Discurso íntegro de Juan Goytisolo en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014.

A la llana y sin rodeos

«En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.

A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.

“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.

Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!

Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.

En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?

Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.

Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.

Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.

Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia».

Descargar: Discurso íntegro de Juan Goytisolo  

Vídeo YouTube: Discurso íntegro de Juan Goytisolo. Premio Cervantes 2014

Podcast Algún día en alguna parte: Ir a descargar el audio (mp3).

 

En Algún Día: Juan Goytisolo.

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Un libro kafkiano para el 23 de abril.

«Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo».

Carta de Franz Kafka a Oskar Pollak, 1904.


Página oficial del Día Mundial del libro. UNESCO.
Mensaje de la Directora General de la UNESCO con motivo del día Mundial del Libro 2015.
Día del libro 2015 |  Cartel – Ministerio de Cultura de España.
Sant Jordi 2015 (Barcelona).
La Noche de los libros (Madrid).

Especial Día del libro – El País.com
Los 23 libros destacados por Babelia en lo que va de 2015 – El País.com
Especial Día del libro: Libros infantiles y juveniles – ABC.es.
Especial Día del libro: Los mejores libros de no ficción para Sant Jordi – ABC.es
Especial Día del libro: Las mejores novelas para Sant Jordi – ABC.es
Especial Día del libro: Cinco libros imprescindibles de poesía – ABC.es
Especial Día del libro: Cinco buenas propuestas para el Día del Libro – ABC.es
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In Memoriam: Raymond Carr.

El historiador y catedrático  británico Raymond Carr falleció el domingo 19 de abril a los 96 años. Maestro de hispanistas, autor de ensayos legendarios como «España 1808-1975», sus trabajos sobre la República y la Guerra Civil española se consideran como un modelo de investigación por el que mereció el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1999.

Carr nació en la localidad británica de Bath el 11 de abril de 1919. Fue profesor de Historia Iberoamericana en la Universidad de Oxford; director del St. Anthony´s College entre 1968 y 1987 y miembro de la Real Academia Británica, así como de la Academia de Historia española desde 1970. Su afición por la historia de España comenzó en los años cincuenta, especialmente a partir de la visita que realizó a Torremolinos (Málaga) durante su viaje de novios.

También escribió sobre Latinoamérica –  «Latin American Affairs» (1970) -, pero la mayor parte de su trabajo se centró en la España de los siglos XIX y XX.

Entre sus muchas obras destacan «España 1808-1939», de 1963, luego reeditado como «España, 1808-1975», «La República y la Guerra Civil en España» (1971),  «La tragedia española: la Guerra Civil en perspectiva» (1977), «La internacionalización de la guerra civil española», «La Guerra Civil española: una historia en fotografías» (1986)», «España, de la dictadura a la democracia», escrita en colaboración con uno de sus discípulos, el historiador español Juan Pablo Fusi, y Premio Espejo de ensayo en 1979 y «España, de la Restauración a la democracia, 1875-1980» ( 1983).

Asimismo Carr coordinó y prologó el volumen de la «Historia de España» – iniciada en la Editorial Espasa Calpe por Ramón Menéndez Pidal-, dedicado a la época franquista, que se publicó a finales de 1996 y colaboró en el libro colectivo «Visiones de fin de siglo», publicado en 2002. Fue una de sus últimas obras, junto a «El rostro cambiante de Clío» (2005), sobre los nacionalismos en España,  «Historia de España» (2007)  y «España 1808-2008» (2009).

En 1983 le fue otorgada la Cruz de Alfonso X el Sabio por su labor como hispanista, y en 1987 se jubiló como catedrático de la Universidad de Oxford y la Reina de Inglaterra le concedió el título de “Sir”. Además de experto en historia, Raymond Carr fue buen conocedor de la literatura española y un lector entusiasta de Miguel Delibes, cuyas obras le sirvieron para estudiar la posguerra española.

El historiador logró el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 1999 en reconocimiento a sus trabajos sobre la historia de España. En 2000 recibió el doctorado “honoris causa” por la Universidad Complutense.

Entre sus aficiones destacaba la caza del zorro, a la que dedicó el libro «La caza del zorro en Inglaterra» (1986).

En 2011, la historiadora española María Jesús González publicó una biografía del hispanista, que tituló «Raymond Carr. La curiosidad del zorro».

