Shakespeare del Siglo XXI.

Teatro Selecto. Willian Shakespeare. Edición de Ángel-Luis Pujante y Salvador Oliva.Título: Teatro Selecto. | Autor: Willian Shakespeare. | Editorial: Espasa Calpe. |  Traductores: Ángel Luis Pujante y  Salvador Oliva. │Género: Teatro.│ Colección: Espasa Clásicos. Teatro. | Formato: Tapa dura 16 x 23 cm. | Páginas: – | Datos edición: Madrid. Oct. 2008. 1ª Edición. | ISBN: 9788467027020.Precio: 60 €.   

Hay traductores que pasan a la historia de la literatura con una importancia real de la que carecen muchos creadores. Voy a poner dos ejemplos: si el barón Loève-Veimars no hubiese traducido al francés los cuentos de Hoffmann allá por los años 30 del siglo XIX, las letras fantásticas francesas de esa centuria no habrían tenido la opción de desarrollarse, partiendo de los presupuestos teóricos del autor de «El hombre de arena»; Baudelaire ha pasado a la historia como el padre fundador de la lírica contemporánea, pero también como introductor de Edgar Allan Poe en Francia, pues sus versiones del autor norteamericano, aparecidas en tres volúmenes entre 1856 y 1858, supondrían un antes y un después en el devenir de la literatura europea decimonónica.

Veintidós versiones más una. El caso de Ángel-Luis Pujante es parangonable al de los dos traductores citados. Su pasión e interés por el teatro inglés de época isabelina y jacobina lo ha llevado a trasladar al español hasta el día de hoy, además de la célebre pieza de Middleton «Una partida de ajedrez», un total de veintidós obras dramáticas de William Shakespeare – veinte en la célebre y popular colección «Austral» de Espasa Calpe – recogidas ahora en dos preciosos volúmenes de «Teatro selecto« shakespeareano que acaba de aparecer en librerías dentro de la serie «Espasa/Clásicos». Acompaña a esas veintidós versiones de Pujante un «Enrique V» vertido al castellano por Salvador Oliva, quien ya había traducido a un excelente catalán el teatro completo del llamado por Jonson «dulce cisne del Avon».

Pero no es sólo el hecho de que este catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Murcia haya dedicado miles de horas de su tiempo lectivo y vacacional a poner en contacto el teatro de Shakespeare con los hispanohablantes de todo el mundo; es que, además, lo ha hecho con un respeto admirable por el original y con un dominio de la lengua de salida, o sea, del español, que ronda el territorio de la perfección, si es que hay algo perfecto en este mundo tan defectuoso.

Tres grandes olas. Leer a Shakespeare ha sido lo más importante -y no exagero un ápice- que me ha pasado en la vida. En Shakespeare confluyen el pasado, el presente y el porvenir como tres grandes olas que se amansan en su teatro, mientras nos susurran esta canción: «Cuanto es el hombre, cuanto ha sido y cuanto será se contiene en este puñado de piezas teatrales. Quien quiera conocer las miserias y las grandezas del ser humano de hoy, de ayer y de mañana ya sabe que debe acudir al teatro de Shakespeare, un lugar de palabras donde nunca quedará defraudado».

De eso sabía un rato mi venerado Victor Hugo, quien, en su «William Shakespeare«, formidable monografía que leí de pequeño en la mítica colección «Crisol» (y que hoy figura en el catálogo de Miraguano Ediciones), abordó la dramaturgia shakespeareana con un impulso homérico, con esa inigualable fuerza épica que transmite siempre la obra del autor de «La légende des siècles».

Cuando aprobé, con nota, la reválida de 4º, mis padres me regalaron las «Obras completas de Shakespeare» en la versión de don Luis Astrana Marín, contenidas en un único y grueso volumen de la colección «Obras Eternas», de Aguilar, y las leí de cabo a rabo a lo largo de todo el curso siguiente, durante «las mañanas triunfantes» -la expresión es de Hugo- de los domingos y, por lo general, en la cama. Desde las 6 hasta las 11AM, más o menos, para que se hagan una idea.

Leer a Shakespeare en la cama es como hacer el amor, también en la cama, con la vida, que es una morena espectacular de ojos verdes que se parece a «Hedy Lamarr». Y leerlo en la adolescencia, cuando uno está en esa etapa en la que sin remedio va convirtiéndose en uno mismo, resulta una experiencia inolvidable.

Después del autor de «Macbeth» vendrían el Marqués de Sade, Darwin y Freud, entre otros muchos, a descubrir mediterráneos que, en su momento, resultaron muy novedosos. Pero -y fíjense cómo exagero- la teoría de la evolución, la de la relatividad, el psicoanálisis, la bomba de hidrógeno, la cartografía genética y todas esas zarandajas que surgen del barullo de la modernidad tratando de poner orden donde no lo había o de certificar el desorden, todo eso está en Shakespeare.

El viento y la arcilla. No hay sentimiento, sensación, pasión, descubrimiento, invento, conquista, frenesí, que no pueda encontrarse en el teatro de Shakespeare, en la fantástica e hiperrealista galería por donde circulan sus personajes, hechos del viento y de la arcilla con que Dios creó al primer hombre, arquetipos de todas nuestras culpas y de todos nuestros aciertos, mensajeros que llegan a explicarnos nuestras propias vidas con el ejemplo de las suyas, rebosantes al mismo tiempo -y en esto consiste su modernidad inalienable- de verdad y de imprecisión, de nitidez y de ambigüedad.

Por eso, al darle a la aparición de Shakespeare en mi vida la trascendencia que merece, y recordando con cariño y admiración las viejas y nobles versiones de Astrana Marín, no puedo sino felicitarme de que Ángel-Luis Pujante haya reunido en dos maravillosos tomos todas sus traducciones del viejo Will. Traducciones del siglo XXI que, sin hacer de menos las sugerentes versiones que el valenciano Manuel Ángel Conejero y su Instituto Shakespeare nos brindaron hace años de algunas de las piezas shakespeareanas, sitúan al genio de Stratford en lo más alto de una pirámide desde la que aspirar, a pleno pulmón, el inimitable perfume de los siglos pasados y venideros, porque el castellano de Pujante está pensado para durar, en la medida en que representa un status linguae muy concreto -el de finales del siglo XX y comienzos del XXI- que va a prolongarse, sin duda, durante muchos años, yo diría que al menos hasta el siglo XXII (pero ya dijo Hamlet aquello de que la muerte es una «tierra inexplorada de cuyas fronteras / nadie vuelve», y no me atrevo a profetizar desde más allá de la tumba, para que no me tilden de zombi).

Hacia el futuro. Desde la traducción inaugural de Hamlet firmada por Inarco Celenio (álter ego en Arcadia de Leandro Fernández de Moratín) hasta esta, soberbia y colectiva, de Ángel-Luis Pujante, España y Shakespeare han mantenido unas relaciones a veces apasionadas, otras lejanas y sin tensión. No reneguemos nunca de la tarea realizada por nuestros mayores, con Menéndez Pelayo y Astrana Marín a la cabeza de los grandes traductores de Shakespeare al castellano. Pero cedamos paso a la labor actualísima y proyectada hacia el futuro de Pujante. En su “Teatro selecto” muchas generaciones de españoles van a tener la suerte de descubrir la obra del más alto escritor -y en esto coincido plenamente con Harold Bloom– de la literatura universal.

Fuente: ABCD.es



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