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El hombre que murió demasiado tarde.

 

A diario, muchas veces, sentado ante mi escritorio, toco el dolor y la pérdida como quien toca la electricidad con las manos desnudas, pero no muero. No sé cómo se produce este milagro.
DAVID GROSSMAN.

 

«Alguna vez he tenido la tentación de imitar la conducta de mi padre y poner fecha de caducidad a la vida. A fin de cuentas he heredado sus mismos hábitos, sus gestos, sus temores, y solo me falta vivir el mismo tiempo. Lo que mi padre ignoraba era que en 1974 no le quedaban tres años y medio de vida, sino catorce. La muerte le concedió una tregua de diez años, pero eso no le afectó porque ya se había enterrado en vida cuando decidió refugiarse en La Araña. Lo único que le diferenciaba de los muertos era que ellos no mantenían conversaciones entre sí, mientras que mi padre pasaba el tiempo hablando con los muertos. Paseaba con ellos por la playa y al caer la tarde se reunían alrededor de una mesa en el bar del Comunista. Después seguían dialogando en la casa de Javier Cisneros. Una tarde que fui a visitarlo, me confesó que se identificaba con “El hombre que murió demasiado tarde”, una novela de El Coyote que había releído la noche anterior:

—Denis cometió un error al invitar a Solita a que disparase contra él. Claro, que estaba seguro de que no se atrevería a apretar el gatillo, pero ella se atrevió. Y Denis murió, aunque murió demasiado tarde. —Eso dijo mi padre mientras pensaba que la soledad también tardaba demasiado en disparar contra él.

Mi padre se rodeaba de los ausentes para comentarles en voz alta las noticias de los periódicos atrasados que le habían llamado la atención. Cuando yo iba a visitarlo, me repetía las mismas historias. Como el caso de aquella anciana que desenterró los cuerpos embalsamados de su marido y de su hermana melliza para vivir con ellos durante más de diez años. Hasta que uno de esos vecinos que matan el tiempo fisgoneando en la vida de los otros la denunció a la policía. Fue una tarde que ella se dejó la puerta de la calle abierta y el inquilino del piso de arriba descubrió a los tres sentados en el comedor. La anciana no tenía la sensación de hacer nada malo, al contrario, ¿acaso no era una demostración de amor eterno permanecer después de la muerte con los dos seres a los que más había querido? Cuando en la boda se comprometió a amar a su marido en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separase, ella no estaba de acuerdo en lo último. ¿Por qué la muerte tenía que separarlos? Al ser interrogada por la policía declaró que tenía los cadáveres en casa porque necesitaba verlos y hablarles. Los tres se hacían compañía. Además, ella sufría claustrofobia y no podía soportar la idea de que su marido y su hermana permanecieran toda la vida en ataúdes enterrados bajo tierra. ¡Qué imagen tan terrible!, ¿cómo iba a consentir tal barbaridad? Mi padre imaginaba al marido y la hermana en los ataúdes mientras la anciana pasaba el tiempo asomada al interior de sí misma en la habitación solitaria de un centro geriátrico, pensando en los años que vivieron juntos a pesar de estar muertos, los días felices en la casa familiar, las animadas conversaciones de las sobremesas. El marido nunca fue un hombre muy hablador, aunque eso no importaba porque las hermanas suplían con creces sus largos silencios. Por la mañana temprano, la anciana se levantaba y preparaba el desayuno para los tres. Seguramente ahora estará desorientada en la habitación, pensaba en voz alta mi padre. Quizás pase el día intentando salir a la calle para dirigirse al mercado y después cocinar. ¿Quién arropará a su marido y a su hermana cuando refresque por las noches? La anciana se sigue reuniendo con ellos dentro de su cabeza. De nuevo están juntos. Los manda callar, les dice que no hagan ningún ruido porque hay un desequilibrado en la escalera que los quiere sepultar bajo tierra. Cuando alguien entra en la habitación del centro donde la han internado, ella lo abraza y le implora que no se los lleve de nuevo. En el fondo está deseando morir para reunirse definitivamente con ellos y que nadie los moleste, porque la mayoría de las personas son tan simples y crueles que piensan que los muertos están vacíos por dentro y por eso los entierran. Mi padre también había desenterrado la memoria y se puso a convivir con los fantasmas del pasado que permanecieron a su lado después de la muerte.

