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10 Picassos del Kunstmuseum Basel en el Prado.

 

Pablo Picasso vuelve al Museo del Prado con una muestra titulada 10 Picassos del Kunstmuseum Basel (hasta el 14 de septiembre) con diez de sus mejores pinturas, ocho de ellas nunca vistas en España, y que a juicio de Eugenio Carmona, uno de los mejores especialistas en el pintor malagueño, son fundamentales en su trayectoria. Lo hace al tiempo que muchos de sus coetáneos, de Chagall a Juan Gris pasando por Modigliani o Fernand Léger, entran en avalancha en el Museo Reina Sofía con dos exposiciones que reúnen hasta 170 obras en un fascinante viaje por el siglo XX. Todas estas piezas son una pequeña parte de los fondos del Kunstmuseum Basel, una de las pinacotecas más importantes del mundo, que hasta septiembre se instala en Madrid. La responsable del museo suizo, Nina Zimmer, nos cuenta su historia.

Un recorrido visual por las obras de Picasso. El Cultural.
Picasso desconocido. El Cultural.
Picasso en el Prado: el deseo del deseo. El Cultural.
FOTOGALERÍA: Los 10 ‘picassos’ del Prado. El País.
El decálogo de un genio. El País.
La historia de Basilea con Pablo Picasso. ABC.
Suiza nos invade. El Mundo.

«Cada segundo de vida es un momento nuevo y único en el universo, un momento que nunca se repetirá. ¿Y qué les enseñamos a nuestros hijos? Les enseñamos que dos y dos son cuatro, y que París es la capital de Francia. ¿Cuándo les vamos a enseñar también lo que son? Deberíamos decirles a cada uno de ellos: ¿Sabes quién eres? Eres una maravilla. Eres único. En todos los años que han pasado, nunca ha habido otro niño como tú. Tus piernas, tus brazos, tus dedos, la forma en que te mueves. Quizá te conviertas en un Shakespeare, un Miguel Ángel, o un Beethoven. Tienes la capacidad para hacer cualquier cosa. Sí, eres una maravilla. Debes trabajar, todos debemos trabajar, para hacer al mundo digno de sus niños » – Pablo Picasso.

En Algún díaPablo Picasso.

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Picasso y sus guitarras.

Picasso se multiplica como los panes y los peces. Los estadounidenses lo adoran, ya sea en galerías como Gagosian, donde hace dos años la gente se peleaba por entrar para ver el trabajo del artista en el corazón del barrio de galerías ultramodernas de Chelsea, en Nueva York o en grandes museos, donde la pasada primavera ya fue protagonista con sendas exposiciones en el Museo de Arte Moderno (MOMA) y en el Metropolitan de la misma ciudad. Pero con un creador tan prolífico, admirado, mitificado y bien cotizado como Picasso, las posibilidades de ángulos de comisariado y el número de obras con las que organizar una exposición parecen inagotables así que ya sea por casualidad o de forma planificada, Estados Unidos vuelve a celebrar al artista con dos grandes exposiciones.

La primera se inauguró el pasado fin de semana en el MOMA. Bajo el título Guitarras 1912-1914 la muestra explora una de las épocas de experimentación más radical del artista, con más de sesenta piezas que raramente se han visto juntas antes y que se unen bajo una mirada común: la del cubismo en plena ebullición. La segunda exposición, en cambio, se inaugura el próximo viernes en el Virginia Museum of Fine Arts en Richmond, y es una ambiciosa y monumental retrospectiva organizada con fondos del Museo Nacional Picasso de París, actualmente cerrado por obras, lo que ha permitido que 176 cuadros que raramente salen de aquella institución se muestren en Estados Unidos hasta el próximo 15 de mayo.

El punto de arranque de la exposición del MOMA son dos obras que el artista le donó al museo antes de morir: un collage cubista titulado Guitarra y fechado en 1912 y otro homónimo emulándolo pero esta vez realizado en metal en 1914. Entre ambas piezas el pintor malagueño utilizó la figura de la guitarra para experimentar con materiales y formas y avanzar hacia figuraciones y desfiguraciones radicales que después marcarían no solo su obra si no a muchos de sus contemporáneos y a casi todos los que llegaron después. En la muestra hay sobre todo collages pero también dibujos, óleos fotografías y esculturas procedentes de 35 museos internacionales con las que se construye una visión muy poco común de un período especialmente importante en la producción del artista.

