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Domingo y Resucitado.

Evangelio según San Mateo (Mateo 28, 1-7).

«Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Angel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. El Angel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán». Esto es lo que tenía que decirles».

Evangelio según San Marcos (Marcos 16, 1-8).

«Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro. Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande. Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas. pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho». Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo».

Evangelio según San Lucas (Lucas 24, 1-12).

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: «Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día». Y las mujeres recordaron sus palabras. Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por que había sucedido».

Evangelio según San Juan (Juan 20, 1-18).

«El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos regresaron entonces a su casa. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras».

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Viernes y Santo.

Lo despojaron de sus ropas, que los soldados retuvieron como una paga extra, aunque según la ley judía eran propiedad de su pariente más próximo. El sargento ejecutor abrió las costuras del manto y dio un trozo de paño a cada uno de sus cuatro asistentes; pero se echaron suertes por la propiedad de la túnica sin costuras que le había dado Simón, hijo de Boeto. 

Implantaron los postes verticales en las bases de albañilería que servían para sostenerlos, y luego hicieron que cada reo, por turno, se echara de espaldas cerca de su travesaño horizontal. Éste se ponía debajo de la cabeza, y se ataban con finas ramitas de mimbre los brazos del hombre al madero. Las manos quedaban aseguradas mediante un largo clavo de cobre martillado a través de la palma, para que no fuera posible liberarse. Luego, con sogas y una polea se alzaban hombre y madero hasta que el travesaño encajaba en el rebajo preparado en el poste vertical, donde se ajustaba con pernos. En cada poste vertical, más o menos un metro por debajo del travesaño, había una hilera de agujeros; en el más adecuado se metía una clavija destinada a sostener por la entrepierna el peso del condenado. Las piernas se ataban igualmente con mimbres, y los pies se clavaban con otros dos clavos que atravesaban la carne por detrás del tendón sagrado, que algunos llaman «tendón de Aquiles», porque Aquiles, hijo de la diosa del mar Tetis, fue mortalmente herido por una flecha en ese preciso lugar. En la parte superior del poste vertical se fijaba la declaración del crimen, sobre la cabeza de la víctima.

Jesús quedó en el centro; Dysmas a su derecha y Gestas a su izquierda. Mientras lo subían a la cruz, pronunció una última plegaria, pero no pedía nada para él. Había pensado, finalmente, que su sacrificio era en vano y que había provocado la inexorable ira de Jehová. Se demostraba ahora que el pecado cometido con su personificación del pastor indigno era el de presunción, y que al conducir a sus discípulos al mismo error se había hecho merecedor de su propio reproche profético: «Quien engaña a los de corazón infantil merece que lo arrojen al mar corruptor con una piedra de molino al cuello». Su plegaria era solamente por ellos:

—¡Padre del cielo, perdónalos! Su único pecado ha sido la ignorancia.

Fragmento de “Rey Jesús”, de Robert Graves.

En Algún Día:
Los Alimentos de la Última Cena.
Jueves y Santo.
Expresiones con Pasión.
Versos olvidados: “Viernes Santo”, de Jorge Guillén.
Yehoshúa ben Yósef: el Jesús histórico.
Y resucitó

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Resucitaré y salvaré el mundo…

(…) —¿Qué maestro? —aulló Judas, amenazando con el puño—.  ¿Este? Pero, ¿es que no tenéis ojos para verlo y sesos para juzgarlo? ¿Es éste un maestro? ¿Qué nos decía? ¿Qué nos prometía? ¿Dónde está el ejército de ángeles que debía descender del cielo para salvar a Israel? ¿Dónde está la cruz que debía ser nuestro trampolín para subir al cielo? Apenas este falso Mesías vio alzarse la cruz ante él, perdió la cabeza, se desvaneció y las mujercitas se adueñaron de él y lo emplearon para que les hiciera hijos.  Se batió como los otros, al parecer, se batió valientemente y lo proclama desde los tejados.  Pero sabes de sobra, desertor, que tu lugar estaba en la cruz.  Que otros se ocupen de arar la tierra y las mujeres.  ¡Tu deber era subir a la cruz! Te jactas de haber vencido a la muerte…  ¡puf! ¿Así triunfas de la muerte? ¡Has engendrado hijos, y eso equivale a decir carne para la muerte! ¡Carne para la muerte! ¿Qué es un niño? ¡Carne para la muerte! Te has convertido en su carnicero y le llevas carne para que la devore.  ¡Traidor, desertor, cobarde!

