Nobel de Literatura: ciento diez años de soledad.

Cuando Mario Vargas Llosa ya daba fe de que, como El Paraíso estaba En La Otra Esquina y “Lituma en los Andes” y que, por más que mantuviera “Conversaciones en la Catedral” haciendo el “Elogio de la madrastra”, en “La ciudad y los perros” de Estocolmo nunca sería premiado a menos que llegarán “Pantaleón y las visitadoras” y proclamaran La guerra del fin del mundo”, ha resultado que, gracias a una de esas “Travesuras de la niña mala” sueca, también llamada Academia, el hombre que soñaba con “La tentación de lo imposible” ha entrado en la ilustre Casa Verde con los “Cuadernos de Don Rigoberto” bajo el brazo y, sonriendo en “La suntuosa abundancia” dentaria como si se hallara en plena “Fiesta del chivo”, ha declarado el advenimiento de “La orgía perpetua” literaria, léase: la posteridad.

Y es en este momento cuando a mí me asaltan algunas dudas y me pregunto y les pregunto: ¿Cómo ha tratado la inmortalidad literaria a sus nobelados y a veces novelados miembros? ¿Cuánto dura la posteridad? ¿Cuándo empieza? ¿Han sido algunos vivos -en el buen sentido de la palabra- literariamente inmortales antes de ser fiambres excelsos? ¿Es la posteridad permanente en sus afectos o más voluble que “El lenguaje de la pasión”? “¿Quién mató a Palomino Molero?” Intentaremos analizar juntos estas cuestiones, exceptuando, obviamente, la última, que sólo podrán dilucidar si leen la correspondiente obra del recién laureado escritor.

Hornada inicial. Desde 1901, año en que el poeta parnasiano Sully Prudhomme inauguró el cumplimiento testamentario del explosivo sueco Albert Bernhard Nobel, hasta el pasado siete de octubre, fecha en que “El pez en el agua” ha recibido el galardón más codiciado de las Letras, han transcurrido 110 años y se han entregado 104 premios Nobel de Literatura -las dos guerras mundiales sumaron seis años de absentismo académico-, cuyos beneficiarios se han ido enfrentando a la perseguida inmortalidad creativa de maneras muy dispares. De la hornada nobelística inicial, correspondiente a la primera década del siglo veinte, no sé cuántos nombres les sonarán: ¿Tal vez el del historiador alemán Theodor Mommsen, que se empecinó en editar todas las inscripciones latinas del Imperio Romano? ¿Quizás el de Selma Lagerlof, creadora de Nils Holgersson, ese niño sueco que volaba aferrado a un ganso? A quien sí conocerán, al menos de manera referencial, será a José Echegaray, ya que fue el primer español en dar en la diana del Nobel, que en 1904 compartió con el poeta provenzal Frédéric Mistral. Sin embargo, ¿han leído alguno de sus dramas en prosa o siquiera en verso? (si se han librado hasta el momento, sigan resistiéndose). Visto lo visto y leído lo leído, no es aventurado aseverar que el más inmortal de los diez primeros nobelados sea el británico Rudyard Kipling, el cual, desde que publicó su “Libro de la selva”, se ha mantenido en un puesto más que aceptable del ranking lector.

Entre los años 1910 y 1919 fueron premiados dos alemanes y un suizo de habla igualmente teutona: el naturalista Hauptmann, el dramaturgo Von Heyse y el épico de Liestal Carl Spitteler, los dos primeros actualmente agazapados en un rincón de la inmortalidad berlinesa y el tercero muy conocido en las universidades de Basilea, Zurich y Heilderberg. También en esa década les tocó el premio gordo de la literatura a Verner Von Heidenstam, autor sueco que sigue haciéndose el ídem en las inmediaciones y las posteridades de Olshammar, y a los daneses Gjellerup y Pontoppidan, que antaño compartieron galardón como hoy comparten el postrero reconocimiento de un grupo de escandinavos que les atribuyen erróneamente una contemporánea dedicación a la novela negra. Al belga Maeterlinck le va algo mejor en esto de la gloria profesional, aunque esencialmente gracias al músico Debussy, que transformó en ópera su dramón Péleas y Melisanda, con el consiguiente resultado de que hasta los propios belgas -quienes por otra parte suelen ser intrínsicamente dubitativos- dudan algunos fines de semana especialmente separatistas de la autoría real de la citada obra. ¿Y qué decir de la post-vida del pacifista Romain Rolland? Si bien en su país natal se le sigue venerando porque para eso nació y murió francés, fuera de las fronteras galas su influencia literaria ha ido menguando y probablemente hoy la obra más leída respecto de su persona no proviene directamente de la misma sino de la del austriaco Stefan Zweig, amigo y profundo admirador de Rolland, de quien escribió una biografía, la cual tituló, en un rapto de originalidad sin precedentes, “El hombre y su obra”. La capitanía post-mortem de este equipo de segunda D (segunda década) le va a corresponder sin más al denominado Gurú del Amor, Sir Rabindranath Tagore, poeta, pintor y precursor del relato corto en la literatura bengalí, y hasta músico: India y Bangladesh tienen por himno nacional una de sus canciones.

