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Las raíces reales y literarias de Macondo.

Un día, el niño Gabriel García Márquez (1927-2014) iba asomado a la ventana en un tren amarillo, que no paraba de soltar serpientes de humo con cada pitido, y leyó en la entrada de una finca un letrero metálico azul que en letras blancas decía: Macondo. Y la palabra voló a esconderse en algún refugio de su memoria.

Macondo no nació el día que todos creen. Macondo tiene siete actas de fundación: tres tienen que ver con la aparición de este territorio de ficción en sendos libros; dos son citadas por primera vez por el autor sin que sus libros hayan sido publicados, y las otras dos provienen de sus vivencias que darán origen a ese pueblo mítico. Para dar con sus raíces hay que desandar la ruta de la imaginación de la gente a lo real.

En el imaginario universal ese territorio nace en el arranque de Cien años de soledad (1967)“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

Aunque la primera presencia para los lectores estaría en el propio título de un relato de 1955: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, en origen titulado El invierno. Otra pista falsa, porque la primera vez real que la gente lo lee es en el relato Un día después del sábado, con el que en 1954 gana el Premio Nacional de Cuento, donde se narra:

“Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó: ‘Si hay un cura debe haber un hotel’. Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado en el gramófono. (…) Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo; un letrero que él no había de leer en su vida”.

La realidad es que García Márquez incorpora la palabra Macondo por primera vez entre 1948 y 1949, cuando escribe la que habría de ser su primera novela: La hojarasca, publicada en 1955. Y lo hace en la narración introductoria:

“De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. (…) hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca. (…) Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez. (…) Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”.

Y es una línea más abajo cuando el escritor deja constancia de la fecha más antigua de ese pueblo en la tierra, al fechar ese informe así: “Macondo, 1909”.

Ficciones que hunden sus raíces en la realidad. En este desandar la estación inaugural está a comienzos de los años 50 cuando acompaña a su madre, Luisa Santiaga Márquez, a vender la casa de los abuelos maternos, con los que él vivió sus primeros años, en Aracataca. En ese viaje de reencuentro el mundo que quería contar empieza a tomar cuerpo. García Márquez arranca sus memorias Vivir para contarla, de 2002, evocando aquel viaje. Los dos se alejan del mar de Barranquilla para tomar una lancha motor que los lleve al otro lado de la ciénaga, tierra adentro, allí toman el tren que los cruzará por platanales, pueblos refundidos en la memoria. Llegan a la hora de la siesta. Madre e hijo caminan bajo un sol inclemente por las calles polvorientas rumbo a la Casa. Fue. Fue. Fue. Eso es Aracataca mientras avanzan. La madre se encuentra con su comadre, se abrazan, lloran, a su lado el joven periodista con sueños de escritor mira, y, poco a poco, tras un largo viaje por calles pavimentadas, ciénagas, un tren que se adentró en el calor y los pasos en un pueblo sonámbulo, ve cómo las ideas literarias que le revoloteaban empiezan a armar el rompecabezas:

“Cuando el tren arrancó, con una pitada instantánea y desgarradora, mi madre y yo nos quedamos desamparados bajo el sol infernal y toda la pesadumbre del pueblo se nos vino encima. (…) Todo era idéntico a los recuerdos, pero más reducido y pobre, y arrasado por un ventarrón de fatalidad”.

En realidad, el Nobel colombiano ya había plasmado este episodio en un cuento en 1962. Fue en La siesta del martes, pero mezclado con un acontecimiento que de niño le impactó: la muerte de un ladrón a manos de la dueña de la casa y la visita que hicieron la madre del difunto y su hermana pequeña para llevarle flores a la tumba, tras un largo viaje en tren en medio de platanales y pueblos sin nombre hasta apearse y caminar silenciosas a la hora de la siesta:

“El pueblo flotaba en el calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra”.