Estoy realizando el mismo viaje interior que hizo mi padre desde el mes de agosto de 1974 hasta enero de 1988. No sé el tiempo que pasaré aquí, tampoco me importa. Nadie me espera fuera. Teresa se ha convertido en mi ángel custodio, como los ángeles de las películas de Navidad que acuden para resolver los problemas y luego desaparecen. Mi madre afirmaba que el corazón humano solo crecía gracias al dolor. Luego añadía que a mi padre le falló el corazón, ignoro si se refería al órgano impulsor de la sangre o al encargado de manifestar los sentimientos. Creo que he heredado esa enfermedad. A mí también me falla el corazón. Por eso procuro crear los mínimos lazos afectivos para así evitar futuros temores, hasta que alguien me desborda y entonces me dejo arrastrar por los sentimientos».

Fragmento de «El cuarto de las estrellas» (Capítulo 12), de José Antonio Garriga Vela.

En Algún díaJosé Antonio Garriga Vela.

Podcast: Entrevista a José Antonio Garriga Vela en “El cuarto de las estrellas”.

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Demasiado ensueño sumerge y ahoga – «Los Miserables».

«Una cierta cantidad de ensueño es buena, como un narcótico, a dosis discretas. Esto adormece las fiebres a algunas veces obstinadas de la inteligencia en activo, y hace nacer en el espíritu un vapor fresco que corrige los ásperos contornos del pensamiento puro, colma aquí y allá lagunas e intervalos, une los conjuntos y borra los ángulos de las ideas. Pero demasiado ensueño sumerge y ahoga. Desgraciado el trabajador que se deja caer entero del pensamiento al ensueño. Cree que se remontará fácilmente, y se dice que, al fin y al cabo, es lo mismo. ¡Error!

El pensamiento es la labor de la inteligencia, el ensueño lo es de la voluptuosidad. Reemplazar el pensamiento por el ensueño es confundir un veneno con un alimento.

Marius, lo recordamos, había empezado por ahí. Había sobrevenido la pasión y había acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo. Ya no salía de su casa más que para ir a soñar. Alumbramiento perezoso. Abismo tumultuoso y estancado. Y a medida que el trabajo disminuía, aumentaban las necesidades. Esto es una ley. El hombre en estado soñador es naturalmente pródigo y débil; el espíritu distendido no puede mantener la vida apretada. Hay en este modo de vivir bien mezclado con mal, pues si la debilidad es funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso y noble que no trabaja, está perdido. Los recursos cesan, la necesidad surge.

Pendiente fatal, en que los más honestos y los más firmes son arrastrados como los más débiles y los más viciosos, y que desemboca en uno de estos dos agujeros: el suicidio o el crimen.

A fuerza de salir para soñar, llega un día en que se sale para arrojarse al agua.

(…) Marius bajaba por esta pendiente a pasos lentos, con los ojos fijos en la que ya no veía. Lo que acabamos de escribir parece extraño, y no obstante es cierto. El recuerdo de un ser ausente se enciende en las tinieblas del corazón, cuando ha desaparecido, irradia luz; el alma desesperada y oscura ve esta luz en su horizonte, estrella de la noche interior. Este era todo el pensamiento de Marius. No pensaba en otra cosa; sentía confusamente que su viejo traje se convertía en un traje imposible, y que su traje nuevo se iba haciendo viejo, que sus camisas se gastaban, que su sombrero se gastaba, que sus botas se gastaban, es decir, que su vida se gastaba, y se decía: «¡Si solamente pudiera verla antes de morir!»

Una única idea dulce le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que no conocía su nombre pero conocía su alma, y que tal vez allí donde se hallaba, cualquiera que fuese ese misterioso lugar, ella le amaba aún. ¿Quién sabe si no pensaba en él, como él pensaba en ella? Algunas veces, en las horas inexplicables que tiene todo corazón que ama, sin tener más que razones de dolor, y sintiendo no obstante un oscuro estremecimiento de alegría, se decía: «¡Son sus pensamientos que vienen a mí!» Luego añadía: «¡Tal vez mis pensamientos le llegan a ella!»

