60 años después de “1984” de George Orwell.

En 1984 había guerra en el Líbano, morían Cortázar, Jorge Guillén y Vicente Aleixandre, eran asesinados el senador Enrique Casas e Indira Gandhi, y Paquirri era corneado mortalmente en Pozoblanco.

En 1984 Londres era la capital de la Zona Aérea nº 1, compuesta por lo que antes se llamó Inglaterra e Irlanda, y entonces era parte de Oceanía, que a su vez comprendía también las dos Américas, Oceanía y la mitad del continente africano. Es también el año en que Oceanía dejó de estar en guerra con Eurasia (de la que formaba parte el país antes conocido como España) para estarlo con Asia Oriental. Ese 1984 extraño y chocante es el que describe la novela homónima de George Orwell que el 8 de junio, cumple 60 años desde su publicación primera en 1949.

George Orwell, seudónimo de Eric Arthur Blair, fue ejemplo de honestidad intelectual a lo largo de su breve vida, que abarcó únicamente 47 años. Un ejemplo de escritor comprometido que supo denunciar los abusos cometidos en nombre de las dos ideologías que se disputaban el mundo en su tiempo. Nacido el 25 de junio de 1903 en la India británica (su padre era nada menos que administrador del departamento del opio), se trasladó a Inglaterra con sólo dos años, con lo que no vería de nuevo a su padre hasta los siete años.

Miembro de una familia de clase media, su educación británica se mantendría gracias a sucesivas becas que le permitieron entrar en el colegio de Eton, en el que tendría como compañero a Cyril Connolly, director más tarde de la revista “Horizon” de la que Orwell sería colaborador. Sin posibilidad de aspirar a estudios universitarios, por razones económicas, decidió buscarse la vida como miembro de la policía imperial británica en Birmania entre 1922 y 1927, experiencia que quedaría interrumpida por el contagio del dengue, pero decisiva, ya que le hizo anti-imperialista a la vez que nutrirá uno de sus primeros libros, “Días birmanos” (1933) y algunos de sus principales relatos. Sin duda, la experiencia colonial despertó en él una conciencia política que será decisiva en su vida y en su obra.

Instalado en Londres, y siguiendo la estela de su admirado Jack London que postulaba que para escribir sobre un tema, sobre un lugar, sobre un ambiente determinado, lo mejor era vivir la experiencia previamente en primera persona, Orwell decidió vivir como un vagabundo en la capital inglesa y probó la vida bohemia en el París de las vanguardias. El resultado de esta vivencia está recogido en su primer libro publicado, “Sin blanca en París y Londres” (1933), en el que quien firma reconociendo sus calamitosas hazañas no es Eric Arthur Blair sino George Orwell. El honor familiar quedaba salvado, y nacía un escritor imprescindible.

Sucesión de libros. Orwell, con una excelente mala salud, se gana el sustento dando clases en escuelas y como dependiente en una librería de segunda mano. Y escribe. Se suceden los libros: “La hija del reverendo” (1935), “Que no muera la aspidistra” (1936), “El camino a Wigan Pier” (1937). Es una vida modesta, pero Orwell es igualmente humilde.

En 1936 se casa con Eileen Maud O’Shaughnessy, que morirá en 1945. Un año antes de la muerte de Eileen, adoptarán un niño que se llamará Richard Horatio Blair. El mismo año de la boda, y en calidad de miembro del Partido Laborista Independiente se alista para participar en la Guerra Civil española. Pero no en las Brigadas Internacionales, dominadas por el PCE de obediencia estalinista, sino en las milicias del POUM, un partido marxista revolucionario que en aquellos momentos se movía entre el trotskismo y el anarquismo.

En su artículo, inédito en España durante décadas, “Yo he sido testigo en Barcelona”, Orwell relatará la persecución a la que fue sometido su partido, con una saña digna del ejército enemigo. En las páginas de su libro “Homenaje a Cataluña” ahondará en su experiencia española y en la denuncia de la barbarie estalinista. Con todo, su experiencia bélica en España fue breve. Llegado a Barcelona en diciembre de 1936, un balazo en el cuello recibido en el frente aragonés en mayo de 1937 le forzó a convalecer en Marruecos durante medio año mientras preparaba su alegato sobre la guerra española.

Dos obras maestras. La libertad no puede ser sacrificada en nombre de la igualdad. Esa verdad simple y experimentada en carne propia es la enseñanza que Orwell extrajo de España y la que le guiará en la escritura de los dos libros que le harán universal: “Rebelión en la granja” (1945) y “1984” (1949).

El esnobismo que supone (a veces) ser de izquierdas es algo que Orwell fustigó con insolencia y descaro, y que gustaba señalar con sentencias tan incómodas y apabullantes como: «A veces tenemos la impresión de que los términos “socialismo” y “comunismo” atraen de por sí como un imán a todo abstemio, nudista, ecologista, maníaco sexual, cuáquero, naturalista, pacifista y a toda feminista que haya en Inglaterra». Este situarse fuera de la corriente general, y más en un momento histórico en el que la Unión Soviética gozaba de general simpatía cuando estaba tan fresca la imagen de los soviéticos colocando la bandera roja con la hoz y el martillo sobre el Reichstag de Berlín, era una maniobra arriesgada. “Rebelión en la granja” narra, como si de una fábula infantil se tratara, una revolución en una granja: los humanos son expulsados y los animales toman el poder. Todo parece ir bien hasta que los cerdos, presuntamente los más inteligentes de la granja, la convierten en una dictadura burocrática al modo estalinista. El lema supremo de la revolución, «Todos los animales son iguales» verá cómo se le añade una continuación desoladora: «…pero algunos animales son más iguales que otro». La novela, brevísima y de una claridad apabullante, ocupa el puesto 31 entre las 100 mejores novelas en lengua inglesa del siglo según una de las más reputadas listas a las que se es tan proclive en el ámbito anglosajón. En la misma clasificación, “1984” ocupa el puesto 13.

