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In Memoriam: 20 años sin Patricia Highsmith.

La vida de la maestra de la novela negra femenina Patricia Highsmith (1921-1995) fue tortuosa. Celosa de su intimidad, mantuvo siempre una gran reserva sobre la misma. Obsesionada por su madre y en continua lucha con los demonios interiores que le impedían afrontar su homosexualidad, para ella “escribir lo era todo”. Candidata al Nobel en 1991, se instaló en Suiza huyendo del agobio de la vida social. Falleció el 4 de febrero de 1995 con la sola compañía de su gata “Charlotte” a los 74 años. Hoy se cumplen 20 años de su muerte. In Memoriam.

 

La vida no tiene sentido si no hay delito en ella.

Patricia Highsmith, la deslumbrante escritora capaz de atraparnos bajo su influjocreando en el lector una oscura atracción por sus difíciles personajes que se acerca a la adicción, falleció hace 20 años.

Aquella mujer de rasgos acusados, enclenque, alcohólica, narcisista y ambigua no tuvo una vida fácil. Estaba obsesionada por su madre- “las obsesiones son lo único que importa escribió—. Lo que más me interesa es la perversión, que es el mal que me guía”, y era incapaz de asumir su homosexualidad. Si le preguntaban por qué escribía su respuesta era siempre la misma: ‘Como todos los artistas, por salud’, y así empezó todo. Patricia halló en la escritura la tabla de salvación a sus problemas y su tortuosa vida la condujo por la senda de la novela de misterio.

Todo había empezado el 19 de enero de 1921, cuando su madre Pat Plangman, la concibió nueve días antes de divorciarse de su primer marido. La neonata fue enviada a Texas con su abuela materna, que se ocupó de su crianza. Después se trasladó a Nueva York donde vivió con su madre y el segundo marido de ésta, que la adoptó y le dio su apellido. A los diez años, la niña fue enviada de nuevo con su abuela, a la que idolatraba, pero la separación, vivida como una traición, generó un apego visceral a su madre, sentando las bases de una relación tintada por el amor y el odio que se convertiría en una obsesión.

«Escribir es una forma de organizar la experiencia y la vida misma, y la necesidad de hacerlo sigue estando presente aunque no se tenga público».

Adolescente precoz e impredecible, atractiva y chafardera, Patricia odiaba a su padrastro, al que, considerándolo un intruso, recordaba haber querido matar. A los 17 años, la futura escritora fue matriculada por su madre en el femenino Barnard College, donde permanecería hasta cumplir la mayoría de edad. Sería entonces cuando descubriría su inequívoca orientación sexual. Consciente de su homosexualidad e incapaz de asumirla, su sentimiento de culpa la llevaría a intentar relaciones heterosexuales con su amigo del alma, el fotógrafo Rolf Tietgens (que la retrataría desnuda), y siete años después con el novelista Marc Brandel, que se convertiría en su novio intermitente. Pero tras llegar incluso a psicoanalizarse con la esperanza de reorientar su líbido, tuvo que enfrentarse a la verdad.

El biógrafo Andrew Wilson señala que en lo sucesivo los romances de la escritora reflejarán las premisas del amor imposible por su madre. El biógrafo inglés señala cómo Highsmith idealizaba a sus amantes con la potencia de su imaginación, en busca siempre de la imagen ideal, la belleza rubia, madura y dominante de su madre.

«Las obsesiones son lo único que me importa. Lo que más me interesa es la perversión, que es el mal que me guía».

En el 2011 la biógrafa Joan Schenkar tiene acceso por primera vez a los 38 cuadernos y 18 diarios que había dejado la escritora en el armario de la ropa blanca. En esas más de 8.000 páginas se encuentran las anotaciones claves sobre las obsesiones de la escritora: la ambivalente relación con su madre, sus problemas con el alcohol y la comida, sus muchísimas amantes, su difícil sociabilidad… Asímismo desvela la existencia de una lista de sus múltiples amantes femeninas que Patricia elaboraría con apenas 25 años, En ella registrará: edad, color del pelo (rubias en su mayoría), constitución, profesión, tipo psicológico, duración de la relación, motivo de la ruptura y puntuación de cada relación en una escala de 100 puntos, en la que ninguna obtendría menos de 80.