Esta ilusión, que le hacía mover la cabeza un momento después, conseguía no obstante arrojarle al alma rayos que a veces parecían de esperanza. De vez en cuando, sobre todo en esa hora del atardecer que más entristece a los soñadores, dejaba caer en un cuaderno en el que no había otra cosa, el más puro, el más impersonal, el más ideal de los sueños con que el amor llenaba su cerebro. A esto llamaba «escribirle».

No hay que creer que su razón estuviera trastornada. Por el contrario. Había perdido la facultad de trabajar y de moverse firmemente hacia un fin determinado, pero tenía más que nunca clarividencia y rectitud. Marius veía con una luz tranquila y real, aunque singular, lo que sucedía ante sus ojos, incluso los hechos o los hombres más indiferentes; aplicaba a todo la palabra justa con una especie de abatimiento honesto y de cándido desinterés. Su juicio, casi desprendido de la esperanza, se mantenía alto, y planeaba.

En esta situación de espíritu, nada se le escapaba, nada le engañaba, y descubría a cada instante el fondo de la vida, de la humanidad, del destino. ¡Feliz, incluso en la angustia, aquél a quien Dios ha dado un alma digna del amor y de la desgracia! Quien no ha visto las cosas de este mundo, y el corazón de los hombres bajo esta doble luz, no ha visto nada verdadero y no sabe nada.

El alma que ama y que sufre se halla en estado sublime.

Por lo demás, los días se sucedían y nada nuevo surgía. Le parecía únicamente que el espacio sombrío que le quedaba por recorrer se acortaba a cada instante. Creía ya entrever distintamente el borde del abismo sin fondo».


Los Miserables (Les Misérables) de Victor Hugo. Libro segundo. Éponine. 1. El campo de la Alondra.

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Franz Kafka y Milena Jesenská, un amor epistolar.

Jueves 

«Ya ve Milena, me quedo echado en mi silla de reposo, por la mañana, desnudo, medio en el sol, medio en la sombra, después de una noche casi enteramente insomne; cómo dormir, cuando soy demasiado liviano para el sueño y revoloteo constantemente en torno a usted, cuando en realidad estoy aterrado, exactamente como escribe usted hoy, por eso “que me ha caído en el regazo”, tan aterrado como los profetas que según se cuenta eran débiles criaturas (ya o todavía, es lo mismo), cuando oyeron la voz que los llamaba y se sintieron aterrados, no querían obedecer, hundían los pies en el suelo y sentían un miedo enloquecedor; ya habían oído anteriormente voces, pero no sabían de dónde provenía el tono aterrador de esta voz determinada -si era la debilidad de su oído o la potencia de la voz-, ni tampoco sabían, porque eran criaturas, que la voz ya había vencido y ya se había acuartelado, justamente gracias a ese terror preliminar y lleno de premoniciones  que les inspiraba, y que sin embargo no demostraba todavía su condición de profetas, ya son muchos los que oyen la voz, pero en realidad es muy dudoso afirmar aún objetivamente que la merezcan, y para mayor seguridad sería mejor negarlo de antemano… Así estaba yo, cuando llegaron sus dos cartas. 

Algo tenemos en común, Milena, según creo: somos tan tímidos y tan temerosos que cada carta es distinta, casi todas las cartas se asustan de la anterior y aún más de la respuesta. Usted no es así por naturaleza, eso se ve fácilmente, y yo, hasta es posible que tampoco yo sea así por naturaleza, pero ya se ha convertido casi en mi propia naturaleza; sólo cuando estoy desesperado y a veces cuando estoy enfadado pierdo esa cualidad y, por supuesto, cuando tengo miedo. 

Muchas veces tengo la impresión de que estuviéramos en una habitación con dos puertas opuestas, y cada uno tuviera aferrada la manija de una puerta, y apenas uno mueve los párpados ya está el otro detrás de su puerta, y ahora basta que el primero diga una sola palabra para que el otro cierre su puerta detrás de sí y desaparezca. Volverá a abrir la puerta, por supuesto, ya que tal vez es una habitación que no puede abandonarse. Si por lo menos el primero no se pareciera tan exactamente al segundo, si se quedara quieto, si por lo menos aparentara no mirar al segundo, si se dedicara a poner lentamente en orden el cuarto, como si fuera un cuarto como todos los demás; pero en cambio hace exactamente lo mismo que el otro junto a su puerta, a veces se encuentran ambos cada uno detrás de su puerta, y la hermosa habitación queda vacía. 

Esto da origen a dolorosos malentendidos, Milena; usted se queja de algunas cartas, dice que les da vuelta por todos lados y nada cae de ellas, y sin embargo son ésas, justamente ésas, si no me equivoco, en las que me sentía tan cerca de usted, tan subyugado en mi sangre, tan subyugador de la suya, tan profundamente en el bosque, tan reposado en la calma que uno realmente no quiere decir nada, salvo, por ejemplo que el cielo se divisa por entre las ramas de los árboles, nada más, y una hora después uno repite lo mismo, y sin embargo, no hay en esa frase “una sola palabra que no haya sido cuidadosamente meditada”. Y tampoco dura mucho, en el mejor de los casos un instante, pronto vuelven a sonar las trompetas del insomnio nocturno. 

Reflexione, además Milena, en qué condiciones me acerco a usted, qué viaje de treinta y ocho años hay detrás de mí (y un viaje mucho más largo todavía, porque soy judío), y cómo, al tomar una curva aparentemente casual del camino, la veo, cuando no esperaba verla, y menos aún tan definitivamente tarde, entonces Milena, no puedo gritar, ni tampoco grita nada en mí, ni siquiera digo mil tonterías, porque no están en mí (omito las otras tonterías, de esas poseo en exceso), y quizá sólo advierto que estoy arrodillado al ver que sus pies están ante mis ojos, y al acariciarlos.

Y no me exija sinceridad, Milena. nadie puede exigírmela más que yo, y sin embargo, muchas cosas me rehúyen, es más, quizá me rehúyan todas. Pero al alentarme en esta cacería, no me alienta nada de eso, ya no puedo dar un paso más, de pronto se vuelve mentira, y el perseguido acosa al perseguidor. Voy por un camino tan peligroso, Milena. Usted se encuentra segura junto a un árbol, joven, hermosa, sus ojos subyugan con su brillo el dolor del mundo. Estamos jugando a un juego infantil, yo me arrastro por la sombra, de un árbol a otro, estoy en pleno camino, usted me llama, me señala los peligros, quiere darme ánimos, se desespera al ver mi paso inseguro, me recuerda (¡a mí!) la seriedad del juego… no puedo, desfallezco, ya he caído. No puedo escuchar al mismo tiempo las voces terribles de mi interior y la suya, pero en cambio puedo oír la suya sola y confiar en usted, en usted como en nadie más en el mundo». 

Suyo, F.

Extraído de: Cartas a Milena, de Franz Kafka.

En Algún día: Franz Kafka.

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Los bienaventurados: el árbol de la vida. María Zambrano.

“La vida se arrastra desde el comienzo. Se derrama, tiende a irse más allá, a irse desde la raíz oscura, repitiendo sobre la faz de la tierra -suelo para lo que se yergue sobre ella- el desparamarse de las raíces y su laberinto. La vida, cuanto más se da a crecer, prometida como es el acontecimiento, más interpone su cuerpo, el cuerpo que al fin ha logrado, entre su ansia de crecimiento y el espacio que la llama. Busca espacio en ansia de desplegarse y todos los puntos cardinales parecen atraerla por igual hasta que encuentra el obstáculo para proseguir su despliegue. En principio no tiene límite y los ignora hasta que los encuentra en forma de obstáculo infranqueable, primera moral que el hombre entiende llamándola prohibición. Mas busca la vida ante todo su cuerpo, el despliegue del cuerpo que ya alcanzó, el cuerpo indispensable. Y busca otro cuerpo desconocido. Y así el primer ímpetu vital subsistente en el hombre a través de todas las edades le conduce a la búsqueda de otro cuerpo propiamente suyo, el cuerpo desconocido. Cuando inventa aparatos mecánicos que se lo proporcionen gracias a una cierta ciencia se llama a esta consecución progreso técnico. Y no es más que el ciego ímpetu de la vida que se arrastra por un cuerpo, por su cuerpo, por sus cuerpos, ya que ninguno le basta.

Y este ansia corre ciegamente en un primer plano muy cerca de la raíz, más diferenciándose de ella por sostenerse sobre ella, por reptar sobre la faz de la tierra y sobre las espaldas de los inferos. Entre los profundos abismos que rodean el centro y el inmediato subsuelo, patria de las raíces, están los yacimientos del agua y de la luz cuajada y sepultada”.

(María Zambrano, Los bienaventurados).

En Algún día: María Zambrano.

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Razones para citar a Virginia Woolf.

Isabel Durán Giménez-Rico, catedrática y directora del departamento de Filología Inglesa II en la Universidad Complutense de Madrid, selecciona una serie de citas de Virginia Woolf para la sección de “Casa de citas” de la revista Claves de Razón Práctica nº 237. En el artículo, titulado “La dureza del granito, la misteriosa evanescencia del arco iris“, Giménez-Rico realiza una breve introducción de la escritora británica, figura imprescindible de la literatura inglesa, asegurando que los años han demostrado que la personalísima voz narrativa, argumentativa, expositiva o descriptiva de Woolf sigue siendo tan necesaria como irrepetible.

Les dejo con un par de citas y el enlace al artículo completo en PDF.

“Ella [Clarissa Dalloway] sentía, sin lugar a dudas, lo que los hombres sienten. Solo por un instante; pero era suficiente. Era una revelación súbita, una especie de excitación, como un sofoco que tratabas de contener, pero conforme se extendía no te quedaba más remedio que entregarte a su movimiento y te precipitabas hasta el final y allí te ponías a temblar y sentías que el mundo se te acercaba, hinchado con un significado sorprendente, con una especie de presión que te llevaba al éxtasis, porque estallaba por la piel y brotaba y fluía con un inmenso alivio por fisuras y llagas. Y entonces, en ese preciso momento, había tenido una iluminación. La luz de una cerilla en una flor de azafrán; un significado interior que casi llegaba a verbalizarse. Pero la presión se retiraba; lo duro se volvía blando; el momento había terminado”.

(La Señora Dalloway – Virginia Woolf)

“Querido: estoy segura de que me voy a volver loca de nuevo. Siento que ya no podemos atravesar otro de esos espantosos periodos. Y esta vez no me curaré. Empiezo a oír voces, ya no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que creo que es mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible. Has sido para mí todo lo que una persona puede ser para otra. No creo que otras dos personas hayan podido ser más felices hasta que sobrevino esta terrible enfermedad. Ya no puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida y que sin mí podrías trabajar. Y vas a hacerlo, estoy segura. ¿Te das cuenta?, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Lo que quiero decirte es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido increíblemente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo, todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiese podido salvarme habrías sido tú. Todo me ha abandonado salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo”.

(Carta de despedida de Virginia Woolf a su esposo Leonard antes de suicidarse).

[Leer artículo completo en PDF]

En Algún día: Virginia Woolf.

Fuente: El Boomeran(g)

Resucitaré y salvaré el mundo…

(…) —¿Qué maestro? —aulló Judas, amenazando con el puño—.  ¿Este? Pero, ¿es que no tenéis ojos para verlo y sesos para juzgarlo? ¿Es éste un maestro? ¿Qué nos decía? ¿Qué nos prometía? ¿Dónde está el ejército de ángeles que debía descender del cielo para salvar a Israel? ¿Dónde está la cruz que debía ser nuestro trampolín para subir al cielo? Apenas este falso Mesías vio alzarse la cruz ante él, perdió la cabeza, se desvaneció y las mujercitas se adueñaron de él y lo emplearon para que les hiciera hijos.  Se batió como los otros, al parecer, se batió valientemente y lo proclama desde los tejados.  Pero sabes de sobra, desertor, que tu lugar estaba en la cruz.  Que otros se ocupen de arar la tierra y las mujeres.  ¡Tu deber era subir a la cruz! Te jactas de haber vencido a la muerte…  ¡puf! ¿Así triunfas de la muerte? ¡Has engendrado hijos, y eso equivale a decir carne para la muerte! ¡Carne para la muerte! ¿Qué es un niño? ¡Carne para la muerte! Te has convertido en su carnicero y le llevas carne para que la devore.  ¡Traidor, desertor, cobarde!

—Hermano Judas —murmuró Jesús, cuyos miembros comenzaban a temblar—, hermano Judas, muéstrate más clemente conmigo…

—Me has roto el corazón, hijo del carpintero —rugió Judas—, me has roto el corazón, ¿cómo quieres que me muestre clemente contigo? ¡Tengo deseos de estallar en lamentaciones, como las viudas, de golpearme la cabeza contra las piedras! ¡Maldito sea el día en que naciste, el día en que nací y el día en que te conocí y llenaste mi corazón de esperanza! Cuando caminabas delante de nosotros y nos arrastrabas detrás de ti, cuando nos hablabas de la tierra y del cielo, ¡qué alegría, qué libertad, qué riquezas saboreaba! Los granos de las uvas nos parecían tan grandes como niños de doce años y quedábamos saciados con sólo comer un grano de trigo.  Un día no teníamos más que cinco panes, dimos de comer a una gran multitud…  ¡y todavía nos quedaron doce cestos repletos de panes! ¡Cómo brillaban entonces las estrellas, cómo inundaban de luz el cielo! No eran estrellas sino ángeles; y ni siquiera eran ángeles, éramos nosotros mismos, nosotros, tus discípulos, que nos levantábamos y nos acostábamos.  Tú estabas en el medio, inmóvil como la estrella polar, ¡y nosotros que te rodeábamos, bailábamos alrededor! Me estrechabas en tus brazos, ¿recuerdas?, y me suplicabas: «¡Traicióname, traicióname! Así me crucificarán, resucitaré y ¡salvaremos el mundo!»

Fragmento de “La última tentación“, de Nikos Kazantzakis.

En Algún Día:
Los Alimentos de la Última Cena.
Jueves y Santo.
Expresiones con Pasión.
Versos olvidados: “Viernes Santo”, de Jorge Guillén.
Yehoshúa ben Yósef: el Jesús histórico.
Y resucitó

Bolañomanía XXIV: 2666 Fobias.

” (…) Hay cosas más raras que la sacrofobia, dijo Elvira Campos, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en México y que aquí la religión siempre ha sido un problema, de hecho, yo diría que todos los mexicanos, en el fondo, padecemos de sacrofobia.

Piensa, por ejemplo, en un miedo clásico, la gefidrofobia. Es algo que padecen muchas personas. ¿Qué es la gefidrofobia?, dijo Juan de Dios Martínez. Es el miedo a cruzar puentes. Es cierto, yo conocí a un tipo, bueno, en realidad era un niño, que siempre que cruzaba un puente temía que éste se cayera, así que los cruzaba corriendo, lo cual resultaba mucho más peligroso. Es un clásico, dijo Elvira Campos. Otro clásico: la claustrofobia. Miedo a los espacios cerrados. Y otro más: la agorafobia. Miedo a los espacios abiertos. Ésos los conozco, dijo Juan de Dios Martínez. Otro clásico más: la necrofobia.

Miedo a los muertos, dijo Juan de Dios Martínez, he conocido gente así. Si trabajas como policía resulta un lastre. También está la hematofobia, miedo a la sangre. Muy cierto, dijo Juan de Dios Martínez. Y la pecatofobia, miedo a cometer pecados.

Pero luego hay otros miedos que son más raros. Por ejemplo, la clinofobia. ¿Sabes qué es? Ni idea, dijo Juan de Dios Martínez. Miedo a las camas. ¿Puede alguien tener miedo o aversión a una cama? Pues sí, hay gente que sí. Pero esto se puede atenuar durmiendo en el suelo y no entrando jamás a un dormitorio.

