Vivir para contar. Primo Levi.

Pensar que Primo Levi tenía un compromiso es dejar sin vida al autor. Levi no tomó partido en el problema, porque él fue uno de los supervivientes del problema: el genocidio nazi. Él no hizo de la lucha contra el fascismo, la esclavitud y la mentira un motivo para escribir, porque su escritura es una consecuencia vital y no un encuentro artístico. A Primo Levi no le interesaba el compromiso, a Primo Levi le interesó la justicia. Los artículos reunidos en Vivir para contar, publicado por Alpha Decay, son la prueba de la tenacidad del testigo para evitar caer en la construcción de otro Auschwitz.

En esas se formó el estigma del “narrador molesto”, con la amarga sensación tan presente de no ser bien recibido si se empeña en seguir recordando los motivos más dramáticos de la Historia de la Humanidad. Pero el propio Levi aclaraba: “No es verdad que el único escribir auténtico sea el que sale del corazón”. Porque la lengua del corazón “es caprichosa, adulterada e inestable como la moda”.

Escribir para el autor italiano (Turín, 1919-1987) era un servicio público que no debía defraudar al lector. Hablaba de las responsabilidades del escritor y de sus obligaciones al tener que responder por cada palabra que utiliza. Precisión, sencillez y rigurosidad. La palabra sólo sirve para dar en el blanco, no para adornar un equívoco que se escapa del corazón, parece contarnos el autor de Si esto es un hombre en esta compilación de breves reflexiones en revistas y otras publicaciones, aparecidas desde 1955 hasta sus últimos días de vida.

Después de Auschwitz hubo de restituir la verdad contra los ataques furibundos de la negación del horror. Él es un superviviente y como tal se muestra preocupado por la mala situación de la memoria; obsesionado con el testimonio: “Si faltase nuestro testimonio, en un futuro no lejano las proezas de la bestialidad nazi, por su propia enormidad, podrían quedar relegadas al mundo de las leyendas”, escribe en el primero de los textos de esta edición con textos inéditos al castellano; impaciente, siempre, ya sea ante el silencio, ya contra el olvido, porque le parecen suficientes diez años después del desastre para que la Historia emita su sentencia.

Aún así, cuenta en un escrito de 1979, cómo se entera de la existencia de un “comité secreto de defensa” entre los prisioneros del campo de Auschwitz, en el que estuvo preso desde finales de febrero de 1944 hasta su liberación por los Aliados. Después de más de 30 años de su internamiento en el campo de exterminio aún le quedaban riesgos por conocer. En una cena de ex deportados en Roma conoció a uno de los integrantes de aquel comité secreto, con el que confirma que resolvía muchos acontecimientos decisivos de la vida interna del Lager (campo): “Sabía que las leyes de la conspiración son duras, pero nunca había pensado que un nombre cualquiera, el mío por ejemplo, podía haber servido para salvar una vida políticamente más útil que la mía”. A pesar de la celeridad contra el olvido, la Historia no se construye en días.

Él ha sido testigo de cómo se levanta la Historia, ha sido protagonista, Levi hizo todo lo que pudo para que las huellas de las heridas más dolorosas se mantuvieran frescas. Precisamente por eso, a lo largo de estos ejercicios espirituales se muestra nervioso por la velocidad a la que la memoria superviviente desaparece. Su empeño durante más de 40 años de víctima fue que “si comprender es imposible, conocer es necesario”. Una y otra vez ese mensaje, que Auschwitz está fuera de nosotros, pero no tanto, que la peste ha remitido, pero la infección aún culebrea. De ahí que para Levi “la lectura es un deber que nos incumbe a todos”.

Una responsabilidad común para que no vuelva a repetirse. Levi se pregunta sobre quién pesa esa culpa: ¿sobre el individuo que se ha dejado convencer o sobre el régimen que lo ha convencido? “Sobre ambos”, se responde. Además, apunta en otro escrito de finales de los años setenta, que la culpa es tan molesta que muy pocas veces induce a la expiación. Por el contrario, el que siente su peso se libera de ella de varias maneras, aclara el autor: “Olvidando, negando, falsificando y mintiendo a los demás y a sí mismo”.

En 1987, en un artículo publicado por La Stampa, la polémica estaba dirigida a comparar la masacre del gulag con el exterminio nazi y resolver que estas surgen como una defensa preventiva “contra una invasión asiática“. Levi se adelanta a no absolver a los soviéticos, pero aclara que los objetivos de los dos infiernos no fueron los mismos. “El gulag era una masacre entre iguales, no se basaba en una supremacía racial, no dividía a la humanidad entre superhombres e infrahombres; el otro se basaba en una ideología saturada de racismo”.

“Es cierto que en el gulag la mortalidad era pavorosamente elevada, pero era, por así decir, un subproducto, tolerado con cínica indiferencia: la finalidad principal, tan bárbara como se quiera, tenía una racionalidad propia, consistía en la reivindicación de una economía esclavista destinada a la construcción del socialismo”, escribe en una justificación algo endeble frente a lo que él consideró un hecho sin comparaciones: que un campo como Treblinka fuera un agujero negro en el que hacer desaparecer a hombres, mujeres y niños, “culpables únicamente de ser judíos”.

Levi no ve en el gulag el deseo de represalia, ni el motivo racista, ni la carga fascista, ni la sangrienta crueldad nazi que mandaba a los bancos alemanes el oro de los dientes extraídos a los cadáveres. Lo dice alguien con dos nombres: uno ya lo sabemos, el otro lo llevó tatuado en el antebrazo hasta su muerte, el número 174517.

Ficha del Libro: Alpha Dacay.

Texto: Peio H. Riano. Publico.es – 11.01.2010.



Categorías:Libros

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1 respuesta

  1. Con este autor reconozco que no puedo ser parcial, lo que no es bueno, pero es un hecho. Su vida y su obra me producen escalofríos y algo incómodo y extraño me pega a sus páginas, a sus textos.

    Saludos.

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