Empero, la perfecta conexión entre su trabajo y su vida, la convertirían a su pesar en la maestra femenina de la novela negra. Género en el que detestaba ser encasillada, aunque  realmente no solo le separaban del mismo diferencias de orden icónico, sino sobre todo psicológico y afectivo.

Y es que sus novelas son prácticamente autobiográficas: algunos episodios tienen correspondencia directa con su vida. ¿Su truco? poner las frases en boca de un personaje masculino.

En 1950 publica su primera novela, Extraños en un tren, y a partir de entonces su vida cambia para siempre. Alfred Hitchcock compra los derechos para la versión cinematográfica, convirtiendo la obra en la primera de las novelas de Highsmith llevadas al cine, y encarga el guión al célebre autor de novela negra Raymond Chandler, que la modifica sustancialmente, ya que no le había gustado. Cinco años después llega El talento de míster Ripley, que inicia la saga del personaje Tom Ripley, que fascina al mundo con su amoralidad: un estafador sexualmente ambiguo y asesino, protagonista de un universo falto de ética, que se convertirá en su personaje preferido.

«Ahí es exactamente donde se equivoca. Cualquier persona es capaz de asesinar. Es puramente cuestión de circunstancias, sin que tenga nada que ver con el temperamento. La gente llega hasta un límite determinado… y solo hace falta algo, cualquier insignificancia, que les empuje a dar el salto. Cualquier persona. Su mismísima abuela, incluso. ¡Me consta! Pues sucede que no estoy de acuerdo dijo Guy secamente. ¡Le digo que estuve en un tris de asesinar a mi padre una y mil veces! Y usted, ¿a quién ha sentido ganas de eliminar alguna vez? ¿A los tipos que se la pegaban con su mujer? A uno de ellos -murmuró Guy.» (Extraños en un tren, de Patricia Highsmith)

La gran renovadora de las dos vertientes de la novela de género detectivesca inglesa se reconocía admiradora de Conan Doyle y admitía influencias de Henry James, y la negra norteamericana. Conseguiría con su obra ser nominada al Nobel en 1991.

La dama del suspense reconocida mundialmente como la figura más sobresaliente de la narrativa negra americana falleció en su casa-bunker de Suiza a los 74 años. La urna de sus cenizas la llevó Kingsley, la que fue su amiga platónica durante 55 años. Ninguna de las integrantes de su famosa lista acudió al funeral.

Hoy se cumplen 20 años de su muerte y, quizá como homenaje, además de nuevas ediciones de su obra, se estrena en breve “Carol”, adaptación cimetatográfica de “El precio de la sal”, una de sus novelas menos conocidas. Highsmith publicó esta novela bajo el seudónimo de Claire Morgan en 1952 y no fue reeditado con su nombre hasta 1989. ¿La razón?, El precio de la sal o Carol no es una obra de suspense, sino un libro acerca de una relación lésbica que levantó no poca polémica en su día y que hoy es considerado como un clásico de la literatura gay.

«Amanecía. Los dedos de Carol se tensaron en su pelo, Carol la besó en los labios y el placer la asaltó otra vez como si fuese una continuación de aquel momento de la noche anterior, en que Carol le había rodeado el cuello. “Te quiero”, quería oír Therese otra vez, pero las palabras se borraban con el hormigueante y maravilloso placer que se expandía en oleadas desde los labios de Carol hasta su nuca, sus hombros, que le recorrían súbitamente todo el cuerpo. Sus brazos se cerraban alrededor de Carol y sólo tenía conciencia de Carol, de la mano de Carol que se deslizaba sobre sus costillas, del pelo de Carol rozándole sus pechos desnudos, y luego su cuerpo también pareció desvanecerse en ondas crecientes que saltaban más y más allá, más allá de lo que el pensamiento podía seguir». (Carol, de Patricia Highsmith).

