El exilio imposible. Stefan Zweig.

Un nuevo libro de George Prochnik, recién publicado en España por la editorial Ariel, narra la peripecia del escritor austriaco Stefan Zweig que, tras huir de Hitler, se suicidó junto a su esposa Lotte en Petrópolis en 1942. En su último mensaje expresó la esperanza de un nuevo amanecer tras el ocaso de la barbarie nazi.

«Siempre el mismo defecto en la humanidad, ¡una completa falta de imaginación!», escribió Stefan Zweig (1881-1942) en su diario en el otoño de 1939. Hacía cinco años que el autor austriaco había abandonado su Viena natal y la ocupación nazi era ya una realidad que devoraba Europa. Poco después, Zweig se trasladó a Bath (Inglaterra), iniciando un exilio que le llevó a Estados Unidos, República Dominicana, Argentina, Paraguay y, finalmente, Brasil. Fue en la ciudad de Petrópolis, cercana a Río de Janeiro, donde el escritor puso fin a su vida tras ingerir un veneno que compartió con su segunda esposa, Lotte.

Muchas son las incógnitas que, desde entonces, se ciernen sobre los últimos años de Zweig. «El exilio imposible» (Ariel), biografía escrita por George Prochnik que estos días se publica en España, rastrea los pasos del escritor lejos del viejo continente e indaga en las razones de su triste final. «Más allá de sus logros literarios, Zweig estaba tan devastado por la idea de perder el mundo que tanto amaba que la historia de su exilio puede resultar esclarecedora para todos los expatriados, incluso hoy», explica George Prochnik, profesor de Literatura inglesa en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en conversación vía e-mail.

“Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ejeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá”. (La impaciencia del corazón, Stefan Zweig)

En un intenso viaje, con paradas en Westchester (Nueva York), Viena y Petrópolis (Brasil), Prochnik descubrió que Zweig estaba lleno de contradicciones y ambigüedades. «Amaba a las mujeres y entendía la vida interior femenina de un modo muy raro en aquella época. Sus deseos eróticos son bastante misteriosos y hay indicios de que pudo tener aventuras homosexuales. Sus amistades más apasionadas eran masculinas. Parece que prefirió ser un voyeur de las relaciones amorosas y le inquietaba la fuerza de sus propios deseos».

Pese a ser un autor muy prolífico y al éxito que logró desde su juventud, «sus energías se centraron más en su trabajo a favor del humanismo europeo que en sus propios esfuerzos literarios». Conoció a grandes artistas e intelectuales de su época como Sigmund Freud, Einstein, Thomas Mann, Richard Strauss o Dalí, pero Zweig «prefería confraternizar con personas de orígenes humildes». En ellas buscaba integridad moral, que para él «significaba no juzgar a los demás y ser fiel a uno mismo». Una integridad que, más allá de polémicas y acusaciones de falta de compromiso, Zweig mantuvo hasta el final de sus días.

“… el inesperado éxito de mis libros proviene, según creo, en última instancia de un vicio personal, a saber: que soy un lector impaciente y de mucho temperamento. Me irrita toda facundia, todo lo difuso y vagamente exaltado, lo ambiguo, lo innecesariamente morboso de una novela, de una biografía, de una exposición intelectual. Sólo un libro que se mantiene siempre, página tras página sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarle tomar aliento me proporciona un perfecto deleite. Nueve de cada diez libros que caen en mis manos los encuentro sobrecargados de descripciones superfluas, diálogos extensos y figuras secundarias inútiles, que les quitan tensión y les restan dinamismo.” 

«Me conmovió descubrir lo generoso que fue con su propia fortuna, no sólo cuando amigos como Joseph Roth necesitaban ayuda, sino también cuando se le acercaban desconocidos», cuenta Prochnik. Cuando la situación en Europa se volvió catastrófica, Zweig se sintió psicológicamente abrumado. «Llegó a describirse a sí mismo como una especie de antena ultrasensible al dolor de otras personas. Incluso cuando bombardeaban ciudades alemanas, pensaba en todas las vidas inocentes perdidas y sentía náuseas. En una de sus últimas cartas, escribió que cada vez que oía hablar del derrumbe de un edificio se derrumbaba con él».

Ese derrumbe, que años antes había comenzado en el alma de Stefan Zweig, terminó materializándose en su suicidio. «Al leer sus cartas en los últimos años, su suicidio tiene muy poco misterio. Al ver a su amada Europa desgarrada en pedazos una vez más, empezó a sentir que su existencia no tenía sentido. Durante años, se había dedicado a intentar unir a los europeos y claramente había fallado. Creía que los nazis serían derrotados, pero ya era tarde para él. Tenía 60 años, estaba cansado de correr por el mundo y la idea de tener que empezar de nuevo le superaba».

