XVIII Festival de Cine Español de Málaga 2015.

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XVIII Festival de Málaga Cine Español.
Del 17 al 26 de abril de 2015.

El Festival de Málaga, que este año cumple su decimoctava edición, contribuye poderosamente al desarrollo del cine en español presentando sus mejores producciones en las diferentes secciones: oficial, ZonaZine, cine latinoamericano, documentales, animaZinecortometrajes, etc., además de rendir homenaje a diferentes personalidades de la industria cinematográfica y organizar numerosos ciclos, exposiciones y actividades paralelas.

Sitio Oficial │ http://www.festivaldemalaga.com/
Películas│ Sección oficial a concurso.
Descargar Programación oficial (PDF) 

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In Memoriam: Eduardo Galeano.

El periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano, una de las voces más significativas de la narrativa latinoamericana de los últimos años, falleció el lunes 13 de abril en Montevideo a los 74 años a consecuencia de un cáncer de pulmón.

Nacido como Eduardo Hugues Galeano en Montevideo, en 1940, su obra siempre estuvo comprometida con la realidad latinoamericana, tanto en sus raíces como en los mecanismos sociales y políticos de Hispanoamérica.

Se inició en el periodismo a los catorce años, en el semanario socialista El Sol, en el que publicaba dibujos y caricaturas políticas que firmaba como Gius. Posteriormente fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época. En 1973 se exilió en Argentina, donde fundó la revista Crisis, y en 1976 continuó su exilio en España.

Regresó a Uruguay en 1985, cuando Julio María Sanguinetti asumió la presidencia del país por medio de elecciones democráticas. Posteriormente fundó y dirigió su propia editorial (El Chanchito), publicando a la vez una columna semanal en el diario mexicano La Jornada. En 1999 fue galardonado en Estados Unidos con el Premio para la Libertad Cultural, de la Fundación Lanna.

Galeano es autor de una amplía obra literaria que los críticos literarios consideran está influenciada por los italianos Pavese y Pratolini, los estadounidenses Faulkner y Dos Passos y españoles como Lorca, Miguel Hernández, Machado, Salinas y Cernuda.

Eduardo Galeano confiesa que quiso ser santo, pintor y futbolista (lo que plasmó en su libro El fútbol a sol y sombra) antes de caer en las manos de la literatura. Afortunadamente, el escritor uruguayo se dejó seducir por las letras para dar a luz numerosas obras literarias que desnudan poéticamente las injusticias y la hipocresía del mundo. Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos y combinan documental, ficción, periodismo, análisis político e historia.

Entre sus obras, traducidas a más de veinte idiomas, se encuentran títulos como «El libro de los abrazos», «Las venas abiertas de América Latina» ( que pasará a la historia, entre otras cosas, por ser el regalo que el desaparecido presidente de Venezuela, Hugo Chávez regaló a su homólogo estadounidense, Barack Obama en la V Cumbre de las Américas en 2009), «La canción de nosotros» (Premio Casa de las Américas, 1975), «Días y noches de amor y de guerra» (Premio Casa de las Américas, 1978),  y la trilogía «Memoria del fuego» compuesta por «Los nacimientos» (1982), «Las caras y las máscaras» (1984) y «El siglo del viento» (1986) (premiada por el Ministerio de Cultura de Uruguay y también con el American Book Award, distinción que otorga la Washington University).

Antes de su fallecimiento, Galeano estaba a punto de presentar en Madrid el libro «Mujeres», un libro-antología de los mejores textos del escritor sobre las mujeres con relatos sobre personajes como Juana de Arco, Rosa Luxemburgo, Rigoberta Menchú, Marilyn Monroe y Teresa de Ávila, que publicará en breve la editorial Siglo XXI. (Leer tres fragmentos del libro)

Galeano destacaba que “no vale la pena vivir para ganar, vale la pena vivir para seguir tu conciencia“.

«Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso -reveló- Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende». (“El mundo”, por Eduardo Galeano).