Texto: El talento de Ms. Highsmith | TERESA MARÍA AMIGUET | Publicado en La Vanguardia | 04.02.2015.

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Lecturas de terror: el placer del miedo.

Revista Mercurio. Enero 2015. Nº 167.
(Descargar PDF)

Se habla a veces de la literatura de género como si fuera de segundo orden, pero los buenos aficionados no entienden de jerarquías ni necesitan que sus predilecciones sean sancionadas por otra autoridad que su propio gusto. Una parte de la literatura de terror —los relatos góticos o las historias de fantasmas— puede ser considerada como una provincia de lo fantástico y ha sido cultivada por autores de los llamados incuestionables, pero su vasto ámbito abarca registros como el suspense, el horror cósmico o metafísico o el thriller psicológico y se mezcla en distintas dosis con otros géneros populares, como las novelas policiacas, los libros de aventuras o la ciencia ficción, sin que tenga mucho sentido trazar un mapa de categorías. Hay libros que dan miedo, eso es todo, y para ello se sirven de una serie de códigos no solo literarios.

Juan Manuel de Prada evoca su descubrimiento del placer del miedo de la mano de Poe, cuyas Narraciones extraordinarias son lectura obligada para los devotos, inquiere las razones por las que el terror, que en la vida real provoca espanto, nos atrae si proviene de situaciones imaginadas —tanto más cuanto mejor descritas— y diferencia esa voluptuosidad asociada a la ficción del gusto malsano por lo escabroso cuando se trata de horrores verdaderos. En su repaso a la trayectoria del género, Luis Alberto de Cuenca se acoge a la autoridad de Lovecraft —doble referente como estudioso y como urdidor de fantasías memorables— para situar los orígenes en la segunda mitad del XVIII, por obra de autores como Walpole, Radcliffe o Lewis, aunque puedan invocarse precedentes tanto en la Antigüedad como en los siglos anteriores a la aparición de la narrativa gótica. De entonces acá, decenas de escritores de primerísima línea han provocado el escalofrío combinando el vuelo de la imaginación y la maestría narrativa.

Pero no hablamos solo de clásicos ni se trata de una tradición que remita exclusivamente al pasado o a los nombres prestigiosos. En relación con el aquí y ahora, Luis Manuel Ruiz radiografía a una generación de nuevos narradores españoles que comparten influencias y un modo desprejuiciado de recrear esa tradición, a partir de fuentes literarias o audiovisuales. Y Héctor Márquez recorre la huella del terror en el cómic, que ha difundido el imaginario del género, adaptado muchos de los personajes creados por los novelistas y alumbrado nuevas criaturas, nacidas en revistas especializadas que llegaron a tener una difusión muy amplia. Consultados por el autor, los expertos en la materia hablan de la edad de oro del pulp norteamericano, de los problemas derivados de la censura, del revival de los setenta, de la aportación del manga o de un presente que sigue ofreciendo historietas de calidad.

Sucesos más o menos reales han inspirado a los creadores de pesadillas, y entre las figuras históricas pocas hay más perturbadoras que la aristócrata húngara Erzsébet Báthory, llamada la condesa sangrienta, un personaje tan espantoso como fascinante que ya interesó a Alejandra Pizarnik y es abordado en estas páginas por Alfredo Taján. De otra clase de terror, el psicológico, nos habla Clara Sánchez, “un miedo vago, inconcreto, que avisa de que algo no va bien, de que existe una amenaza en el aire”. Hitchcock es el maestro absoluto en este terreno, el suspense, pero la narradora se refiere también a la famosa institutriz de Henry James o a los miedos personales —por ejemplo al fracaso— que ella misma ha conjurado en su literatura.

In Memoriam: 50 años sin Dashiell Hammett.

