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Un 23-F de hace 30 años.

El 23 de febrero de 1981, la joven democracia española vivió su prueba más difícil. Militares nostálgicos del antiguo régimen protagonizaron un intento de golpe de Estado que pudo haber acabado en un baño de sangre o una nueva dictadura. El resultado final fue la consolidación definitiva del sistema democrático, aunque a costa de un retraso en el proceso de descentralización del Estado. La intentona golpista no fue un hecho del todo inesperado, dado el amplio malestar existente en sectores del Ejército por el cambio político emprendido tras la muerte de Franco.

Todo empezó a las 18.23 horas, cuando un pelotón de guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero irrumpió en el Congreso de los Diputados mientras se votaba la investidura como nuevo presidente de Leopoldo Calvo Sotelo (UCD). Éste debía suceder en el cargo al dimisionario Adolfo Suárez, también de la coalición centrista UCD.

El forcejeo de Tejero con el general Manuel Gutiérrez Mellado (vicepresidente del Gobierno) y los posteriores disparos al techo realizados por los asaltantes no presagiaban nada bueno. Sólo permanecieron en su asiento, desafiando la orden de tirarse al suelo, el propio Gutiérrez Mellado, el presidente Suárez y el dirigente comunista Santiago Carrillo. Diputados y senadores quedaban secuestrados en el edificio representativo de la soberanía popular, dejando al país entero en vilo.

Un capitán que acompañaba a Tejero adelantó a los parlamentarios la pronta llegada de una ‘autoridad militar competente’ para disponer lo que fuese procedente. Ante la situación creada, se constituyó en el Ministerio del Interior un Gobierno provisional de subsecretarios que asumió las funciones del ejecutivo secuestrado en las Cortes. El director de la Seguridad del Estado, Francisco Laína, se puso al frente de dicho gabinete de crisis. El jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, apoyó el orden democrático y entabló contacto telefónico con Laína.

Fiel también al ordenamiento constitucional, el director general de la Guardia Civil, el general José Luis Aramburu Topete, se dirigió al Congreso para emplazar a Tejero a rendirse. El teniente coronel golpista se mantuvo firme, llegando a amenazar a Aramburu con pegarle un tiro y luego suicidarse. A la vista de su empecinamiento, el jefe de la Benemérita decidió retirarse.

Estado de excepción en Valencia. Ya de noche, los tanques salieron a las calles de Valencia por orden del teniente general Jaime Milans del Bosch, quien declaró el estado de excepción en su región militar. Otros militares sediciosos como el general Luis Torres Rojas y el comandante Ricardo Pardo Zancada intentaron que se sumasen al golpe las fuerzas de la División Acorazada Brunete: pretendían con ello asegurar el control de puntos estratégicos de Madrid como la sede de RTVE.

Las instalaciones de Prado del Rey permanecieron ocupadas por varios destacamentos de la Brunete alrededor de dos horas, en las que Televisión Española alteró su programación y Radio Nacional emitió marchas militares. La intervención de los generales José Juste (jefe de la Brunete) y Guillermo Quintana Lacaci (capitán general de la primera región militar) impidió que los golpistas pudiesen disponer del grueso de esta importante división.

El general Alfonso Armada, pieza importante de la trama golpista, entró en el Congreso sobre las 23.50 horas para despachar con Tejero. Quiso erigirse en jefe de un gobierno de concentración nacional, pero no logró convencer a Tejero, quien abogaba por la creación de una junta estrictamente militar. La suerte del golpe quedó echada tras la intervención del Rey en TVE en torno a la una y cuarto de la madrugada: el monarca ordenó expresamente a los militares sublevados que se retirasen a sus cuarteles. Pasado el mediodía del 24 de febrero, los asaltantes del Congreso se entregaron tras haber liberado a los diputados retenidos. El resto de los golpistas ya estaban a disposición de la justicia militar.

La jornada del 24-F fue testigo de una de las manifestaciones ciudadanas más multitudinarias de la historia de España: un millón y medio de personas se congregaron en Madrid detrás de una pancarta que rezaba “Por la libertad, la democracia y la Constitución”.

Condenas de hasta 30 años. El macrojuicio del 23-F, celebrado en Madrid ante el Consejo Supremo de Justicia Militar, se saldó el 3 de junio de 1982 con duras condenas para los rebeldes. Tejero y Milans del Bosch fueron condenados a 30 años de cárcel. Otras 28 personas recibieron penas de entre un año de suspensión de empleo y 6 años de prisión. El Tribunal Supremo aumentó en 1983 las condenas: de 5 a 10 años para el coronel Diego Ibáñez Inglés (colaborador de Milans en Valencia); de 6 a 12 para Torres Rojas y Pardo Zancada; y de 6 a 30 para Armada. En 1996, tras la salida de la cárcel de Tejero, los protagonistas del fallido golpe ya se hallaban en libertad. Todos ellos se beneficiaron de indultos.