La muestra del Virginia Museum of Arts, titulada Obras maestras del Museo Nacional Picasso de París es exactamente eso, un recorrido a través de las obras que el propio artista coleccionó a lo largo de ocho décadas y en las que están representados todos sus periodos creativos. Curiosamente el museo no se limita a anunciarla por su valor artístico si no que el mismo director aparece en un video promocional del museo hablando del impacto económico que tendrá la exposición en el área de Richmond. No es un secreto que Picasso mueve millones y ahora que tanto escasean en el mundo de la cultura, su figura se presenta como un reclamo seguro para llenar las maltrechas arcas de las instituciones.

En Algún Día: Pablo Picasso.

 

“Picasso. Caballos” en el Museo Picasso Málaga.

A menudo se habla (y se escribe) de la pasión de Picasso por los toros: su identificación con el animal bravo y herido, su trasmutación en minotauro como bestia sexual… y casi siempre se pasa de puntillas junto al otro actor que suele llevarse la peor parte del envite sobre el ruedo: el caballo. A él, a su importancia en el imaginario plástico del artista, le dedica su nueva exposición el Museo Picasso Málaga (MPM). De este modo, “Picasso. Caballos” se inscribe en los proyectos temáticos que la institución malagueña organiza en torno a un asunto concreto de la producción del genio. En esta ocasión, el MPM analiza hasta el 5 de septiembre la “carga simbólica” del equino en la obra de Picasso: su ascendente femenino en lucha con el toro-hombre, su imagen como víctima de la guerra o su representación lúdica como juguete o elemento circense.

La muestra reúne 54 obras entre óleos, dibujos y grabados, además de cerámica, una delicada silueta realizada en papel recortado y la réplica del traje de escena del personaje de caballo o Cheval en Parade, diseñado por el artista para el conocido montaje de los Ballets Rusos. Ahí están los dóciles animales de hechuras clásicas que abren en montaje. “El abrevadero” (1906), “Joven a caballo” (1906) o “Jinete desnudo” (1919), que conviven con escenas taurinas como “La corrida” (1900) o “Las víctimas” (1901), en la que ya se adivina el cruel destino que le aguarda al equino. El conjunto permite conocer la importancia simbólica del caballo en su trabajo, así como los múltiples significados bajo los que presentó su figura y la diversidad de técnicas que empleó para realizarlas.

Comisariada por la especialista Dominique Dupuis-Labbé, la exposición incluye también dos libros ilustrados, uno del siglo XVI basado en los dibujos de Jan Straet y otro de Francisco de Goya, del que también se expone un grabado. Asimismo, podrá verse una selección de veintiséis fotografías que muestran la presencia de los caballos en ciudades en las que Picasso pasó su infancia y juventud. Además, otro de los alicientes de “Picasso. Caballos” llega desde la multitud de instituciones que han cedido piezas para esta exposición. Desde el MOMA neoyorquino, hasta la Tate londinense, pasando por los museos “hermanos'”de Barcelona y París o la Phillips Collection de Washington.

Las Metamorfosis de Ovidio vistas por Picasso.

Pablo Picasso soñó una noche que se transformaba en un pez, algo que llegó a oídos del joven editor Albert Skira, quien propuso al malagueño que ilustrara “Las Metamorfosis” de Ovidio, un proyecto que se tradujo en una treintena de grabados que se exponen desde este jueves en la Casa Natal del artista. Este libro ilustrado pertenece a la colección de la Fundación Picasso tras la reciente adquisición de un ejemplar procedente de los Estados Unidos, en concreto el número 16 de los 21 de la tirada de lujo editada.

Skira, procedente de una familia acomodada de origen griego, había conocido poco antes a Picasso en su taller y le había ofrecido ilustrar un libro sobre Napoleón, algo que, dada la naturaleza del personaje, el artista declinó.

Las Metamorfosis”, con grabados impresos sobre papel Japón nacarado, está considerado como uno de los mejores libros ilustrados por el pintor a lo largo de toda su carrera.