Y la verdad se remonta a aquellos años infantiles cuando él ve que una finca junto a la vía del tren se llama Macondo. En Vivir para contarla escribe:

“Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni pregunté siquiera qué significaba. La había usado ya en tres libros míos como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyka existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podría ser el origen de la palabra”.

Lo cierto es que vendieron esa casa donde nace el verdadero Macondo. Los años que vivió con su abuela Tranquilina Iguarán Cotés y su abuelo el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Lo cierto es, también, que Macondo tiene una vida circular porque es hasta Cien años de soledad, en 1967, donde se cuenta su origen. Y ahí se juntan la realidad geográfica e histórica de Aracataca y de su lugar mítico. La única vía de llegar a Aracataca desde Barranquilla coincide con el viaje que hizo con su madre en los 50:

“En su juventud él (José Arcadio Buendía) y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener que emprender el viaje de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque solo podía conducir al pasado”.

Así, Macondo quedó lindando al oriente con una sierra impenetrable, al sur por los pantanos y una ciénaga sin límites, al occidente con una “extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales, y al norte la salida inencontrada al mar”. Se quedaron allí porque a medida que avanzaban la naturaleza se cerraba detrás de ellos. “Un espacio de soledad y olvido, vedado a los vicios del tiempo”.

Las raíces reales y literarias de Macondo. Texto: WINSTON MANRIQUE SABOGAL. El Pais.com. 23.04.2015.

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La Noche en Blanco Málaga 2015.

Mañana sábado 16 de mayo se celebrará en Málaga la octava edición de la Noche en Blanco 2015. Durante esta noche los museos estarán abiertos y se programarán visitas guiadas a las que se podrá asistir de forma gratuita. Un gran evento cultural que aglutina más de 183 actividades (que incluyen proyecciones de películas, representaciones teatrales, conciertos, etc) en 143 espacios de la ciudad y en la que participarán por primera vez el Centre Pompidou Málaga, el Museo Ruso de San Petersburgo y la Casa de Gerald Brenan, todo de forma gratuita. Una velada, que comenzará a las 20.00 horas y se alargará hasta las 2 de la madrugada, en la que el hilo conductor será el mar, de tal manera que su iconografía, su lema – “Mirando al mar” – y su inspiración estarán presentes por toda la ciudad.

El programa de actividades de la Noche en Blanco 2015 se divide en seis categorías, “Arte. Museos y exposiciones” con 48 iniciativas, “Intervenciones artísticas. Acciones urbanas” con 27, “Artes visuales” con 15, “Artes escénicas y literarias” con 25, “Música” con 37, y “Visitas extraordinarias” con 29.

DESCARGARPrograma de actividades La Noche en Blanco. Málaga 2015 (PDF)

Sitio Oficial: www.lanocheenblancomalaga.com/

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Un libro kafkiano para el 23 de abril.

«Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo».

Carta de Franz Kafka a Oskar Pollak, 1904.


Página oficial del Día Mundial del libro. UNESCO.
Mensaje de la Directora General de la UNESCO con motivo del día Mundial del Libro 2015.
Día del libro 2015 |  Cartel – Ministerio de Cultura de España.
Sant Jordi 2015 (Barcelona).
La Noche de los libros (Madrid).

Especial Día del libro – El País.com
Los 23 libros destacados por Babelia en lo que va de 2015 – El País.com
Especial Día del libro: Libros infantiles y juveniles – ABC.es.
Especial Día del libro: Los mejores libros de no ficción para Sant Jordi – ABC.es
Especial Día del libro: Las mejores novelas para Sant Jordi – ABC.es
Especial Día del libro: Cinco libros imprescindibles de poesía – ABC.es
Especial Día del libro: Cinco buenas propuestas para el Día del Libro – ABC.es
Especial Día del libro: 205 pistas para Sant Jordi 2015 – El Periódico.com
Especial Día del libro: Día del Libro 2015 – RTVE.es
Especial Día del libro: Programa Página Dos de TVE – Canal YouTube Algún día.