El 10 de enero de 1961, hace hoy medio siglo,  Dashiell Hammett moría en su Estados Unidos natal. En su haber tenía dos guerras, un valiente compromiso con la izquierda política a pesar de su paso por la mítica agencia de detectives Pinkerton -germen del FBI- y una mala salud de hierro macerada en alcohol pero, sobre todo, cinco novelas y dos libros de relatos con los que sentó las bases de un nuevo género: la novela negra.

Lo peor que le puede pasar a un sabueso es quedar fuera de circulación. Cuando aún era un cachorro, Dashiell Hammett se movía a sus anchas en las calles de su Maryland natal, donde tras abandonar el Politécnico, vendió periódicos, fue empleado del ferrocarril y estibador, hasta que el llamado del instinto lo hizo reclutarse como investigador de la Agencia de Detectives Pinkerton de Baltimore, empleo en el que, quizás, tuvo el primer contacto imaginario con Sam Spade o con Nick Charles, sus torvos alter egos de El halcón maltés y La llave de cristal. Sin embargo, la vida suele ensañarse con la vocación de los hombres libres y la guerra puso en pausa su aventurera profesión, y se alistó en el cuerpo de ambulancias y transportes de la American Field Service con cuartel en Francia. Ahí, el futuro novelista sufrió el revés de la fatalidad: contrajo tuberculosis, le endosaron una licencia médica y lo despacharon de vuelta a Estados Unidos.

Inmovilizado, o tal vez sea mejor decir, domeñado físicamente para seguir en la investigación de campo, el sabueso trabajó un año más en la Pinkerton y después probó fortuna como publicista de un joyero de San Francisco, pero aquel oficio era poco, demasiado poco para su espíritu merodeador, una energía que brotaba del apego a los bajos fondos y del gusto por desentrañar misterios y penetrar hasta el último rincón de los avernos delictivos, por lo que curado a medias de la tuberculosis, se prescribió a sí mismo un riguroso régimen de alcohol y en 1922, comenzó a escribir relatos policiacos para el magazín Black Mask, editado por Joseph Shaw, de los que surgiría su personaje favorito, el Agente de la Continental, un individuo sin nombre, bajo y mofletudo, entrenado para no caer en ninguna trampa afectiva, psicológica, sensual o emocional que pudiera perturbar o confundir su olfato, porque el mundillo violento y despiadado que Hammett concibió, era para puros canes desconfiados y correosos.

Desconfianza. Ese es el atributo esencial para sobrevivir en sus historias, monumentos a la fealdad, el complot y la traición, donde hasta el tipo más duro puede resbalar con una simple fullería o cualquier mujer hermosa puede llevar bajo la piel a una femme fatale o, peor aún, se puede amanecer en la cama de un hotel de quinta clase con un tiro en la frente o veinte puñaladas en el cuello o la barriga, hasta que esa muerte que no es pero podría ser nuestra, sea aclarada por el cochambroso detective que fuma y bebe, observa, inquiere, anota, busca, allana, profana y compromete, porque el deber es lo único inquebrabantable en ese espacio que inspira suspicacias. Quizá es por ello que Raymond Chandler dijo que la obra de Dashiell Hammett reveló las mefíticas pero protectoras posibilidades de la duda, ya que si nos apegamos al saludable ejercicio de la sospecha, podríamos descubrir los secretos de la gente que nos rodea, la más agresiva, la más pasiva o insignificante, pues nadie sabe, a ciencia cierta, lo que hay debajo de la máscara social. Lo dijo así, en uno de sus ensayos sobre la novela negra en El simple arte de matar: “el realista de esta rama literaria escribe sobre un mundo en que los pistoleros pueden gobernar naciones y casi gobernar ciudades, en el que los hoteles, casas de apartamentos y célebres restaurantes son propiedad de hombres que hicieron su dinero regentando burdeles; en el que un astro cinematográfico puede ser el jefe de una pandilla, y en el que ese hombre simpático que vive dos puertas más allá en el mismo piso, es el jefe de una banda de controladores de apuestas; un mundo en el que un juez con una bodega repleta de bebidas de contrabando puede enviar a la cárcel a un hombre por tener una botella de un litro en el bolsillo; en que el alto cargo municipal puede haber tolerado el asesinato como instrumento para ganar dinero, en el que ninguno puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero nos abstenemos de practicar; un mundo en el que uno puede presenciar un atraco a plena luz del día, y ver quién lo comete, pero retroceder inmediatamente a segundo plano, entre la gente, en lugar de decírselo a nadie, porque los atracadores pueden tener amigos de pistolas largas, o a la policía no gustarle las declaraciones de uno, y de cualquier manera el picapleitos de la defensa podrá insultarle y zarandearle a uno ante el tribunal, en público, frente a un jurado de retrasados mentales, sin que un juez político haga algo más que un ademán superficial para impedirlo”. Mejor definición de la obra de Hammett, ninguna, pues basta con internarse en sus novelas, sea Cosecha roja (1929), La maldición de los Dain (1929), El halcón maltés (1930), La llave de cristal (1931) o El hombre delgado (1934), para reconocer que en aquellos territorios que nos remiten al universo cotidiano, la ley y el orden efectivamente brillan por su ausencia, y que los personajes (como nosotros en la vida diaria), se ocupan de mantener la cabeza a flote para no ahogarse en la marea.