Inicialmente, Picasso creó 15 aguafuertes en formato vertical, y un tiempo después entregó otros tantos grabados horizontales “que tenían que ver técnica y formalmente” con los anteriores. La anécdota, no confirmada, cuenta que Skira estaba tan ansioso por recibir los grabados que se alojó en una vivienda cercana al taller de Picasso y éste tocaba un cornetín para avisarle de que tenía lista una nueva plancha, momento en el que el editor acudía presto a recogerla. Estos 30 grabados, creados en los años 1930 y 1931, se enmarcan estilísticamente en la época clásica de Picasso, “no sólo por el tema de la mitología, sino también por la línea fluida y la composición, muy en conexión, por ejemplo, con la “Suite Vollard”, también de estos años”.

Estas piezas tienen la particularidad de que los grabados presentan apuntes adicionales que Picasso realizó en la propia plancha, denominados remarques.

Este libro, adquirido por unos 77.000 euros, es uno de los más destacados de los fondos de la Fundación Picasso, junto a los diez que donó en 1992 Christine Ruiz-Picasso, nuera del artista, y que conformaron el germen de la actual colección.

La faceta de Picasso como ilustrador de libros ocupa un lugar destacado dentro de su labor como grabador, aunque ha quedado eclipsada ante la magnitud del conjunto general de su obra gráfica. El artista realizó ilustraciones para 156 libros que fueron publicados entre 1905, en plena época rosa, y 1974, un año tras su muerte.

La Fundación Picasso cuenta entre sus colecciones con 44 de estos títulos, publicados entre 1911 y 1971, y el que se presenta en esta exposición es la adquisición más reciente en el apartado de libros ilustrados.

Ficha informativa de la exposición.

En Algún Día: Pablo Picasso.

Todas las lágrimas de Dora Maar.

En el cuadro del Guernica aparecen cuatro mujeres entre los escombros del bombardeo, todas con la boca abierta por un grito de terror, las cuatro mujeres son la misma, Dora Maar, la amante de Picasso en aquel tiempo. Hay un detalle añadido: los ojos del toro erguido en el ángulo izquierdo también son los de Dora Maar, que en la realidad eran de un azul pálido y algún psicoanalista lacaniano sabrá explicar el significado de un toro con ojos de mujer, que a su vez son idénticos a los del guerrero, cuyo cuerpo se halla destrozado en la base del cuadro.

Picasso conoció a Dora Maar a principios de 1936. Su encuentro se ha convertido ya en una fábula excelsa de sadomasoquismo. Estaba el pintor una noche en el café Deux Magots de París con el poeta Paul Éluard y vio que en la mesa vecina una joven parecía entretenerse dejando caer la punta de una navaja entre los dedos separados de su mano enguantada, abierta sobre el mármol del velador. No siempre acertaba, puesto que el guante estaba manchado de sangre. El pintor se dirigió a ella en francés y la joven le contestó en un español gutural, la voz un poco ronca, temblorosa, con acento argentino. Después de una excitada conversación el pintor le pidió la prenda ensangrentada como recuerdo y ella le dio a Picasso no sólo el guante sino la mano y el resto del cuerpo, sin excluir su alma atormentada, no en ese momento, puesto que Picasso, presintiendo la tempestad amorosa que se avecinaba, echó tierra por medio y se fue a la Costa Azul, pero allí en casa de unos amigos comunes se volvió a encontrar con la mujer ese verano y ya no tuvo escapatoria. Bajo el esplendor mórbido del sol de Mougins, filtrado por los sombrajos de cañizo, sus cuerpos comenzaron a cabalgar en busca de la violenta alma contraria.

Dora Maar no era una neófita en esta batalla con los hombres. Venía de los brazos de Georges Bataille, rey de la transgresión erótica, con quien había experimentado todos los sortilegios de la carne. Según su teoría los burdeles deberían ser las verdaderas iglesias de París. Bataille, junto con Breton, lideraba el grupo surrealista de izquierdas Contre-Attaque, que se reunía en un ático muy amplio de la Rue des Grands Agustins, 7, y se había hecho famoso por el libro Historia de un ojo, una mezcla de pornografía y lirismo con aditivos de violencia, autodestrucción y ceguera: el ojo -huevo que se introduce en la vagina-. En ese mundo se movía Dora Maar, exótica, bella y radical, siempre coronada con sombreros extravagantes.

