Shalámov, relatos de la vida en el infierno.

La edición íntegra de los Relatos de Kolimá por editorial Minúscula nos brinda la oportunidad de aproximarnos a un gran clásico del siglo XX que narra como nadie la experiencia de los campos de concentración estalinistas.

Texto: Ricardo San Vicente. La Vanguardia. 20.05.2009.

Que Varlam Shalámov (1907-1982) es un gran escritor es algo de lo que se enterará el lector desde la primera línea de cualquiera de sus relatos. Por eso tal vez valga más la pena hablar de qué está hecha su obra y su vida. A lo largo de la historia de Rusia, la vida de la mayoría de sus escritores está marcada por la desgracia.

Pero si hay un autor con una existencia persistentemente desdichada, este es Shalámov. Dejando atrás siglos anteriores, si nos detenemos en el XX asistimos a un panorama desolador. Isaak Bábel acabó con un tiro en la nuca en algún centro de ejecución soviético; Mijaíl Bulgákov no vio prácticamente su obra publicada; y suerte no muy distinta padeció Andréi Platónov.

Mandelshtam –a cuya imaginada agonía Shalámov dedica un relato – murió de inanición en un campo de tránsito a Kolimá. Es bien conocida la suerte de poetas como Mayakovski o Serguéi Yesenin, que acabaron con sus vidas, como más tarde hizo Marina Tsvetáyeva… Etcétera, etcétera.

Son millones los casos de ciudadanos soviéticos de toda condición detenidos, condenados e internados en campos de trabajo correccional por delitos que nunca cometieron. Y miles de escritores han seguido una suerte parecida a la de sus compatriotas. Pero el caso de Shalámov es especialmente notable por varias razones: primero, por haber sobrevivido a lo que no eran otra cosa que campos de exterminio; segundo, por haber regresado milagrosamente de Kolimá sin haber hecho concesiones a sus verdugos ni haber contribuido a la muerte de sus compañeros al precio de salvar su propio pellejo; tercero, por haber sabido narrar su experiencia carcelaria, una experiencia compartida, repito, con millones de seres que no pudieron escapar de la muerte física, o la muerte moral, y que finalmente no lograron, o no quisieron, dejar constancia escrita sobre su tránsito por el infierno; y, para acabar, cuarto, por haber logrado recorrer la experiencia de Kolimá con un arte narrativo destilado, fulgurante, desnudo, lacónico, cortante y frío como el hielo donde yacen aún sin enterrar millones de sus compañeros.

Detengámonos pues en su intensa vida. Shalámov nació hace más de un siglo en Vólogda, ciudad de tránsito de presos hacia Siberia y de exilio de rebeldes como Joseph Conrad. Es el hermano mediano de la numerosa familia de un pope. De su enfrentamiento con la autoridad paterna nace su ateísmo y su carácter recto. Ya en Moscú, tras una breve experiencia como obrero con la que intenta borrar el estigma de ser hijo de pope, estudia derecho. Es detenido y condenado por primera vez bajo la acusación, esta vez cierta, de difundir el testamento de Lenin, en el que el líder criticaba el carácter autoritario de Stalin.

Cumplida condena, vuelve a Moscú, es detenido en las purgas de 1937 acusado de trotskista y condenado a cinco años de trabajos forzados en Kolimá. Allí permanecerá en diversos campos de trabajo, de los que las minas son los más terribles, llegará repetidamente a la condición de muerto en vida, de terminal, y resucitará otras tantas veces. Condenado de nuevo por declarar que Iván Bunin era un clásico ruso, sólo recupera por completo la libertad tras la muerte del dictador. Ya en libertad, prosigue su obra poética –empezada en Kolimá cuando era sanitario en el hospital que los presos llamaban orilla izquierda – y recoge en unas libretas escolares sus relatos. Poeta reconocido por maestros como Pasternak, es en la prosa donde destaca testimonial y literariamente.

En los años sesenta, tras la condena por el propio partido comunista del estalinismo, algunos escritores creen llegado el momento de decir la verdad. Es el caso de Pasternak con “El doctor Zhivago”, de Grossman con “Vida y destino”, o Alexander Solzhenitsin con “Un día de Iván Denísovich”, única obra que logró pasar por la rendija ideológica del momento. Solzhenitsin y Shalámov, al igual que otros escritores, ofrecieron a la revista Novi Mir sus obras; de ellas, sólo ‘Un día de Iván Denísovich’ fue considerada útil tanto en la lucha ideológica interna como a modo de propaganda exterior, ya superado el estalinismo.

La obra de Shalámov, en cambio, no se publicó en la URSS hasta el hundimiento de esta, pero sí llegó al extranjero. Y, con mucha menos suerte que Solzhenitsin –circunstancia que Shalámov nunca pudo asimilar–, empezó a aparecer en algunas revistas de la emigración rusa en Alemania, Francia y Estados Unidos.

Propiamente, los “Relatos de Kolimá” se publicaron en una edición reducida, primero en Londres en 1978, y luego en París en 1980 (fue entonces cuando recibió el único premio que se le otorgó en vida y que tampoco pudo recoger, el de la libertad del Pen Club de Francia). En 1981-82 aparecen dos ediciones en inglés en Estados Unidos y le seguirán nuevas ediciones y traducciones en Francia e Italia. Actualmente se publica íntegramente en español y alemán de un modo similar, en un volumen para cada ciclo.

Al margen de lo literario, la poca presencia y el reducido eco de la obra de Shalámov se debieron fundamentalmente al éxito de Solzhenitsin, que en cierto modo agotó en el lector el deseo y a veces incluso la capacidad de asimilar más horror soviético. La aparición de Archipiélago Gulag situó en un muy segundo plano al resto de los escritores que se habían internado en el tema.