Uno de los secretos aún por desvelar del 23-F es la identidad del llamado “Elefante Blanco”, la alta personalidad militar que supuestamente debía presentarse en las Cortes y hacerse con las riendas del golpe. Algunos analistas consideran que el “Elefante Blanco” era un mero símbolo del Ejército en su conjunto. Otros atribuyen ese título a Armada, quien siempre lo ha negado.

Sólo 20 meses después de la fracasada sublevación militar, el PSOE llegaba al poder con una abultada mayoría absoluta. Muchos historiadores marcan el final de la Transición en esas elecciones de octubre de 1982 que convirtieron en presidente a Felipe González.

Texto: Nicolás Fabelo. RTVE.es. 22.02.2011.

Especial 23-F-en RTVE.es
23-F:Las ediciones especiales de El PAÍS.
23-F: Video Resumen en EL Mundo.es.
Los otros protagonistas del 23-F. abc.es.
El 23F y la cultura.

In Memoriam: Juan Marichal.

Juan Marichal (Santa Cruz de Tenerife, 1922 – México, 9 de agosto de 2010), el hombre que redescubrió desde el exilio la obra de Manuel Azaña y trabajó por la reivindicación histórica de Juan Negrín, su paisano canario, falleció esta madrugada en Cuernavaca, México, según ha comunicado su hijo, el profesor Carlos Marichal, con quien vivía allí desde hace siete años.

Marichal es uno de los intelectuales más importantes de la España que hizo la diáspora durante la Guerra Civil.  Premio Nacional de Historia en 1996, Premio Nacional de Ensayo en 1995 y Premio Canarias de Literatura en 1987 junto a la escritora María Rosa Alonso, Juan Marichal nació en 1922, en Tenerife; su familia era republicana; estudió en Madrid, y cuando aún era un chiquillo vivió el inicio de la guerra (que él llamó incivil) en el barrio de Chamberí. El horror de aquellos episodios y el posterior exilio, que inició cuando aun no había concluido la contienda, fueron hechos fundamentales en la formación de su carácter, introvertido y analítico, preocupado siempre por la esencia de su país herido.

Don Juan Marichal fue director del Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Harvard. Como estudioso de la obra de Azaña, que convirtió en un símbolo de la España trasterrada, y también del pensamiento político republicano, consiguió poner en pie un legado que durante las primeras décadas de la posguerra permaneció ennegrecido por las campañas franquistas en contra del que había presidido el Estado hasta 1939.

Fue también un gran estudioso de la literatura y del pensamiento hispanoamericano, que contribuyó a divulgar en España como ensayista y como conferenciante. In Memoriam.

Fuente: El País.com.

La historia hecha palabra.

Las grandes novelas que hacen vivir al lector en distintas épocas.

Quo vadis? (1896) Henri Sinkiewicz.

Desde Los mártires de Chateaubriand hasta Ben-Hur el tema más popular de la novela histórica del XIX fue el de cristianos perseguidos. Quo vadis? corona la serie, con todos los tópicos del género: jóvenes amantes, -bella y virtuosa cristiana frente a fogoso guerrero romano- ; y tipos secundarios memorables: el voluble y cruel Nerón, el elegante y simpático Petronio, el gigantón Ursus, y los apóstoles Pablo y Pedro (a quien el propio Cristo dirige la inquietante pregunta del título). Impactante dramatismo y escenarios espectaculares: la Roma imperial, catacumbas, casas patricias, el circo con sus fieras, diálogos vibrantes, banquetes y catástrofe final: el gran incendio de Roma. Happy end romántico y suicidio teatral de Nerón. Sinkiewicz, experto en relatos históricos, mereció el premio Nobel. Las versiones del cine lo hicieron un clásico.

La gran marcha (2005) E. L. Doctorow.

Narración vibrante de fulgores épicos, arrolladora por su tema y por su estilo. Por un lado, la famosa marcha de la caballería del general Sherman (1864) desde Atlanta por Georgia y las Carolinas, arrasando ciudades y campos de los confederados. De otro, una narración rápida, cinematográfica, que da vida y color a diversas figuras en escenas de intenso dramatismo. Ciudades en llamas, desastres, muerte, gestos heroicos, lastimera turba fugitiva de damas sureñas y esclavos errantes tras las tropas y ruinas, en el torbellino poco heroico que dirige el implacable Sherman, un personaje más en el elenco de sus emotivas figuras. Doctorow es genial en la creación de tipos y caracteres, y en los diálogos vivaces, continuos e impresionantes por su fuerte tensión dramática. En definitiva, una novela histórica impactante, por su rigor, estilo y diseño clásico.

