Un océano llamado Valle-Inclán.

Valle-Inclán es uno de los casos más complejos de la Historia de la literatura española, pues pocos autores tejían y destejían tanto su obra como él. Biblioteca Castro corona la empresa con éxito y nos ofrece «el arte más alto».

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La publicación de las «Obras Completas» de Valle-Inclán, en una edición rigurosa, es, sin duda, una noticia importante para la cultura española. Ante todo, por la enorme categoría estética de don Ramón, uno de los máximos creadores de la literatura española contemporánea. A eso se une la enorme dificultad de la empresa, por una doble razón: la bibliografía extremadamente enredada y los problemas de reunir los derechos de autor de todas las obras, con los que bregó, durante años, Espasa-Calpe, su principal editora. Superada ya esta circunstancia, se mantiene la anterior. Por eso acogemos con alegría esta nueva edición. Publica estas «Obras» la Biblioteca Castro, que ha puesto al alcance del lector, en cuidadas ediciones, cerca de noventa autores de nuestra literatura.

Los encargados de la edición y las introducciones están plenamente capacitados, son los miembros del Grupo de Investigación sobre Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela, dirigidos por la profesora Margarita Santos Zas, que culminan, así, una serie de notables trabajos, publicados en los últimos años.

La tela de Penélope

Editar todo Valle-Inclán es uno de los casos más difíciles de toda la literatura española. No estoy exagerando. Incluso estos especialistas califican la obra de Valle-Inclán como «la tela de Penélope», por el continuo tejer y destejer del escritor. Baste con recordar algunos ejemplos concretos, mencionados por los actuales editores:

1.- Son muy pocas las obras que Valle editó una única vez en formato libro y «las ediciones que siguen a la «prínceps» presentan casi sin excepción variantes textuales».

2.- De las «Sonatas» se editaron, en vida del autor, nada menos que 37 ediciones y las variantes, de la primera a la última, muestran la evolución estilística de Valle.

3.- De un mismo cuento (por ejemplo, «A media noche» o «Un cabecilla») tenemos más de diez versiones distintas.

4.- Como bien sabemos los coleccionistas de obras de Valle-Inclán, en su primera época, una serie de nombres femeninos se repiten una y otra vez. «La niña Chole», que aparece en «Femeninas», se incorpora a los ocho primeros capítulos de la «Sonata de estío» pero reaparece como relato independiente en las colecciones «Historias perversas» e «Historia de amores». «Rosarito», de «Femeninas», reaparece en «Jardín Umbrío». «Beatriz», del mismo origen, vuelve a aparecer en «Corte de Amor» y «Jardín Umbrío»… Un verdadero laberinto.

5.– Se producen también cambios de género: el cuento «Un bautizo» se reconvierte en escena dramática de «Águila de blasón».

6.- Varios capítulos o partes de «Tirano Banderas» y «El ruedo ibérico» aparecieron primero, independientes, en colecciones populares.

7.– Muchas veces, Valle cambia los títulos o subtítulos de las obras: «Cenizas» se reescribe como «El yermo de las almas»; «El terno del difunto» se convierte en «Las galas del difunto», dentro de «Martes de carnaval»…

Añado yo una peculiaridad estilística, que señaló Emma Susana Speratti Piñero: en su primera etapa, Valle utiliza una metáfora para describir a un varón de raza india; años después, recuerda esa metáfora y la aplica… a la reina Isabel II.

¿Son sólo minucias eruditas? Creo que no: forman parte del maravilloso estilo de Valle-Inclán y, por supuesto, dificultan la labor de sus editores.

La edición de «Obras Completas» va a comprender cinco volúmenes. En este mes de enero acaban de aparecer los tres primeros. Cada uno comprende unas 900 páginas: en total, cerca de 2.700 páginas, con unas 300 de introducciones y bibliografías.

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Obras maestras

El primer tomo recoge las primeras narraciones, incluidas en varias colecciones, desde «Femeninas», a las que el lector actual no tiene fácil acceso. El segundo incluye ya obras maestras, como las «Sonatas», el ciclo de «La guerra carlista» y «Tirano Banderas». El tercero se centra en la inacabada trilogía de «El ruedo ibérico» y concluye con el ensayo de estética «La lámpara maravillosa». Se anuncian ya dos tomos más, cuarto y quinto, dedicados al teatro y la poesía.