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En Algún Día | Día del Libro | Libros

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In Memoriam: Günter Grass.

El escritor alemán Günter Wilhelm Grass falleció el lunes 13 de abril de 2015 a los 87 años de edad en un hospital de Lübeck, en el norte de Alemania.

Considerado el más importante escritor en lengua alemana de la posguerra y un referente político en su país, Grass alcanzó fama mundial con la publicación de su novela “El tambor de hojalata“, en 1959. Cuarenta años después, en 1999, recibió los dos más prestigiosos galardones del ámbito literario mundial, el Premio Nobel de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras.

Su obra estuvo siempre vinculada al debate y a cierta polémica. Desde “El tambor de hojalata“, por el cual tuvo que comparecer ante los tribunales acusado de pornógrafo, hasta “Pelando la cebolla“, en la que desató un escándalo al revelar por primera vez que había sido miembro de las SS a los 17 años, Grass generó polémicas y polarizaciones.

Nacido en 1927 en la ciudad báltica de Danzig (actualmente Gdańsk, en Polonia), se hizo escritor después de haber recibido una sólida formación como escultor y dibujante, pero nunca llegó a acabar el bachillerato y se convirtió en un verdadero modelo de autodidacta: lector, amante de la Historia y con un gran conocimiento de los autores alemanes. La vida de Günter Grass no se puede entender sin la II Guerra Mundial. Él mismo contaba que su infancia acabó en el momento en que oyó las andanadas de un navío de línea, el vuelo de los bombarderos y los disparos de los carros blindados.

Con un estilo marcado por influencias tan dispares como Alfred Döblin o François Rabelais, los hermanos Grimm o Jean Paul, Grass dejó en más de medio siglo de actividad una rica obra de géneros tan diversos como drama, lírica, piezas de ballet, aforismos, ensayos, novelas y autobiografía, además de esculturas, dibujos y pinturas. Entre sus libros, mucho de ellos publicados en Español por la editorial Alfaguara destacan El gato y el ratón y Años de perro, que junto con  “El tambor de hojalata” constituyen la denominada Trilogía de Danzig; así como “El rodaballo (1977), “En el cuarto trasero” (1982), “Un vasto campo” (1995), “A paso de cangrejo” (Entrevista YouTube), “Últimas danzas, novela que publicó en 2003;  “Mi siglo, una recopilación de sus reflexiones sobre cada uno de los años del siglo XX, incluida una sobre el bombardeo nazi de Gernika en la Guerra Civil, y ensayos políticos como “Alemania: una unificación insensata.

En 2014 dio por cerrada su obra narrativa debido a su delicado estado de salud. Los últimos meses de la vida de Günter Grass han sido silenciosos y solitarios. Como predijo en una de sus últimas entrevistas, concedida a el diario El País el pasado 21 de marzo, “no ha terminado su última novela”. Su última obra publicada, “Die Box” (“La caja de los deseos“) en 2008, fue una novela autobiográfica que terminó enemistándolo con media Alemania.

Es imposible disociar la figura de Grass de la política y el compromiso social, convencido de la identidad entre escritor y ciudadano y de que la literatura, si bien no puede cambiar a las personas, puede ayudar a construir a largo plazo una sociedad mejor. Apenas hubo un tema importante para los alemanes sobre el que Grass no polemizara: defendió a escritores perseguidos (Salman Rushdie), fustigó la energía nuclear, consideró “apresurada” la reunificación alemana y en 2003 publicó en la agencia DPA un artículo contra la guerra de Irak iniciada por el entonces presidente estadounidense George W. Bush. En octubre de 2012 y coincidiendo con su 85 cumpleaños, publicó además el poemario titulado “Eintagsfliegen” (mosca de un solo día) con textos sobre el envejecimiento y la muerte. Pero fue el poema tituladoLo que hay que decir” el que levantó la última polvareda, una de esas lluvias torrenciales mediáticas a las que nos tenía acostumbrados y con las que lograba notoriedad pública y éxitos de ventas. En ese último caso se sirvió de polémicas referencias contra Israel, leídas como un canto antisemita que escandalizó a medio mundo.

