Horizontes del «Millenium».

Las últimas décadas del siglo XII se vivió una época de convulsiones. La cristiandad difícilmente se repuso de la pérdida de Jerusalén en manos de los sarracenos. En el sur de Italia se recrudecían los conflictos entre el Imperio y el Papado. Las herejías albigenses y valdenses rompían la unidad doctrinal de la cristiandad. En ese contexto escribe Joaquín de Fiore. Con el apoyo de los pontífices anteriores a Inocencio III, desgrana sus tres obras magnas: El salterio de las diez cuerdas, en el que intenta ajustar el modelo trinitario con los distintos ordines que dominan la Historia Sagrada, los casados, los clérigos y los monjes. El libro de la concordia, en el que intenta armonizar el texto bíblico del Antiguo y del Nuevo Testamento, de manera que las figuras del primero sean anticipo de las del segundo (y ambas prefiguración de un tiempo en el que la carnalidad del texto dejará paso a su inteligencia espiritual). Y su máxima creación, que le acompaña hasta su muerte, el Comentario al Apocalipsis. Es posible que el farragoso estilo medieval dificulte la comprensión de la radical reforma que Joaquín de Fiore introduce en la interpretación vigente desde San Agustín de un importante pasaje del Apocalipsis que atañe como ninguno a nuestra comprensión de la Historia Universal. San Agustín determinó el célebre Millenium del que se habla en el texto de Juan de Éfeso como una referencia explícita al primado de la Iglesia. La Historia del mundo puede entenderse, en su forma medieval, desde el esquema semanal: siete días, cada uno de ellos correspondiente a una época determinada. En el sexto tiene lugar el nacimiento de la Iglesia cristiana, en la Pascua de Pentecostés, en la que el espíritu imparte las lenguas de fuego sobre la comunidad primigenia. El séptimo se superpone a éste: consiste en un contrapunto «espiritual» de la realidad terrena de la Iglesia. No constituye, por tanto, un eón diferente; no funda una época nueva. La Historia se cierra con los eventos del Fin del Mundo, o de los Novísimos (o Postrimerías): segundo advenimiento de Jesucristo entre nubes, Juicio Final, discriminación de salvados y condenados, entrada en la nueva Jerusalén. De ella se notifica al final del libro de Juan de Éfeso, referente a una «nueva tierra y nuevo cielo», con detallada descripción de la Jerusalén celestial.

El reinado de los santos y el encarcelamiento en mazmorras de Satanás, la «serpiente antigua», corresponde al tiempo de la Iglesia peregrina e itinerante, que boga en medio del tempestuoso océano agitado por el Dios de Este Mundo, equidistante entre el mal que éste esparce y las gracias que provienen de Lo Más Alto. Pero Joaquín de Fiore abre una nueva lectura del Apocalipsis de consecuencias revolucionarias. Combina la teoría de los tres ordines, que da sustento social a toda su teoría, casados, clérigos y monjes, con hegemonía de unos o de otros en las tres grandes épocas del mundo, que llamó status, en el sentido de estadios o estancias: nichos temporales que se distribuyen según un modelo trinitario proyectado sobre la Historia. En la primera edad, primer status, cercana a la Creación, el Padre proyecta su hegemonía sobre los casados, y bajo la sombra de la ley que entonces se proclama, comienzan a insinuarse las figuras de los clérigos (levíticos) o de los monjes (Elías, Eliseo, más los profetas). Con Cristo encarnado en el mundo, la Ley cede el protagonismo a la Gracia; nace la Iglesia en Pentecostés, y con ella el predominio de los clérigos sobre los casados; y se insinúa ya la presencia viva del espíritu en las fundaciones monacales, desde San Benito. Mientras el primero y el segundo status poseían su revelación propia, su evangelio específico ¿Antiguo Testamento, Evangelios?, las escrituras que corresponden al tiempo de hegemonía de la contemplación monacal son, sencillamente, las reglas de las órdenes benedictinas, cluniacenses, cistercienses. Se intensifica la Gracia, se abren las mentes a la comprensión espiritual de las escrituras, y se va gestando y preparando lo que será el tiempo anterior al final de todos los tiempos: el «milenio», del que el Apocalipsis habla con toda claridad, en el que gobiernan los santos y es encadenado el Maligno. Se prepara así la Edad del Espíritu, a la que el abad calabrés, Joaquín de Fiore, se atreve a darle una posible fecha de iniciación, en un alarde profético: 1260, más de cincuenta años después de su propia muerte. Ese «milenio» constituye un verdadero sábado de la Historia de la humanidad, un día de descanso, en que las profecías de Isaías de un tiempo pacificado, sin violencia, sin guerras, se cumplen al fin. Pero ya en ese Millenium la inteligencia espiritual desvela el sentido de las figuras, puestas en correlación en el Libro de la concordia, entre los dramatis personae, o los figurantes, del primero y del segundo status (el Antiguo y el Nuevo Testamento). En ese «milenio» los símbolos desvelan su significación, quedan al fin revelados en su escondido y esotérico sentido. Huelgan, por tanto, los sacramentos, pues su sentido se ha hecho evidente. La misma Iglesia, con su estructura jerárquica, comienza a ser innecesaria. Todos pueden convivir en paz: casados, clérigos y monjes, pero la dimensión espiritual, que predomina junto al orden monacal (sobre el clerical y el matrimonial), es sin duda la que establece su propia hegemonía.