«El arte sirve para pasar el invierno, ya que el arte es siempre primavera», escribió

Los editores explican y justifican los criterios que han seguido (y que no coinciden con otros empeños anteriores). Los resumo:

1.- Sólo se incluye lo publicado en forma de libro (con algunas excepciones). Queda fuera, por tanto, mucha obra periodística. Dentro de eso, se sigue el orden cronológico.

2.- En contra de lo habitual, no se basan en la última edición autorizada por el escritor, publicada durante su vida, sino en la primera, la «prínceps» (también con alguna excepción). Así, se reconstruye la obra original, sin los retoques estilísticos posteriores, y se la sitúa en su contexto histórico auténtico.

3.- Se trata de una edición conservadora, que respeta los usos del autor (puntuación, grafías): no son arbitrarios, sino que responden a un criterio, que va evolucionando.

4.- De acuerdo con la norma de la Biblioteca Castro, la edición no incluye aparato crítico, notas de variantes o comentarios. No se trata, pues, de una edición crítica. Es un criterio discutible pero que resulta más grato para el lector medio.

En un trabajo de equipo, tan amplio, que ha durado varios años, son muchas las novedades. Señalo solamente algunas:

1.- Incluye textos muy poco conocidos, como «Una tertulia de antaño», «Un día de guerra. (Visión estelar)», «Un bastardo de narizotas», «El trueno dorado»…

2.- Sostiene que es obra de Valle -y la incluye, por tanto- la discutida «La cara de Dios», modelo de novela popular.

3.- Insiste en que Valle-Inclán no fue solamente autor sino también editor: atendía mucho al diseño, en las diferentes ediciones. (Cualquier coleccionista de sus obras puede comprobar las diferencias entre unas y otras). Y no se trataba sólo de adornos sino que el diseño influyó en muchas variantes.

4.- Para perfilar mejor su estilo, don Ramón utilizaba glosarios y vocabularios comparados sobre usos lingüísticos, en distintos países o regiones.

5.- Los editores han podido utilizar muchas galeradas corregidas por el autor: forman parte del Legado Valle-Inclán Alsina, depositado en la Universidad de Santiago de Compostela desde 2009, que incluye «más de 5.000 páginas autógrafas (además de otros documentos)». Anuncian también que el Archivo Digital Valle-Inclán, que abarca toda su obra impresa anterior a 1936 (incluida prensa y folletines) se podrá consultar próximamente en abierto.

La edición de las obras de Valle -concluyen los autores- nunca puede ser definitiva. Su aportación, sin embargo, es indiscutible.

Para los editores, debemos situar a Valle-Inclán en el conjunto de la gran renovación estética que en Europa se conoce como modernism (algo mucho más amplio que nuestro «modernismo»). Es una tesis que propuso Darío Villanueva, con la que no puedo estar más de acuerdo.

Dentro de eso, hay que reconocer que la personalidad, tan atractiva, de Valle ha podido oscurecer algo los valores estéticos de su obra. No cabe duda de que don Ramón se construyó un personaje público, lleno de ingenio y brillantez. (Con un castillo de fuegos artificiales lo compara Juan Ramón Jiménez). Siempre recomiendo leer la biografía novelada que escribió Ramón Gómez de la Serna, uno de los libros más divertidos que conozco. Pero esto tiene también un riesgo: que nos quedemos en la apariencia, en las anécdotas (reales o inventadas). Él mismo advirtió ese peligro: «Llevo sobre mi rostro cien máscaras de ficción… Acaso mi verdadero gesto no se ha revelado todavía».

Siempre estilizó

Frente a los tópicos habituales, Luis Calvo, que fue su amigo, me contaba que don Ramón -así lo llamaba- fue un dechado de cortesía en todas las ocasiones, las duras y las maduras. Y lo mismo me confirmaba Domingo García Sabell, el joven médico que lo trató en su última enfermedad.