La cuadra Nobel de los años veinte fue bastante generosa en caballos inmortales: siete de los diez ejemplares siguen exhibiéndose por sendos hipódromos acreditados. Al paso se mueven por la pista Anatole France – aunque cada día le cuesta más avanzar, hecho que a su vez significa que va alejándose de su cualidad de prohombre- y un Jacinto Benavente en similar retroceso: al prolífico madrileño que pasó de ser un empresario de circo enamorado de la trapecista inglesa “La bella Geraldine” a dramaturgo homenajeado por el gobierno del Frente Popular y de autor republicano a sainetero del régimen franquista -«Nuestro ilustre comediógrafo», «nuestro preclaro autor teatral», «nuestro gran premio Nobel»-, se le van doblando las patas (con perdón) al pasar junto a las gradas.

Al trote aparecen Knut Hamsun, George Bernard Shaw y Henri Bergson. La obra de Hamsun ha sido una de las más influyentes del siglo veinte, a pesar del empeño que el propio autor pareció poner en que sucediese todo lo contrario: explorador de los múltiples caminos que conducen a la locura, el escritor de Oslo gozó de un reconocimiento mundial hasta que, siendo ocupada Noruega por los alemanes, el ya anciano Hamsun no sólo se declaró más nazi que el propio führer sino que llegó a regalarle a Joseph Goebbels la medalla del Nobel que la Academia sueca le había entregado más de veinte años antes. El pueblo noruego nunca le perdonaría y tras la guerra fue llevado a juicio, desposeído de sus bienes y hasta sometido a examen psiquiátrico. Hoy día no existe en toda Escandinavia una sola plaza o calle que recuerde al hombre que dijo que Hitler era «un guerrero para la humanidad».

El dublinés George Bernard Shaw, amigo personal del líder independentista irlandés Michael Collins y, desde que se volvió vegetariano, acérrimo anti-viviseccionista -«fui caníbal durante 25 años», «un hombre de mi intensidad espiritual no come cadáveres»-, no se conformó con recibir el Nobel en 1925 sino que, trece años más tarde, recogió el Oscar por “My fair lady”, adaptación al cine de su obra “Pygmalion”. El tercer trotador de este equipo, el francés Henri Bergson, mantiene, gracias a las influencias en la filosofía actual del conjunto de sus ensayos, una aceptable velocidad a través de las praderas del más allá literario. En cabeza nos encontramos a dos galopantes irreductibles: William Butler Yeats y Thomas Mann. El primero, una de las figuras más emblemáticas del renacimiento literario irlandés, ha transmitido el legado de su alma celta en la música: referencias a Yeats, entre otras, en The Smiths, en The Cranberries, y no se pierdan el poema Stolen Child cantado por Loreena McKennitt; en el cine: entre otras películas “Memphis bell” o “Equilibrium”, donde uno de los personajes recuerda al poeta, “Pisa con suavidad porque estás pisando mis sueños”; en la literatura: el cuento “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, de Borges, empieza con una cita de “The winding stair”; y hasta en las series de televisión: el doctor House le lee a uno de sus pacientes “The wild swans at coole”, y en Los Soprano el hijo del capo hace lo propio con “The second coming”. En cuanto respecta a la obra de Thomas Mann, sigue impactando por la profundidad de su pensamiento crítico, baste para corroborar esta evidencia tres de sus obras: “La muerte en Venecia”, “Los Buddenbrook” y “La montaña mágica”.Venga, una más: “Confesiones de Felix Krull”.

Primer norteamericano. La década de los treinta se inicia en la Academia sueca con una novedad – el primer galardón entregado a un norteamericano, en este caso al mediocre Sinclair Lewis – y con lo que parece ser una venganza a un finado: el poeta sueco Erik Karlfeldt había rechazado el premio en 1912, y en 1931 se lo endilgaron a título póstumo. Los señores académicos debieron de pensar; ¿No querías Nobel?, pues toma dos medallas, din dàre (que viene a significar so imbécil). En esa misma década premiaron a un francés de origen ruso que hoy apenas recuerdan en Francia y aún menos en Rusia, a un francés de origen francés que los rusos desconocen y algunos galos han leído, y a un finlandés que conocen Papá Noel y sus ayudantes, así como el reno más viejo de la corte. Tenemos además a Luigi Pirandello que, éste sí, ha logrado a lo largo del tiempo que sus más famosos Personajes sigan En Busca De Autor y que “El difunto Matías Pascal” continúe más vivo que el día en que nació muerto. En cuanto se refiere a la postrera salud del bostoniano Eugene O”Neill, tiene algunos altibajos aunque sus vivisecciones de la sordidez humana mantienen su dramaturgia con escasas recaídas. Lo mismo le ocurre a la virginiana chinesca Pearl S. Buck, que, de los 85 libros producidos, mantiene en un razonable limbo lector aproximadamente un cinco por ciento de su obra.

De los nobelados en los años cuarenta, parecen haber quedado todos los que fueron, salvo un danés que no obstante aseguran conocer algunos jutlandeses. Por otra parte, mientras doña Gabriela Mistral circula -o más bien es circulada – por toda Latinoamérica en forma de Antologías, en su Chile natal hace lo propio impresa en billetes de 5.000 pesos. El germano Herman – Hesse – a su vez sigue tan místico de difunto como lo fue de seminarista adolescente, y al hedonista/inmoralista/anti-clerical (ista) André Gide no le va del todo mal la próspera posteridad, donde también yace el británico T.S.Eliot, levitando post-mortem en su “Tierra baldía”. Y ahora llegamos a Faulkner: desde el paralelo de Yoknapatawpa, el espectro de Mississipi perpetúa su genio estilístico, ajeno tanto al “Ruido y la furia” como a los “Mosquitos” que zumban en el “Santuario” y, a la vez que evita a “Los rateros” de ultratumba, exlama “¡Absalom! ¡Absalom!”, mientras sigue siendo, tan lejos ya de la “Luz de agosto”, un gigantesco “Intruso en el polvo”.

Década de los cincuenta: han sobrevivido los difuntos Bertrand Russell gracias a sus “Principios Matemáticos”, obra maestra del pensamiento racional, y Winston Churchill gracias a sus seis volúmenes de memorias y a la memoria política de su ministerio. Han sobrevivido asimismo un asno y su padre – Platero y Juan Ramón Jiménez -, éste último ayudado, además de por el ilustre cuadrúpedo, por sus poesías metafísicas – las de Juan Ramón, no las del burro- hechas de “Rosas mustias de cada día” y de una “Soledad sonora”. Tanto el ruso Boris Pasternak -quien, tras recibir el premio tuvo que devolverlo por «sugerencia» gubernamental-, atemporalmente convertido en el nómada “Doctor Zhivago”, como “El Extranjero” Albert Camus, que goza de una “Muerte Feliz” tras haber vencido a “La Peste” y al mismísimo “Calígula”, se mantienen en unos aceptables niveles de póstumo reconocimiento. Ídem con el estadounidense “Por Quien más Doblan Las Campanas”, Ernest Hemingway, cuya vida aventurera estuvo a menudo a punto de matarle -en la España incivil-guerrera, cuando estallaron bombas en la habitación de su hotel; en París durante la segunda guerra mundial; en África al estrellarse su avión- aunque finalmente, ya que las circunstancias no se decidían a rematarlo, tuvo que hacerlo él mismo con una escopeta de caza.

En lo que respecta a los autores galardonados a partir de la década de los sesenta, nos falta aún perspectiva para analizar si formarán parte de la gloria impresa o si por el contrario sus obras se consumirán silenciosamente en olvidadas bibliotecas o serán trituradas por máquinas recicladoras de papel. ¿Qué será del hoy inmortal viviente García Márquez o de los recién inmortalizados Saramago, Jelinek, Pinter o Le Clézio? ¿Conseguirá Neruda preservar su poesía austral de las termitas eviternas? ¿Será censurado el censor Cela en “La colmena” de su definitivo “Oficio de Tinieblas”? ¿Se hundirá el “Archipiélago Gulag” de Solzhenistsyn como una Atlántida de palabras? ¿Seguirá Saul Bellow gritando “Carpe Diem” en su infinitud o padecerá un amargo “Legado de Humboldt” consistente en una infernal goma de borrar libros?

Cuestionados. Sin embargo, no es sólo la permanencia de los premiados en los últimos cincuenta años la que se ve cuestionada, sino también la de aquéllos que en la actualidad nos parecen invencibles en su permanencia literaria: “Al este del Edén” steinbeckiano hasta Sartre enferma por “La Náusea”, y no todos los que se hallan “Esperando a Godot” alcanzan “El Callejón de los milagros” de Mahfuz. Al fin y al cabo, la posteridad no es la canettiana “Conciencia de las palabras” y ni siquiera “La danza del bosque” de Soyinka, sino más bien como el walcottiano “Reino de la manzana estrellada”, un goldingiano “Señor de las moscas” dispuesto a engullir con fruición hasta “Los ojos de los enterrados” miguelángelasturianos. Como diría Darío -Fo-: «¡Aquí no paga nadie!».

Texto: María Teresa Lezcano. Diario Sur.16.10.2010.



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