Joaquín de Fiore efectúo con el máximo rigor, según las formas exegéticas de su época ¿una época ebria de especulaciones sobre teología de la Historia?, una lectura del Apocalipsis que en este importante tema del Millenium hizo girar de modo revolucionario toda la exégesis tradicional, reinterpretando desde él los restantes pasajes escenográficos de esa liturgia proyectada sobre la historia de salvación que el último de los libros bíblicos, según el canon cristiano, desglosa en los pasajes septenarios de los sellos, las trompetas, las plagas. La importancia de Joaquín de Fiore es extraordinaria, como lo ha demostrado de forma concluyente el gran libro de Henry de Lubac, La prosperidad espiritual de Joaquín de Fiore. Faltaba un internamiento riguroso en la aspereza de los principales textos que constituyen su obra, y una investigación pormenorizada de la vida eclesiástica de este personaje (como la efectúa Gian Luca Potestà en este libro): sus contactos con el Papado y con el Imperio al compás de los sucesos que tienen lugar en sus tierras de Italia meridional, con las convulsiones imperiales y los restos de la dinastía normanda en Sicilia, y con las herejías que asedian a una Iglesia consternada, asolada por la derrota de la cruzada que concluye con la pérdida de Jerusalén. Toda la Baja Edad Media y la propia modernidad se nutren de esta proyección, en la utopía, en exóticas tierras, en la Nueva Atlántida, en la Ciudad del Sol, o en un tiempo que se desea cercano al pasaje hacia la consumación de los tiempos, en donde ese Millenium triunfaría. Ese pensamiento milenarista, proyectado en un tiempo inminente, en períodos de transformación social, se nutre de esta exégesis del gran monje calabrés, al que encontramos en los gérmenes que fructifican en los «socialistas utópicos» y sus sueños de comunidades alternativas, donde puede vivirse en paz y felicidad. Ese pensamiento milenarista florece en tiempos de convulsión y crisis, en tiempos de descomposición social o de temible cercanía del estallido bélico.

Ese pensamiento, proyectado melancólicamente hacia el no-lugar de la utopía, es el que alimenta la gran construcción de Ernst Bloch, en donde la presencia de Joaquín de Fiore, y de Schelling (joaquinista confeso), es determinante: así en Espíritu de utopía o en su magna obra final El principio esperanza. En los tiempos terribles de la gran depresión y poco antes del inicio de las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial, surge en el firmamento cinematográfico una hermosísima película, planeada con gran presupuesto, llena de extraordinarios efectos especiales: Horizontes perdidos, de Frank Capra, en sintonía con la novela de James Hilton que le sirve de inspiración. Una comitiva perdida en las heladas latitudes del «techo del mundo» camina por sendas bordeadas de abismos de hielo, hasta llegar a la esplendorosa e inesperada aparición de un mundo de ensueño, Shangri-lá, donde se vive en la plena realización de la utopía o de una vida pacificada, regentada por un visionario fundador de esa comunidad inaudita. Ese rescoldo de utopía, o esa aspiración a un Millenium en donde el Principio de Muerte ha sido destruido, responde a anhelos muy profundos de nuestra vulnerable condición. Hemos vivido décadas de un pensamiento fragmentario y antiutópico. Quizás las crisis y convulsiones en que vivimos pueden ser el marco propicio para un retorno de esa ancestral aspiración de un mundo mejor, donde las pulsiones más ponzoñosas han sido sometidas y en donde se alcanza una forma de sublimación catártica de los lados más oscuros y sombríos de nuestra vulnerable y frágil condición. En pleno descrédito de la «vieja política», es inevitable que en forma de sueño racional se proyecte el anhelo colectivo de un mundo en paz gobernado por instituciones supranacionales.

Texto: Eugenio Trías. ABCD.es. 10.07.2010 – Número: 957.



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