—Hermano Judas —murmuró Jesús, cuyos miembros comenzaban a temblar—, hermano Judas, muéstrate más clemente conmigo…

—Me has roto el corazón, hijo del carpintero —rugió Judas—, me has roto el corazón, ¿cómo quieres que me muestre clemente contigo? ¡Tengo deseos de estallar en lamentaciones, como las viudas, de golpearme la cabeza contra las piedras! ¡Maldito sea el día en que naciste, el día en que nací y el día en que te conocí y llenaste mi corazón de esperanza! Cuando caminabas delante de nosotros y nos arrastrabas detrás de ti, cuando nos hablabas de la tierra y del cielo, ¡qué alegría, qué libertad, qué riquezas saboreaba! Los granos de las uvas nos parecían tan grandes como niños de doce años y quedábamos saciados con sólo comer un grano de trigo.  Un día no teníamos más que cinco panes, dimos de comer a una gran multitud…  ¡y todavía nos quedaron doce cestos repletos de panes! ¡Cómo brillaban entonces las estrellas, cómo inundaban de luz el cielo! No eran estrellas sino ángeles; y ni siquiera eran ángeles, éramos nosotros mismos, nosotros, tus discípulos, que nos levantábamos y nos acostábamos.  Tú estabas en el medio, inmóvil como la estrella polar, ¡y nosotros que te rodeábamos, bailábamos alrededor! Me estrechabas en tus brazos, ¿recuerdas?, y me suplicabas: «¡Traicióname, traicióname! Así me crucificarán, resucitaré y ¡salvaremos el mundo!»

Fragmento de “La última tentación“, de Nikos Kazantzakis.

En Algún Día:
Los Alimentos de la Última Cena.
Jueves y Santo.
Expresiones con Pasión.
Versos olvidados: “Viernes Santo”, de Jorge Guillén.
Yehoshúa ben Yósef: el Jesús histórico.
Y resucitó

Y Resucitó…

“Jesús muere, muere, y ya va dejando la vida, cuando de pronto el cielo se abre de par en par por encima de su cabeza, y Dios aparece, vestido como estuvo en la barca, y su voz resuena por toda la tierra diciendo, Tú eres mi Hijo muy amado, en ti pongo toda mi complacencia.

Entonces comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al sacrificio, que su vida fue trazada desde el principio de los principios para morir así, y, trayéndole la memoria el río de sangre y de sufrimiento que de su lado nacerá e inundará toda la tierra, clamó al cielo abierto donde Dios sonreía, Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo.

Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazaret y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas. Aún había en él un rastro de vida cuando sintió que una esponja empapada en agua y vinagre le rozaba los labios, y entonces, mirando hacia abajo, reparó en un hombre que se alejaba con un cubo y una caña al hombro. Ya no llegó a ver, colocado en el suelo, el cuenco negro sobre el que su sangre goteaba”.

El Evangelio según Jesucristro, de José Saramago.

En Algún día | José Saramago.

La literatura de la Pasión.
Sobre La Ultima Tentacion de Nikos Kazantzakis.

Un capítulo para el Evangelio.