In Memoriam:

Artículos escritos por Eduardo Galeano en EL PAÍS.
Las frases de Eduardo Galeano | El País.
Galeano y algunas de sus frases más célebres | Subrayado.
Últimas charlas con Eduardo Galeano | El Mundo.
La última entrevista de Eduardo Galeano | El Mundo TV.
10 Libros para descargar de Eduardo Galeano | telesurtv.net

Podcast: En un mundo feliz – Entrevista con Eduardo Galeano (06/09/2010)
Podcast: Entrevista a Eduardo Galeano (2011) | Carne Cruda (22/06/2011)
Podcast: El homenaje a Eduardo Galeano en Hora 25 – Cadena SER (13/04/2015)
Podcast: La LiBéLuLa – Eduardo Galeano. In memoriam (15/04/2015)

Vídeo YouTube: Entrevista a Eduardo Galeano en el programa “Singulars” (23/05/2011)
Vídeo YouTube: La vida según Galeano: Mujeres.
Vídeo YouTube: Es tiempo de vivir sin miedo.
Vídeo YouTube: Entrevista a Eduardo Galeano (Sangre latina).
Vídeo YouTube: Entrevista a Eduardo Galeano en Buenos Aires (2012) (Canal YouTube Algún día).

Obituarios en: El Mundo.es | El País.com | ABC.es |  RTVE.es | El diario.es | La Tercera información

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In Memoriam: Günter Grass.

El escritor alemán Günter Wilhelm Grass falleció el lunes 13 de abril de 2015 a los 87 años de edad en un hospital de Lübeck, en el norte de Alemania.

Considerado el más importante escritor en lengua alemana de la posguerra y un referente político en su país, Grass alcanzó fama mundial con la publicación de su novela “El tambor de hojalata“, en 1959. Cuarenta años después, en 1999, recibió los dos más prestigiosos galardones del ámbito literario mundial, el Premio Nobel de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras.

Su obra estuvo siempre vinculada al debate y a cierta polémica. Desde “El tambor de hojalata“, por el cual tuvo que comparecer ante los tribunales acusado de pornógrafo, hasta “Pelando la cebolla“, en la que desató un escándalo al revelar por primera vez que había sido miembro de las SS a los 17 años, Grass generó polémicas y polarizaciones.

Nacido en 1927 en la ciudad báltica de Danzig (actualmente Gdańsk, en Polonia), se hizo escritor después de haber recibido una sólida formación como escultor y dibujante, pero nunca llegó a acabar el bachillerato y se convirtió en un verdadero modelo de autodidacta: lector, amante de la Historia y con un gran conocimiento de los autores alemanes. La vida de Günter Grass no se puede entender sin la II Guerra Mundial. Él mismo contaba que su infancia acabó en el momento en que oyó las andanadas de un navío de línea, el vuelo de los bombarderos y los disparos de los carros blindados.

Con un estilo marcado por influencias tan dispares como Alfred Döblin o François Rabelais, los hermanos Grimm o Jean Paul, Grass dejó en más de medio siglo de actividad una rica obra de géneros tan diversos como drama, lírica, piezas de ballet, aforismos, ensayos, novelas y autobiografía, además de esculturas, dibujos y pinturas. Entre sus libros, mucho de ellos publicados en Español por la editorial Alfaguara destacan El gato y el ratón y Años de perro, que junto con  “El tambor de hojalata” constituyen la denominada Trilogía de Danzig; así como “El rodaballo (1977), “En el cuarto trasero” (1982), “Un vasto campo” (1995), “A paso de cangrejo” (Entrevista YouTube), “Últimas danzas, novela que publicó en 2003;  “Mi siglo, una recopilación de sus reflexiones sobre cada uno de los años del siglo XX, incluida una sobre el bombardeo nazi de Gernika en la Guerra Civil, y ensayos políticos como “Alemania: una unificación insensata.

En 2014 dio por cerrada su obra narrativa debido a su delicado estado de salud. Los últimos meses de la vida de Günter Grass han sido silenciosos y solitarios. Como predijo en una de sus últimas entrevistas, concedida a el diario El País el pasado 21 de marzo, “no ha terminado su última novela”. Su última obra publicada, “Die Box” (“La caja de los deseos“) en 2008, fue una novela autobiográfica que terminó enemistándolo con media Alemania.

Es imposible disociar la figura de Grass de la política y el compromiso social, convencido de la identidad entre escritor y ciudadano y de que la literatura, si bien no puede cambiar a las personas, puede ayudar a construir a largo plazo una sociedad mejor. Apenas hubo un tema importante para los alemanes sobre el que Grass no polemizara: defendió a escritores perseguidos (Salman Rushdie), fustigó la energía nuclear, consideró “apresurada” la reunificación alemana y en 2003 publicó en la agencia DPA un artículo contra la guerra de Irak iniciada por el entonces presidente estadounidense George W. Bush. En octubre de 2012 y coincidiendo con su 85 cumpleaños, publicó además el poemario titulado “Eintagsfliegen” (mosca de un solo día) con textos sobre el envejecimiento y la muerte. Pero fue el poema tituladoLo que hay que decir” el que levantó la última polvareda, una de esas lluvias torrenciales mediáticas a las que nos tenía acostumbrados y con las que lograba notoriedad pública y éxitos de ventas. En ese último caso se sirvió de polémicas referencias contra Israel, leídas como un canto antisemita que escandalizó a medio mundo.

Amante de la cocina, el buen vino y la familia, Grass deja con su muerte un vacío cultural al que es difícil encontrar paralelos en la historia de la Alemania moderna tras la guerra.

In Memoriam:

Vídeo: Las facetas de pintor y poeta de Günter Grass (La Mandrágora,1988).
Vídeo: Entrevista de Fernando Sánchez Dragó a Günter Grass en “Negro sobre Blanco” (TVE, 2003).

Más Información: El Mundo.es | El País.com | Diario Sur.es | ABC.es | La Vanguardia.com  | RTVE.es

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Peggy Guggenheim: una adicta al arte y a Samuel Beckett.

Peggy Guggenheim (Nueva York, 1898 – Padua, 1979, coleccionista y mecenas de arte, tuvo tantos amantes que ni ella recordaba el número. Uno de ellos fue el Nobel Samuel Beckett al que no logró retener en su cama. Asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read invirtió su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia. Con los primeros vientos de la II Guerra Mundial se propuso comprar un cuadro cada día y adquirió piezas de Picasso, Braque, Matisse o Miró a precios irrisorios.

Cuando a Peggy Guggenheim le preguntaban cuántos maridos había tenido, contestaba: “¿Míos o de las otras?”. Ni ella misma lo sabía. Laurence Vail, John Holms, Garman, Max Ernst, Pollock, todos ricos, locos o suicidas. Su coleccionismo sexual era parejo a su pasión por el arte, que le vino de su familia de magnates judío —alemanes. Su tío-abuelo Solomon había fundado el MoMA de Nueva York; su padre Benjamin murió en el Titanic, llevando en su equipaje un boceto de Las Señoritas de Avignon en cuya compañía se fue al fondo del mar. Prefirió morir de esmoquin a ponerse una de aquellas horribles chaquetas salvavidas. Naufragar de esmoquin, con un puro Davidoff en la boca, es un lujo al alcance de muy pocos, sobre todo si te hundes en el abismo con un Picasso bajo el brazo. Su hija Peggy comenzó a coleccionar maridos y amantes antes que obras de arte. Uno de los ejemplares que pasó por su cama fue el escritor Samuel Beckett, a quien había conocido en 1937 en París, la noche después del día de Navidad durante una cena en Fouquet, invitados por James Joyce.

Era un joven de 30 años, alto y desgarbado, de ojos verdes que nunca te miraban directamente. Su aspecto exterior no le importaba nada porque vestía muy mal con ropa francesa que le venía estrecha; hablaba poco, pero nunca decía estupideces; parecía estar siempre pensando en algo muy importante. Así recordaba Peggy Guggenheim a Samuel Beckett, calmada con el tiempo su tormentosa relación. Hasta entonces, ella devoraba a los hombres según el método de usar y tirar, sobre todo a los pintores que pasaban por su galería, la Guggenheim Jeune, que había montado en Londres, asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read, quienes la animaron a invertir su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia, que ni entendía ni le gustaba. Peggy vivía entre Londres y París flotando en una riqueza al servicio de sus caprichos amorosos. En París, se encontró con este joven irlandés silencioso, un tipo duro de verdad, con cara de cuchillo, cortés y al mismo tiempo muy antipático.

Después de aquella cena de Navidad en Fouquet, que Joyce había ofrecido a su familia y amigos, Beckett pidió a Peggy que le permitiera acompañarla a casa. Durante el camino la cogió del brazo sin hablar, dio por hecho que podía subir a su apartamento y allí sin expresar directamente sus intenciones le dijo que se echara a su lado en el sofá. “A los pocos minutos estábamos en la cama de la que ya no nos levantamos hasta la noche del día siguiente” — confiesa ella en sus memorias. A la hora de despedirse, Beckett fue parco en palabras. Le dijo simplemente gracias. “¿Te gusto? ¿Me quieres?”— le preguntó Peggy de forma ritual desde la cama. Beckett se limitó a negar con la cabeza y desapareció dejando a la tigresa a la vez humillada, sorprendida y excitada. Tiempo después, una noche, se encontraron por azar en un paso de peatones del boulevard de Montparnasse. Se fueron directamente a un apartamento que les prestó una amiga y pasaron doce días encerrados. Beckett solo bajaba a la calle a comprar comida y champán. “De los trece meses que estuve enamorada de él recuerdo aquellos días con gran emoción. Ambos estábamos excitados intelectualmente. Volví a sentirme libre para decir o pensar lo que sentía”.

Era realmente una aventura porque Beckett desaparecía y su regreso solía ser imprevisible. Lo único seguro era que siempre regresaba borracho y como moviéndose en un sueño. Peggy por primera vez se sentía insegura, dominada, lo que no dejaba de ser una experiencia nueva muy excitante. En cierta ocasión, después de diez días de encierro, Beckett aprovechó una salida de su amante para meter en la cama a una amiga suya de Dublín. Para detener la furia de Peggy se limitó a decir que no había sido capaz de echarla cuando se metió en su cama y que hacer el amor sin estar enamorado era como tomar café sin coñac. —“¿Soy yo tu coñac?”— le preguntó Peggy antes de echarlo de casa. Fue al salir a la calle cuando un loco le dio una puñalada entre las costillas que le tuvo al borde de la muerte.

Enloquecida de pasión, Peggy anduvo buscándole por todos los hospitales hasta que Nora, la mujer de Joyce, le dijo dónde estaba. Le llevó unas flores con una nota en que le juraba su amor y que se lo perdonaba todo. Helen Joyce, la mujer de Giorgio, el hijo del escritor, le sugirió que la única forma de romper esa neurosis era que lo violara. Una noche lo acompañó a casa y la tigresa se abatió sobre él. Beckett, preso del pánico, logró zafarse de sus brazos y huyó dejándola sola en su propio apartamento. Ya no volvieron a verse.

Cuando se agitaron los primeros vientos de guerra, lejos de ponerse a salvo como otros judíos ricos, Peggy que había cerrado su galería de Londres, comenzó a acaparar pintura de vanguardia en París. Se había propuesto comprar un cuadro al día, puesto que todos los artistas estaban a su alcance, Picasso, Matisse, Braque, Miró, Dalí, a precios irrisorios debido a la inseguridad del momento. Finalizada la guerra, Peggy Guggenheim abrió en Manhattan la galería Art of this Century, germen del expresionismo abstracto con De Kooning, Pollock, Rotko, Motherwell, que ella impulsó. De hecho, ese trasvase de la vanguardia histórica desde París a Manhattan fue el botín de guerra que se llevaron los norteamericanos. Peggy Guggenheim fue una pieza clave en ese botín, que después se conocería como la Escuela de Nueva York. Pero la única pieza que no pudo comprar fue aquel tipo desgarbado, con cara de cuchillo, un tal Samuel Beckett, un artista que no tenía precio.

De cómo Peggy Guggenheim violó a Samuel Beckett. Texto: Manuel Vicent. Genios e impostores. El Pais.com. 13.04.2015.

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Revistas de Altolaguirre en Cuba y México.

El Centro Cultural Generación del 27 participa con la editorial Renacimiento en la publicación del libro “Revistas de Altolaguirre en Cuba y México, del escritor Rafael Osuna. A lo largo de sus 190 páginas se analizan “Espuela de plata” (1939-1941), “Nuestra España”, “Danz”, “Libros cubanos. Boletín de bibliografía cubana” y “Revista de La Habana”. Igualmente se repasan “Atentamente” (1940), “1616″ (una revista nonata), “La Verónica” (1942), “Litoral” (1944) y “Antología de España en el recuerdo” (1946). El libro se complementa con una amplia bibliografía y una reproducción de algunas de las portadas y páginas de las revistas mencionadas.

En la vida truncada del poeta malagueño Manuel Altolaguirre (1905-1959) siempre hubo una imprenta a mano. Hasta en aquella sangrienta Guerra Civil en la que llegó a editar “España en el corazón”, de Pablo Neruda, con el papel que fabricó a partir de banderas enemigas, chilabas de árabes y uniformes de soldados italianos y alemanes. Altolaguirre fue impresor hasta en el exilio posterior que le llevó a cruzar el Atlántico, y a publicar en Cuba y México las revistas literarias que ahora habitan un novedoso estudio recién publicado por el Centro del 27 de la Diputación de Málaga y la editorial Renacimiento. El libro se titula Revistas de Altolaguirre en Cuba y México, y lo firma el prestigioso experto en publicaciones literarias y profesor emérito de Duke University Rafael Osuna.

En sus páginas se siente la experiencia americana que vivió el poeta malagueño del 27 cuando huyó de España en un barco que, en un principio, le llevaría desde tierras francesas, con Concha Méndez y la hija de ambos, Paloma, a México. Sin embargo, «la niña enfermó y tuvieron que bajarse en Cuba y, aunque pensaban volver a México cuando se recuperara, no lo hicieron, se quedaron allí», según recuerda el director del Centro del 27, José Antonio Mesa Toré.

Con un extenso bagaje en el que hizo posible revistas como Litoral, Ambos, Hora de España o Caballo verde para la poesía, no tarda en adentrarse en la vida cultural de La Habana, gracias a contactos con intelectuales como Lezama Lima, y allí fundó la imprenta La Verónica.

De la “imprentilla” que instaló en su casa del Vedado emanaron la revista del mismo nombre, en un guiño a la escena de la Pasión de Cristo en la que él veía el germen de la impresión tipográfica; otra llamada “Atentamente”; y las cabeceras por encargo “Espuela de plata”, “Nuestra España” o “Revista de La Habana”. Además, según relata Rafael Osuna, en aquel periplo hubo incluso un intento fallido de retomar “1616”, la revista que armó con Concha Méndez en Londres.

Luego, la aparición en sus sentimientos de la mecenas cubana que se convirtió en su segunda mujer, María Luisa Gómez Mena, propició que Altolaguirre recalara finalmente en México.

Como no podía ser de otra manera, continuó en aquel país una labor como editor de revistas que, aparte de “Antología de España en el recuerdo”, hizo posible una efímera resurrección de “Litoral”, gracias a su reencuentro con Emilio Prados y otros exiliados españoles de su generación con peso en la cultura mejicana, como Juan Rejano, José Moreno Villa y Francisco Giner de los Ríos.

Fue también en esta nueva etapa encendida por la compañía de María Luisa Gómez Mena donde inició, con el apoyo económico de ella, una carrera cinematográfica que tuvo como trágico final aquel accidente en una carretera burgalesa que le costó la vida a ambos cuando volvían del festival de cine de San Sebastián. Así de dura podía llegar a ser la vida que parecía nueva. Aquel verano de 1959 le tenía reservado un triste epílogo al poeta, editor, dramaturgo y cineasta malagueño que recorrió el mundo abrazado a una imprenta.

Texto: Las imprentas de Altolaguirre al otro lado del Atlántico | CRISTÓBAL G. MONTILLA | El Mundo | 07.04.2015. > Ir al artículo original.

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Domingo y Resucitado.

Evangelio según San Mateo (Mateo 28, 1-7).

«Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Angel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. El Angel dijo a las mujeres: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán». Esto es lo que tenía que decirles».

Evangelio según San Marcos (Marcos 16, 1-8).

«Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro. Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?» Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande. Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas. pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho». Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo».

Evangelio según San Lucas (Lucas 24, 1-12).

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: «Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día». Y las mujeres recordaron sus palabras. Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron. Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por que había sucedido».

Evangelio según San Juan (Juan 20, 1-18).

«El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos regresaron entonces a su casa. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras».

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Viernes y Santo.

Lo despojaron de sus ropas, que los soldados retuvieron como una paga extra, aunque según la ley judía eran propiedad de su pariente más próximo. El sargento ejecutor abrió las costuras del manto y dio un trozo de paño a cada uno de sus cuatro asistentes; pero se echaron suertes por la propiedad de la túnica sin costuras que le había dado Simón, hijo de Boeto. 

Implantaron los postes verticales en las bases de albañilería que servían para sostenerlos, y luego hicieron que cada reo, por turno, se echara de espaldas cerca de su travesaño horizontal. Éste se ponía debajo de la cabeza, y se ataban con finas ramitas de mimbre los brazos del hombre al madero. Las manos quedaban aseguradas mediante un largo clavo de cobre martillado a través de la palma, para que no fuera posible liberarse. Luego, con sogas y una polea se alzaban hombre y madero hasta que el travesaño encajaba en el rebajo preparado en el poste vertical, donde se ajustaba con pernos. En cada poste vertical, más o menos un metro por debajo del travesaño, había una hilera de agujeros; en el más adecuado se metía una clavija destinada a sostener por la entrepierna el peso del condenado. Las piernas se ataban igualmente con mimbres, y los pies se clavaban con otros dos clavos que atravesaban la carne por detrás del tendón sagrado, que algunos llaman «tendón de Aquiles», porque Aquiles, hijo de la diosa del mar Tetis, fue mortalmente herido por una flecha en ese preciso lugar. En la parte superior del poste vertical se fijaba la declaración del crimen, sobre la cabeza de la víctima.

Jesús quedó en el centro; Dysmas a su derecha y Gestas a su izquierda. Mientras lo subían a la cruz, pronunció una última plegaria, pero no pedía nada para él. Había pensado, finalmente, que su sacrificio era en vano y que había provocado la inexorable ira de Jehová. Se demostraba ahora que el pecado cometido con su personificación del pastor indigno era el de presunción, y que al conducir a sus discípulos al mismo error se había hecho merecedor de su propio reproche profético: «Quien engaña a los de corazón infantil merece que lo arrojen al mar corruptor con una piedra de molino al cuello». Su plegaria era solamente por ellos:

—¡Padre del cielo, perdónalos! Su único pecado ha sido la ignorancia.

Fragmento de “Rey Jesús”, de Robert Graves.

En Algún Día:
Los Alimentos de la Última Cena.
Jueves y Santo.
Expresiones con Pasión.
Versos olvidados: “Viernes Santo”, de Jorge Guillén.
Yehoshúa ben Yósef: el Jesús histórico.
Y resucitó

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