Lecturas sin horas.

El Cultural ofrece en su edición del 17 de julio 50 propuestas de lectura para sacarle partido al verano. Un repertorio de recomendaciones que incluye literatura clásica y moderna, negra y de viajes. Y todo ello salpimentado con tres regalos en forma de relato de Álvaro Pombo, Fernando González Ledesma y Montero Glez. 

 

Con aplicación a las anfetas: Jekyll sobre Hyde.
Álvaro Pombo.

“Aquel yo de entonces no era más sabio ni más prudente que el de ahora. Sólo que aquél estaba más seguro que el de ahora de que nada valía tanto como una repentina transformación del yo que había en otro que no había, pero que podía, sin embargo, en su irrealidad, ser contemplado, ser, sobre todo, deseado. Y lo deseado era un yo más enérgico y puro, más concentrado, menos tembloroso, más acerado y consistente incluso que los acerados textos de filosofía tomista y sartreana que leíamos la juventud entonces. Al descubrimiento de que el yo que yo era estaba en dos, uno consistente y otro inconsistente me condujo a una droga milagrosa, que no era, como en el relato de referencia, un cristal disuelto en un líquido de variables colores, sino una simple estructura química, un sulfato, que me permitía separar lo doble en dos y dejar que funcionara lo uno, lo firme, a expensas de lo otro, lo infirme durante cuatro horas largas, casi cinco. Una vez al día, cada tarde, tomada la toma, mi cuerpo, el yo, quedaba en suspensión, asexuado, tenso como un resorte, contenido y locuaz al mismo tiempo. Algunos poemas de ese tiempo aún brillan como agujas en el henar de la mirada de mis libros. Y mientras duraba, me sentía más joven, más ligero, más feliz, consciente de una facundia transformante, que iba del fondo al fondo de mí mismo, tras convertirse en textos rutilantes. Una desconocida aunque no inocente liberación de mi alma”.

¿Crímenes perfectos?
Francisco González Ledesma.

“Hace poco, un grupo de escritores nos reunimos para discutir si existe o no el crimen perfecto. Por supuesto, éramos gente más bien indocumentada y sin buenas referencias. Llegamos a la conclusión de que no existe, o existe sólo en un caso. Por ejemplo, el veneno deja tales indicios que nunca debe ser útil para el que aspire a la impunidad. Mis estancias en lugares más bien dados a la melancolía, como las salas de autopsia, me han demostrado que todos los venenos dejan su voz y su huella. Claro que grandes películas y grandes novelas nos han enseñado que el crimen podría ser, en efecto, una de las bellas artes, y siempre han idealizado el asesinato por encargo, en especial cuando se trata de eliminar a un cónyuge que da la lata. Todos recordarán un gran filme en el que una señora tenía que ser asesinada en su casa por un sicario mientras el marido -el que pagaba- estaba en una reunión social llena de testigos. No sé si algún crimen parecido ha quedado impune, pero lo dudo, porque siempre queda la pista del dinero. El último caso ocurrió en el Ritz de Barcelona, cuando una dama encargó a un sicario que acabara con su marido, un hindú cuyo dinero no servía de mucho mientras estuviera vivo. Pero ni la dama ni el sicario llegaron a disfrutarlo. Otro posible sistema es el accidente en el metro. Un desconocido se sitúa detrás de la víctima y en el momento justo le empuja a la vía o le hace caer con la presión de un paraguas o un bastón. Lo malo para el asesino es que la gente tiene ojos y los andenes, cámaras.

El único crimen perfecto parece éste: el garrotazo profundo por la espalda en una calle sin luz, siempre que el sicario use guantes y unos zapatos con al menos dos números por encima de los que gasta habitualmente. Es decir, el único crimen perfecto posible no es el más inteligente sino el más burro, el más elemental y labriego. Vaya desengaño”.

Un garbeo.
Montero Glez.

“Al final del camino, un edificio de factura antigua se anuncia con un cartel en lo alto. Es la Venta Vargas. Lleva en pie desde antes de la guerra, de cuando todavía era la Venta de Eritaña y paraba a repostar Fernando Villalón, poeta, tahúr y ganadero que un buen día se empeñó en conseguir una camada de toros negros con los ojos verdes. Y se arruinó.

En Andalucía se dan estas cosas. Aquí el surrealismo forma parte de la tierra, lo mismo que el viento o la locura. Por ello abandoné Madrid y me bajé al sur, a vivir de prestado. Desde entonces no tengo dudas acerca de la existencia de los milagros. Es más, hay veces que si no ocurren, los busco. Entonces me dejo caminar sin rumbo y cruzo la vía del tren y acabo en el campo bravo, allí donde los gitanos baten palmas y me llaman por mi nombre. Yo les compro pañuelos y en ese plan me da la noche. La hora de ir para la Venta Vargas.

Una vez dentro, respiro el aire corriente que se mueve en los últimos cuartos. Repaso los carteles que cuelgan de sus muros, la cabeza de un toro con los ojos verdes y las fotos viejas de años. Preservados del huracán del tiempo lucen una montonera de flamencos. Ahí está Caracol, retratado con gesto macho. Y también Terremoto, con las patillas hasta el moflete y toda la fiebre en los ojos. Y voy viajando de una foto a otra, hasta que por fin sucede. Y llega un eco jondo que hace vibrar los muros y que nadie sabe decirme de dónde viene”.

Recomendaciones de El Cultural:
A la sombra de buenos libros.
Negras y malditas.
Alforjas para el viaje.



Categorías:Artículos, Libros

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1 respuesta

  1. “…el surrealismo forma parte de la tierra, lo mismo que el viento o la locura. (…) Entonces me dejo caminar sin rumbo y cruzo la vía del tren y acabo en el campo bravo, allí donde los gitanos baten palmas y me llaman por mi nombre. Yo les compro pañuelos y en ese plan me da la noche.”

    …feliz primavera!

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