Y se convirtió, sin pretenderlo, en una especie de símbolo del suicidio de Europa. «Durante años, habló de Europa justo en esos términos. Lo que debemos preguntarnos es qué pensaría él de la Europa actual. Se alegraría al ver el sueño europeo realizado, pero me pregunto qué pensaría de las nuevas políticas reaccionarias surgidas de los fracasos europeos. Debemos continuar luchando por la libertad, el pacifismo y la alta cultura, considerados por Stefan Zweig como el mejor antídoto contra las tendencias suicidas de Europa», remata Prochnik.

“Antes de que por voluntad propia y en plenas facultades me despida de la vida, he de cumplir una última obligación: agradecer profundamente a este maravilloso país que es Brasil haberme acogido tan cordialmente a mí y a mi trabajo”. (Carta de despedida de Stefan Zweig)

Stefan Zweig, el exilio que terminó en el suicidio de Europa. Texto: Inés Martín Rodrigo. ABC.es – 04.11.2014.

Obras de Stefan Zwig en Editorial Acantilado.
Los últimos días de Stefan Zweig. – elmudo.es
El exilio imposible. Stefan Zweig en el fin del mundo. – El Cultural.
En Algún día: Correspondencia entre Hesse y Zweig.


Agradecimiento a los libros

 

“Aquí están, resignados y callados. No instan, no llaman, no piden. En su estante están, y esperan, silenciosos. Una somnolencia parece envolverlos y, sin embargo, de cada uno de ellos mira un nombre como un ojo abierto. Al acariciarlos con la vista, con las manos, no nos llaman suplicando, no se dan importancia. No piden. Están esperando que nos entreguemos a ellos; solamente entonces se ofrecen […] Con el gusto epicúreo anticipado de la dulce prueba, nos acercamos a la biblioteca: cien ojos, cien nombres, clavan la vista como las esclavas de un serrallo en su dueño, esperando con devoción la llamada y felices de ser elegidos, de ser gozados. Y de hallar luego, como cuando el dedo pasa tanteando sobre las teclas del piano, el sonido exacto de la melodía interior: flexible se sujeta a la mano este ser blanco, taciturno, este violín silencioso del que emanan todas las voces de Dios. […]

Y al acercar a la lámpara este libro finalmente escogido, se abrasa como por un fuego interno. La magia ha obrado; fantasmagorías suben desde las suaves nubes del sueño. Calles y avenidas se abren de par en par, y extrañas lejanías recogen tu sentimiento que se va extinguiendo. Un reloj  hace oír su tic-tac,  no se sabe dónde. Pero no alcanza hasta este tiempo ya escapado a sí mismo. Aquí las horas se miden con otro compás. Tenemos aquí los libros que transcurrieron muchos siglos antes de que sus palabras nacieran en nuestros labios: tenemos aquí, libros jóvenes, nacidos solamente ayer, engendrados solamente ayer por la perturbación y el capricho de un niño imberbe: pero hablan una lengua mágica; tanto el uno como el otro elevan, meciendo y ondeando, nuestro aliento. Y emocionando, consuelan simultáneamente; seduciendo, apaciguan los sentidos abiertos. Y paulatinamente nos sumergimos, nosotros mismos, en ellos siendo absorbidos por el reposo y la contemplación, por el sereno vuelo de sus melodías, por un mundo más allá de nuestro mundo.

¡Qué horas más puras pasamos alejados del tumulto terrenal! ¡Libros, compañeros fieles, silenciosos: como agradecer  su perpetua compañía, el eterno aliento e infinito estímulo de su presencia! En los lúgubres días de la soledad del alma; en hospitales  y campamentos de guerra, en prisiones y lechos de dolor; en otras partes, siempre despiertos, han procurado sueños al hombre y un poco de consuelo y serenidad en la inquietud y el martirio. Siempre, clementes imanes de Dios, han conseguido elevar el alma, cuando se hallaba sepultada en la banalidad, hasta su propio elemento; siempre, en nuestra noche, nos han abierto en lejanía el cielo abierto.

Pequeñísimos trozos de lo infinito, están instalados silenciosamente en el interior de nuestro hogar. Pero cuando los libera la mano, cuando vibra su corazón, entonces rompen invisiblemente sus cárceles triviales, y su palabra nos eleva, como en un vehículo fogoso, desde la nada a la eternidad.”

“Agradecimiento a los libros” de Stefan Zweig en “La pasión creadora”.



Categorías:Libros

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3 respuestas

  1. Gracias por esta interesante reseña.Me gusta mucho Stefan Zweig, de sus libros el que màs me impresionò fue “El mundo de ayer”.
    Quería comentarle además que siempre sigo sus publicaciones, las recibo con deleite en mi correo electrónico. Lo felicito y espero que siga compartiendo estas maravillas. El anonimato en Internet a veces es necesario, lo importante es compartir lo que nos gusta, en este caso la literatura, y es suficiente. Un abrazo desde Venezuela.

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  1. “El Mundo de ayer” en “El exilio imposible”, 2 | Espacio de JOSÉ ANTONIO

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