconsciente  masculino, de modo que los espectadores se dividieron en dos, los que estaban decididos a ir al fin del mundo con la Gina y los que no dudaban en ir con la Loren hasta el mismo infierno, que suele estar más allá. No era tan trágica y racial como Ana Magnani, pero era más intensa que las bellezas oficiales del momento, Claudia Cardinale, la Pampanini o Silvana Mangano, y parecía oler a pan de pueblo recién horneado.

La revelación se produjo en 1960 con la película Dos mujeres, dirigida por Vittorio de Sica, sobre un relato de Alberto Moravia. Encarnaba a una madre violada junto con su hija durante la guerra. No le fue difícil solaparse en esas vidas. Tragedias como esa las había presenciado ella después del desembarco de los aliados en Nápoles. Ganó los premios a la mejor actriz en Cannes, en Berlín, en Venecia, y el primer Oscar que se concedió a una actuación no hablada en inglés. Y a partir de este éxito, Sofía Loren produjo una segunda explosión al inicio de los años sesenta.

El mundo estaba cambiando según ronroneaba con voz de nariz Bob Dylan; los hermanos Kennedy copulaban en los ascensores con actrices de Hollywood, aunque entonces aún era de buen gusto no publicarlo; Martin Luther King tenía un sueño para los negros americanos; la generación beat se ponía ciega con el LSD; en las comunas, el nuevo incienso era el humo de marihuana; cantaban los Beatles; la nouvelle vague, con Godard a la cabeza, daba paso a un cine de intelectuales de jersey negro de cuello alto y gafas de espesa montura de carey también negro. En medio de este patio irrumpió el desparpajo y la carne fresca de Sofía Loren en Matrimonio a la italiana, de Vittorio de Sica, con Marcello Mastroianni, una pareja que a partir de entonces fue casi inamovible. Juntos realizaron doce películas, hasta el punto de que el espectador ya no podía pensar en una sin el otro. La gente los veía como esposos, novios o amantes. Muchos se preguntaban si no habría algo entre ellos después de verlos tanto tiempo de pareja en la pantalla. “Todos lo creen con tantas películas juntos, con ese entendimiento… Sin embargo, nada”, comentó un día Mastroianni. “Solo he sentido por ella un profundo afecto y ternura”.

Esta segunda explosión se produjo en el interior de la artista y tuvo un efecto retardado, lento y creciente, hasta el punto de que no ha cesado hasta hoy. Fue la elegancia con que entró Sofía en la madurez. Una de las últimas películas que interpretó junto a Mastroianni fue Una jornada particular, de Ettore Scola, en 1977. Una madre de cuarenta años durante la visita de Hitler a Roma se queda sola en casa después de mandar a su esposo y a los hijos a la manifestación. A través del patio de luces descubre a un hombre solitario que también se ha quedado solo en el edificio vacío. Es un homosexual represaliado. Con el sonido de los cánticos fascistas al fondo, los dos personajes hablan, se descubren, permanecen unas horas juntos. El registro de matices para expresar la frustración de la mujer madura alcanza en esta actriz un grado de talento tan elevado que a partir de esa película Sofía Loren despertó una pasión colectiva por la que comenzó a ser amada por primera vez más por su alma.

Siempre segura de sí misma, a medias entre una languidez mórbida y una voluntad férrea, ha conseguido todo lo que se ha propuesto. Aquella adolescente casi analfabeta habla correctamente cuatro idiomas. No podía tener hijos y los tuvo. Partió de cero y se convirtió en una estrella internacional. No perdió la elegancia incluso cuando fue condenada a 18 días de cárcel por evasión fiscal. En su momento fue definida como la actriz más sexy del mundo y lo sigue siendo a su manera con la ironía suficiente para ponerse a salvo del ridículo convirtiendo el paso de los años sobre su cuerpo en una obra de arte. Su famoso strip-tease de la película Ayer, hoy y mañana, de 1963, con Mastroianni, lo repitió como una broma en Prêt-à-porter, de Robert Altman, en 1994. Esta vez, con 60 años, Sofía Loren sale del cuarto de baño, llena de glamour, dispuesta para la danza de los siete velos, y comprueba que durante esta breve espera su amante se ha dormido en la cama con las gafas caídas en la punta de la nariz. No importa. La vida aún está llena de sorpresas a los 76 años. Bastará con vivir más por dentro que por fuera y corresponder al amor de los espejos que te aman y que se refleje en ellos cada arruga como una conquista del placer que se alcanzó un día y no se ha olvidado.