La marcha Radetzky (1932) Joseph Roth.

En Solferino el teniente Trotta salvó la vida al joven emperador. Ese gesto heroico determinó su destino, el de su hijo y el de su nieto. Que morirá al fin bajo las balas del frente ruso medio siglo después en otra guerra. Al tiempo que agoniza, ya viejísimo y solo, Francisco José, y se desmorona el universo al que los tres Trotta sirvieron. Un mundo de orden, fantasmagórico, de uniformes, guarniciones de frontera, duelos de honor, deudas de juego, vino y amoríos furtivos, viejos criados, lealtades y calladas ternuras. Las músicas militares puntúan con fugaz ironía unas vidas pautadas por la rutina y la desesperanza: “El mundo en que todavía merecía la pena vivir estaba condenado a desaparecer”. Roth, que recuerda a Chéjov y Schnitzler, es un maestro de la melancolía. La marcial marcha de Radetzky suena como un Réquiem por el Imperio.

Espartaco (1951) Howard Fast.

La rebelión de los esclavos y gladiadores contra Roma en el siglo I antes de Cristo era un tema histórico muy atractivo, vista como la primera gran rebelión proletaria. Espartaco derrotó cinco veces a los ejércitos romanos; luego Craso y Pompeyo aniquilaron a los rebeldes con ejemplar ferocidad. Howard Fast y Arthur Koestler, marxistas y libertarios ambos, escribieron a la par dos novelas apasionantes sobre esa revolución de trágico final. Koestler insiste más en esa audaz aurora precomunista y su utopía traicionada; Fast subraya la grandeza humana del gladiador protagonista (ahora tiene ya la cara de Kirk Douglas) con emotivas figuras y vivaces diálogos. La novela se editó pese a censuras políticas al comienzo, pero alcanzó, como el oportuno filme, un éxito impresionante.

De noche bajo el puente de piedra (1953) Leo Perutz.

Ved aquí la Praga misteriosa y mágica de la época de Rodolfo II, evocada a través de los 15 episodios fantásticos de la novela De noche bajo el puente de piedra. Leo Perutz, un maestro del relato de intriga, describe su antiguo barrio judío, de oscuras callejas, sinagogas, hechizos y fantasmas, y, al otro lado, la corte del enigmático y enloquecido Rodolfo, con su intrigante tropel de alquimistas, bufones, sirvientes y astrólogos. El emperador, y su amor desdichado, protagoniza sorprendentes escenas mágicas; el rico judío Mordecai Meisel, otras. Sus destinos se cruzan en esa ciudad prodigiosa, la misma del Golem y el rabino Loew, y del belicoso Wallenstein, donde todo puede suceder. Lo histórico y lo fantástico se dan la mano en esta trama “de buscadores de oro y buscadores de Dios”.

Yo, Claudio (1934) Robert Graves.

Menuda familia la de los Judio-Claudios! Superior al más dramático culebrón telefílmico, con intrigas, pasiones turbulentas y crímenes taimados. Más allá de los sabios cotilleos de Suetonio y Tácito, la crónica cruel y escandalosa de los primeros emperadores de Roma, llega aquí en las memorias del escurridizo y puntual narrador, el viejo Claudio, ya no el torpe erudito elevado a la púrpura por azar, según contaron los antiguos, sino un cronista implacable, irónico y mordaz, según Robert Graves, experto en clásicos, de chispeante imaginación y admirable estilo. Con mano maestra evoca escenas y personajes estupendos (la cruel Livia, el turbio Tiberio, el loco Calígula, etcétera). Y sus diálogos son de una frescura teatral. Con buenos remakes en cine y televisión.

Memorias del imperio (1987) Fernando del Paso.

Como en un colosal y abigarrado mural mexicano, aquí se pinta en fragmentos la catástrofe de un imperio fulgurante y fugaz, concluido en el fusilamiento esperpéntico de Maximiliano en Querétaro en 1867. En la narración alternan diversas voces; es una trama polifónica, un gran mosaico barroco y patético. La narradora principal es la emperatriz viuda y loca, Carlota, que monologa en su vieja Bélgica, sesenta años después del gran desastre, su amor y su reino perdidos. Pero hay otros relatores, cada uno con acento propio: Maximiliano, un soldado raso, un médico, un historiador, Juárez, etcétera. La prosa zigzagueante, el contraste de diversas perspectivas, los tonos carnavalescos y la heteroglosia dan un aire casi surrealista a esta imponente “sinfonía bajtiniana” (según S. Menton), la más inolvidable ficción histórica latinoamericana.

La muerte de Virgilio (1945) Hermann Broch.