“De mí ha de decirse que tras la muerte de Jesús me arrepentí de lo que llamaban mis infames pecados de prostituta y me convertí en penitente hasta el final de la vida, y eso no es verdad. Me subieron desnuda a los altares, cubierta únicamente por el pelo que me llegaba hasta las rodillas, con los senos marchitos y la boca desdentada, y si es cierto que los años acabaron resecando la lisa tersura de mi piel, eso sucedió porque en este mundo nada prevalece contra el tiempo, no porque yo hubiera despreciado y ofendido el mismo cuerpo que Jesús deseó y poseyó. Quien diga de mí esas falsedades no sabe nada de amor. Dejé de ser prostituta el día que Jesús entró en mi casa trayendo una herida en el pie para que se la curase, y de esas obras humanas que llaman pecados de lujuria no tendría que arrepentirme si como prostituta mi amado me conoció y, habiendo probado mi cuerpo y sabido de qué vivía, no me dio la espalda. Cuando delante de todos los discípulos Jesús me besaba una y muchas veces, ellos le preguntaron si me quería más a mí que a ellos, y Jesús respondió: “¿A qué se puede deber que yo no os quiera tanto como a ella?.” Ellos no supieron qué decir porque nunca serían capaces de amar a Jesús con el mismo absoluto amor con el que yo lo amaba. Después de que Lázaro muriera, la pena y la tristeza de Jesús fueron tales que, una noche, bajo las sábanas que tapaban nuestra desnudez, le dije: “No puedo alcanzarte donde estás porque te has cerrado tras una puerta que no es para fuerzas humanas”, y él dijo, sollozo y gemido de animal que se esconde para sufrir: “Aunque no puedas entrar, no te apartes de mí, tenme siempre extendida tu mano incluso cuando no puedas verme, si no lo hicieras me olvidaría de la vida, o ella me olvidará”. Y cuando, pasados algunos días, Jesús fue a reunirse con los discípulos, yo, que caminaba a su lado, le dije: “Miraré tu sombra si no quieres que te mire a ti”, y él respondió: “Quiero estar donde esté mi sombra si allí es donde están tus ojos”. Nos amábamos y nos decíamos palabras como éstas, no solo por ser bellas y verdaderas, si es posible que sean una cosa y otra al mismo tiempo, sino porque presentíamos que el tiempo de las sombras estaba llegando y era necesario que comenzásemos a acostumbrarnos, todavía juntos, a la oscuridad de la ausencia definitiva. Vi a Jesús resucitado y en el primer momento pensé que aquel hombre era el cuidador del jardín donde se encontraba el túmulo, pero hoy sé que no lo veré nunca desde los altares donde me pusieron, por más altos que sean, por más cerca del cielo que los coloquen, por más adornados de flores y perfumados que estén. La muerte no fue lo que nos separó, nos separó para siempre jamás la eternidad. En aquel tiempo, abrazados el uno al otro, unidas nuestras bocas por el espirito y por la carne, ni Jesús era lo que de él se proclamaba, ni yo era lo que de mí se zahería. Jesús, comigo, no fue el Hijo de Dios, y yo, con él, no fui la prostituta María de Magdala, fuimos únicamente este hombre y esta mujer, ambos estremecidos de amor y a quienes el mundo rodeaba como un buitre barruntando sangre. Algunos dijeron que Jesús había expulsado siete demonios de mis entrañas, pero tampoco eso es verdad. Lo que Jesús hizo, sí, fue despertar los siete ángeles que dormían dentro de mi alma a la espera de que él viniera a pedirme socorro: “Ayúdame”. Fueran los ángeles quienes le curaron el pie, los que me guiaron las manos temblorosas y limpiaron el pus de la herida, fueron ellos quienes me pusieron en los labios la pregunta sin la que Jesús no podría ayudarme a mí: “¿Sabes quién soy, lo que hago, de lo que vivo”, y él respondió: “Lo sé”, “No has tenido que mirar y ya lo sabes todo”, dije yo, y él respondió: “No sé nada”, y yo insistí: “Que soy prostituta”, “Eso lo se”, “Que me acuesto con hombres por dinero”, “Sí”, “Entonces lo sabes todo de mí” y él, con voz tranquila, como la lisa superficie de un lago murmurando, dijo: “Sé eso solo”. Entonces yo todavía ignoraba que era él era el hijo de Dios, ni siquiera imaginaba que Dios quisiese tener un hijo, pero, en ese instante, con la luz deslumbrante del entendimiento, percibí en mi espíritu que solamente un verdadero Hijo del Hombre podría haber pronunciado esas tres simples palabras: “Sé eso solo”. Nos quedamos mirándonos el uno al otro, ni nos dimos cuenta de que los ángeles se habían retirado ya, y a partir de esa hora, en la palabra y en el silencio, en la noche y en el día, con el sol y con la luna, en la presencia y en la ausencia, comencé a decirle a Jesús quien era yo, y todavía me faltaba mucho para llegar al fondo de mí misma cuando lo mataron. Soy María de Magdala y amé. No hay nada más que decir”.

Por José Saramago.

Las Otras Escrituras.

Evangelios Apócrifos, Evangelios Gnósticos.