Amante de la cocina, el buen vino y la familia, Grass deja con su muerte un vacío cultural al que es difícil encontrar paralelos en la historia de la Alemania moderna tras la guerra.

In Memoriam:

Vídeo: Las facetas de pintor y poeta de Günter Grass (La Mandrágora,1988).
Vídeo: Entrevista de Fernando Sánchez Dragó a Günter Grass en “Negro sobre Blanco” (TVE, 2003).

Más Información: El Mundo.es | El País.com | Diario Sur.es | ABC.es | La Vanguardia.com  | RTVE.es 

Especial La muerte de GünterGrass en El País.com.

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Peggy Guggenheim: una adicta al arte y a Samuel Beckett.

Peggy Guggenheim (Nueva York, 1898 – Padua, 1979, coleccionista y mecenas de arte, tuvo tantos amantes que ni ella recordaba el número. Uno de ellos fue el Nobel Samuel Beckett al que no logró retener en su cama. Asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read invirtió su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia. Con los primeros vientos de la II Guerra Mundial se propuso comprar un cuadro cada día y adquirió piezas de Picasso, Braque, Matisse o Miró a precios irrisorios.

Cuando a Peggy Guggenheim le preguntaban cuántos maridos había tenido, contestaba: “¿Míos o de las otras?”. Ni ella misma lo sabía. Laurence Vail, John Holms, Garman, Max Ernst, Pollock, todos ricos, locos o suicidas. Su coleccionismo sexual era parejo a su pasión por el arte, que le vino de su familia de magnates judío —alemanes. Su tío-abuelo Solomon había fundado el MoMA de Nueva York; su padre Benjamin murió en el Titanic, llevando en su equipaje un boceto de Las Señoritas de Avignon en cuya compañía se fue al fondo del mar. Prefirió morir de esmoquin a ponerse una de aquellas horribles chaquetas salvavidas. Naufragar de esmoquin, con un puro Davidoff en la boca, es un lujo al alcance de muy pocos, sobre todo si te hundes en el abismo con un Picasso bajo el brazo. Su hija Peggy comenzó a coleccionar maridos y amantes antes que obras de arte. Uno de los ejemplares que pasó por su cama fue el escritor Samuel Beckett, a quien había conocido en 1937 en París, la noche después del día de Navidad durante una cena en Fouquet, invitados por James Joyce.

Era un joven de 30 años, alto y desgarbado, de ojos verdes que nunca te miraban directamente. Su aspecto exterior no le importaba nada porque vestía muy mal con ropa francesa que le venía estrecha; hablaba poco, pero nunca decía estupideces; parecía estar siempre pensando en algo muy importante. Así recordaba Peggy Guggenheim a Samuel Beckett, calmada con el tiempo su tormentosa relación. Hasta entonces, ella devoraba a los hombres según el método de usar y tirar, sobre todo a los pintores que pasaban por su galería, la Guggenheim Jeune, que había montado en Londres, asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read, quienes la animaron a invertir su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia, que ni entendía ni le gustaba. Peggy vivía entre Londres y París flotando en una riqueza al servicio de sus caprichos amorosos. En París, se encontró con este joven irlandés silencioso, un tipo duro de verdad, con cara de cuchillo, cortés y al mismo tiempo muy antipático.