Cosecha roja o la revelación de que el infierno no tiene límites poblacionales ni fronteras. El Agente de la Continental llega a Personville, mejor conocida como Poisonville (“Villa Veneno”), para esclarecer un homicidio en el que prácticamente está implicado todo el pueblo; La maldición de los Dain, donde el mismo detective investiga un robo de diamantes, entabla un duelo intelectual con el escritor Fitzstephan, combate a un hombre de nariz larga y otros matones de ínfima ralea, y descifra el anatema de familia, donde el padre esconde esqueletos en el clóset y la hija está implicada en líos de drogas y cultos siniestros; El halcón maltés, el título más célebre pero no el mejor de Hammett, gracias a la adaptación que John Huston realizó en 1941 con Humphrey Bogart en el papel de Sam Spade y Mary Astor en el rol de Brigid O’Shaughnessy, donde un legendario cernícalo cubierto de diamantes, es el objeto de discordia de un puñado de codiciosos y asesinos; La llave de cristal o las peripecias del jugador y estafador Ned Beaumont, que opera uno de los bandos de las pandillas en conflicto, y El hombre delgado, donde a través de la torcida relación del detective Nick Charles con su joven e inteligente esposa Nora (según los críticos, una alegoría de la relación de Hammett con Lillian Hellman), el crimen se entreteje con la tribu de los Wynant, la familia más grotesca de todos sus relatos.

A Dashiell Hammett le suelen escamotear la significación y trascendencia en la literatura norteamericana, a pesar de la indudable crítica social que revisten sus historias (recordemos que se sitúan en pleno Crack del 29 y en la época de la prohibición), quizá porque escribía sin ambages ni abalorios o porque su mirada era absolutamente descarnada: sus criaturas solían carecer de cualidades, sólo eran cáscaras humanas cuyas esencias estaban a flor de piel, en los rostros o en las encías, en las orejas, los dientes, el abdomen, la nariz o los mentones, por lo que sus héroes debían echar mano de una frenológica intuición para determinar quién o quiénes eran aliados o enemigos, aunque algunas veces caían en el engaño, y la fábula se engarzaba en una espiral de impensados desenlaces.

En 1946, el sabueso ingresó al Congreso Nacional de los Derechos Civiles de Nueva York, de ideas afines a la izquierda. Tres años más tarde, el macarthismo puso a sus miembros en la mira y Hammett fue encarcelado en 1951 al negarse a proporcionar información. ¿Y cómo iba a hacerlo, si una de sus frases emblemáticas dicta que “no es tan sencillo decir la verdad, cuando se ha perdido la costumbre”?