“Paralelo a la formación del canon bíblico, proliferaron una serie de escritos que daban otras versiones respecto a la vida y dichos de Jesús, los actos de lo apóstoles, y las revelaciones divinas. Algunos sólo presentaban variaciones leves o añadiduras a lo descrito por los evangelios canónicos; en cambio otros contenían narraciones fantásticas que enmarcaban una imagen completamente diferentente a la “oficial”. Estos escritos se designan comunmente como apócrifos (en un principio significaba “ocultos”, pero luego se generalizó como sinónimo de “espúreos”), y engloban evangelios, epístolas, hechos de los apóstoles, y apocalipsis. Los hay heréticos, contra-heréticos (“ortodoxos”), y gnósticos (generalmente esotéricos). Los hay tanto del NT (primeros siglos de la era critiana) como del AT (principalmente, gestados durante el período intertestamentario). Algunos pueden tener alguna base de verdad, otros son sólo fantasías populares, pero en ambos casos son de indudable utilidad para entender el contexto religioso de la época

A su vez, en el período inmediatamente posterior a la redacción de los libros del NT, comenzaron a circular otra serie de escritos complementarios, que, a diferencia de los apócrifos, fueron aceptados por las iglesias primitivas y hasta en algunos casos llegaron a ser considerados (temporalmente) como inspirados, figurando entre los cánones locales. Algunos de ellos consistían en comentarios acerca de los textos del NT que reconocían como inspirados, otros contaban  historias recogidas por la tradición apostólica, otros más eran cartas de estímulo a las comunidades cristianas, y posteriormente, apologías y relatos martiriales. A estos escritos se les llamó patrísticos, y son de gran valor para entender el pensamiento y las vivencias del período que siguió a la predicación apostólica.

Ésta ha sido una descripción muy somera (y poco rigurosa) de las características de ambos tipos de escrituras, pero por ahora nos servirá como introducción. En un futuro esperamos elaborar una clasificación más detallada, ya que los eruditos han delimitado el alcance de cada calificativo, y han elaborado una terminología extensa asociada a la taxonomía de estos textos.

El problema es que, cuando queremos acceder a estos escritos, nos encontramos que es difícil conseguirlos; no es fácil encontrar la bibliografía adecuada, y como si fuera poco, parece que algunos de ellos jamás se tradujeron al castellano. Y hasta donde sabemos, en Internet no hay ninguna web en español que se haya decidido a volcarlos en forma completa.

En esta primer etapa, estamos colocando los textos apócrifos y patrísticos obtenidos a través de la lista escrituras, a la par que presentamos un bosquejo de la bibliografía empleada. En etapas posteriores, procuraremos brindar algún tipo de información contextual sobre estos escritos, para facilitar su mejor comprensión, procurando no adentrarnos en análisis teológicos, de modo que este material siga siendo de la misma utilidad para aquellos que profesen diferentes creencias.

Hemos procurado mantener cierto equilibrio entre darle homogeneidad al formato digital, a la par que conservar la estructura original de las fuentes empleadas. Por esta razón es que algunos textos solo están divididos en capítulos en tanto que en otros aparecen subdivididos en versículos. Por lo mismo, algunas obras tienen subtítulos para cada capítulo mientras que otras carecen de ellos. Al pie de cada texto se cita la fuente utilizada. No hemos incluido las citas originales, que en muchos casos ocupaban un volumen de información superior al de los propios textos. La elección de las fuentes no se hizo en base a preferencias específicas por determinadas traducciones, sino por motivos más prácticos, como disponibilidad de la obra en su momento y facilidad de escaneo”.

Sitio oficial: http://escrituras.tripod.com/
Más información y descarga de Textos.

El Génesis según Robert Crumb.

“Jesús y las mujeres” de Antonio Piñero.

Título: Jesús y las mujeres. | Autor: Antonio Piñero. | Editorial: Aguilar. | Género: Religión. | Formato: Rústica 15 x 20| Páginas: 288 + cuadernillo 8 páginas. | Fecha de publicación: 14/5/08. | ISBN: 978-84-03-09901-2. | Precio: 17,50 €.   