Después de aquella cena de Navidad en Fouquet, que Joyce había ofrecido a su familia y amigos, Beckett pidió a Peggy que le permitiera acompañarla a casa. Durante el camino la cogió del brazo sin hablar, dio por hecho que podía subir a su apartamento y allí sin expresar directamente sus intenciones le dijo que se echara a su lado en el sofá. “A los pocos minutos estábamos en la cama de la que ya no nos levantamos hasta la noche del día siguiente” — confiesa ella en sus memorias. A la hora de despedirse, Beckett fue parco en palabras. Le dijo simplemente gracias. “¿Te gusto? ¿Me quieres?”— le preguntó Peggy de forma ritual desde la cama. Beckett se limitó a negar con la cabeza y desapareció dejando a la tigresa a la vez humillada, sorprendida y excitada. Tiempo después, una noche, se encontraron por azar en un paso de peatones del boulevard de Montparnasse. Se fueron directamente a un apartamento que les prestó una amiga y pasaron doce días encerrados. Beckett solo bajaba a la calle a comprar comida y champán. “De los trece meses que estuve enamorada de él recuerdo aquellos días con gran emoción. Ambos estábamos excitados intelectualmente. Volví a sentirme libre para decir o pensar lo que sentía”.

Era realmente una aventura porque Beckett desaparecía y su regreso solía ser imprevisible. Lo único seguro era que siempre regresaba borracho y como moviéndose en un sueño. Peggy por primera vez se sentía insegura, dominada, lo que no dejaba de ser una experiencia nueva muy excitante. En cierta ocasión, después de diez días de encierro, Beckett aprovechó una salida de su amante para meter en la cama a una amiga suya de Dublín. Para detener la furia de Peggy se limitó a decir que no había sido capaz de echarla cuando se metió en su cama y que hacer el amor sin estar enamorado era como tomar café sin coñac. —“¿Soy yo tu coñac?”— le preguntó Peggy antes de echarlo de casa. Fue al salir a la calle cuando un loco le dio una puñalada entre las costillas que le tuvo al borde de la muerte.

Enloquecida de pasión, Peggy anduvo buscándole por todos los hospitales hasta que Nora, la mujer de Joyce, le dijo dónde estaba. Le llevó unas flores con una nota en que le juraba su amor y que se lo perdonaba todo. Helen Joyce, la mujer de Giorgio, el hijo del escritor, le sugirió que la única forma de romper esa neurosis era que lo violara. Una noche lo acompañó a casa y la tigresa se abatió sobre él. Beckett, preso del pánico, logró zafarse de sus brazos y huyó dejándola sola en su propio apartamento. Ya no volvieron a verse.

Cuando se agitaron los primeros vientos de guerra, lejos de ponerse a salvo como otros judíos ricos, Peggy que había cerrado su galería de Londres, comenzó a acaparar pintura de vanguardia en París. Se había propuesto comprar un cuadro al día, puesto que todos los artistas estaban a su alcance, Picasso, Matisse, Braque, Miró, Dalí, a precios irrisorios debido a la inseguridad del momento. Finalizada la guerra, Peggy Guggenheim abrió en Manhattan la galería Art of this Century, germen del expresionismo abstracto con De Kooning, Pollock, Rotko, Motherwell, que ella impulsó. De hecho, ese trasvase de la vanguardia histórica desde París a Manhattan fue el botín de guerra que se llevaron los norteamericanos. Peggy Guggenheim fue una pieza clave en ese botín, que después se conocería como la Escuela de Nueva York. Pero la única pieza que no pudo comprar fue aquel tipo desgarbado, con cara de cuchillo, un tal Samuel Beckett, un artista que no tenía precio.

De cómo Peggy Guggenheim violó a Samuel Beckett. Texto: Manuel Vicent. Genios e impostores. El Pais.com. 13.04.2015.

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In Memoriam: 100 años sin Francisco Giner de los Ríos.

Se acaban de cumplir cien años de la muerte del pedagogo y fundador de la hoy profundamente admirada Institución Libre de Enseñanza (ILE), un proyecto que tuvo que enfrentarse a la cerrazón de una sociedad oprimida por los prejuicios y los dogmas y que fue la puerta de entrada a las más modernas teorías pedagógicas y científicas extranjeras.

La ILE, un fogonazo que duró seis décadas, expandió una renovadora fe laica, que veneraba la cultura y la ciencia, sacaba los libros al monte y sacudía la pelusa del retraso con el envío de talentos al exterior y la invitación a España de quienquiera que tuviese algo notable que aportar: Marie Curie, Albert Einstein,Alexander Calder o John Dos Passos.