Destruido por el alcohol y minado por la tuberculosis y el tabaco, Dahiell Hammett abandonó la escritura poco después de publicar El hombre delgado. Lillian Hellman lo padeció hasta su muerte, el 10 de enero de 1961, en el Hospital Lennox Hill de Nueva York. El último suspiro, tal vez, le hizo recordar aquella escena de La maldición de los Dain, donde sus alter egos, el detective y el novelista, se reprochan uno a otro el modo en que se ganan (o despilfarran) la vida, pues la paga, como siempre, es lamentable:

—Pero… ¿es posible que viviendo como vives de husmear en las vidas ajenas, estés burlándote de la curiosidad que la gente me inspira y mis desvelos por satisfacerla?

—Somos diferentes —le contesté. —Mi trabajo tiene por finalidad meter a la gente en la cárcel; y me pagan por ello, aunque no tanto como debieran.

—No veo la diferencia. El mío tiene por objeto encerrar a la gente en un libro, y por eso me pagan, aunque no tanto como debieran.

—Sí, ¿pero de qué sirve eso?

—Dios lo sabe. ¿Para qué sirve meter a la gente en la cárcel?

—Alivia la congestión —dije. —Si metieran en la cárcel a una cantidad suficiente de personas, no existirían problemas de circulación en las calles.

Circulación. Movilidad. Acción. Desde la parálisis prematura de 1922, Dashiell Hammett conjuró la maldición de los sabuesos combatiendo con la máquina de escribir, pero ahí los guetos se ensancharon y poco a poco descubrió que, como en el infierno, los monstruos suelen desbordarse en ese limbo que no por imaginario deja de ser tan parecido, demencialmente parecido al mundo real.

La maldición de los sabuesos. Texto: Iván Ríos Gascón. Publicado en Suplemento Laberinto. Diario Milenio. 08.01.2011

120 años del nacimiento de Agatha Christie.

El 15 de septiembre de 2010 el mundo celebra el 120 aniversario del nacimiento de la Reina de la novela policíaca, Agatha Christie.

In Memoriam.

En Algún Día: Agatha Christie: 117 años de Misterio.

In Memoriam: Ochenta años sin Arthur Conan Doyle.

El escritor Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes, el primer gran detective de la novela negra, murió el 7 de julio de 1930, y para conmemorar el 80 aniversario de esa muerte, la editorial RBA publica en una edición especial las cuatro novelas fundacionales del famoso personaje: “Estudio en Escarlata“, “El signo de los cuatro“, “El sabueso de los Baskerville” y “El valle del terrorson las novelas con las que Doyle revolucionó el género criminal y que aparecen ahora reunidas en un solo volumen.

Nacido el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo (Escocia), Conan Doyle ha pasado a los anales de la historia de la literatura por haber dado vida al inmortal investigador, todo un icono de la cultura popular. El escritor reconoció que el mítico personaje estaba totalmente inspirado en un profesor de Medicina de la universidad, llamado Joseph Bell House, cuyas increíbles habilidades analíticas para describir la causa de la muerte con sólo un vistazo al cadáver convirtieron en famosas y multitudinarias sus clases.

Además de esas cuatro novelas, Conan Doyle publicó 56 relatos cortos sobre las aventuras de Holmes y su inseparable y fiel amigo, el doctor Watson. El metódico investigador que siempre dejaba en evidencia a Scotland Yard alcanzó tanta celebridad, que ensombreció la fama del propio Conan Doyle. El escritor ya nunca pudo librarse de su detective, a pesar de haber creado otros personajes.

El autor escocés se acabó cansando del personaje, que le robaba tiempo para sus novelas históricas o para sus libros de ciencia ficción protagonizados por el profesor Challenger. “Estoy pensando en dar muerte a Holmes y acabar con él para siempre. No me deja pensar en mejores cosas”, decía el novelista en una carta enviada en 1891 a su madre. La amenaza se cumplió en 1893, cuando decidió liquidar a Holmes y su archienemigo, el profesor Moriarti, apodado el “Napoleón del crimen“, en “El problema final“. La presión de los lectores fue tal que Conan Doyle tuvo que resucitar a Sherlock Holmes en “El sabueso de los Baskerville” (1902).

