Literatura marinera.

La historia de la literatura está llena de travesías ficticias y de crónicas de singladuras históricas. El mar funciona como un espejo del mundo y resume los mecanismos de la vida y la muerte. Quizá sea por eso por lo que los escritores lo hayan elegido una y otra vez como tema y escenario.

  

Desde el comienzo, el mar estuvo allí, peligroso y seductor, avivando la imaginación de los poetas, provocando la fascinación de los aventureros. Desde el comienzo, los hombres compartieron historias de barcos y marinos, leyendas de naufragios y exploraciones. En algún lugar muy profundo de nuestro cerebro resuena el rumor cadencioso del océano, ese «silencio hirviendo» que ha sabido ver Félix Grande, esa música ancestral que para unos implica una advertencia y para otros una irresistible llamada.

 

Se trata de la misma música que aguarda escondida en los renglones de los textos clásicos. La presencia del mar es constante en las primeras historias, en los textos fundacionales. Ulises buscó el camino de regreso a Ítaca recorriendo «el ancho lomo del mar» a bordo de su cóncava nave. Jasón reunió en la “Argo” a una tripulación de héroes y zarpó hacia la Cólquide en busca del vellocino de oro. Simbad, el marino de Basora, se echó siete veces a la mar «poseído por la idea de viajar por el mundo de los hombres y de ver sus ciudades e islas». San Brandán, el Navegante, puso la proa de su curragh, su barco celta revestido de cuero, al lugar más secreto del océano, aquel donde se encuentra la Tierra de la Promisión, la Isla de los Pájaros y el mismísimo Infierno.

  

En el siglo XIII Roger Bacon se sorprendía del poder inspirador del océano:

 

«Es un acontecimiento extraño que, durante los viajes por mar, en los que sólo se tiene por ver cielo y agua, la mayoría de los hombres escriben un diario, mientras que cuando viajan por tierra, donde a cada paso encontramos algo que observar, pocos lo hacen, como si las inciertas eventualidades nos fueran más próximas para ser consignadas por escrito que las observaciones reales».

 

Diarios de singladuras y también de naufragios. El 1 de septiembre de 1659 Robinson Crusoe, marinero de York, subió a un barco que naufragaría cerca del delta del Orinoco, dejándole abandonado en una isla desierta. Allí, con la ayuda de Daniel Defoe, comenzó a escribir un diario:

 

«Yo, pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado durante una terrible tempestad, llegué más muerto que vivo a esta desdichada isla a la que llamé la Isla de la Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco murió ahogada».

 

Cuatro décadas después, el 4 de mayo de 1699, el doctor Lemuel Gulliver zarpó del puerto de Bristol con destino a las Indias Orientales y naufragó, iniciando su celebrada trayectoria como uno de los marineros más increíbles y desafortunados de la historia.

 

Otro de los marineros a los que no les acompañó la suerte fue Arthur Gordon Pym, el aventurero de Nantucket que se embarcó como polizón en el ballenero “Grampus” y terminó viviendo una terrorífica aventura antártica. “La Narración de Arthur Gordon Pym” es el mejor relato ambientado en el mar de Edgar Allan Poe, un autor que escribió clásicos del género como “Manuscrito encontrado en una botella” o “Descenso al Maelstrom”. Las páginas iniciales de la novela, en las que el protagonista describe cómo surgió en él la pasión por navegar y relata sus correrías juveniles a bordo del velero “Ariel”, contienen la emoción y la energía de la mejor literatura marinera.

 

Por muy de secano que uno sea, es difícil resistir la llamada del mar cuando se leen fragmentos como aquel en el que Arthur Gordon Pym y su amigo Augusto se embarcan furtivamente en el “Ariel” para aprovechar la brisa de una espléndida noche de verano. Lo mismo ocurre cuando, en las primeras páginas de “Moby Dick”, conocemos a Ismael, el marinero que nos dice que hacerse al mar es la forma que tiene de «echar fuera la melancolía» y dominar la hipocondría:

 

«Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano».

 

Para muchos, “Moby Dick” es la gran novela del mar y también una de las mejores de todos los tiempos. El mar de Herman Melville es épico, salvaje y alegórico: una especie de inmenso baúl shakesperiano en el que cabe el mundo. El capitán Ahab, cojo y siniestro, persigue a la ballena blanca, al Leviatán. El gran cachalote es su obsesión y termina inmolándose a sí mismo y a su tripulación en una batalla enloquecida contra la bestia. En la escena final del libro, Moby Dick hunde el barco de Ahab. Todo acaba y el mar retoma su costumbre impasible:

 

«Entonces, pequeñas aves volaron gritando sobre el abismo aún entreabierto; una tétrica rompiente blanca chocó contra sus bordes abruptos; después, todo se desplomó, y el gran sudario del mar siguió meciéndose como se mecía hace cinco mil años».

 

El mar de Stevenson es algo más luminoso, quizá porque el padre y el abuelo del escocés fueron diseñadores de faros. A diferencia de Melville y por más que apriete el temporal, Stevenson siempre está a favor de la vida. Sus novelas del mar funcionan como hechizos que nos hermanan con el mundo. Para comprobarlo, basta con volver a la cubierta de la “Hispaniola” la mañana en que el barco está a punto de zarpar rumbo a “La Isla del Tesoro”.

 

Amanece y el contramaestre hace sonar su gaita. La tripulación acude a las barras del cabestrante. Comienzan los toques de silbato y los marineros corren a sus puestos a la luz de las linternas del barco. Una voz anima a Long John Silver para que cante una tonada. El pirata no lo duda:

 

«¿Quince hombres van en el Cofre del Muerto!». El ancla de la ‘Hispaniola’ se zafa, las velas comienzan a tomar viento, el joven Jim Hawkins se acuerda de su casa y la tripulación ruge a coro un estribillo inolvidable: «¿Ron, ron, ron, la botella de ron!».