Es el último mito. Empezó a darse cuenta de que estaba viva en la oscuridad bajo el bombardeo del desembarco de los marines en Nápoles durante la guerra; al principio se sintió sorprendida y después aceptó con naturalidad que los tíos en las calles de Pozzuoli le miraran el trasero y le silbaran desde los andamios hasta que la perdían de vista; como una mamma sofisticada y recia, hizo espaguetis con los que Carlo Ponti se chupaba los dedos; pasó por los brazos de todos los galanes posibles de la pantalla; se adoraron mutuamente ella y el bello Marcello; se convirtió en el sueño imposible de media humanidad, y al final sigue enamorando al público por el estilo de su alma que todavía se agita en un cuerpo espléndido. Aún calla todo el mundo cuando Sofía Loren entra en un restaurante o en una discoteca. Y todo gracias a aquella lejana y milagrosa explosión de hormonas que un día se produjo en las cercanías de Nápoles cuando cesaron las bombas.

Una milagrosa explosción de hormonas. Texto: Manuel Vicent. El Pais.com. 06.02.2011.

Sophia Loren, una vida de novela

Tagged with: , ,

Lo Mejor de 2010 de El Cultural.

Posted in Libros by Alguien on 31 diciembre 2010

Un año más, los críticos de El Cultural han seleccionado las mejor del 2010.

Los mejores libros de 2010:
Ficción: El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa.
Poesía: Barroco, de José Luis Rey.
No ficción: Isabel II, de Isabel Burdiel.

LETRAS:
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Libros de ficción.
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Libros de poesía.
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Libros de no ficción.

El sueño del Nobel .Lo mejor de 2010: Ficción.
El sueño del celta, de la A a la Z Lo mejor de 2010: Ficción.
2010: el año de los deseos cumplidos. Lo mejor de 2010 en Ficción: Análisis.
Bajo el signo de la dispersión. Lo mejor de 2010: Poesía.
Biografías, pensamiento, actualidad e Historia. Lo mejor de 2010: No ficción.
Isabel Burdiel: “La vida privada de Isabel II fue políticamente utilizada para controlarla y/o desacreditarla” Lo mejor de 2010: No ficción.

ARTE:
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Arte.
Orden en la sala. Lo mejor de 2010: Arte.
El año lento. Lo mejor de 2010 en Arte: Análisis | Elena VOZMEDIANO.
El 1 del 1 del 11 comenzamos desde el principio. Reflexiones en torno a un año de crisis. (también) en la arquitectura española | Antón GARCíA-ABRIL.

CINE:
Las votaciones de nuestros críticos .Lo mejor de 2010: Cine.
Los insobornables. Lo mejor de 2010: Cine nacional.
Javier Rebollo: “Ha habido una guerra civil en el cine español”.Lo mejor de 2010: Cine nacional.
Utopía independiente. Lo mejor de 2010: Cine internacional.

CIENCIA:
Los hitos científicos- Lo mejor de 2010: Ciencia.

ESCENARIOS:
En el reino de los actores. Lo mejor de 2010: Teatro,
Dosmildiez . Lo mejor de 2010 en Teatro: Análisis | Ignacio GARCÍA MAY,
Calidad sin fronteras. Lo mejor de 2010: Música,
Sin sobresaltos. Lo mejor de 2010 en Música: Análisis | Arturo REVERTER,

OPINION:
Bajo mínimos. Lo mejor de 2010: Editorial.