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Desde siempre, pero sobre todo desde finales del siglo XVIII la figura de Jesús ha estado rodeada de polémica. El tema de su relación con las mujeres, sin embargo, es más bien moderno y se ha planteado de una manera viva a partir tanto de la novelística como del cine. Ya a principios del siglo XIX la novela comienza a interesarse por Jesús. Así en torno a su figura humana escribió Karl Heinrich Venturini una obra que llevaba el título Natürliche Geschichte des grossen Propheten von Nazareth = “Historia natural del gran profeta de Nazaret” de 1802. Venturini con cierto regusto de novela gótica y por la influencia del interés hacia las sociedades secretas (masones, rosacruces e iluminados) retrató a Jesús como un esenio, y a éstos como una hermandad secreta. Naturalmente abordó el tema del trato de Jesús con las mujeres

La consideración de Jesús como un profeta llevaba implícito prestar atención a su aspecto humano y su relación con las féminas. Especialmente la novela El código da Vinci ha dado al tema una relevancia máxima y tras ella han sido muchos escritores los que han intentado desentrañar el misterio no sólo de Jesús en cuanto mesías sino también en cuanto hombre. Quizá los temas que atañen a su vida privada – por el principio implícito que Jesús es un modelo de vida- son los que más controversia provocan. La interpretación de variados pasajes de los Evangelios han dado lugar a hipótesis de diversa naturaleza… y algunas un tanto descabelladas.

He intentado que esta obra aborde todos los aspectos posibles del tema, pero que no sea breve y aparezca escrita con la máxima claridad posible: sintaxis sencilla, vocabulario claro, párrafos cortos, que comporten una idea clara y cuya separación ayude a la comprensión del argumento. Éstos son los rasgos externos.

Respecto a lo interno del texto, es decir, lo que ha gobernado la marcha de la argumentación, su idea principal es presentar ante todo fielmente los textos que hay al respecto. Que el lector tenga fácilmente ante sus ojos, bien traducidos -espero- y accesibles todos los pasajes pertinentes para que tenga un contacto directo con las fuentes antiguas de las que extraemos las conclusiones.

Como soy consciente de lo importante del tema, me ha parecido que lo mejor es presentar ante todo lo que hay sobre “Jesús y las mujeres” en todos los “evangelios”, aceptados o no como canónicos por la Iglesia, desde sus inicios hasta finales del siglo III o principios del IV, pues luego no se producen más que repeticiones. En principio el lector puede obtener sus propias conclusiones.

Tras la presentación de los pasajes (si me he olvidado alguno, seguro que los sagaces lectores me advertirán de ello), se procede a intentar desentrañar sus claves con rigor y asepsia: qué opina el sentir medio de la investigación sobre si son históricos o si hay dudas sobre su historicidad, cuál es su contexto, qué conclusiones se pueden obtener, etc.

Una vez vistos los textos pertinentes según el tema de cada capítulo, se obtienen unas conclusiones parciales. Al final del libro, en una mirada de conjunto, cuando se han considerado todos los pasajes, se ofrecen unas conclusiones generales y se contrastan con las ideas comunes que existen entre el público…, o entre los profesionales de la interpretación del cristianismo primitivo.

Como es mi costumbre cuando presento libros, deseo ofrecer ante todo el contenido de la obra, en síntesis, pues es la mejor manera de no hacer perder el tiempo al lector. Así sabe si los que hay dentro le interesa o no.

Transcribo ahora, en primer lugar, algunos pasajes de la Introducción:

En primer lugar “mi interés es distinguir bien entre lo que pensaba respecto a las mujeres el Jesús de la historia y lo que al respecto opinaban sus “biógrafos” o comentaristas, es decir, los autores de los Evangelios tanto canónicos como apócrifos. Consideramos que en esta literatura evangélica hay, por tanto, distintos estratos cronológicos:

A. El más cercano a la vida Jesús: el nivel del Jesús de la historia. Si se consigue llegar a él a través del análisis de los textos legados por la Antigüedad, este estrato puede ofrecer algunos de sus hechos característicos y unas cuantas de sus sentencias más memorables con las debidas garantías de que son históricos.

Acceder a este estrato ofrece la posibilidad de llegar si no a las propias y mismísimas palabras del Nazareno -que fueron casi siempre pronunciadas en arameo, y cuya primera transcripción se ha perdido porque fueron muy pronto traducidas al griego- sí al menos al nivel de esta primera versión de sus dichos, en muchos casos fidedigna, a la lengua más común y extendida del Imperio romano, la griega.