Uno de los últimos galardones que recibió fue el primer premio que concedió en 2012 la Fundación Banco de Santander a las Relaciones Hispano-Británicas.  Lo recogió el mismo, con 93 años, en la embajada española en Londres, si bien fueron otros grandes historiadores (Hugh Thomas, Paul Preston o John Elliot) los que hablaron por él.

In Memoriam:

Obituarios en: El Mundo.es | El País.com | ABC.es |  RTVE.es | 20 minutos (EFE)La Razón.es

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XVIII Festival de Cine Español de Málaga 2015.

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XVIII Festival de Málaga Cine Español.
Del 17 al 26 de abril de 2015.

El Festival de Málaga, que este año cumple su decimoctava edición, contribuye poderosamente al desarrollo del cine en español presentando sus mejores producciones en las diferentes secciones: oficial, ZonaZine, cine latinoamericano, documentales, animaZinecortometrajes, etc., además de rendir homenaje a diferentes personalidades de la industria cinematográfica y organizar numerosos ciclos, exposiciones y actividades paralelas.

Sitio Oficial │ http://www.festivaldemalaga.com/
Películas│ Sección oficial a concurso.
Descargar Programación oficial (PDF) 

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In Memoriam: Eduardo Galeano.

El periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano, una de las voces más significativas de la narrativa latinoamericana de los últimos años, falleció el lunes 13 de abril en Montevideo a los 74 años a consecuencia de un cáncer de pulmón.

Nacido como Eduardo Hugues Galeano en Montevideo, en 1940, su obra siempre estuvo comprometida con la realidad latinoamericana, tanto en sus raíces como en los mecanismos sociales y políticos de Hispanoamérica.

Se inició en el periodismo a los catorce años, en el semanario socialista El Sol, en el que publicaba dibujos y caricaturas políticas que firmaba como Gius. Posteriormente fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época. En 1973 se exilió en Argentina, donde fundó la revista Crisis, y en 1976 continuó su exilio en España.

Regresó a Uruguay en 1985, cuando Julio María Sanguinetti asumió la presidencia del país por medio de elecciones democráticas. Posteriormente fundó y dirigió su propia editorial (El Chanchito), publicando a la vez una columna semanal en el diario mexicano La Jornada. En 1999 fue galardonado en Estados Unidos con el Premio para la Libertad Cultural, de la Fundación Lanna.

Galeano es autor de una amplía obra literaria que los críticos literarios consideran está influenciada por los italianos Pavese y Pratolini, los estadounidenses Faulkner y Dos Passos y españoles como Lorca, Miguel Hernández, Machado, Salinas y Cernuda.

Eduardo Galeano confiesa que quiso ser santo, pintor y futbolista (lo que plasmó en su libro El fútbol a sol y sombra) antes de caer en las manos de la literatura. Afortunadamente, el escritor uruguayo se dejó seducir por las letras para dar a luz numerosas obras literarias que desnudan poéticamente las injusticias y la hipocresía del mundo. Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos y combinan documental, ficción, periodismo, análisis político e historia.

Entre sus obras, traducidas a más de veinte idiomas, se encuentran títulos como «El libro de los abrazos», «Las venas abiertas de América Latina» ( que pasará a la historia, entre otras cosas, por ser el regalo que el desaparecido presidente de Venezuela, Hugo Chávez regaló a su homólogo estadounidense, Barack Obama en la V Cumbre de las Américas en 2009), «La canción de nosotros» (Premio Casa de las Américas, 1975), «Días y noches de amor y de guerra» (Premio Casa de las Américas, 1978),  y la trilogía «Memoria del fuego» compuesta por «Los nacimientos» (1982), «Las caras y las máscaras» (1984) y «El siglo del viento» (1986) (premiada por el Ministerio de Cultura de Uruguay y también con el American Book Award, distinción que otorga la Washington University).

Antes de su fallecimiento, Galeano estaba a punto de presentar en Madrid el libro «Mujeres», un libro-antología de los mejores textos del escritor sobre las mujeres con relatos sobre personajes como Juana de Arco, Rosa Luxemburgo, Rigoberta Menchú, Marilyn Monroe y Teresa de Ávila, que publicará en breve la editorial Siglo XXI. (Leer tres fragmentos del libro)

Galeano destacaba que “no vale la pena vivir para ganar, vale la pena vivir para seguir tu conciencia“.

«Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso -reveló- Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende». (“El mundo”, por Eduardo Galeano).

In Memoriam:

Artículos escritos por Eduardo Galeano en EL PAÍS.
Las frases de Eduardo Galeano | El País.
Galeano y algunas de sus frases más célebres | Subrayado.
Últimas charlas con Eduardo Galeano | El Mundo.
La última entrevista de Eduardo Galeano | El Mundo TV.
10 Libros para descargar de Eduardo Galeano | telesurtv.net

Podcast Algún día en alguna parte: In Memoriam: Eduardo Galeano (1940 – 2015)

Podcast: En un mundo feliz – Entrevista con Eduardo Galeano (06/09/2010)
Podcast: Entrevista a Eduardo Galeano (2011) | Carne Cruda (22/06/2011)
Podcast: El homenaje a Eduardo Galeano en Hora 25 – Cadena SER (13/04/2015)
Podcast: La LiBéLuLa – Eduardo Galeano. In memoriam (15/04/2015)

Vídeo YouTube: Entrevista a Eduardo Galeano en el programa “Singulars” (23/05/2011)
Vídeo YouTube: La vida según Galeano: Mujeres.
Vídeo YouTube: Es tiempo de vivir sin miedo.
Vídeo YouTube: Entrevista a Eduardo Galeano (Sangre latina).
Vídeo YouTube: Entrevista a Eduardo Galeano en Buenos Aires (2012) (Canal YouTube Algún día).

Obituarios en: El Mundo.es | El País.com | ABC.es |  RTVE.es | El diario.es | La Tercera información

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In Memoriam: Günter Grass.

El escritor alemán Günter Wilhelm Grass falleció el lunes 13 de abril de 2015 a los 87 años de edad en un hospital de Lübeck, en el norte de Alemania.

Considerado el más importante escritor en lengua alemana de la posguerra y un referente político en su país, Grass alcanzó fama mundial con la publicación de su novela “El tambor de hojalata“, en 1959. Cuarenta años después, en 1999, recibió los dos más prestigiosos galardones del ámbito literario mundial, el Premio Nobel de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras.

Su obra estuvo siempre vinculada al debate y a cierta polémica. Desde “El tambor de hojalata“, por el cual tuvo que comparecer ante los tribunales acusado de pornógrafo, hasta “Pelando la cebolla“, en la que desató un escándalo al revelar por primera vez que había sido miembro de las SS a los 17 años, Grass generó polémicas y polarizaciones.

Nacido en 1927 en la ciudad báltica de Danzig (actualmente Gdańsk, en Polonia), se hizo escritor después de haber recibido una sólida formación como escultor y dibujante, pero nunca llegó a acabar el bachillerato y se convirtió en un verdadero modelo de autodidacta: lector, amante de la Historia y con un gran conocimiento de los autores alemanes. La vida de Günter Grass no se puede entender sin la II Guerra Mundial. Él mismo contaba que su infancia acabó en el momento en que oyó las andanadas de un navío de línea, el vuelo de los bombarderos y los disparos de los carros blindados.

Con un estilo marcado por influencias tan dispares como Alfred Döblin o François Rabelais, los hermanos Grimm o Jean Paul, Grass dejó en más de medio siglo de actividad una rica obra de géneros tan diversos como drama, lírica, piezas de ballet, aforismos, ensayos, novelas y autobiografía, además de esculturas, dibujos y pinturas. Entre sus libros, mucho de ellos publicados en Español por la editorial Alfaguara destacan El gato y el ratón y Años de perro, que junto con  “El tambor de hojalata” constituyen la denominada Trilogía de Danzig; así como “El rodaballo (1977), “En el cuarto trasero” (1982), “Un vasto campo” (1995), “A paso de cangrejo” (Entrevista YouTube), “Últimas danzas, novela que publicó en 2003;  “Mi siglo, una recopilación de sus reflexiones sobre cada uno de los años del siglo XX, incluida una sobre el bombardeo nazi de Gernika en la Guerra Civil, y ensayos políticos como “Alemania: una unificación insensata.

