Planta devoradora de libros.

Encarni. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 07.06.2009.

“Hace algo más de seis meses fui al vivero y me compré una planta carnívora que poseía unos ínfimos y afilados dientecillos de color verde. La llamé Encarni. La puse en la mesa donde trabajo, delante de la impresora. De vez en cuando le acercaba la mano y ella me acariciaba la punta de los dedos, igual que esos pececillos que mordisquean los pies de los bañistas. Era como el perro que controla la fuerza de sus mandíbulas cuando juega con su amo.

Enseguida me sorprendió la rapidez con la que Encarni crecía. Antes de la primera semana de convivencia, la tuve que cambiar a una maceta más grande. Mi proceso de desarrollo y crecimiento fue mucho más lento, pues tardé más de tres años en pasar de la cuna a la cama. El caso es que la regaba un par de veces a la semana. Le daba cariño. Le contaba mis cosas. Cuando no me venían ideas que escribir, apartaba la mirada del ordenador y me fijaba en sus dientes de leche. Me imaginaba el resto de su cara, que permanecía oculta en la tierra. La cara que vi fugazmente el día en que la trasplanté. Me llamaron la atención sus ojos soñolientos, como si se acabara de despertar un instante para volverse a dormir.

Cuando algún insecto se posaba sobre sus dientes, mi planta carnívora no hacía nada por capturarlo. Llegué a creer que se alimentaba del aire y del agua que yo le ofrecía. Hasta hace sólo un par de días, ni siquiera pasó por mi cabeza la verdadera causa del crecimiento de Encarni. No se me había ocurrido relacionar la pérdida de los folios de la novela que estoy escribiendo con sus gustos culinarios. Resulta que tenía en casa una planta papívora. Encarni se alimentaba de las páginas de la novela que por las noches imprimía y que a la mañana siguiente habían desaparecido misteriosamente de encima de la mesa. Hasta que no descubrí la debilidad de Encarni por la letra impresa, estuve a punto de enloquecer. Las plantas carnívoras no expulsan los alimentos por ninguna parte sino que mediante la secreción de enzimas pueden digerir y absorber las piezas que capturan. Mi novela se ocultaba en las entrañas de Encarni. En su espíritu y su memoria.

Anteayer, al descubrir la debilidad de la planta por la literatura, decidí alimentarla con las novelas que me habían defraudado. Pero mi empeño fue en vano. No conseguí que Encarni abriera la boca. Fue como esos niños que se niegan a comer aquello que no les gusta. Al llegar la noche, la castigué sin cenar y la puse en la terraza. Luego imprimí de nuevo mi novela. Al despertarme por la mañana temprano, lo primero que hice fue ir a verla. La noté triste, más delgada y algo encorvada. Le eché agua y acaricié su boca que se obstinaba en permanecer cerrada. «Encarni -dije-, tienes que comer». No sé si me miró desde las raíces de la tierra. Después le ofrecí la última página que había escrito. La devoró agradecida. Nunca había conocido a nadie que le gustaran tanto mis novelas”.

En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.



Categorías:Pareceres

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1 respuesta

  1. Encarni…esa lectora voraz.

    Es genial.

    Un saludo

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