En vibrante prosa lírica de tonos filosóficos, el autor exiliado evoca la angustia del poeta latino enfrentado a la gran duda: ¿a qué sirve la poesía y la épica? Virgilio llega a Brindisi de noche muy enfermo, en la nave del emperador Augusto. Viene de Grecia; presiente su pronta muerte. En sus últimas horas, febril, lo acosa un torrente de fantasmales sueños, y decide quemar el penoso poema de sus últimos años. Augusto, mecenas tenaz, batalla por salvar esa Eneida para gloria de Roma. Discuten -durante más de cien páginas- del poder y la poesía. Vence Augusto; el poeta cede y se resigna: quizás, en fin, su voz perdure más que la propaganda imperial y conserve su dolorido sentir. Larga novela y poética, mínima acción, densa elegía de trascendentes ecos.

La historia hecha palabra. Texto: Carlos García Gual. Babelia. 07/08/2010.

Los juglares y la historia – Gisbert Haefs.
Una cantera inagotable de ficción – Fietta Jarque.
El mito se renueva – Carlos García Gual.
Verdad y mentira en la novela histórica – Dasso Saldívar.

La vuelta a la historia en cincuenta frases. Helge Hesse.

Muchas frases célebres que leemos, oímos y pronunciamos a diario son milenarias. Nacieron en momentos cruciales de la historia mundial, porque alguien las pronunció o las escribió. Algunas de ellas son incluso más antiguas que nuestro idioma. Todas ellas nos cuentan algo sobre nuestra cultura y nuestra historia.

Si nos fijamos en las citas célebres de la historia, echamos un vistazo a los personajes que las acuñaron e investigamos las circunstancias en las que nacieron, constataremos que no sólo nos permiten realizar un viaje al pasado, sino también una sucesión de visitas relámpago a los momentos decisivos de la historia de la humanidad.

Este libro es una invitación a ese viaje, a través de cincuenta frases célebres, personajes y momentos de gran relevancia histórica. Desde «Conócete a ti mismo» hasta «El eje del mal», median ni más ni menos que dos mil seiscientos años.

Detrás de cada cita que se estudia en este libro se esconde por lo menos un episodio crucial de la historia. Cada una de ellas abre una puerta a un período y un espacio propios, desvela sorprendentes huellas de épocas pasadas y muestra a sus autores y su personal visión del mundo.

Como en todo viaje, uno debe tomar siempre la decisión de dónde se detiene, qué visita y qué deja de lado. Como este libro trata de la historia de la humanidad, he incorporado citas literarias sólo cuando éstas remitían a un acontecimiento político o social relevante. Es probable que haya lugares en los que desearían permanecer más tiempo, a pesar de que nuestros pasos nos lleven ya por otros derroteros. Este viaje no pretende ser exhaustivo ni equilibrado, lo que, por otro lado, tampoco sería posible, entre otras cosas porque no todos los acontecimientos importantes de la historia mundial han dado lugar a alguna cita célebre.(…)

Sólo sé que no sé nada.
Sócrates (hacia 470-399 a. C.)

Cuando el año 400 a. C. se acercaba a su fin, un tal Meletos presentó en Atenas un escrito de acusación. Su argumentación parecía algo traída por los pelos, y la pena solicitada, ridículamente exagerada. Meletos acusaba al filósofo Sócrates, de setenta años, de no reconocer los viejos dioses e incluso introducir dioses nuevos y de corromper a la juventud; y por ello había que aplicarle nada menos que la pena de muerte.

Sócrates era por aquel entonces el filósofo más conocido de Atenas. Sin embargo, y por grande que fuera su fama, no se le tenía en absoluto por un ideal de su tiempo. Muchos de sus conciudadanos consideraban su actitud, su aspecto y su estilo de vida como una afrenta. A menudo, abordaba a desconocidos en medio de la calle y entablaba con ellos conversaciones filosóficas que no siempre terminaban de forma agradable. Al que quisiera ir por la tarde a comprar al ágora, la plaza del mercado de Atenas, podía sucederle que no pudiera llevar a cabo su deseo porque un hombrecillo sucio y desaliñado, de nariz aguileña, cabezón, de pelo ralo y frente ancha y pronunciada, le clavaba la mirada y, sin que viniese a cuento, le preguntaba qué era la sabiduría o qué podía considerarse bueno y justo. Si el otro respondía, Sócrates le formulaba inmediatamente la siguiente pregunta, que generalmente ponía en duda la respuesta anterior. Si el incauto ensayaba otra respuesta, ahora más meditada, recibía al instante otra pregunta de Sócrates, que abordaba de forma aún más incisiva las debilidades de su argumentación y que lo dejaba aún más perplejo y dubitativo. Al cabo de un rato, la mayoría pensaba seguramente que Sócrates sólo quería ponerles en ridículo. Ése no era, sin embargo, su objetivo: Sócrates preguntaba para adquirir conocimiento. Interrogaba de esa forma no sólo a los demás, sino también a sí mismo, poniendo constantemente en duda sus ideas y conclusiones. Esa forma de conversación en la que el maestro plantea siempre otra pregunta y anima al alumno a meditar sobre las preguntas que le son formuladas y sobre lo que quiere decir en las respuestas que da, para así alcanzar el verdadero saber, recibe en filosofía el nombre de método socrático; era el instrumento más valioso de Sócrates en su pugna por alcanzar el verdadero conocimiento y la actitud correcta que se desprende de éste.

