El toque «woody» de Kafka.

El Kafka turbador y angustiado es el que llega al lector del siglo XX. Así, el relato que encierra la frase «Una jaula salió en busca de un pájaro» compite con el de Monterroso, no sólo en brevedad sino en desasosiego. Tal cual lo quería Kafka, pero así no era Kafka, según se entrevé ahora, en su aniversario, y tras de que su celosa secretaria falleciera en 2007, abriendo la barrera a todos los buscadores de «la llave» de su «Castillo». Uno de los mayores escritores en lengua alemana nació hace 125 años en Praga, cuando las ciudades aún no eran nacionales. Praguense, germanófono, solitario, judío, soltero, hipocondríaco, reprimido, en sus diarios dice vivir en la escritura, agarrado con dientes al escritorio, pero cada mañana ficha de 8 a 14 horas en la oficina que sería de Assicurazioni Generali, y batalla con accidentes de trabajo. ¿No parece de Woody Allen?

Quiere estudiar alemán y hace Derecho, quiere ir a Múnich y se queda en Praga, quiere moverse, pero no se mueve, quiere casarse pero no sabe y sigue soltero. Así lo describe Reiner Stach en su elogiada biografía final, uno de los numerosos libros aparecidos para el aniversario. Entre ellos, Klaus Wagenbach lo presenta por primera vez riendo en portada, lejos de esa famosa foto «que parece un aguafuerte de Käthe Kollwitz».

En realidad, Kafka no vive en su escritorio por la tarde, ni en su mesa de oficina por la mañana, sino en ese «no lugar» que es la lengua, en la que se relame y goza colocando palabras: a su Felice Bauer confiesa su disfrute, leyéndose a sí mismo en voz alta, y los expertos lo notan en la sonoridad que alcanza en alemán. Hans Gerd Koch, uno de los mayores expertos en Kafka y que acaba de revisar su última correspondencia y publicar «Kafka in Berlin», cree que Kafka no era sombrío y que es muy capaz de tensar su escritura anticipando técnicas y recursos de suspense que luego emplearía Hitchcock en el cine. «Era un cinéfilo entusiasta», dice Koch a Die Welt, y resulta magistral las dosis en que proporciona la tensión al lector.

En su lecho de muerte seguía escribiendo como un loco. No es cierto que quisiera destruirlo todo y en su testamento incluyó sus siete obras publicadas. Lo que le dolía era el fracaso de sus novelas largas, que fueron las que pidió quemar a Max Brod. Si tal vez sospechó que éste no lo haría, lo que difícilmente podría haber sospechado fue el eco mundial que luego tendrían.

Estresante y transcultural Koch reniega del uso general, presente en casi todas las grandes lenguas, del adjetivo «kafkiano» para un absurdo capaz de crear malestar y angustia. Lo significativo de su escribir es cómo exige al lector hacer pasar su propia experiencia por el tamiz que le propone, una experiencia estresante pero transcultural, lo que explica su sintonía y éxito global. En «Metamorfósis» se despierta insecto, en «Informe a la academia» es un mono que explica su preocupante transformación en humano, en «Investigaciones de un perro» el can relata su búsqueda de la verdad y por ello el rechazo de los otros perros.

A sus 104 años Alice Herz-Sommer, la pianista que trató al escritor, sobrevivió luego al campo checo de Terezin y es cuñada del amigo de Kafka Felix Weltsch, cree que éste «vino al mundo con la curiosa pregunta: ¿qué es lo que tenemos que ver nosotros con este mundo?» Y su respuesta no era sólo triste, de hecho recuerda divertidos paseos con él leyendo en voz alta. Ulf Poschardt confirma en Die Welt que Kafka se partía de risa leyéndose a sí mismo.

Luego escribiría en una misiva que «si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el rostro, ¿para qué lo leemos?». Y agrega: «Un libro tiene que ser el hacha para abrir el mar helado en torno a nosotros». Así lo quiere Kafka para el lector, no tanto para sí. «Es un autor político», asegura Koch. Pero junto a sus influencias de Goethe, así como de Kleist, Hebel y Adalbert Stifter, en realidad tendría un sentido «woodyallenesco», muy yiddisch, de encarar la vida. «Los asistentes de «El Castillo» son típicos del teatro grotesco judío», dice Koch. Como lo es el intento del escarabajo por preparar su maleta, la ironía y el sentido cómico está en la propia correspondencia oficial de Kafka como agente de seguros. «Kafka representa como pocos la angustia en alemán», escribe Steinfeld, «pero Kafka no fue el gran cautivo, sino el gran virtuoso de la lengua alemana».

En su artículo en el Süddeutsche Zeitung toma la primera frase de «Metamorfosis» para explicar cómo el despertar de Samsa constituye un ejemplo de construcción en alemán. También lo es la cadencia con que introduce sus frases, por autocríticas y lapidarias que sean: según los expertos, Kafka disfruta recreando su figura en sus frases anti-kafkianas. La fría evidencia que introduce la primera frase de «El proceso», según el Frankfurter Allgemeine, podría ser la primera secuencia de un «thriller» o una frase de colegio: a medida que se indaga en esa duplicidad «aparece el genio».

© Ramiro Villapadierna. “El toque «woody» de Kafka”. Publicado en ABC (04/07/08)

En Algún día: Franz Kafka.



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