B. El estrato de la comunidad de los seguidores más íntimos de Jesús, es decir de sus discípulos inmediatos. Aquí hay que situar también probablemente los oráculos que algunos profetas cristianos de los primeros momentos pronunciaron en nombre de Jesús, pues creían poseer, o estar inhabitados, por el espíritu de aquél, oráculos que pasaron sin marca diferenciadora alguna a la corriente de “palabras de Jesús” que los fieles archivaban más o menos en su memoria como pronunciadas por éste. Es decir, no se escribía “Un profeta dijo que Jesús dijo”, sino simplemente “Jesús dijo”. De ello resulta que ciertos dichos de Jesús parecen que son suyos, pero en realidad fueron puestos en su boca por otros, aunque -suponemos- pensando que transmitían fielmente lo que Jesús pensaba.

C. Otro estrato más alejado cronológicamente de Jesús, de segunda o incluso de tercera generación, que representa el punto de vista de los Evangelistas, o de la comunidad en la que vivían. El alejamiento cronológico de Jesús se intensifica en los evangelios apócrifos, muchos de los cuales representan un estrato D. o posterior.

Ateniéndonos a lo que puede decirse con cierta seguridad que procede del Jesús de la historia (estrato A) intentaré ofrecer, a lo largo de los distintos capítulos -y, en síntesis, en las conclusiones al final del libro- el pensamiento del Nazareno sobre:

· Las mujeres en general y su posición y funciones en su grupo y en la sociedad, tanto en el aspecto religioso como civil;

· Cómo fueron las relaciones con su madre, con sus hermanas y con su familia en general;

· Qué pensaba Jesús acerca del matrimonio y del divorcio y de la situación de las mujeres en este ámbito;

· Cuál era el estado civil de Jesús: si era casado, viudo, soltero;

· Si mantuvo o no relaciones con María Magdalena o con otras mujeres

· Incluso si tiene o no fundamentos la opinión, basada en algún que otro texto disperso y aislado, de que Jesús tuvo ciertas veleidades homosexuales…, en fin todo aquello que sobre este tema en torno a la situación de la mujer en el Israel del siglo I pueda interesar al lector de hoy.

En la conclusiones deseo tomar postura, una vez estudiados todos los datos, sobre la reciente controversia acerca de si Jesús y su mensaje compartían las ideas sexistas propias de su época, o si el Nazareno fue realmente un innovador en este sentido; si la idea de que él fue el primero en luchar en pro de la liberación de la mujer es correcta, o bien si esta concepción es uno de los mitos de los que se rodean las investigaciones sobre los orígenes del cristianismo.

Procuro, pues, averiguar si tienen razón o no muchos estudios exegéticos y teológicos que sostienen que Jesús fue un revolucionario que mudó y trastocó los esquemas de su época, si él fue o no el campeón y paladín de la igualdad liberadora entre los sexos o, por el contrario, si fue en realidad un personaje muy religioso ciertamente que -al igual que no intentó en verdad fundar religión nueva alguna sino profundizar y purificar la suya propia, el judaísmo- tampoco le interesó ni procuró siquiera trastocar las concepciones normales sobre la mujer que su religión y su tiempo le ofrecían como algo evidente.

Son interesantes alternativas a las que es posible dar una respuesta, aunque serán conclusiones presentadas con la debida modestia y provisionalidad –como debe hacerse siempre en historia antigua- de modo que, a la vista de los datos que tenemos hasta hoy, el lector tenga la última palabra sobre esta polémica”.

© Antonio Piñero, Jesús y las mujeres, Editorial Aguilar, Madrid, 2008, 285 pp. con bibliografía e imágenes. ISBN: 978-84-03-09901-2.

Más información en el Blog de Antonio Piñero:

 

Jesús y las mujeres (II)

Infancia – Familia – La madre de Jesús (III)

Mujeres en la vida pública de Jesús antes de la Pasión (IV)

Jesús ¿casado, célibe, bígamo? (V)

María Magdalena y Jesús (VI)

Jesús y las mujeres. Conclusiones (y VII)

 

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