(…) El argumento socrático “Sólo sé que no sé nada” fue esencial para la filosofía, pues toda búsqueda de conocimiento debe comenzar con la confesión de que hay algo que se ignora. Sócrates quería poner de manifiesto la ignorancia y la creencia errónea de que se conoce algo y, mediante un razonamiento lógico (que Sócrates equiparaba a la virtud), guiar a los individuos hacia la actitud correcta.

El fin justifica los medios.
Nicolás Maquiavelo (1469-1527)

Un retrato de Maquiavelo, realizado mientras aún vivía, nos muestra a un hombre pálido, envuelto en una elegante y regia túnica de paño grueso que parece esconder, y casi aplastar, un débil cuerpo enjuto. Al posar para el pintor, el retratado era todavía un hombre joven. Los ojos oscuros y despiertos transmiten curiosidad y astucia. La boca, de labios finos y prietos, parece sonreír dentro del rostro angosto. ¿Es ésta la sonrisa de un astuto hombre de poder? ¿O simplemente muestra la melancolía de un hombre que ha visto los abismos del ser humano? ¿Y la postura? La cabeza ligeramente ladeada hacia delante, con el pelo moreno y corto, aunque algo más largo en la nuca. ¿Se agacha a la espera de realizar un ataque artero, o es el gesto de Maquiavelo el de un hombre que suspira desilusionado?

Quien conozca la interpretación usual de la obra más conocida de Maquiavelo, Il principe (El príncipe), reconocerá en el retrato descrito a un cínico hombre de poder alejado de cualquier tipo de moral. No en vano, el texto consiste en un manual práctico en el que Maquiavelo explica de qué modo llega el soberano al poder y cómo, acto seguido, logra afianzarse en él. Y todavía resulta más asombroso el lenguaje práctico, analítico y claro con el que describe los, a veces, monstruosos métodos que posibilitan una exitosa subida al poder, y que hasta incluso parecen ser requeridos para lograr tal fin. Para él no cabía duda: quien desee obtener éxito político no debe arredrarse ante la mentira, la traición y la maquinación, y en ocasiones deberá recurrir incluso al homicidio. Lo decisivo es únicamente alcanzar el poder político. La máxima “El fin justifica los medios” no aparece de forma literal en la obra de Maquiavelo. Lo que ocurre es que, al establecerse como hilo conductor del libro El príncipe y al ser allí donde por primera vez en la historia es objeto de un amplio debate, se la suele asociar, por regla general, a Maquiavelo y a su obra más difundida.

(…) Maquiavelo deseaba la unidad de su quebrantado país natal, y El príncipe era su visión de cómo podía lograrse esa unidad en la forma de un seguro sistema estatal. Esta unidad tenía que ser llevada a cabo por un “hombre fuerte” y El príncipe debía ser su guía práctica. En sus viajes conoció al ambicioso César Borgia (1475-1507), personaje que le causó una profunda impresión. La divisa de Borgia era: “Aut Caesar aut nihil” (“O César o nada”). ¿Fue Borgia un modelo para El príncipe? Teniendo en cuenta la descripción que Maquiavelo hace de la obtención y la conservación del poder, parece que la forma de actuar de Borgia sea su modelo en todo momento. Éste logró, gracias a la fuerza de su ejército mercenario, tener temporalmente una extensa parte de Italia bajo su control; además, supo quebrantar, o al menos refrenar, tanto el poder del Estado pontificio como el de numerosos príncipes de provincias. Hasta parecía que podía someter a toda Italia. César Borgia no se arredraba ni ante la crueldad ni ante la violencia. No sólo fue un tirano como gobernador de las regiones que había conquistado, sino que también asesinó a numerosos adversarios por medio de sus cómplices o con sus propias manos. Esto nos recuerda el consejo que Maquiavelo brinda en El príncipe: el gobernador debe intentar ser clemente, pero en caso de duda no debe amedrentarse ante la crueldad y la violencia.