 

El mar de Valery, el mar de Verne, el mar de Conrad, es decir, el mar de los poetas, el de los soñadores y el de los marineros. El primero se asomó al océano con el corazón «entre el vacío y el suceso puro» y reconoció en él un «tesoro estable», una «masa de calma», un «templo del tiempo». El mar de Valery en “El cementerio marino” es una hidra absoluta que muerde su propia cola «en un tumulto análogo al silencio».

 

El mar de Julio Verne es el mar de la juventud y la aventura. Por él navega uno de los marineros más fascinantes de cualquier época, el Capitán Nemo, aquel príncipe hindú que quiso refugiarse de Inglaterra y de los hombres…

 

«bajo las aguas, en la profundidad de los mares, donde nadie podría seguirle» y allí vivió aprovechándose del mar «con sus infinitos tesoros, sus miríadas de peces, sus cosechas de algas, sus enormes mamíferos, y no sólo lo que la naturaleza mantenía en su seno sino también todo los que los hombres habían perdido en él».

 

La mirada de Joseph Conrad es más tajante y realista. No en vano el polaco fue marino mercante bajo pabellón francés y capitán de la Armada británica. Quizá también fue contrabandista de armas. Durante toda su vida, incluso cuando ya era un escritor consagrado, mantuvo costumbres de marinero: apostó fuerte, fue rebelde, derrochó su dinero y se embarcó en proyectos fantasiosos.

 

Su mar es un escenario duro y ético, el mar del capitán Whalley de “Con la soga al cuello” el del MacWhirr de “Tifón”, el del inolvidable Lord Jim:

 

«El océano tiene el temperamento falto de escrúpulos de un autócrata salvaje malcriado por la mucha adulación. No puede soportar el menor asomo de desafío, y no ha dejado de ser el enemigo irreconciliable de barcos y hombres desde que los barcos y los hombres tuvieron la inaudita osadía de echarse a navegar juntos pese a su ceño. Desde ese día no ha cesado de engullir flotas y hombres sin que su resentimiento se haya visto saciado por el número de víctimas, por tantos barcos naufragados y tantas vidas truncadas».

 

Y por supuesto está Jack London, con sus “Relatos de los mares del Sur“, y Hemingway con “El viejo y el mar”, y Salgari, y el no tan conocido W. H. Hodgson, que llevó el terror a los océanos en libros como “Los piratas fantasma” y “Los náufragos de las tinieblas”, novelas que seguro gustarían a los jóvenes seguidores de la saga de “Piratas del Caribe”.

 

Y también está Rudyard Kipling que en “Capitanes intrépidos” completó una novela de formación que podría matar de un infarto a los pedagogos de hoy en día. El libro cuenta la historia de Harvey Cheyne, un niño rico y mimado que es rescatado del mar por la tripulación del “We’re here”.

 

«Como otros muchos jóvenes desafortunados», escribe Kipling, «Harvey no había recibido en toda su vida una orden directa. No al menos una que no implicase largas y llorosas explicaciones sobre las ventajas de la obediencia y los motivos de la petición».

 

Así que, cuando el chico comienza a quejarse y a exigir que le lleven a Nueva York, el capitán del pesquero, el maravilloso Disko Troop, lo tumba de un puñetazo. Antes de que vuelvan a tirarlo por la borda, Harvey deberá ganarse su derecho a estar en el barco trabajando como los demás.

 

También en España encontramos buenos ejemplos de literatura marinera, desde Pío Baroja que escribió la llamada ‘trilogía del mar’ (“Las inquietudes de Shanti Andia”, “El laberinto de las sirenas” y “Los pilotos de altura”) hasta Arturo Pérez-Reverte que en “La carta esférica” y “Cabo de Trafalgar” hizo una revisión de las clásicas novelas de barcos y aventuras. Hay también autores menos conocidos que escribieron libros llenos de interés, como el imprescindible “Mar brava” de Gerardo González de Vega, en el que se recuperan las vidas de los corsarios y piratas nacionales, desde Pero Niño a Lope de Aguirre. De un modo lírico y sensualista, Manuel Vicent consigue que en algunas de sus novelas el Mediterráneo adquiera la importancia de un personaje más. Ignacio Aldecoa retrató con talento a los pescadores del Cantábrico y de La Graciosa en dos de sus novelas, “Gran sol” y “Parte de una historia”. Y el más reciente Cuentos de navegantes, selección de Juan Bautista Duizeide con prólogo de Pérez-Reverte. Todos ellos sucumbieron al encanto literario del mar, una fascinación antigua e inagotable. Quizá la explicación la tenga Ismael, el personaje de Melville: «El mar es el irrefrenable fantasma de la vida: esa es la clave de todo».

 

Fuente: La llamada del Mar – Diario Sur Málaga. 08/11/08. Texto: Pablo Martínez Zarracina.

Para saber más: Ficciones literarias sobre piratas y corsarios por Pablo Martín Cerone. ¦ Piratería- Wikipedia.

 



Categorías:Libros

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3 respuestas

  1. BUEN COMENTARIO SOBRE EL MAR, ALGO CERCANO A LA INMENSIDAD QUE EL HOMBRE QUISIERA POSEER

  2. Magnífica recopilación, casi antológica.
    Añado un cuento de Buzzati, El colombre:
    http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/buzzati/colombre.htm
    Saludos y felices fiestas.

  3. Gracias Antonio. Felices y tranquilas fiestas y un mejor 2009.

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