El éxito de la magna obra, bien orquestado, es cierto, por los enemigos ideológicos de la URSS, no contribuyó a hacer feliz a Shalámov, y más si sabemos que en su día el escritor rechazó la sincera oferta de colaboración que le hiciera Solzhenitsin, que siempre reconoció el indiscutible mérito de la experiencia penitenciaria, así como el valor literario de la obra de su colega.

Un aspecto no menos importante que explica en cierto modo el éxito de Solzhenitsin y la pálida presencia literaria de Shalámov es la visión del mundo que reflejan ambos autores. Aparte de la idea de que la experiencia del Gulag debe ser narrada, ambos autores –salvo en la lengua y no siempre– no coinciden en nada.

Solzhenitsin se erige en la voz de la verdad, exalta los valores cristianos frente al demoníaco credo comunista; pretende anatemizar a los gobernantes de su país y abrir los ojos a los dirigentes de Occidente ante el peligro comunista. Su obra literaria, escrita en lo que el autor pretendía como la más pura tradición de los clásicos del XIX, con Tolstói a la cabeza, era ante todo el trampolín de su mensaje moral. En cambio, Shalámov escribe en sus Cuadernos de notas de 1971: “Yo soy heredero directo del modernismo ruso, de Beli y Rémizov. No he aprendido de Tolstói, sino de Beli, y en cualquiera de mis relatos se ven huellas de este aprendizaje”. Y más adelante define su obra como “la crónica documental llevada al grado extremo del arte”.

Shalámov se plantea los mismos objetivos de escritores como SaintExupéry o Hemingway, incluso antes de conocerlos, de aquellos que empiezan a descubrir, muchas veces por otras razones estéticas o morales, la necesidad de hacer arte, literatura, de la realidad, de su vida, de los acontecimientos de los que son testigos o protagonistas. Cada relato de Shalámov es en este sentido un intento formal cada vez nuevo de responderse a la pregunta de cómo narrar aquello para lo que no tengo palabras.

La crónica, el testimonio desnudo, la narración casi oral de un zoco, el mosaico composicional de escenas y fragmentos de vidas (muertes), todo vale para dotar al texto de un fuerza casi física, la fuerza del puñetazo que el autor dirige a ya no se sabe quién.

Cada relato es un grito modelado, un fragmento del alma convertido en fuerza viva. Pero tal vez, el aspecto que distingue a Shalámov del resto de autores que se han internado en el tema de los campos – salvo quizás el minimalista y cortante Lev Konson – es su falta de piedad, su negativa a suavizar lo más mínimo su relato, a pesar de que él mismo escribe en los mismos cuadernos de notas: “La parte no escrita, no realizada, de mi trabajo es enorme. Me refiero a la descripción del estado, del proceso… sobre lo fácil que le resulta al hombre olvidar que es un hombre. (…) No está escrito todo, incluso los mejores relatos de Kolimá son sólo la superficie, justamente porque están escritos de manera accesible.”

Tal vez la propia contradicción del hombre que por un lado considera que sobre los campos no se puede escribir, no se debe escribir, y por otro no puede dejar de hacerlo, este irresoluble conflicto es el que engendra la manera de narrar de Shalámov y el que lo dota de su explosiva fuerza artística. Un texto donde se han borrado las sonrisas –las únicas que quedan son un rictus de sarcasmo –, donde los sentimientos –salvo el del odio o la ira – desaparecen para tornarse sentidos – como el olfato, el oído o la vista –, donde los constantes “claro está” y “por supuesto” nos marcan la distancia con nuestro mundo, incapaz de asimilar estas evidencias; un relato donde el hombre se convierte literal y literariamente en el material con el que el experimento soviético construye su paraíso…

Se ha dicho que Shalámov no tiene compasión y no la tiene ni con nosotros ni consigo mismo, pero se me ocurre pensar que de ahí tal vez nazca lo que subrayan algunos lectores de Shalámov: es un texto duro, cortante, desnudo en su afán de eliminar todo lo superfluo y de no ahorrar al lector ni una gota de sufrimiento, pero a la vez su lectura produce un extraño placer; la imagen, el paisaje, aquello que nada tiene que ver con el hombre y que los creyentes llaman creación, parece aliviar la visión implacable de este ser humano al que con poco esfuerzo se le puede arrancar lo que la civilización le ha inculcado durante milenios.

Shalámov es duro consigo mismo, con la idea del hombre, y escéptico respecto a sus cualidades. Pero sobre todo es duro con la literatura. Sobre la creación literaria llega a escribir en una carta estas palabras que aquí recogemos como punto final:

“¿Por qué escribo? Yo no creo en la literatura. No creo que la literatura sea capaz de corregir al hombre. La experiencia de la literatura humanista rusa ha traído a las sangrantes ejecuciones del siglo veinte, que yo he visto con mis propios ojos.

“Yo no creo que pueda prevenir nada, que sea capaz de evitar las repeticiones. La historia se repite. Y cualquier fusilamiento del año 37 puede repetirse.

“Entonces, ¿por qué, no obstante todo esto, escribo?

“Escribo para que alguna otra persona, cuando lea mi prosa, que está muy lejos de la mentira, pueda explicar del mismo modo su vida. El hombre debe hacer algo… Aquí no se trata de una responsabilidad común y normal, sino moral. Esta responsabilidad no la tiene el hombre común, pero en el poeta es imprescindible.”



Categorías:Artículos, Libros

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1 respuesta

  1. Si Solzhenitsin permite entender el “gulag”, Shalamov te hace sentirlo. Cualquiera que quiera adentrarse en la Rusia de Stalin debería leer los “Relatos de Kolyma” por un lado, y “Vida y Destino” por otro.

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