Sangre, sudor y lágrimas.
Winston Churchill (1874-1965)

¡Menuda entrada en funciones! No se esperaba menos de Winston Churchill en Gran Bretaña, donde hacía tiempo que era conocido como un orador de verbo poderoso, cuando el 13 de mayo de 1940, en una de las horas más graves de la historia británica, se dirigió a la nación con las siguientes palabras, poco antes de ser nombrado primer ministro: “I have nothing to offer but blood, tears, toil and sweat” (“No tengo nada más que ofrecer que sangre, lágrimas, fatigas y sudor”). Abreviadas y cambiadas de orden en aras del ritmo, estas palabras se hicieron célebres en la fórmula “Blood, sweat and tears” (“Sangre, sudor y lágrimas”).

Europa estaba en guerra. Tras la invasión de Polonia por la Wehrmacht, el Reino Unido y Francia habían declarado la guerra a Alemania. Durante años, Chamberlain, el predecesor de Churchill, había intentado evitar esa guerra, mientras que Hitler, desde su llegada al poder en 1933, no había escatimado esfuerzos para provocarla. Después de que Chamberlain hubiese tolerado las ofensivas de Alemania contra Austria, los Sudetes y Checoslovaquia, se había llegado a un punto en que la guerra ya no se podía evitar: la estrategia del apaciguamiento había fracasado. Con el comienzo de la guerra, los focos volvieron a alumbrar a una figura que durante años había quedado en la sombra y cuyas exhortaciones a que se actuara militarmente contra el gran peligro que representaba Hitler habían sido una prédica en el desierto: Winston Churchill. Este descendiente del famoso duque John Churchill von Marlborough, quien en el siglo XVII había defendido los intereses de Inglaterra frente a las ambiciones de poder europeas de Luis XIV, había sido en las últimas décadas la figura más controvertida de la política británica. Se había hecho famoso cuando, en calidad de corresponsal en la guerra de los Bóers de 1899-1900, protagonizó una huida espectacular después de haber sido hecho prisionero. Luego fue elegido diputado parlamentario y llegó a ocupar diversos cargos ministeriales. A finales de los años veinte, tras haber fracasado como canciller del Tesoro, fue condenado al ostracismo político. La carrera de Churchill parecía finiquitada, y su situación se volvía más precaria cada vez que tomaba la palabra para exigir una política consecuente de mano dura: primero contra Mahatma Gandhi, quien aspiraba a lograr la independencia de la India y con ello ponía en peligro el núcleo del imperialismo británico, y después, a partir de 1933, contra Adolf Hitler.

(…) La tenacidad de Churchill y el modo inflexible con que persiguió el objetivo de vencer a Hitler -de quien incluso rechazó una oferta de paz- hicieron de él la figura clave de la resistencia de la Europa libre frente al dominio de la Alemania nazi. Con la entrada en guerra de Estados Unidos y la oposición cada vez mayor del Ejército Rojo soviético a la ofensiva de la Wehrmacht, la influencia de Churchill menguó. Al tiempo que fue quedando claro que Alemania y sus aliados perderían la guerra, Churchill se fue viendo cada vez más relegado al papel de socio menor de Estados Unidos.

Tengo un sueño.
Martin Luther King (1929-1968)

El 28 de agosto de 1963, un domingo soleado, se reunió una inmensa multitud al pie del Lincoln Memorial. Que el lugar de reunión fuera precisamente el monumento a ese presidente era algo muy adecuado al propósito de aquel día. No en vano, cien años antes Abraham Lincoln había liberado a millones de personas de la esclavitud con la Proclamación de Emancipación de 1862 y la victoria de las tropas de la Unión en la guerra civil americana (1861-1865). Ahora los descendientes de esos antiguos esclavos venían a reclamar lo que Lincoln había declarado en su célebre discurso del 19 de noviembre de 1863 en el campo de batalla de Gettysburg; esto es, que la nación norteamericana se había fundado sobre la idea de la igualdad de todos los seres humanos. En 1963, esta igualdad todavía quedaba muy lejos para la gran mayoría de los afroamericanos. La mayoría de ellos vivían en la pobreza y en el sur del país sufrían una rigurosa segregación racial. El que en las escuelas, las estaciones de tren, los teatros y cines se colgara el excluyente cartel de “For whites only” (“Sólo para blancos”) sólo era una parte del problema. Era impensable la posibilidad de desempeñar cargos públicos.

Cien años después de las palabras de Lincoln, entre los 250.000 congregados ante su monumento no sólo había personas de piel negra; más de 60.000 blancos se habían adherido a la marcha a Washington. (…) Después de numerosos discursos, comunicados y cantos a la libertad y la igualdad de todas las personas, apareció ante la multitud, justo después de que la cantante de blues Mahalia Jackson interpretase un espiritual negro, un hombre de color: Martin Luther King Jr., ministro de la Iglesia bautista nacido en Georgia y jefe del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos. Ese instante se convirtió en uno de los momentos estelares de su vida.

