El círculo de los mentirosos. Jean-Claude Carrière.

TítuloEl círculo de los mentirosos. Vol. 1 y 2 │ Autor: Jean-Claude Carrière. │ Editorial: Lumen. │ Año lanzamiento: 2000 │Traductor: Néstor Busquets Tusquets │Nº págs: (I), 457; (II), 373.│ ISBN: 978-84-264-1277-5 │Precio: 20.2 €

 

Sinopsis: Jean-Claude Carrière, guionista, dramaturgo, escritor y brillante colaborador de Luis Buñuel durante más de diecinueve años, recoge en es aquí gran cantidad de historias antiguas y contemporáneas: zen y sufi, chinas y judías, indias y africanas. También europeas y americanas. A menudo divertidas, a menudo profundas, o ambas cosas a la vez. A veces ambiguas, desconcertantes, inquietantes incluso. Y las ha escrito y ordenado como si se tratara de un manual de filosofía. Es la filosofía a través de los cuentos: un manual donde el camino hacia la sabiduría será azaroso y placentero, y estará constituido únicamente por los mejores relatos del mundo entero. En el principio de los tiempos, los hombres se contaban mitos, que eran verdaderos, porque su autor era el cosmos. Después llegaron los narradores de cuentos e inventaron historias. Fueron los primeros mentirosos, a los que siguieron muchos otros. Estos cuentos se refieren a todas las cuestiones que en un momento u otro han intrigado al ser humano. Y dicen esas verdades que sólo conocen los grandes mentirosos.

El compilador, que escribe un interesante Prólogo, clasifica estas historias según una tipología muy personal que no se parece en nada a las taxonomías de la crítica académica y que tienen títulos tan sugestivos como: “La risa puede ser un fin en sí misma”, “Y la muerte es nuestro último personaje”, “El mundo es lo que es”, “La justicia es nuestra incierta invención” y así hasta veintiún apartados en el primer volumen que se enriquecen con nuevas categorías en el segundo.

Las historias son de todas clases, pero tienen una unidad que nos acerca al conocimiento, que no a la moraleja, moral o moralina. Explícitamente, el compilador ha huido de las historias que pretenden llevarnos por un camino perfectamente definido. Creo que este es uno de los mejores aciertos de una obra de tanto empeño y de tan alto nivel. Estas historias, casi todas muy breves, nos hacen pensar, reír, sonreír y hasta torcer el gesto pero tienen la virtud de no dejarnos indiferente. El propósito de Carrière de que pensemos y lo pasemos bien se consigue y remite al principio de Horacio de deleitar aprovechando. A continuación algunos ejemplos de esas historias:


“Un joven llamado Francesco, de veintinueve años decidió que Dios le diera alguna prueba de su existencia puesto que era muy piadoso. Se retiró a las montañas y se flageló y rezó y se alimentó de hierbas y volvió a rezar y Dios, ni caso. Decidió entonces insultar a la divinidad y lo hizo de todas las maneras posibles, hasta en programas de telebasura. Nada, Dios, en silencio. Reflexionó y se dio cuenta de que Dios no se podía manifestar porque él era Dios. Una vez que estuvo seguro cogió una vieja moto y se encaminó a Milán pero se cayó por un barranco y, sin que nadie se enterara, Dios murió”.

“Después de la derrota alemana en la Gran Guerra, la Primera, en Alemania se contaba que un profesor preguntó a sus alumnos la razón del desastre. Sin dudar, los discípulos respondieron que fue por culpa de los generales judíos. El profesor adujo que en el ejército imperial no había generales judíos. Los alumnos respondieron que en los ejércitos de los enemigos sí”.

“Una mujer insulta a su marido y le acusa de ser el cretino más grande de todos los cretinos, hasta el extremo de que si hubiera un concurso de cretinos quedaría el segundo. ¿Por qué el segundo? preguntó el insultado; muy fácil, porque eres un cretino”.

Evitar la muerte- “Un amigo preguntó a otro que qué hacía de la mañana a la noche. Contestó que buscar la manera de no morir. ¿Y lo has conseguido? Por ahora sí. No es desdeñable el número de historias que proceden del universo hebreo, uno de los más ricos y diversos en este terreno, precisamente por su carácter nómada y por haber entrado en contacto con culturas muy diferentes pero las historias proceden de todo el mundo. No faltan los acertijos tan bellos como este: Quien lo nombra, lo rompe. El silencio. Algunos tienen truco como el de si se puede uno casar con la hermana de su viuda. El interpelado se pone a pensar y no cae en la cuenta de que es imposible porque el supuesto nuevo esposo está muerto”.

“Una mujer se quejaba de que su casa era muy pequeña, le aconsejaron que metiera en ella las gallinas, los corderos, el asno y hasta el camello, pasado unos días le pidieron que los sacara a todos. Nunca se volvió a quejar de la pequeñez de su morada”.

La siguiente historia, que hay que contar o leer atentamente, se oye en nuestros días en el país vasco español. Algunos la consideran una de las mejores historias del mundo.

“Un tranquilo y taciturno campesino vigilaba a dos vacas que pastaban en un prado, y no hacía nada más.

Otro campesino, que pasaba por allí, se sentó en un pequeño muro que delimitaba el prado, permaneció un momento en silencio (en ese país las conversaciones son lentas y muy pensadas) y finalmente preguntó:

 

– ¿Comen bien las vacas?

– ¿Cuál de ellas? – dijo el otro

El campesino que estaba de paso, un poco desconcertado por la pregunta, dijo entonces al azar:

 

– La blanca.

– La blanca sí – dijo el primero.

– ¿Y la negra?

– La negra también.

Tras ese primer intercambio, los dos hombres permanecieron durante un buen rato sin hablar, la mirada perdida en el familiar paisaje, las montañas, el pueblo. Entonces el segundo campesino preguntó:

 

– ¿Y dan mucha leche?

– ¿Cuál de ellas? – contestó el otro.

– La blanca.

– La blanca sí.

– ¿Y la negra?

– La negra también.

A lo que siguió otro silencio, que duró tanto como los otros, en el transcurso del cual los dos hombres no se miraron. Sólo se oía el apacible sonido de las dos vacas que pastaban. Finalmente el segundo campesino rompió el silencio y dijo:

– Pero ¿por qué siempre me preguntas “cuál de ellas”?

– Porque – contestó el primero -, la blanca es mía.

– Ah – dijo el otro.

Reflexionó un poco y preguntó para acabar, no sin una oculta aprensión:

– ¿Y la negra?

– La negra también.”

 



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