Nunca se quedó en el costumbrismo, el puro reflejo de la realidad: siempre estilizó… Felizmente, ya es habitual relacionar a Valle-Inclán con el cubismo de Picasso, el montaje cinematográfico de Griffith o Eisenstein, la creación lingüística de Joyce, los contrapuntos de Huxley, las disonancias del «jazz» y de Stravinski, el sainete trágico de Eduardo de Filippo, el teatro del absurdo de Beckett, la crueldad de Artaud, y la profunda humanidad de la «Biblia» y de Shakespeare…

Lo define una de sus frases: «El arte no se acaba nunca porque sirve para pasar el invierno, ya que el arte es siempre primavera».

Una vez, le preguntó a su hija: «¿Por qué mientes, Mariquiña?». Y ella le contestó con su mismo estilo: «Yo no miento… Yo digo, como tú, la otra verdad».

La verdad del arte más alto.

Fuente: La otra verdad de Valle-Inclán. Por ANDRÉS AMORÓS. Publicado en ABC Cultural – 08/01/2017


El Valle-Inclán de las marionetas

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La prosa narrativa de Valle, a la que siempre se une, algo incómodamente, esa obra tan extraña que es «La lámpara maravillosa», considerada «ensayo» en sus «Obras Completas» (Biblioteca Castro), es una de las grandes aventuras de la literatura española moderna.

Valle-Inclán es un personaje algo estrafalario, y no me refiero a sus célebres barbas, a su bohemia, a la terrible historia de su brazo amputado, sino sobre todo a sus ideas y sus visiones políticas y estéticas. Nos parece habitar siempre un territorio salvaje que son en realidad varios territorios salvajes: la Galicia ancestral de las leyendas, la España carlista de las recias tradiciones y el odio rabioso a la modernidad, la España moderna del esperpento, el esplendor de América, la herida de la Gran Guerra y de la Revolución Rusa, la necesidad de crear un teatro nuevo y una novela nueva. En realidad, Valle logra convertirlo todo en territorio salvaje, tanto lo antiguo, por rural y legendario, como lo moderno, por desfigurado y deshumanizado. Distintas variaciones de lo salvaje expuestas en un lenguaje que abarca todas las posibilidades de la lengua, del romanticismo más apasionado al habla más castiza.

Lo menos leído

También lo salvaje llena ese esteticismo estéril de los relatos románticos reunidos en las primeras colecciones («Femeninas», «Epitalamio»…), camafeos preciosos y artificiales que son la parte menos leída de Valle, junto a esa obra tan extraña que es «La cara de Dios», su novela más larga y menos representativa, que cuenta una larguísima historia de celos y de honras en peligro en el Madrid de Arniches, y sobre la que Valle nunca quiso volver. Esto cierra el primer volumen, que deseamos tener porque deseamos tenerlo todo, todo Valle, del mismo modo que deseamos tener toda la «Biblia» y no sólo los libros que nos gustan.

En medio de tantas maravillas y de tanto esplendor, me gustaría reflexionar sobre varios puntos, para no perdernos: «La lámpara maravillosa», «Los cruzados de la causa», «La media noche», el esperpento.

Un libro misterioso

«La lámpara maravillosa» porque es una rareza no sólo en la obra de Valle, sino también en la literatura española moderna. Testimonio del interés de Valle por el ocultismo (que no consiste en «ocultar» las cosas ni en escribir en enigma, como parecen creer algunos críticos, sino precisamente en sacar a la luz el conocimiento oculto, Isis sin velo) y por el quietismo de Miguel de Molinos, suele considerarse un libro misterioso escrito para iniciados, y también la «estética» de Valle.

Para mí, «La lámpara…» es parte del mismo mundo de vaguedad y belleza decorativa de los libros modernistas. No tiene ningún misterio, ni tampoco ningún mensaje oculto: es, simplemente, un libro vago lleno de frases ampulosas y vacías. Su tema obsesivo es el deseo de salir del Tiempo a fin de comprender que todas las cosas son eternas e infinitas.

A Machado le gustaba (quizá porque deseaba que a los demás también les gustaran sus propias disquisiciones metafísicas, infinitamente más inteligentes que las de Valle), Unamuno no entendía para qué lo había escrito y a Juan Ramón Jiménez, que sí era un verdadero místico de la poesía, le parecía «humo». Estamos de acuerdo con Juan Ramón, y tampoco podemos considerar «La lámpara…» una estética de Valle, dejando aparte ciertas consideraciones sobre las limitaciones del lenguaje. ¿Representa la estética de un escritor obsesionado con la Historia y las tradiciones, la violencia y la sociedad, ser «como el ruiseñor, que no mira la tierra desde la rama verde donde canta»?

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Levantar horcas

«Los cruzados de la causa», primera de las breves novelas de la serie de «La guerra carlista», es un libro estremecedor porque se detiene más que otros para explicar la visión del mundo de la España tradicionalista. Estremece pensar que Valle fuera carlista y sintiera en algún momento como legítimas las ideas expuestas por estos arrogantes aristócratas, Montenegro, el marqués de Bradomín, Cara de Plata.

Montenegro clama que sería necesario «levantar horcas durante un año entero» para colgar a los liberales, a los judíos, a los indianos, a los plebeyos y a los que se oponen a la religión, del mismo modo que habría que cortar la mano a los jueces, ya que la justicia debe ejercerla el señor feudal y no un funcionario que aplica leyes. Bradomín añade que antes de subir al trono Carlos VII, «convendría pasar una hoz segando las cabezas más altas». Tiempo llegaría en que un general, tan gallego como ellos, pondría en práctica el levantamiento de horcas y el segado de cabezas. Afortunadamente no logró segarlas todas. Y, por cierto, ¿qué fue del ruiseñor que no quería mirar la tierra?

Pero Valle cambia. Durante la Gran Guerra trabaja como corresponsal en Francia y se siente aliadófilo, aunque dice respetar a los que, como Benavente o Baroja, se declaran germanófilos. Claro que uno de sus motivos para defender a los aliados es que le parecen los verdaderos católicos, así como Benavente defiende a Alemania porque está convencido de que, si vence, establecerá el socialismo en el mundo. ¡Menudo lío tenían en la cabeza los padres fundadores de la España moderna! Más tarde, Valle sería el impulsor de movimientos intelectuales contra la guerra y a favor de la Revolución Bolchevique, quizá por aquello de que los extremos se tocan.

Todas las perspectivas

El prólogo de «La media noche» es el primer gran manifiesto de la novela moderna española. Desearía Valle, nos dice, contar lo que sucede en un solo día de la guerra en Francia, pero desde todas las perspectivas posibles, libre «de la humana y geométrica limitación», la que nos impone durante toda nuestra vida un único punto de vista, parcial y subjetivo. Un deseo de ver la realidad como la vería un dios que estuviera en todas partes al mismo tiempo; un deseo, una necesidad, de representar el mundo en toda su fabulosa complejidad: el verdadero deseo del novelista moderno. Es ese mismo deseo de «representación de la simultaneidad» que Hauser veía en Joyce.

Queda el tema más importante de todos. Lo que representa Valle-Inclán hoy en día, y el efecto que su prosa efectista y fulgurante ha tenido en nuestras letras. Porque creo que hay un problema en Valle, el mismo problema que tenía Quevedo, y que Azorín explicó muy bien en «Al margen de los clásicos». Una pobreza de alma, una incapacidad para sentir el dolor ajeno. En Valle no es exactamente así: es, más bien, una obsesión por ver a los demás como monstruos o marionetas. Es el pelele de Goya, o sus brujas, más que los serenos retratos del período medio, lo que gusta a Valle. Y lo verdaderamente trágico, quizá demoledor, es la lectura que hace del «Quijote».

Toda la Historia de la novela europea es un diálogo con Cervantes, y el arte de un novelista depende de la forma en que lee el «Quijote». En una entrevisa para «El Heraldo de México» de 1921, afirma Valle: «Don Quijote no reacciona nunca como un hombre, sino como un muñeco; por eso provoca la hilaridad de los demás, aun cuando él esté en momentos de pena». Es esta mala lectura de Cervantes, la lectura barroca (no muy diferente de la que haría Galdós, por cierto), la que pone una limitación al arte exquisito y deslumbrante de Valle.

Fuente: El Valle-Inclán de las marionetas. Por ANDRÉS IBAÑEZ. Publicado en ABC Cultural – 08/01/2017

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