(…) Al comienzo de su discurso, Luther King invocó a Lincoln: “Hace cien años, un gran americano, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos hoy, firmó la Proclamación de Emancipación”. Sin embargo, hoy -continuó- todavía no existe esta igualdad. (…) Su discurso fue una obra maestra en la elección de las palabras y el ritmo, y no sólo iba a ser inolvidable para las personas que lo oyeron ese día de verano en la capital estadounidense, sino que, incluso como texto leído, las palabras de Luther King no han perdido su capacidad de emocionar. (…) Terminó con una serie de frases, pronunciadas con un tono de voz variable y que comenzaron todas ellas con las palabras “I have a dream” (“Tengo un sueño”): “Tengo un sueño, el sueño de que un día mis cuatro hijos pequeños vivan en una nación que no los juzgue por el color de su piel, sino por su carácter… ¡Hoy tengo un sueño!”.

Luther King concluyó su discurso exhortando a todos los presentes a hacer “que repicase la libertad” por todo el país. “Cuando repique la libertad y la hagamos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada Estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día en que todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: ‘¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!”.

(…) La marcha no sólo provocó rechazo entre los blancos conservadores. Los dirigentes radicales del movimiento negro reprocharon a Luther King que hubiera suavizado el conflicto racial y que hubiese representado una “versión de clase media” del verdadero Black Movement. Haciendo un juego de palabras, Malcolm X llamó a la manifestación Farce on Washington (Farsa de Washington). Con todo, aquella manifestación tuvo mayor influencia en la política y la opinión pública que cualquier otro acto anterior del Movimiento por los Derechos Civiles, y la marcha se convirtió en un modelo para los activistas de todos los demás movimientos de emancipación y liberación. En la década de 1960, estos movimientos, no sólo en Occidente, tuvieron una influencia cada vez mayor en el progreso de las sociedades.

Fuente: Frases históricas. Domingo. El Pais.com. 21.06.2009.

Ficha del Libro: Ediciones Destino.

In Memoriam: Manuel Fernández Álvarez.

El catedrático de Historia y académico de la Real de Historia Manuel Fernández Álvarez ha fallecido esta mañana a los 88 años en Salamanca, a consecuencia de las complicaciones derivadas de una intervención quirúrgica a la que fue sometido la pasada semana en una hospital de esa ciudad.

Manuel Fernández Álvarez (Madrid 1921), miembro de la Real Academia de la Historia, profesor emérito de la Universidad de Salamanca y del Colegio Libre de Eméritos, es bien conocido por sus estudios históricos sobre la Edad Moderna (La sociedad española del Renacimiento o La sociedad española en el Siglo de Oro, por el que recibió el Premio Nacional de Historia en 1985).

Es autor de 38 libros y de más de 100 artículos, en su mayoría sobre la España de los Austrias, en la que es considerado uno de los máximos especialistas a nivel mundial. Ha dedicado más de cincuenta años al estudio del siglo XVI, fruto de los cuales son su obra magna «Carlos V, el césar y el hombre» (VI Premio Don Juan de Borbón al libro del año en 2000), el monumental «Corpus documental de Carlos V (Salamanca, 1973-1981)» y el ensayo «Carlos V: un hombre para Europa».

También es autor de los títulos «Isabel la Católica»; «Felipe II y su tiempo»; «Juana la Loca. La cautiva de Tordesillas»; «El fraile y la Inquisición»; «Casadas, monjas, rameras y brujas»; «Sombras y luces en la España imperial»; «Cervantes visto por un historiador» (Premio Quijote del Año de la Sociedad Cervantina de Esquivias y Premio de Ensayo y Humanidades Villa de Madrid 2006), «Pequeña historia de España», «La princesa de Ëboli» y «El Duque de Hierro». Fernando Alvarez de Toledo, III duque de Alba. En 2007 vio la luz su «Diario de un estudiante en tiempos de la Guerra Civil». En 2006 recibió la Medalla de Oro de la Ciudad de Salamanca, y en 2007 el Premio de Ciencias Sociales de Castilla y León.

Su último libro publicado es «España. Biografía de una nación» (Espasa), puesto a la venta hace apenas cinco días y en el que abordaba por vez primera toda la historia de nuestro país. “Este es mi legado. Sin ninguna duda, mi obra más importante”.

Fragmento de España, biografía de una nación, de Manuel Fernández Alvárez.

Los Mejores Libros de Historia de 2009.