De padre alcohólico y madre lectora, Arthur Conan Doyle fue también médico, portero de fútbol, golfista, jugador de cricket y frustrado aspirante a diputado. El escritor murió en Inglaterra el 7 de julio de 1930, después de dilapidar su fortuna en su obsesión por el ocultismo y las ciencias esotéricas.

Fuente│ EFE.

Semana de Novela Negra en Barcelona. BCNegra 2010.

El 2009 ha sido sin duda el año del fenómeno Larsson. La trilogía que lamentablemente Stieg Larsson no llegó a ver publicada se ha convertido en la historia de la temporada. Las desventuras de Lisbeth Salander y Michael Blomkvist han conquistado los ratos de ocio de multitud de lectores y lectoras, y el género negrocriminal, del que el novelista sueco era un entusiasta lector, está de moda, si aún podía estarlo más…

Este año, en la quinta edición del BCNegra, disfrutaremos de un grupo de novelistas negrocriminales que tratan de profundizar en la realidad y recorrer los lugares comunes y las verdades de cartón piedra para revelarnos todas las astillas de la condición humana. Desde Estados Unidos hasta Finlandia, pasando por Dinamarca e Irlanda, los autores y autoras tendrán en Barcelona un lugar donde encontrarse con sus lectores y lectoras, para cerrar de este modo el acto creativo que ellos mismos pusieron en marcha.

En el programa de este año recordaremos el pasado con un homenaje al gran editor y novelista Mario Lacruz, nos uniremos a las celebraciones del centenario de la CNT y repasaremos el cine que en los grises años sesenta se rodaba en Barcelona, con una primera colaboración con la Filmoteca de Catalunya que seguirá en próximas ediciones. Es el inicio de una larga amistad. Recibiremos a Ian Rankin, flamante premio Pepe Carvalho del 2010, y hablaremos de la nebulosa Escocia desde Barcelona, luminosa capital del Mediterráneo. Don Winslow, John Connolly, Paco Ignacio Taibo II, Asa Larsson y Arnaldur Indridason son algunos del resto de invitados internacionales que acudirán al encuentro, que también reunirá a muchos de los escritores y escritoras de este género en el Estado español.

Tal y como venimos diciendo año tras año, si es febrero y se habla de narrativa negrocriminal, solo podemos encontrarnos en Barcelona. Este es nuestro momento. Pasen, escuchen, interroguen y, sobre todo…, lean.

Sitio Oficial │ BCNEGRA – Institut de Cultura de Barcelona.
Programa 2010. BCNNEGRA. Castellano (PDF)

Revista Serie Negra de RBA.

La editorial RBA ha puesto en marcha una web (http://serienegra.es/) dedicada al género de la novela negra. A instancias de la editora Anike Lapointe, RBA creó en 2001 la colección Serie Negra, un ambicioso sello con un nombre que era un indisimulado homenaje a la Série Noire, de la editorial francesa Gallimard.

“El primer libro que publicamos fue Black and Blue de Ian Rankin. Ahora casi diez años más tarde, con más de 120 títulos publicados y un Premio Internacional de Novela Negra, hemos decidido seguir adelante con nuestra apuesta y poner en marcha una web dedicada sólo al género.

Serie Negra será una web viva, que se irá enriqueciendo semana a semana con la ayuda de todos. Seleccionaremos la mejor información sobre los principales autores y títulos del género, ya sean clásicos o actuales, incluiremos las críticas más destacadas que han recibido cada uno de ellos, las noticias más relevantes de interés para el lector, las entrevistas más curiosas, los enlaces más recomendables de la web, todo sobre festivales de novela y cine negro, la programación televisiva y cinematográfica especializada, así como reportajes especiales dedicados a los apasionados de la novela negra. Todo ello trufado de las opiniones de lectores, libreros y editores que quieran participar en este proyecto”.

Anik Lapointe, editora.

Sitio Oficial:  www.serienegra.es

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