Dora Maar era pintora, fotógrafa y poeta, hija de madre francesa y de un arquitecto croata, instalado en París, que encontró trabajo durante algunos años en Argentina. Con ella atravesó Picasso los años de la Guerra Civil española y la ocupación nazi de París, desde 1936 a 1943, un tiempo en que el pintor vivía en medio de un vaivén de mujeres superpuestas. Su esposa Olga había sido suplantada por la dulce y paciente Marie Thérèse Walter, de la que le había nacido su hija Maya, y ese oleaje le había traído, como el madero de un naufragio, a Dora Maar, que tuvo que desplegar todas las artes para agarrar y no soltar los testículos de aquel toro español del Guernica, que según algunos críticos es el autorretrato del pintor.

A inicios del año 1937 el Gobierno de la República española le encargó un mural a Picasso para la Exposición Internacional de París, que iba a inaugurarse en el mes de mayo. El contrato lo formalizó el cartelista Josep Renau, director general de Bellas Artes, en un bistró de la Rue de Bôetie, sobre una servilleta de papel y después se fue a jugar al futbolín con Tristán Tzara. La tragedia española estaba en su apogeo. Picasso sólo quiso cobrar los materiales, el lienzo y las pinturas, que, por cierto, fueron de una evidente mala calidad, como demuestra el deterioro en que se encuentra la obra. Dora Maar conocía el ático de la Rue des Grans Agustins, donde había celebrado diversas ceremonias demoniaco-surrealistas. Se lo mostró a Picasso para que lo alquilara. El local era famoso porque Balzac había situado allí la novela La Obra Maestra Desconocida, que trata de la obsesión de un pintor por representar lo absoluto en un cuadro. Dora Maar pensó que en el local había espacio suficiente para trabajar en un cuadro de gran tamaño. Y en ese ático comenzó Picasso una doble lucha. Durante los primeros meses no se le ocurría nada. Comenzó a realizar bocetos en torno a una especie de tauromaquia en medio de la convulsión de los desastres de una guerra, mientras Dora Maar iba levantando acta con la cámara de los esfuerzos y arrepentimientos del artista. En unos bocetos el caballo relinchaba abajo, en otros el toro mugía de otro lado. Dora Maar era a la vez testigo y protagonista, puesto que su rostro de frente ovalada y grandes ojos como lágrimas se repetía en todos los intentos en distintas figuras femeninas. Picasso incluso dejó que su amante pintara algunas rayas.

Mientras el Guernica tomaba la forma definitiva, alrededor del lienzo se había establecido otra suerte de bombardeo, que causó una catástrofe amorosa. En el ático entró un día la dulce y paciente Marie Thérèse Walter y se enzarzó a gritos con Dora Maar. Con insultos que se oían desde la calle, le echó en cara el haberle robado a su amante, al que ella había dado una hija. A esta escena violenta de celos se unió Olga, la compañera legal, y mientras las tres mujeres gritaban, Picasso seguía alegremente pintando el Guernica, muy divertido. Esta reyerta explosiva se hizo famosa en el Barrio Latino. El día 26 de abril de 1937, cuando el cuadro ya estaba casi terminado, sucedió el espantoso bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor. En homenaje a esa villa bilbaína, donde se conservaban los símbolos de un pueblo vasco, Picasso tituló el cuadro con su nombre. A partir de ese momento el Guernica se convirtió en un cartel universal contra la barbarie.

La batalla la había ganado Dora Maar. Ese mismo verano de 1937 se les ve muy felices en las playas de Antibes en compañía de otros seres maravillosos, desnudos en sillones y hamacas, Nush y su marido Éluard, Man Ray y su novia Ady, bailarina de Martinica, Lee Miller y Rolland Penrose, Jacqueline Lamba y André Bréton. Jugaban a intercambiarse los nombres y las parejas a la hora de la siesta y el más vanguardista en el sexo también era Picasso, que, según contaba Marie Térèse, solía practicar la coprofagia con sumo arte.