Francisco Giner de los Ríos (Málaga, Ronda, 1839 – Madrid, 1915), hijo de un funcionario de Hacienda, fue un inusual visionario, que no quedó atrapado en la telaraña de la teoría ni en la nostalgia del fracaso. En 1875 le apartaron de su cátedra de Filosofía del Derecho y Derecho Internacional de la Universidad Central por negarse a acatar la norma que impedía las críticas a la religión católica o a la monarquía. Ese mismo año Giner de los Ríos fue encarcelado en Cádiz, donde comenzó a mascar su futuro proyecto. En julio escribe:

“Mi plan, para el año próximo, es abrir en Madrid dos clases privadas, a ver si puedo vivir de mi trabajo por este camino. Si se realizan algunos ofrecimientos que nos hacen, tal vez organicemos modestamente una pequeña institución de enseñanza superior libre, con una escuela de Derecho”.

Giner de los Ríos fundó la Institución Libre de Enseñanza (ILE) en 1876, junto a otros catedráticos como Gumersindo de Azcárate, Teodoro Sainz Rueda y Nicolás Salmerón, y ejerció su labor iluminadora hasta que la Guerra Civil acabó con ella y el franquismo silenció su legado, que no se recuperó “oficialmente” hasta la década de 1980.

El espíritu de la ILE se sustentó sobre el ideario krausista, que defendía la tolerancia académica, la libertad de cátedra y una nueva moral social basada en el cultivo de la ciencia. Giner fue un importante divulgador de estas teorías desarrolladas por el alemán Karl Christian Friedrich Krause, aunque su introductor en España fue su maestro Julián Sanz del Río, que murió antes de ver el nacimiento de la ILE.

Se volcaron en la enseñanza primaria y secundaria. Antonio Machado sería uno de sus alumnos:

“Era don Francisco Giner un hombre incapaz de mentir e incapaz de callar la verdad; pero su espíritu fino, delicado, no podía adoptar la forma tosca y violenta de la franqueza catalana, derivaba necesariamente hacia la ironía, una ironía desconcertante y cáustica, con la cual no pretendía nunca herir o denigrar a su prójimo, sino mejorarle. Como todos los grandes andaluces, era don Francisco la viva antítesis del andaluz de pandereta, del andaluz mueble, jactancioso, hiperbolizante y amigo de lo que brilla y de lo que truena. Carecía de vanidades, pero no de orgullo; convencido de ser, desdeñaba el aparentar. Era sencillo, austero hasta la santidad, amigo de las proporciones justas y de las medidas cabales. Era un místico, pero no contemplativo ni extático, sino laborioso y activo. Tenía el alma fundadora de Teresa de Ávila y de Iñigo de Loyola; pero él se adueñaba de los espíritus por la libertad y por el amor. Toda la España viva, joven y fecunda acabó por agruparse en torno al imán invisible de aquél alma tan fuerte y tan pura” (Antonio Machado)

Giner también impulsó otros proyectos claves de la España del 14, como la Junta para la Ampliación de Estudios y la Residencia de Estudiantes, que dieron sus frutos visibles en la intelectualidad española varias décadas después de la fundación de la ILE.

Las teorías pedagógicas de Giner de los Ríos quedaron ampliamente expuestas en sus obras esenciales, entre las que figuran Estudios sobre educación (1886), Educación y enseñanza (1889), Estudios sobre artes industriales(1892), Resumen de Filosofía del Derecho (1889) y Estudios y fragmentos sobre la teoría de la persona social (1899).

Los siguientes libros ofrecen un interesante y completo acercamiento a la figura de Giner de los Ríos y su legado:

In Memoriam:

Fuente: El Cultural | El País | Diario Sur | Wikipedia | Fundación Francisco Giner de los Ríos

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Juan Goytisolo: literatura nómada a contracorriente.

