Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis.

Sus teorías fraguaron el nacimiento de una disciplina que bucea en lo más íntimo del ser humano: el psicoanálisis. Hoy, 70 años después de su muerte, su obra sigue siendo motivo de controversia.

Freud

«Freud ha muerto», proclama Charlotte Gainsbourg en “Anticristo”, la impresionante película de Lars von Trier, para explicar por qué desdeña los sueños premonitorios de su marido, un psiquiatra inquisidor (Willem Dafoe) intrigado por el enigma femenino en la vieja tradición inquisitorial inaugurada por Freud como intérprete de sueños y traumas individuales y colectivos.

Detrás de ese gesto despectivo de la mujer se oculta, sin embargo, una investigación desgarradora sobre el crimen histórico del patriarcado: ese crimen comunitario en que, según Freud, se funda el orden represivo de la realidad. Como atestigua el escalofriante epílogo, la multitud de mujeres sin rostro que ascienden por la ladera boscosa por la que desciende el psiquiatra asesino (acaba de claudicar ante el caos y la irracionalidad estrangulando a su mujer) no son sino víctimas de la violencia masculina que ahora podemos ver con la lucidez visionaria (y culpable) con que nunca pudo hacerlo el maestro fundador.

Y es que Freud, de cuya muerte se cumplen 70 años el 23 de septiembre, metió el dedo en la llaga de la especie, por así decir, aunque muchos de sus discípulos acabarían creyendo que la llaga era la equivocada, y muchos de sus adversarios que el dedo más bien parecía otra cosa. En todo caso, lo verdaderamente asombroso de sus descubrimientos psiquiátricos, como piensa Philippe Sollers, reside en toda esa alucinante historia humana en torno de unos cuantos orificios orgánicos.

Detrás de todo caso clínico, latía la palpitante desnudez de la cosa, lo que Freud más temía descubrir o conocer y no cesaba de acosar con metódica impertinencia, el continente oscuro del deseo femenino. «¿Qué quieren las mujeres?», se preguntaba con falsa ingenuidad y genuina preocupación en uno de sus ensayos. Su impaciencia ante sus pacientes menos dóciles, normalmente afectadas de derivas lésbicas y errancias histéricas, delata muchas de sus contradicciones doctrinales. La visión del cuerpo desnudo de su madre, Amalia, durante un viaje en tren, precisamente, desde Leipzig a Viena cuando contaba cuatro años constituye uno de sus encuentros más traumáticos con el enigma de la mujer, como lo denominara Sarah Kofman. Freud parecía hablar desde la experiencia cuando declaró: «Para ser en la vida amorosa verdaderamente libre y feliz sería necesario haberse familiarizado con la representación del incesto con la madre o la hermana». Su gran discípulo francés, Jacques Lacan, corroboró esta visión anticonvencional de lo humano acuñando un imperativo incontestable: « ¡Goza tu síntoma!».

En una carta a Wilhelm Fliess, su colega y confidente íntimo, Freud confesará haber preferido siempre la compañía cómplice del amigo a la de la mujer, incluida la de la suya, Marta Bernays, o la de su cuñada, Minna, con la que se rumoreaba que había tenido un affaire sexual (para irritación de Carl Gustav Jung, celoso rival y brillante discípulo). Y eso que Freud se vio rodeado de mujeres desde el principio en una familia judía de dominante femenina. Y luego lo acompañaron, en distintos momentos de su vida, discípulas y colegas hacia las que mostraba una actitud ambivalente y a veces admirativa: Helen Deutsch, Marie Bonaparte, Melanie Klein, Joan Riviére, o su propia hija, Anna Freud, a la que enviaba en su nombre a dar conferencias por el mundo. Por no hablar de Lou Andreas-Salomé, la personalidad femenina más fascinante de su tiempo, seducida también por el diván del psicoanálisis. Fue la confidente intelectual de Freud, comprendió sus tesis mejor que otros y, por si fuera poco, dirigió críticas certeras a sus argumentos más débiles. Lou representaba un tipo singular: la mujer libre que puede codearse con la más alta inteligencia masculina y medirse con ella, al mismo tiempo que seduce al hombre que la encarna o se entrega carnalmente a él.

Según Peter Gay, su biógrafo más riguroso, no consta, sin embargo, que Freud mantuviera ninguna clase de relación sexual después de los 37 años, ni dentro ni fuera del matrimonio. Así que Freud asumió la máscara de un buen burgués que consideraba la monogamia, no sin ironía, un precio demasiado alto que la vida psíquica de los sujetos debía pagar al grupo social, conforme a un extraño principio de economía libidinal, a cambio de su funcionalidad reguladora y normativa.

Una parte del conflicto de Freud con el género femenino, aparte de los prejuicios sexistas de su época, se reducía a cuestiones fisiológicas. «La anatomía es un destino», declaraba sin complejos, mientras consideraba por error que el clítoris era un émulo diminuto del pene y, por tanto, un actor insignificante en la escena mental. No obstante, en un contexto social y moral de denegación hipócrita de la sexualidad femenina, Freud, con todos sus desaciertos y cegueras, errores instintivos y espejismos intelectuales, sabía más de mujeres, mucho más, que el puritano psiquiatra suizo (Jung), desde luego, o que el gran Leonardo (de cuya sublime homosexualidad, por cierto, ofrecería un análisis tan imaginativo como sintomático de sus propios dilemas), el celebérrimo creador de la enigmática “Gioconda”, una efigie que sugiere la frigidez como forma suprema del goce femenino. Con todo, Freud actuaría como un libertador paradójico de las mujeres al haber expuesto sin tabúes su problemático papel en la comedia humana y la guerra (traumática) de los sexos.