In Memoriam: Blake Edwards.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 17 diciembre 2010

El director, productor, guionista y actor estadounidense, Blake Edwards, falleció este 16 de diciembre, a la edad de 88 años a causa de complicaciones proporcionadas por una neumonía en el hospital de Brentwood, Santa Mónica, California.

A lo largo de su carrera, que comenzó en los años cincuenta y terminó en los noventa, dirigió 46 películas. Edwards, considerado uno de los principales directores de comedia de Hollywood, hizo historia en el cine con películas como “Desayuno en Tiffany“, “Victor/Victoria“, “Días de vino y rosas“. Pero su trabajo se destacó sobre todo por la saga “La Pantera Rosa“, que protagonizó Peter Sellers, como el torpe inspector francés Clouseau y con el cual accedió al reconocimiento de la crítica y el público. La saga tuvo ocho películas, aunque las más recordadas son las que protagonizó Peter Sellers y la primera, estrenada en 1963, se convirtió rápidamente en un éxito.

Sin embargo muchas de sus comedias se movieron entre la risa y la introspección, algo que demostró en su particular “10. La mujer perfecta“, en la que reflexionó sobre la crisis de un hombre de mediana edad interpretado por Dudley Moore y que se convirtió en uno de sus mayores éxitos de taquilla en parte gracias a la presencia de la sexy actriz Bo Derek.

También dejó muestras de su costado más sensible en la comedia dramática “Desayuno en Tiffany”, basado en la célebre novela de Truman Capote, o en “Días de vino y rosas” (1963), un filme realista e implacable sobre el abismo de las adicciones convertido en un acontecimiento tras su estreno en Estados Unidos: Lemmon y Remick se llevaron sendos Oscar por su trabajo.

El director estaba casado desde hacía 41 años con la actriz británica Julie Andrews, Hace unos siete años, en la 76ª edición de los premios más prestigiosos de la industria recibió el Oscar honorario por su trayectoria.

In Memoriam.

75 años de Woody Allen.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 1 diciembre 2010

Woody Allen nació un 1 de diciembre de hace 75 años en Brooklyn. En la mitad del otoño, su estación favorita para rodar películas por sus cielos nublados y hojas naranjas, por su niebla misteriosa y la luz especial que alumbra Manhattan. Pero no nació con el nombre que todo el mundo conoce. Lo hizo como Allan Stewart Königsberg. No fue hasta 1952, 17 años después, que se transformó en Woody Allen sobre un escenario. Humorista casi desde que llegó al mundo, escritor, universitario de un solo semestre, actor, dramaturgo, adicto al psiquiatra antes de llegar a los 30, músico, director… el legado de Allen en estos tres cuartos de siglo es inconmensurable. En su faceta más conocida, la de cineasta, ha participado hasta la fecha en 60 películas, de las cuales ha dirigido 46. Y pretende seguir con su terapia de una película anual hasta que no pueda más.

“Yo era un niño pasablemente feliz, ¿saben? Me criaron en Brooklyn durante la Segunda Guerra Mundial. Mi analista insiste en que mis recuerdos de infancia son exagerados, pero les juro que me criaron bajo una montaña rusa de Coney Island, en Brooklyn”. Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall.

Inquieto, delgado, bajito (no pasa de 1,65), tímido, con gafas, don Juan de Manhattan, pero, sobretodo, ateo judío poco ortodoxo. Así se ha representado Allen a lo largo de una filmografía que bien podría ser una autobiografía en 35 milímetros. Sobre su infancia, creemos saberlo todo tras ver al pequeño Alvy Singer en Annie Hall, al jovencito Sandy Bates en Recuerdos o al trasto de Joe en Días de Radio aprendiendo sobre la vida en un barrio de clase media baja en Brooklyn. De esta última, el cineasta siempre ha reconocido que todo está inspirado, aunque un poco exagerado a modo de cómic, en su infancia.

“Dios mío, este infeliz es patético [....] Si yo tuviera valor para salir a contar mis chistes yo mismo”. Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall (1977).

La carrera humorística de Allen comenzó en los años 50 en los cabarets que luego plasmaría en Broadway Danny Rose y como escritor de chistes para otros cómicos. De ahí pasó a la televisión donde colaboró como guionista y como humorista en programas como el programa de Johnny Carson o el Ed Sullivan Show. En la que se puede considerar su trilogía de películas más memorables, Annie Hall, Manhattan y Hannah y sus hermanas el cómico hace un ejercicio autobiográfico con sendos personajes que se dedican a la escritura y producción de humor.

“Y si llega a decir algo mas sobre Ingmar Bergman le salto de un puñetazo las lentillas de contacto” Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan (1979).

Es en el cine y no en la televisión donde Allen ha depositado siempre su corazón. Desde que tuvo uso de esa razón tan humorístico-analítica tan personal, Allen ha disfrutado con las grandes películas de la historia del cine. De Chaplin a Scorsese pasando por Minelli, Bergman, Wilder, Kurosawa, Fellini o Hitchcock. Allen, miembro de la última gran generación del cine, la de Scorsese, Coppola, Spielberg, Mallick…, ha podido absorber de los maestros en las salas de cine.

Son constantes sus homenajes a los clásicos del cine estadounidense, japonés y europeo. En su obra de teatro y guión de cine Sueños de un seductor, Allen habla directamente en sus ensoñaciones con el Humphrey Bogart de Casablanca. Escenas de Annie Hall, Toma el dinero y corre o Todos dicen I love you le sirven para homenajear a Groucho Marx, su cómico de cabecera. El expresionismo alemán está presente en Sombras y niebla. Como recalca Jorge Fonte en su libro Woody Allen (Cátedra), Manhattan le debe mucho a Vincent Minelli o a Billy Wilder. Y en casi todos sus trabajos, Bergman y Fellini son una constante.

En 1969 Allen rodó su primera película como director, Toma el dinero y corre, una historia de ladrones cómicamente desgraciados rodada a modo de falso documental (formato que repetiría en 1983 con Zelig). Fue un éxito de taquilla que le abrió las puertas en la industria para poder rodar una serie de comedias gamberras que funcionaron mejor o peor como Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (1972), El dormilón (1973) y La última noche de Boris Grushenko (1975).

Fue en los años 70 del siglo pasado cuando Allen alcanzó la mayoría de edad cinematográfica con Annie Hall (1977), Interiores (1978) y Manhattan (1979). Películas ambientadas en Nueva York, la ciudad que prácticamente no abandonaría como escenarios de sus conversaciones y obsesiones hasta 2006, cuando comenzó su viaje europeo por Inglaterra, Francia y España. Allen consiguió lo que nadie en Hollywood consigue jamás: ser el dueño de sus historias, desde que las concebía anotándolas en un trozo de papel hasta el montaje final, sin interferencias de los estudios o de los productores. Durante su época dorada a lo largo de los 70, 80 y 90 rodó también, entre otras, Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura del Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1986), Días de radio (1987), Delitos y faltas (1989), Misterioso asesinato en Manhattan (1993), Poderosa Afrodita (1995) o Desmontando a Harry (1997).

Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista. Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan.

En todas estas obras los temas fetiche de Allen aparecen sin descanso: las mujeres, las relaciones (siempre trabajó con sus parejas que eran actrices: Diane Keaton, Mia Farrow, Louise Lasser…), las infidelidades, el poder de la conversación, la muerte, la religión judía, el cine, el jazz, la magia, el psicoanálisis y el sexo. Allen cumple hoy 75 años. Y ya estamos esperando su próximo trabajo, que llegará en 2011: Medianoche en París, con presencia de Carla Bruni – Sarkozy incluida.

Texto: Álvaro P. Ruíz de Elvira. Publicado en Diario El País.com.01/12/2010.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 319 seguidores