El peso de los recuerdos.

El peso de los recuerdos. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 27.06.2010.

Entonces hablaba con los soldados de plomo, con los amigos imaginarios y con los ausentes. Yo estaba solo rodeado de voces. Era ventrílocuo. Me colaba en el alma y la mente de las personas, los animales y las cosas. Veía lo invisible. Oía el silencio. Me había construido un mundo a la escala de mis sueños.

Al cabo de los años, ese mundo se esfumó. La edad y las mudanzas fueron los verdugos. Sus habitantes se fueron quedando en el camino, igual que ocurre con los seres queridos de carne y hueso. De vez en cuando los recordaba y era como resucitarlos un instante para luego volver a enterrarlos en el olvido, como relámpagos de luz en un mundo apagado.

Yo era dios. Mi voluntad reinaba en el universo de juguete. Poseía la facultad de otorgar y quitar la vida a un ejército de hombres que luchaban, morían y después resucitaban cuando acababa la batalla. Mis héroes eran inmortales. Los siguen siendo todavía hoy en mi pensamiento. Porque sigo jugando con los habitantes que pueblan mi universo particular. Un mundo aparte. Un lugar necesario para sobrevivir en el mundo real.

Desde hace algún tiempo, he descubierto que el mundo de la infancia no desaparece para siempre sino que permanece oculto, en periodo de hibernación, hasta que de pronto recobra la vida. Me fijo en los ancianos y descubro que también ellos mantienen largos diálogos con los vivos y con los muertos. Se desahogan a solas con los personajes que pueblan su imaginación. Estamos todos solos y estamos muertos desde incluso antes de nacer. Eso pienso ahora que he llegado a esa edad en que el pasado regresa y el olvido recobra su lugar en la vida.

Paso el día en las nubes. La vida cotidiana se ha convertido en una especie de accidente en el que son otros los que están implicados. La vida de los otros me produce alegría y tristeza, pero, sobre todo, perplejidad. El presente es algo ajeno y distante. A menudo, tengo la sensación de que estoy en una sala de cine en cuya pantalla se proyecta el noticiario de la realidad. Yo simplemente soy un espectador que luego vuelve a casa y habla con sus fantasmas. Ellos, los fantasmas, son mi familia, mi vida, mi hogar.

La vida es un pasaje de ida y vuelta a la infancia. Me encierro en mi cuarto y vuelvo a jugar con los recuerdos de plomo. El peso de los recuerdos. Fuera está el ruido y la furia. He llegado a la conclusión de que los viejos se recluyen en su mundo particular porque el real hace tiempo que ha dejado de interesarles. No es una cuestión de vehemencia senil sino de supervivencia. Últimamente he regresado al paraíso de la infancia. Aquella época milagrosa en la que los recuerdos, los objetos y los fantasmas tenían voz y se comunicaban conmigo en secreto, como hacen ahora.

En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.



Categorías:Pareceres

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6 respuestas

  1. Bella pero complicada narración. La vida es ardua para todos. Cuando se arrastran muchas mudanzas o pérdidas sentirse del modo descrito en uno u otro momento es fácil pero no debería ser lo natural. Saludo.

  2. Un texto muy bello que se hunde en mi alma de niña. Quizá el error del ser humano sea convertir la vida en un viaje de ida y vuelta a la infancia. Deberíamos de tener la capacidad de ir madurando con la vista anclada en la infancia para no perder nuestra mirada de niño capaz de maravillarse del momento, de ver lo invisible,de meterse en todos los pellejos. Que pena tener estos tesoros escondidos en el sotano, vueltos trastos pesados, y no poder derrocharlos con soltura y a manos llenas para nuestro provecho y el de los demás.
    Un cordial saludo,

  3. Eso pienso yo sobre la vejez y los recuerdos. Plomo. Un pesar a cuestas del que muy pocos se libran. Un texto para saborear cuando ya se tienen más de unos pocos años.
    Saludos.

  4. Creo que recluirse un tiempo viviendo de los recuerdos tal como esta el panorama social actualmente es un lujo al alcanze de pocos.

  5. Es una reflexión hermosa que refleja el paso de los años.

    Es como un tesoro de recuerdos, cada días sacas uno de la bolsa, lo pules, le sacas brillo y lo admiras.
    Hay recuerdos buenos y malos, cada uno tiene lo propio pero son solo tuyos, de nadie más y es lo que los hace únicos.

    Lo único que me mata es saber que cada día millones de recuerdos únicos desaparecen. Cada uno de nosotros al morir nos llevaremos tesoros de los que nadie jamás sabrá.

    Delicioso.

    Saludos.

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