In Memoriam: Martin Luther King.

Hay personajes que parecen anclados para siempre en un momento determinado de su vida, detenidos en un momento crucial, inmovilizados en la memoria. Es el caso de Martin Luther King, al que recordamos en blanco y negro, con el gesto serio, vestido con traje y corbata, sudoroso y preocupado. Hoy, 15 de enero, habría cumplido ochenta años. Tenía 39 cuando lo asesinaron, pero su aspecto, aquel que lo conserva como uno de los iconos y héroes del siglo XX, era el de alguien mayor. De ahí que sorprenda que ese personaje lejano en el recuerdo pudiera ser hoy un anciano lúcido e inquieto.

 

Una vida anónima. Nacido en Atlanta, capital del estado de Georgia, lugar en el que comparte su sepulcro con su esposa Coretta, el 15 de enero de 1929, que Martin Luther King fuera pastor de la iglesia baptista no es accidental: lo fue su padre y lo fue su abuelo materno. De hecho, Martin alcanzó el púlpito de la iglesia Ebenezer al heredarlo de su padre que a su vez había sucedido en el mismo a su suegro. Este último, el pastor Adam D. Williams, fue un destacado luchador por la igualdad racial y miembro de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (N.A.A.C.P.), en la que militaría también el propio Martin Luther King.

 

Miembro de una familia de clase media, ajena a las penurias que tuvieron que afrontar el común de las familias de los barrios negros en plena Depresión del 29, tuvo una educación esmerada en escuelas privadas y públicas reservados sólo a los negros. A los 15 años entró en el prestigioso Morehouse College de Atlanta, en el que también se habían graduado su padre y su abuelo. Siguieron estudios en el Seminario Teológico Crozer de Pensilvania (fue uno de los seis alumnos negros entre un centenar de blancos) y la universidad de Boston. En esta ciudad conocerá a Coretta Scott, con la que se casará en 1953 y con la que tendrá dos hijas y dos hijos. Hasta aquí, una vida corriente, ajena al vértigo de la Historia.

 

Años de lucha. Todo cambiará cuando una modista de color, Rosa Parks, cansada después de su jornada de trabajo, se niegue a cederle el asiento a un blanco en un autobús en Alabama. Sólo la intervención de un testigo, que paga la fianza, evita que Parks sea encarcelada. Ese 11 de diciembre de 1955 comienza la lucha definitiva por los derechos civiles de los negros, se enciende la llama. Los pastores, y entre ellos King, por entonces pastor en Montgomery, Alabama, una vez terminado su doctorado universitario, animan la campaña de boicot a esta compañía de autobuses, prevista para un día pero que durará 384 con la victoria de los boicoteadores al decretar la Corte Suprema la inconstitucionalidad de las leyes discriminatorias en los transportes. En el curso de esta campaña, la casa de King es atacada e incluso detenido él mismo. Es el momento en que pasa a ser un personaje público, un líder que convence con su mejor arma: la palabra de predicador que va aumentando imparablemente los elementos emocionales para persuadir a sus oyentes y moverlos a la acción. Es el momento en que pasa a ser presidente de la Asociación para el Progreso de Montgomery y más adelante de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, y también cuando resume telegráficamente su ideario y sus métodos: “Una de las glorias de la democracia es que otorga al pueblo el derecho a protestar. Lo haremos, pero sin odio ni violencia. Nuestra regla será el amor al prójimo”.

 

Pero los principios de no violencia y de desobediencia civil que King había aprendido de Gandhi se encontrarán ante el radicalismo de los blancos, que llegan a lucir esvásticas, y de los Panteras Negras, los Musulmanes Negros y Nación del Islam que optan por la violencia como método de defensa cuando no de simple ataque. King, entre fracasos y éxitos, vivirá su hora de mayor gloria en Washington el 28 de agosto de 1963, cuando en el curso de la Marcha por la Libertad y el Empleo dirija la palabra a más de 250.000 personas en uno de los mejores discursos de la Historia: el discurso de “tengo un sueño“. [YouTube Link]

 

El discurso de Washington. Basta un párrafo, el más conocido y emotivo, para calibrar su importancia:

 

“Yo tengo un sueño que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad. Yo tengo un sueño que un día incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia. Yo tengo un sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por los rasgos de su personalidad. ¡Yo tengo un sueño hoy! Yo tengo un sueño que un día, allá en Alabama, con sus racistas despiadados, con un gobernador que escupe palabras sobre la interposición entre las razas y la anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los pequeños niños negros y las pequeñas niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas y caminar unidos como hermanos y hermanas. ¡Yo tengo un sueño hoy! Yo tengo un sueño que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados, y que la gloria del Señor será revelada, y toda la carne la verá al unísono. Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la que regresaré al sur. Con esta fe seremos capaces de esculpir de la montaña de la desesperación una piedra de esperanza”.

 

Llegarán, fulgurantes, nuevas detenciones, la promulgación en julio de 1964 de la ansiada Ley de Derechos Civiles, el Premio Nobel de la Paz en octubre de 1964, las escuchas y chantajes del FBI ordenados por su enemigo J. Edgar Hoover, la oposición ferviente de King a la guerra de Vietnam, la preparación de una nueva marcha pero sólo de pobres de todas las razas. Y un viaje a Memphis que terminará bruscamente en un balcón.

 

Fuente: Martin Luther King, El fuego y la palabra. SUR.es.

 



Categorías:In Memoriam, Personajes

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