Picasso ejerció sobre Dora Maar otra suerte de sortilegio a la manera de su antiguo amante Georges Bataille. La convirtió en La Mujer Que Llora: así aparece, erizada por el llanto en casi todos los cuadros en que ella le sirvió de modelo. Hasta su separación sumamente traumática Dora Maar fue la Dolorosa traspasada por siete navajas, que eran todas la misma que ella usaba el día en que se conocieron en el café Deux Magots, un símbolo del dolor de la guerra y del placer de la carne.

“Después de Picasso, sólo Dios”, exclamó Dora Maar ante Lacan, el psicoanalista que la ayudó soportar el abandono del pintor. La mujer entró en una fase mística, se retiró del mundo, se encerró en su apartamento de París y sobrevivió un cuarto de siglo al propio artista. Murió en 1997, a los 90 años. En el Guernica sus ojos en forma de lágrimas se repiten en el toro, en el guerrero, en la madre que grita de terror con un niño muerto en los brazos, en la mujer que huye desnuda bajo las bombas, tal vez, desde un lavabo con un papel en la mano y en la que saca una lámpara por la ventana e ilumina todas las tragedias de la historia.

Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 26.12.09 > Ir al artículo original.

Actualizado: Doora Maar, la fiel amante que llora. El Mundo.es. 21.04.2015. Escrito por Antonio Lucas.

Picasso fotógrafo de Horta. Instantáneas del Cubismo, 1909.

Una exposición evoca en el Museo Picasso de Barcelona la faceta como fotógrafo del pintor malagueño, a través de las instantáneas que realizó en la localidad tarraconense de Horta de Sant Joan, donde estuvo en dos periodos, en 1898-1899 y en 1909, y que inspiró su obra cubista.

En 1909, al cabo de diez años de su primera estancia, Pablo Picasso regresó a Horta, donde estuvo por primera vez para recuperarse de una enfermedad invitado por un amigo residente en la población, Manuel Pallarès. Cuando regresó ya no era un adolescente en periodo de formación, sino un artista cada vez más reconocido y con una serie de marchantes pendientes de la obra que iba a producir.

En aquellos momentos se encontraba en los inicios del cubismo, y precisamente Horta de Sant Joan desempeñó un papel destacado en la evolución de la obra cubista de Picasso. El artista llegó acompañado por su compañera de entonces, Fernande Olivier, y permanecieron en la población entre los meses de junio y septiembre. Durante esos tres meses, Picasso ejecutó algunas obras que se han convertido en imágenes universales del cubismo, como “La balsa” o “La fábrica”.

En la exposición, abierta al público hasta el 27 de diciembre, se pueden contemplar 21 copias de las fotografías que Picasso realizó hace un siglo, cuyos originales se conservan en el Museo Picasso de París.

En las instantáneas aparecen paisajes y personas que fueron también inmortalizados en algunas de sus telas cubistas. Cámara en mano, Picasso retrató las casas del pueblo y su entorno, pero también a algunos personajes de Horta y a su compañera Fernande.

Sitio Oficial: Museo Picasso de Barcelona Centro Picasso de Horta.

En Algún Día: Pablo Picaso.

Picasso y la estampa erótica japonesa.

Del 5 de noviembre de 2009 al 14 de febrero de 2010.
Museo Picasso de Barcelona.

Las estampas eróticas japonesas del siglo XIX marcaron la obra de temática sexual de Picasso. Así queda patente en la exposición que hasta el 14 de febrero acoge el Museo Picasso de Barcelona. Además, por primera vez, la muestra permite contemplar una selección de las estampas eróticas japonesas que formaban parte de la colección privada del malagueño, ahora en manos de sus herederos.

La muestra está formada por más de un centenar de piezas, de las cuales destacan las 19 estampas japonesas de los siglos XVII, XVIII y XIX que formaban parte de la colección de Picasso. Aunque toda la obra del artista está imbuida de erotismo, los especialistas consideran que fue en sus inicios (1900-1908) y al final (1964-1972) cuando Picasso se dedica de manera más intensa a esa temática. La tesis que plantea la exposición del Picasso arroja luz sobre los orígenes de los grabados eróticos del malagueño, pues «hasta ahora se pensaba que el arte japonés le había influido de manera indirecta a través de la influencia de Manet, Monet, Van Gogh, Toulouse-Lautrec o Gauguin».

Sitio oficial: Museo Picasso de Barcelona.
Catálogo de la Exposición. (PDF)
Ir al recorrido por las salas.

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