Correspondencia inédita con Rosemonde Gérard.

Recientemente se publicaron en Francia las cartas que el autor de Cyrano de Bergerac envió a su novia para contarle los problemas del montaje de su primera obra teatral, que fue también su primer fracaso. De este epistolario ofrecemos la siguiente selección publicada en el suplemento cultural Laberinto de esta semana.



Carta XVI [París, 28 de Agosto, 1888]

Me parece que las cosas se ponen feas… Me da igual, por lo demás. Admito que no siento por Le gant rouge ninguna simpatía. Pienso en la obra con verdadera desazón —y si no estuviera el asunto del dinero que me atañe, desearía, creo, que la quitaran de cartelera. Hoy lo vi, el cartel, por la mañana. Me resulta odioso.

Tengo ganas de emprender algún trabajo más literario. Tengo una sed de hacer algo de lo que pueda estar orgulloso, que no me deje la suerte de rencor que me ha dejado este vodevil —algo sobre todo que salga de mí, donde haya una personalidad, una originalidad cualquiera— y sobre todo que nadie me lo retoque. Tengo sed de arte, de una verdadera obra, delicada, cuidada, cincelada —de algo que al hacerlo me provoque un latido de emoción y orgullo.

¿Y qué hacer? No lo sé. No siento que Mlle. Joujou1 baste. Me gustaría una pieza en verso —porque es ahí donde la forma debe ser más armoniosamente cuidada. Y me siento muy prendado de la forma en este momento, estoy fastidiado de lo que no es escrito ni pensado.

Me pregunto con ansiedad si alguna vez su amistad estará orgullosa de mí, si podrá conservarse intacta para alguien que no produce nada de bonito ni de bello. Estoy desesperado por la idea que quizá en el fondo ya se hace usted de mí. Es absurdo, evidentemente, ¿pero no es verdad que usted me ha leído cosas que le han demostrado mi talento? Las tengo, estoy seguro. Es este deseo de producción apresurada el que me posee y me pierde. Es necesario que ponga mis esfuerzos en una cosa, una sola, y que la concluya, sin presionarme. No hablemos de vodeviles ni de operetas que me gusta hacer para pasar el rato. Eso no tiene necesidad de forma alguna, por tanto, de ningún trabajo. Es necesario que en la novela, en los versos, en los estudios, me ejercite, me confirme. Y sobre todo que no abandone el único género que me conviene, el de la sensación fina, de la observación menuda, y de la nota ligeramente burlona y conmovedora.

Lo que hacía en el colegio valía más que lo que escribo ahora. Haciendo de lado la cuestión del estilo que hoy domino más, todas proporciones guardadas, obritas ingeniosas como Dans l’antichambre son infinitamente más finas y buenas que todo lo que quiero hacer en el género de farsa. Es cierto que mis profesores, cuando descubrían este sainete en mis cuadernos esperaban del alumno que había garabateado eso, más de lo que tenía… Pero, claro, si me pongo vanidoso —ve cómo yo mismo me acuso. Además, nosotros, somos lo suficientemente inteligentes para no esconder lo que sabemos. ¿A quién contaría mis dudas y mis ambiciones, y mis disgustos, y mis deseos de superación, si no a usted que los comprende, interesen o no?

A menudo me ha reprendido, querida amiga, por mi pereza. Y usted lo sabe, no es pereza. Es necesario que permanezca en mi camino, el que siento, el que amo —y a donde llegaré, tengo la convicción. Es necesario que todo lo que no sea verdaderamente artístico y literario pase a segundo plano, y que me sirva sólo pecuniariamente.

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Categorías:Fragmentos literarios

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