En 2014 dio por cerrada su obra narrativa debido a su delicado estado de salud. Los últimos meses de la vida de Günter Grass han sido silenciosos y solitarios. Como predijo en una de sus últimas entrevistas, concedida a el diario El País el pasado 21 de marzo, “no ha terminado su última novela”. Su última obra publicada, “Die Box” (“La caja de los deseos“) en 2008, fue una novela autobiográfica que terminó enemistándolo con media Alemania.

Es imposible disociar la figura de Grass de la política y el compromiso social, convencido de la identidad entre escritor y ciudadano y de que la literatura, si bien no puede cambiar a las personas, puede ayudar a construir a largo plazo una sociedad mejor. Apenas hubo un tema importante para los alemanes sobre el que Grass no polemizara: defendió a escritores perseguidos (Salman Rushdie), fustigó la energía nuclear, consideró “apresurada” la reunificación alemana y en 2003 publicó en la agencia DPA un artículo contra la guerra de Irak iniciada por el entonces presidente estadounidense George W. Bush. En octubre de 2012 y coincidiendo con su 85 cumpleaños, publicó además el poemario titulado “Eintagsfliegen” (mosca de un solo día) con textos sobre el envejecimiento y la muerte. Pero fue el poema tituladoLo que hay que decir” el que levantó la última polvareda, una de esas lluvias torrenciales mediáticas a las que nos tenía acostumbrados y con las que lograba notoriedad pública y éxitos de ventas. En ese último caso se sirvió de polémicas referencias contra Israel, leídas como un canto antisemita que escandalizó a medio mundo.

Amante de la cocina, el buen vino y la familia, Grass deja con su muerte un vacío cultural al que es difícil encontrar paralelos en la historia de la Alemania moderna tras la guerra.

In Memoriam:

Vídeo: Las facetas de pintor y poeta de Günter Grass (La Mandrágora,1988).
Vídeo: Entrevista de Fernando Sánchez Dragó a Günter Grass en “Negro sobre Blanco” (TVE, 2003).

Más Información: El Mundo.es | El País.com | Diario Sur.es | ABC.es | La Vanguardia.com  | RTVE.es 

Especial La muerte de GünterGrass en El País.com.

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Peggy Guggenheim: una adicta al arte y a Samuel Beckett.

Peggy Guggenheim (Nueva York, 1898 – Padua, 1979, coleccionista y mecenas de arte, tuvo tantos amantes que ni ella recordaba el número. Uno de ellos fue el Nobel Samuel Beckett al que no logró retener en su cama. Asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read invirtió su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia. Con los primeros vientos de la II Guerra Mundial se propuso comprar un cuadro cada día y adquirió piezas de Picasso, Braque, Matisse o Miró a precios irrisorios.

Cuando a Peggy Guggenheim le preguntaban cuántos maridos había tenido, contestaba: “¿Míos o de las otras?”. Ni ella misma lo sabía. Laurence Vail, John Holms, Garman, Max Ernst, Pollock, todos ricos, locos o suicidas. Su coleccionismo sexual era parejo a su pasión por el arte, que le vino de su familia de magnates judío —alemanes. Su tío-abuelo Solomon había fundado el MoMA de Nueva York; su padre Benjamin murió en el Titanic, llevando en su equipaje un boceto de Las Señoritas de Avignon en cuya compañía se fue al fondo del mar. Prefirió morir de esmoquin a ponerse una de aquellas horribles chaquetas salvavidas. Naufragar de esmoquin, con un puro Davidoff en la boca, es un lujo al alcance de muy pocos, sobre todo si te hundes en el abismo con un Picasso bajo el brazo. Su hija Peggy comenzó a coleccionar maridos y amantes antes que obras de arte. Uno de los ejemplares que pasó por su cama fue el escritor Samuel Beckett, a quien había conocido en 1937 en París, la noche después del día de Navidad durante una cena en Fouquet, invitados por James Joyce.

Era un joven de 30 años, alto y desgarbado, de ojos verdes que nunca te miraban directamente. Su aspecto exterior no le importaba nada porque vestía muy mal con ropa francesa que le venía estrecha; hablaba poco, pero nunca decía estupideces; parecía estar siempre pensando en algo muy importante. Así recordaba Peggy Guggenheim a Samuel Beckett, calmada con el tiempo su tormentosa relación. Hasta entonces, ella devoraba a los hombres según el método de usar y tirar, sobre todo a los pintores que pasaban por su galería, la Guggenheim Jeune, que había montado en Londres, asesorada por Marcel Duchamp, Jean Cocteau y el crítico Herbert Read, quienes la animaron a invertir su herencia de un millón de dólares en pintura de vanguardia, que ni entendía ni le gustaba. Peggy vivía entre Londres y París flotando en una riqueza al servicio de sus caprichos amorosos. En París, se encontró con este joven irlandés silencioso, un tipo duro de verdad, con cara de cuchillo, cortés y al mismo tiempo muy antipático.