La Jornada Semanal. Domingo 1 de febrero de 2015. Num: 1039.
(Ver online el número completo de la edición impresa)

 

No obstante haber sido distinguido con el más reciente Premio Cervantes de Literatura y ser ganador de diversos reconocimientos desde hace unas seis décadas, el español Juan Goytisolo goza de una fama por supuesto muy bien ganada, pero al mismo tiempo padece cierto penoso desconocimiento por parte de los lectores en general, al menos en México, donde son demasiado pocos los que pueden citar al menos los títulos de las novelas más relevantes de este ensayista y narrador insoslayable: podrían ser “Makbara”, “Señas de identidad”, “La saga de los Marx”, quizá la trilogía “El mañana efímero”, y aún quedaría muchísimo por conocer, entre relatos, ensayos, crónicas de viaje y un amplio etcétera. Los textos de Adolfo Castañón y Xabier F. Coronadoque reproducimos a continuación – son, al mismo tiempo, homenaje a un autor espléndido e invitación a que el lector lo constate por sí mismo. 

 

Mi cultura, forjada a tientas y aun a contracorriente, guardaría mucho tiempo la marca de los prejuicios, lagunas e insuficiencias de una España asolada y yerma, sometida a la censura y rigores de un régimen sofocante.

Juan Goytisolo.

 

En la historia de la literatura es común encontrar escritores que han desarrollado su obra fuera del país de origen. Las causas del alejamiento suelen ser ideológicas. La mayoría de esos autores se ven obligados a dejar su tierra ante la certeza de perder la libertad, incluso la vida. Es lo que conocemos como exilio político. En el país donde se refugia, el escritor tiene sensación de desgarro, sentimiento de pérdida, añoranza, “de todo me arrancaron. Me dejan el destierro.” (Luis Cernuda).

Otras veces la expatriación no es tan traumática; el escritor toma la decisión de manera voluntaria, se autoexilia. Esa coyuntura hace que no sea tan fuerte la sensación de añoranza, incluso hay atracción hacia la cultura que le acoge, muchas veces elegida, no impuesta por las circunstancias.

En ambos casos el escritor, a pesar de su infortunio, tiene la oportunidad de conocer otras costumbres, de desarrollar su trabajo en el marco de otras lenguas, de ver su propio bagaje a la luz de otra cultura. En definitiva, cuenta con más posibilidades de ampliar su conocimiento del mundo y de sí mismo, que los autores que no salen de su lugar de origen.

Juan Goytisolo es uno de esos escritores que opta por el exilio voluntario; con el tiempo supera el sentimiento de estar alejado de lo que consideraba propio y nunca regresa a vivir a su país:

“Para mí el exilio, a partir de un determinado momento, no ha sido un lamento sino que ha sido una fuerza vital cuyo impulso se ha prolongado después de que desapareció la razón que lo provocó. Yo podría haber regresado a España después de la muerte de Franco […] esta muerte llegó para mí demasiado tarde […], me encontraba en una situación donde ya era más familiar para mí vivir en París o enseñar en Estados Unidos o vivir en Tánger.”

Con el paso de los años, Goytisolo se convierte en un escritor nómada que trasciende su condición de expatriado y aprovecha la oportunidad de conocer otras culturas. Pero sobre todo, tiene la capacidad de procesar la visión de su propia herencia cultural desde afuera, liberada de apegos y orgullos nacionales: “El exiliado puede ver su lengua a la luz de otras lenguas, puede advertir enseguida que la escala de valores consensuada por la tribu es falsa. Me explico: cuando uno vive sumergido en un determinado medio no tiene puntos de comparación con respecto a otros idiomas y a otras culturas.” (Juan Goytisolo, Semana de Autor, ECH, 1991)

Estas circunstancias personales se reflejan en la obra de Juan Goytisolo y la convierten en una de las más interesantes e innovadoras de la historia reciente de la literatura española.

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