Y luego está la tricofobia, que es el miedo al pelo. Un poco más complicado, ¿verdad? Complicadísimo. Hay casos de tricofobia que acaban en suicidio. Y también está la verbofobia, que es el miedo a las palabras. En ese caso lo mejor es quedarse callado, dijo Juan de Dios Martínez. Es un poco más complicado que eso, porque las palabras están en todas partes, incluso en el silencio, que nunca es un silencio total, ¿verdad? Y luego tenemos la vestiofobia, que es el miedo a la ropa. Parece raro pero está mucho más extendido de lo que parece. Y uno relativamente común: la iatrofobia, que es el miedo a los médicos.

O la ginefobia, que es el miedo a la mujer y que lo padecen, naturalmente, sólo los hombres. Extendidísimo en México, aunque disfrazado con los ropajes más diversos. ¿No es un poco exagerado?

Ni un ápice: casi todos los mexicanos tienen miedo de las mujeres. No sabría qué decirle, dijo Juan de Dios Martínez.

Luego hay dos miedos que en el fondo son muy románticos: la ombrofobia y la talasofobia, que son, respectivamente, el miedo a la lluvia y el miedo al mar. Y otros dos que también tienen algo de románticos: la antofobia, que es el miedo a las flores, y la dendrofobia, que es el miedo a los árboles. Algunos mexicanos padecen ginefobia, dijo Juan de Dios Martínez, pero no todos, no sea usted alarmista. ¿Qué cree usted que es la optofobia?, dijo la directora. Opto, opto, algo relacionado con los ojos, híjole, ¿miedo a los ojos? Aún peor: miedo a abrir los ojos. En sentido figurado, eso contesta lo que me acaba de decir sobre la ginefobia. En sentido literal, produce trastornos violentos, pérdidas de conocimiento, alucinaciones visuales y auditivas y un comportamiento, por lo general, agresivo. Conozco, no personalmente, claro, dos casos en los que el paciente llegó hasta la automutilación. ¿Se sacó los ojos? Con los dedos, con las uñas, dijo la directora. Sopas, dijo Juan de Dios Martínez. Luego tenemos, por supuesto, la pedifobia, que es el miedo a los niños, y la balistofobia, que es el miedo a las balas.

Esa fobia es la mía, dijo Juan de Dios Martínez. Sí, supongo que es de sentido común, dijo la directora. Y otra fobia, ésta en aumento, es la tropofobia, que es el miedo a cambiar de situación o lugar. Que se puede agravar si la tropofobia deviene agirofobia, que es el miedo a las calles o a cruzar una calle. Sin olvidarnos de la cromofobia, que es el miedo a ciertos colores, o la nictofobia, que es el miedo a la noche, o la ergofobia, que es el miedo al trabajo. Un miedo muy extendido es la decidofobia, que es el miedo a tomar decisiones. Y un miedo que empieza recién a extenderse es la antropofobia, que es el miedo a la gente. Algunos indios padecen de forma muy acentuada la astrofobia, que es el miedo a los fenómenos meteorológicos, como truenos, rayos, relámpagos. Pero las peores fobias, a mi entender, son la pantofobia, que es tenerle miedo a todo, y la fobofobia, que es el miedo a los propios miedos. ¿Si usted tuviera que sufrir una de las dos, cuál elegiría? La fobofobia, dijo Juan de Dios Martínez. Tiene sus inconvenientes, piénselo bien, dijo la directora. Entre tenerle miedo a todo y tenerle miedo a mi propio miedo, elijo este último, no se olvide que soy policía y que si le tuviera miedo a todo no podría trabajar.

Pero si les tiene miedo a sus miedos su vida se puede convertir en una observación constante del miedo, y si éstos se activan, lo que se produce es un sistema que se alimenta a sí mismo, un rizo del que le resultaría difícil escapar, dijo la directora. (…)”

© Bolaño, Roberto. 2666. Editorial Anagrama. Barcelona, 2004.

En Algún Día │Roberto Bolaño.

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