«Yo, Fatty» de Jerry Stahl

Roscoe Arbuckle fue uno de los actores más populares de su época, pero hoy es más conocido por «El escándalo Fatty Arbuckle»: fue acusado de violar y provocar la muerte a una actriz, y sus juicios se convirtieron en unos de los primeros «juicios-espectáculo» de Hollywood.

 

Título: Yo, Fatty. | Autor: Jerry Stahl. | Editorial: Anagrama. | Colección: Panorama de narrativas. | Género: Cine. | Formato: Rústica. Tapa blanda. 180 x 1420 mm. | Traducción: Jaime Zulaika. | Páginas: 320. | Año: 1º Ed. 2008. | ISBN: 978-84-339-7497-6. | Precio: 20 €.  

 

Hubo un hombre monstruosamente gordo y con rostro de bebé que llenaba los cines, no para reírse con él, sino para reírse de él. Fue el más famoso, el más rico; su elefantiasis, su aparente ingenuidad y sus milagrosas acrobacias poseían imán para los espectadores. Se llamaba Roscoe Arbuckle, pero todo dios se refería a él con el lógico apodo que él más odió desde niño: Fatty. Este fetiche tan amado por la cultura popular se convirtió en la bestia más odiada por la opinión pública, en el chivo expiatorio de una industria triunfadora, de un nuevo y licencioso rico con el que el puritanismo tenía que ajustar escandalosas cuentas.

 

Kenneth Anger derramó escritura brillante, venenosa y cínica sobre las ancestrales miserias, doble moral, hipocresía, sumisión a las apariencias y cloacas de Hollywood en “Hollywood Babilonia. Jerry Stahl, en su espléndido y conmocionante libroYo, Fatty”, se mete con excelente documentación, sarcasmo, y piedad en la piel, en la cabeza y en el corazón de Roscoe Arbuckle para contarnos la crucifixión del monstruo, del orgiástico que viola y mata en San Francisco a una actriz supuestamente virginal. Busca desde una infancia atroz las raíces de un íntimo y eterno calvario, las de alguien que siempre estuvo profundamente solo y dolorido, etiquetado como una bestia de feria, profesional de la supervivencia más sórdida que alcanza el éxito por conjura entre el azar y un talento exótico, alguien que descubrió demasiado pronto que el alcohol y la heroína eran la insustituible anestesia para el sufrimiento, la frustración y la soledad.

 

El dipsomaniaco irreparable, el yonqui rico y perseverante, el resignado a la humillación, el eterno y amargado impotente, el admirado pero nunca deseado, el bufón que siempre recibía las hostias, el hombre al que nunca le importó la oscuridad pero durante toda su vida tuvo miedo a estar solo, el brutalmente satanizado por algo que no cometió (aunque intentara reanimar a la desmoronada Virginia Rappe con algo tan explícitamente sexual como introducirle en el coño el cuello de una botella) encuentra en su biógrafo Jerry Stahl al más lúcido abogado de un patético diablo.

 

Y descubres lo fácil que le resulta al público transformar la idolatría en odio, lo bien que amortizaron los periódicos de Hearst con calumnias, medias verdades y sensacionalismo la tragedia de Fatty, el repulsivo protagonismo de la censura a través del Código Hays, la manipulación, el abandono y la mierda que echaron los magnates de la Paramount sobre su gran inversión en Fatty para evitar que el estigma perjudicara al negocio. Pero también la fidelidad de Buster Keaton y de la muy perdida Mabel Normand hacia el apestado.

 

Mack Sennett, el inventor de la Keystone, de las persecuciones y las tartas en la cara, descubridor de Fatty en el cine, le explicó una vez a su explotado protegido su teoría sobre la comedia:

 

«Yo creo que una comedia es cuando tú te caes en una zanja y palmas. Tragedia es cuando a mí me sale un padrastro en un dedo. Todo se reduce a la naturaleza humana, Arbuckle. Es algo natural que a la gente le encante ver que lo malo empeora«.

 

Fatty lo aprendió tarde. Todo fue ruina y desolación después de que le acusaran. Que le declararan inocente sólo sirvió para prolongar su infierno terrenal. Como otros pocos, pagó por todos.

 

Roscoe Arbuckle murió de un ataque al corazón el 29 de junio de 1933, en Hollywood. Solo tenía 46 años. Buster Keaton declaró repetidas veces que Arbuckle había muerto porque le habían roto el corazón. Pocas horas antes había firmado un nuevo contrato con Warner, que le hizo declarar: Hoy es el día más feliz de mi vida. Fue incinerado y sus cenizas dispersadas en el Océano Pacífico (la supuesta tumba de Arbuckle, sita en el Cementerio Woodlawn, en el Bronx, Nueva York, pertenece a Macklin Arbuckle, actor y primo de Roscoe Arbuckle).

 

Vía: BabeliaWikipedia  

Arbucklemania: The Official Roscoe Arbuckle Website

 



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