Los mejores libros del año 2009: historia – Anaclet Pons (Clionauta)

Grandes mentiras de la Historia.

Pues sí. Napoleón no era ningún enano, Einstein sacó siempre notas brillantes en matemáticas, Colón no descubrió que la Tierra era redonda, Julio César no nació por cesárea, Van Gogh conservó sus dos orejas hasta la muerte y Hernán Cortés quemó muchas cosas en la conquista de México, pero nunca sus propios barcos.

Raramente veremos lo contrario en algún libro de Historia serio, pero estos mitos están anclados con fuerza en el imaginario popular y han sido transmitidos como auténticas leyendas urbanas de generación en generación.

Pero estos seis personajes no son los únicos. La historia está plagada de mitos que no se sostienen por ninguna evidencia, y en muchos casos, son positivamente falsos. No se tratan de interpretaciones dudosas de realidades históricas complejas, sino de simples y llanos bulos.

Algunas han sido popularizadas por Hollywood aunque tuviesen un origen anterior. Por ejemplo, no hay ninguna prueba de que los guerreros vikingos llevasen cascos con cuernos. Hay evidencias de que los sacerdotes sí los utilizaban en ceremonias rituales, pero nunca en la batalla. El artista sueco Gustav Malmström fue el primero en representarlos de esa guisa, a partir de 1820. Desde entonces, cualquier vikingo que se precie ha de llevar cuernos en la cabeza.

O los famosos pulgares del circo romano. El gesto con el pulgar hacia abajo quería decir, de hecho, perdonar la vida al gladiador vencido. Cuando el público quería que se le rematase, colocaba en pulgar en posición horizontal. Como en el caso de los vikingos, es una confusión que viene de antiguo y que hemos visto en numerosas ocasiones en el cine.

Un clásico del Trivial: ¿Qué emperador romano nombró cónsul a su caballo? Ninguno. No hay prueba alguna de que Calígula hiciera tal cosa; lo máximo, una leyenda urbana de la época que ha llegado hasta nuestros días. “El historiador romano Suetonio dice que el césar quería mucho a un caballo que corría en el circo que se llama Incitatus. Pero sólo comenta que “hasta se dice que le destinaba el consulado”, no que le nombrase cónsul. Sobre esto no hay ninguna otra información que pueda ser confirmada en otros autores.” afirma Pilar Fernández Uriel, profesora de Historia Antigua en la UNED.

Otras, por desgracia, son menos simpáticas. Existe la creencia generalizada de que los nazis fabricaban jabón a escala industrial con los cadáveres de los judíos asesinados en las cámaras de gas; falsa también. Se sabe que los nazis produjeron jabón con grasa humana con fines experimentales, pero no fue ni una práctica generalizada ni común.

“Era un rumor cruel en los campos” explica Aaron Breitbart del Centro Simon Wiesenthal “pero ningún investigador del Holocausto lo sostiene” Michael Berembaum, rabino y especialista en el Holocausto va aún más lejos “no tenemos ninguna evidencia de que los nazis fabricasen jabón con los cadáveres de los campos de exterminio”. El mito, según los expertos, se consolidó después de que apareciese en el documental “Noche y niebla” de Alain Resnais.

Algunas de las citas más famosas de la historia son también apócrifas. El general Custer jamás pronunció la frase “El único indio bueno es el indio muerto” aunque a la luz de su comportamiento en la Guerras Indias probablemente lo pensase. La cita es atribuida por los historiadores a otro general de la misma guerra, Philip H. Sheridan, aunque el congresista republicano James Michael Cavanaugh expresó una idea muy similar poco antes.

No hay tampoco ninguna evidencia que sostenga que Maria Antonieta dijese realmente “si no tienen pan, que coman pasteles”. La frase aparece por primera vez en las Confesiones de Jean Jacques Rousseau, escritas en 1769, refiriéndose a una joven princesa de la corte parisina. Maria Antonieta llegó a Versalles en 1770, es imposible que la frase saliese de su boca. Aún así, los revolucionarios franceses propagaron la leyenda como cierta; nada como una buena frase falsa para atacar al enemigo.

O para canonizar a un santo laico. La primera referencia escrita a la cita “Y sin embargo se mueve” es 124 años posterior a que supuestamente ocurriese; con casi total seguridad, Galileo no susurró esas palabras después de verse obligado a negar sus teorías frente a un tribunal de la Inquisición. Es una leyenda urbana menos conocida, pero tampoco hay ninguna prueba histórica de que Galileo realmente lanzase una bola de hierro y otra de madera desde lo alto de la torre de Pisa para demostrar a los escépticos que caían a la misma velocidad.

Pero como dijo un compatriota suyo, “si non è vero è ben trovato“.

Fuente: ABC.es.

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