Después de aquella cena de Navidad en Fouquet, que Joyce había ofrecido a su familia y amigos, Beckett pidió a Peggy que le permitiera acompañarla a casa. Durante el camino la cogió del brazo sin hablar, dio por hecho que podía subir a su apartamento y allí sin expresar directamente sus intenciones le dijo que se echara a su lado en el sofá. “A los pocos minutos estábamos en la cama de la que ya no nos levantamos hasta la noche del día siguiente” — confiesa ella en sus memorias. A la hora de despedirse, Beckett fue parco en palabras. Le dijo simplemente gracias. “¿Te gusto? ¿Me quieres?”— le preguntó Peggy de forma ritual desde la cama. Beckett se limitó a negar con la cabeza y desapareció dejando a la tigresa a la vez humillada, sorprendida y excitada. Tiempo después, una noche, se encontraron por azar en un paso de peatones del boulevard de Montparnasse. Se fueron directamente a un apartamento que les prestó una amiga y pasaron doce días encerrados. Beckett solo bajaba a la calle a comprar comida y champán. “De los trece meses que estuve enamorada de él recuerdo aquellos días con gran emoción. Ambos estábamos excitados intelectualmente. Volví a sentirme libre para decir o pensar lo que sentía”.

Era realmente una aventura porque Beckett desaparecía y su regreso solía ser imprevisible. Lo único seguro era que siempre regresaba borracho y como moviéndose en un sueño. Peggy por primera vez se sentía insegura, dominada, lo que no dejaba de ser una experiencia nueva muy excitante. En cierta ocasión, después de diez días de encierro, Beckett aprovechó una salida de su amante para meter en la cama a una amiga suya de Dublín. Para detener la furia de Peggy se limitó a decir que no había sido capaz de echarla cuando se metió en su cama y que hacer el amor sin estar enamorado era como tomar café sin coñac. —“¿Soy yo tu coñac?”— le preguntó Peggy antes de echarlo de casa. Fue al salir a la calle cuando un loco le dio una puñalada entre las costillas que le tuvo al borde de la muerte.

Enloquecida de pasión, Peggy anduvo buscándole por todos los hospitales hasta que Nora, la mujer de Joyce, le dijo dónde estaba. Le llevó unas flores con una nota en que le juraba su amor y que se lo perdonaba todo. Helen Joyce, la mujer de Giorgio, el hijo del escritor, le sugirió que la única forma de romper esa neurosis era que lo violara. Una noche lo acompañó a casa y la tigresa se abatió sobre él. Beckett, preso del pánico, logró zafarse de sus brazos y huyó dejándola sola en su propio apartamento. Ya no volvieron a verse.

Cuando se agitaron los primeros vientos de guerra, lejos de ponerse a salvo como otros judíos ricos, Peggy que había cerrado su galería de Londres, comenzó a acaparar pintura de vanguardia en París. Se había propuesto comprar un cuadro al día, puesto que todos los artistas estaban a su alcance, Picasso, Matisse, Braque, Miró, Dalí, a precios irrisorios debido a la inseguridad del momento. Finalizada la guerra, Peggy Guggenheim abrió en Manhattan la galería Art of this Century, germen del expresionismo abstracto con De Kooning, Pollock, Rotko, Motherwell, que ella impulsó. De hecho, ese trasvase de la vanguardia histórica desde París a Manhattan fue el botín de guerra que se llevaron los norteamericanos. Peggy Guggenheim fue una pieza clave en ese botín, que después se conocería como la Escuela de Nueva York. Pero la única pieza que no pudo comprar fue aquel tipo desgarbado, con cara de cuchillo, un tal Samuel Beckett, un artista que no tenía precio.

De cómo Peggy Guggenheim violó a Samuel Beckett. Texto: Manuel Vicent. Genios e impostores. El Pais.com. 13.04.2015.

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