El libro físico y el aire de la palabra.

A veces dejo estos rastrojos y voy a la cercana ciudad a explorar las librerías en busca de nuevos ruidos. Ayer traje de vuelta una impresión infame. Media docena de librerías cerraron desde mi última visita. Las vitrinas condenadas con papeles o tablas sin pulir o exhibiendo las mariposas negras del fracaso eran una afrenta. Eran el síntoma pernicioso de un empobrecimiento paulatino de la vida. Dudé con tristeza si el libro está en vías de extinción como afirman los peores profetas del desastre. En las librerías sobrevivientes aún, agónicas, de la ciudad rosa, espantaban. En las de viejo del centro los libreros habían pasado otra mañana sin bajar bandera como se dice en el argot de los comerciantes. Uno me dijo con cara de postrado. “Antes esto hervía desde temprano de lectores curiosos o impertinentes en busca de una rareza o una rebaja“.

 

Todas las ciudades del pasado cuidaron sus tabernas, prostíbulos y templos, presidios, y cuarteles. Y sus librerías. Las nuestras tienden a dejar marchitar los más encantadores entre los antros inventados por la civilización.

 

Los libros no hacen el mundo más seguro. Al contrario. Los que la especie guarda como tesoros suelen narrar morbos oscuros y terribles de injusticias, traiciones, genocidios. La Biblia, La Ilíada, la Divina Comedia son ejemplos notorios. Y ciertos países distinguidos por el prestigio de sus autores dieron muestras de depravación extrema muchas veces. Las dos últimas guerras mundiales enfrentaron naciones de lectores azuzados por textos malsanos. Los soldados llevaban tomos de poemas en las mochilas.

 

De cualquier modo la compañía de las personas que frecuentan los libros resulta más estimulante que la de los aficionados a otras perversiones, o refinamientos, humanos, como las telenovelas o el campeonato de fútbol.

 

Se achaca el desinterés creciente por los libros a la competencia de los medios electrónicos de comunicación. Hay que contar en la crisis del libro con la usura. Los libros entraron como todas las otras cosas en su circuito pernicioso. Y en consecuencia se publican menos libros que hieran, cataclísmicos, que sean más que máscaras para la vida social o simples pasatiempos. Y los grandes editores más interesados en el comercio que en la aventura inherente al buen sentido del oficio inundan el mundo con noveletas señoreras, para sentimentales, calculadas para lectores pusilánimes de anecdotarios. Hace un montón de años no se publica una novela significativa que trascienda la mera transmisión de un chisme más o menos singular.

 

Antes los gobiernos aquí cultivaron el lector en el elector. Ahora relegan su responsabilidad con el libro en grupos de papeleros dedicados al olvido planificado de la tradición. Que dan a luz montones de libros efímeros que se empiezan a olvidar en cuanto se acaban de leer, sin riesgos económicos para ellos ni espirituales para el lector. Las leyes comerciales rigen la industria editorial moderna como la de cosméticos. Y tras el campanilleo de la registradora rebaja la noble actividad, entre altruista y narcisista, del editor, a la de falso perfumero, a una rama vil del formidable baratillo contemporáneo donde todo se vende. El libro físico y el aire de la palabra.

 

Nada les quedó por deshonrar. Dirán de nosotros nuestros descendientes. Si sobreviven a la orgía de la usura”.

 

Por Eduardo Escobar

 



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