El Gran Hermano. Sin otro nombre que éste, sin que nada se sepa acerca del personaje sino que los carteles situados en cada calle, en cada hogar, lo muestran con bigote, el Gran Hermano es el líder supremo de Oceanía. Un rasgo común con Stalin. Como también lo es que tenga un enemigo, demonizado y huido, de origen judío, Emmanuel Goldtein, en quien es fácil ver una personificación de Lev Davidovich Bronstein, Trotsky. El Partido La lucha entre el Gran Hermano y la fantasmal facción de Goldstein, llamada “la Hermandad”, es el conflicto en el que se inserta la historia narrada en “1984”, un título que eligieron los editores por considerarlo más atractivo que el previsto por Orwell, El último hombre en Europa”. Dentro de la ciencia-ficción, la novela aporta al género lo que más tarde se convertirá en las teleconferencias, la televigilancia y el control metal.

En una sociedad rígidamente organizada y que posee su propio lenguaje, la neolengua, como instrumento de manipulación, son los proletarios, tal vez porque están excluidos de la menor participación en la vida pública, los menos controlados. Constituyen el 85% de la población y están exentos de tener en sus casas telepantallas, que sirven tanto para emitir imágenes y consignas como para observar el interior de las casas. El 15% del resto de la población es el que protagoniza el libro escrito en 1948 (de ahí que Orwell invirtiera los dos últimos guarismos para situar en el futuro su libro). El protagonista, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad manipulando datos del pasado. Su amante, Julia, trabaja en el Departamento de Novela del mismo ministerio. La rebelión de ambos personajes los llevará a su destrucción como seres humanos.

Los mecanismos de control del régimen, sustentado sobre tres consignas machaconamente repetidas, “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud”, “La ignorancia es la fuerza”, sus rituales para las masas, los “dos minutos de odio” y la “semana del odio”, unido a la manipulación de la información, resumida en otra consigna del Partido («El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente controla el pasado»), bastan para apreciar cómo la novela de Orwell sirve no sólo para denunciar las dictaduras de izquierda (su lectura como una denuncia del estalinismo es un tópico) sino también las de derechas. Comunismo, Fascismo y Nacionalsocialismo tienen aquí su espejo a través de una narración que es a la vez minuciosa y febril, con la precisión terrible de una pesadilla que muestra cómo la realidad se encuentra sometida a una presión permanente por parte del poder que condiciona y mutila los sueños.

El valor de la libertad. Para asimilar el valor supremo de la libertad por encima de cualquier otra consideración política, la novela de Orwell, en la que hasta la sexualidad es algo subversivo, es una referencia ineludible, una lectura urgente y necesaria, una relectura permanente.

También es aconsejable volver a ver la excelente adaptación al cine realizada, en 1984, por Michael Radford con la última interpretación de Richard Burton y un conmovedor John Hurt. La primera adaptación al cine, en 1956 con Michael Redgrave (uno de los nombres en la lista de sospechosos de Orwell) haciendo de tirano, insiste más en la historia de amor que en la gélida descripción de la tiranía. Aparte, desigual valor tienen la ópera “1984”, compuesta por el director de orquesta Lorin Maazel y estrenada en 2005, y la libérrima adaptación a la pantalla con la que se atrevió en 1985 Terry Gilliam con el título “Brazil“. Tan libre como subyugante y visualmente rica esta versión.

Un final para Orwell. Los años de la Segunda Guerra Mundial los pasó Orwell escribiendo reseñas para una revista, así como un diario personal y prestando servicio en la Defensa Doméstica (Home Guard) que le condecorará por su labor. También colaborará escribiendo textos para el Servicio Asiático de la BBC, destinado a animar y adoctrinar a los soldados británicos en el continente oriental. Cansado de ser un propagandista, Orwell dejará este trabajo después de dos años, y se expresará a través de artículos en la revista de izquierdas “Tribune”. Terminada la guerra, pasará a una amiga del Foreign Office dedicada a la propaganda anticomunista una lista con 37 nombres de personalidades sospechosas de militancia comunista.

Para entonces, 1949, ya había publicado, y con éxito, sus dos grandes novelas políticas. La difusión del documento, en 2003, fortaleció las ideas de quienes ven en Orwell un traidor a su causa, un lacayo del capitalismo. Quienes admiran a Orwell y tienen una visión histórica de los hechos, lo pueden exculpar como una necesidad dentro de la lucha en defensa de la libertad en aquellos momentos. Un informe desclasificado en 2005 desveló que durante más de 20 años, el propio Orwell estuvo vigilado por los servicios de inteligencia de su país. El Gran Hermano no descansa ni perdona.

El 13 de octubre de 1949, George Orwell, que arrastraba una tuberculosis desde sus años de vagabundo voluntario, se casó con Sonia Mary Brownell, una colaboradora de Cyril Connolly en la redacción de la revista “Horizon” y avezada traductora. El matrimonio, celebrado en la habitación que el escritor ocupaba en el University College Hospital de Londres, fue breve: el 21 de enero de 1950 la rotura de una arteria en los pulmones acabará en Londres con la vida de Eric Arthur Blair, que había solicitado ser confortado y sepultado según el rito de la Iglesia Anglicana. En cambio, George Orwell sigue vivo. Y también el Gran Hermano. In Memoriam.

Texto: Diario Sur Málaga.



Categorías:Libros

Etiquetas:, , , , , , , , , , , , ,

1 respuesta

  1. ¿Serán camaradas las ratas?…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: