Un traje urdido por Dios.

Un teólogo de la Universidad de Haifa, Isaac Stein, narra las biografías de los personajes malditos de la Biblia. De Lilith, la primera mujer de Adán, expulsada del Paraíso a consecuencia de su voracidad sexual, a Idit, la mujer de Lot, convertida en estatua de sal por mirar —contra las órdenes de Dios— la destrucción de Sodoma y Gomorra. De Caín, el célebre asesino de su hermano, a Nabot, condenado a muerte por complotar contra la integración de los reinos de Judá e Israel. Stein reúne las historias que los múltiples revisores de la Biblia censuraron, o se negaron a incorporar, y sigue, hasta el final de sus días, el sino de veinte personajes que se esfumaron, sin más ni más, del texto bíblico. Sus hallazgos son sorprendentes: en el libro “Malditos, malvados e infames en la Biblia (Editorial Biblos, 2009) rescata una versión que dice que, luego de ser expulsada del Paraíso, la primera mujer de Adán se convirtió en amante de Dios —y por eso éste vive de espaldas, olvidado de su creación. Stein reconstruye también la historia ciertas cosas a las que la Biblia sólo alude de paso. Una de ellas: la historia de las vestimentas de piel que Yahvé hizo a Adán y Eva el día en que los lanzó del Paraíso: toda una leyenda artúrica, centrada en el principio del tiempo.

Según el teólogo, el traje con que Adán abandonó el Edén había sido rescatado, en tiempos del Diluvio, por Noé. Noé lo tuvo en su poder hasta que uno de sus hijos, Cam, se lo robó. Cam quería entregar aquella prenda al más amado de sus hijos: Kush. Kush conservó las ropas en un lugar desconocido. Antes de morir, se las heredó a Nimrod, a quien la Biblia describe como “el primer poderoso sobre la Tierra”, el rey que gobernó desde una punta del mundo hasta su final, y levantó ídolos de piedra, y desafió el poder de Dios. El rey que hizo levantar la torre de Babel y provocó, con su osadía, la dispersión de las lenguas.

De acuerdo con Stein, Nimrod había recibido aquel traje a los veinte años. El traje lo convirtió en “esforzado cazador” y le permitió regir con mano dura a los hombres durante cuarenta. Cuando vino el día terrible en que Dios confundió las lenguas —creando setenta en lugar de una—, la tierra se tragó una parte de la torre de Babel, y el fuego destruyó otra (sólo una pequeña parte quedó en pie, como advertencia a los hombres). Nimrod vio menguado su poder, pero conservó el traje hasta que Esaú se lo quitó durante una cacería.

Esaú, dice Stein, se transformaba cada vez que se ponía aquel traje. Aquellas transformaciones debieron resultar tan peligrosas que su madre, Rebeca, decidió robarle el traje, y lo escondió en un pozo. El rastro de aquella prenda iba a perderse para siempre. Según la versión rescatada por el teólogo, sólo se conservaron unas cuantas hebras. Las mismas que Jacob le había arrancado para confeccionar la túnica púrpura que luego regaló a José, el intérprete de los sueños que anunció la liberación del pueblo hebreo.

Del mismo modo en que la Biblia abandona a sus personajes, Stein abandona el destino del traje urdido por las manos de Dios. Pero alerta: a lo largo de los siglos, ejércitos de estudiosos, de sabios, de eruditos, elaboran fichas que intentan dar respuesta a preguntas que la Biblia no contesta. Ejércitos que persiguen los ecos del texto bíblico en leyendas orales, y en libros apócrifos, y en tachaduras de crónicas expurgadas.

Texto: Héctor de Mauleón

Ficha del Libro: Editorial Biblos.



Categorías:Libros

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