Durante la infancia, que el adulto tiende a olvidar por razones obvias, la niña vería humilladas sus pretensiones de poder primero ante el hermano más o menos real y después ante la madre, dotada de un falo simbólico que la hija no tardará en descubrir como falso y rechazará enseguida mientras el hijo, consciente de su falta, lo ubicará en otras zonas del cuerpo de la madre, ahora deseada como mujer mutilada a la que el infante bien armado se ofrecería a poseer y proteger en detrimento del padre, ignorante del melodrama inconsciente que se estaría librando en casa mientras él se consagra a la búsqueda del sustento o la gestión de sus negocios. Pero la hija ya tendría previsto un recurso de guión infalible para salvar el honor sexual del padre, desplazar su esfera de interés hacia él como único poseedor del poder representado por el falo en contra de la madre y, por qué no, del mermado hermanito.

Con esta historieta doméstica, más propia de una película de Todd Solondz, una ficción de Robert Coover o un cómic de Robert Crumb que de una teoría científica seria, Freud creía, como Edipo, haber descifrado parcialmente el secreto de la Esfinge (“Vita est fémina”). Cuando amigos y colegas le regalaron en su quincuagésimo cumpleaños un medallón que en una cara mostraba esa terrible figura mitológica, encarnación del misterio insoluble de lo real, y en la otra el perfil del primer psicoanalista de la historia no estaban cometiendo, precisamente, un error freudiano como los que el maestro había dilucidado en su “Psicopatología de la vida cotidiana”.

En su despacho, desde hacía años, colgaba una reproducción del cuadro de Ingres, descubierto en el Louvre durante un viaje a París, donde un apuesto varón académico se encaraba a una esfinge feminizada y seductora. No es difícil imaginar a “Herr Profesor”, como lo llamaba Jung con resentimiento visceral, poniendo palabras a la escena muda que alegorizaba el secreto motivo de su vocación. Entre espesas bocanadas de humo, su adicción al tabaco acabaría causándole un tumor oral incurable, concebiría Freud el acertijo vital con que la portentosa criatura no dejaría de torturar la inteligencia del detective edípico: «¿Cuál es el único animal enfermo sobre la tierra que posee todos los sexos por la mañana, se vuelve monosexual por la tarde y cuando llega la noche apenas si le queda energía para responder a las solicitaciones del deseo?».

La frontera entre lo normal y lo aberrante, según Freud, era lábil y debía ser explorada de manera rigurosa, sin duda, pero también a través de la fantasía y la vida imaginativa. Tal vez por esto algunas de las críticas ‘científicas’ que se le dirigen hoy, desde las neurociencias y las ciencias cognitivas, lo tachen de autor de ficciones teóricas y hasta de vulgar «novelista de la psique». En todo caso, Freud consideraba, al revés de muchos de sus continuadores, que entre las obligaciones del psicoanalista nunca se debía contar la de emitir juicios morales. Freud construyó así un corpus teórico de una libertad intelectual y expresiva sin precedentes sobre las cuestiones más escabrosas y confidenciales de la experiencia humana. Su lectura, en este sentido, sigue constituyendo una taxonomía insuperable de conductas inapropiadas, anomalías eróticas, obsesiones psicopatológicas, o desviaciones vitales, que funciona como complemento analítico perfecto de la reprimida novelística decimonónica. Ya que con la excepción del naturalista Zola, que era por eso uno de sus contemporáneos preferidos, casi todos los novelistas de su tiempo se atuvieron a un pudoroso código de representación de la vida que excluía el acto turbador o la tendencia perturbadora.

No consta, sin embargo, que Freud, al contrario que Jung, leyera a Joyce («el escritor por excelencia del enigma», según Lacan), pero su influencia en el diseño psicosomático de los protagonistas y la obscena verborrea de “Ulises” y de “Finnegans Wake” (publicada en 1939, el mismo año de su muerte) es el mayor homenaje que le ha brindado la literatura moderna. No en vano, cuando le preguntaban con malicia por el doctor vienés, Joyce respondía que ambos, en sus respectivas lenguas, significaban la misma alegría. La alegría del enigma velado o desvelado, según la perspectiva.

El enigma Freud. Texto: Juan Franciso Ferré. Diario Sur. 18.09.2009

En Algún Día│ Sigmund Freud: 69 años de psicoanálisis.



Categorías:Efemérides

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5 respuestas

  1. esta muy padre este tema y m ha ayudado muxo, pro lo k necesito son las tablas de 0-2 años

  2. No fue S.Carrillo quien estrangulo a su mujer?
    el mismo que sentencio la muerte de mi abuelo del alma……antes de la guerra de España

  3. Leí su obra completa tarde en la vida. Se lo sigue omitiendo en la enseñanza por pura hipocresía y credos religiosos represores. Su lectura no cura pero explica nuestros traumas.

Trackbacks

  1. 70 años sin Sigmund Freud

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