Darwin, un filon editorial de 200 años.

Hoy 12 de Febrero de 2009 se cumplen 200 años del nacimiento de Darwin.

Darwin tenía un más que agradable aspecto físico. Un hombre alto, que superaba 1,80 metros, corpulento, sin ser gordo -el viaje del HMS Beagle le había proporcionado una complexión atlética-, ojos grises, vestido de forma conservadora como correspondía a su época, con trajes de frac, camisa de lino con cuello, y sombrero alto, según describe Deborah Heiligman en su obra “Charles and Emma (Henry Holt and Company Books), publicada recientemente en EE UU, y que aborda un singular retrato de su matrimonio con Emma Wedgwood, su prima. Los Darwin y los Wedgwood estaban emparentados y era costumbre casarse en familia. Darwin aparece como un hombre seguro de sus convicciones, aunque le desagradaba su nariz, que juzgaba desproporcionada y bulbosa. Heiligman recalca la anécdota de un hombre que lo anotaba todo. En 1838, tras dos años de estancia en Londres, y dentro de una habitación alquilada en la calle de Great Malborough, Darwin cogió una pieza de papel y escribió en el margen izquierdo la palabra “casarse”, bajo la cual enumeró las ventajas del matrimonio. A la derecha realizó una lista con las ventajas de la soltería, como la libertad sin límites para escribir y dedicarse a la vida social en reuniones en clubes.

La frialdad a la hora de colocar las cosas en una balanza resulta más superficial que real. La obra de Heiligman profundiza en el aspecto emocional de Darwin, el corazón detrás de la corteza de una mente analítica. Un hombre apasionado por su trabajo de naturalista, sí, pero que buscaba en la familia y en los hijos -le agradaban bastante los niños- la contrapartida perfecta. Darwin tenía miedo a casarse, por el dolor que le produciría la muerte de un hijo, algo que ocurría, dependiendo de la clase social, en uno de cada cuatro o cinco hijos nacidos en la Inglaterra victoriana. El parto también se cobraba una mortalidad entre las mujeres muy alta, un fallecimiento cada 200. La medicina de la época, sin antibióticos, en la que se usaban sanguijuelas para sangrar a los enfermos, dejaba un camino muy duro para cualquier matrimonio, incluido el de Darwin, pese a pertenecer a una clase acomodada. Su padre, Charles, fue un buen médico y alguien con una mente bastante liberal, lo que era constante en su familia (su abuelo y sus hermanos siempre se declararon librepensadores).

Darwin se arriesgó. Tuvo diez hijos, de los que tres murieron. Mary falleció poco después de nacer el 16 de octubre de 1842, y Darwin se refugió en sus escritos sobre geología volcánica tras enterrar al bebé. El peor golpe de su vida vendría cuando su segunda hija, Anne, muere a los 10 años por culpa de unas fiebres, tras una larga agonía en una casa de curas, sin que los médicos pudieran hacer nada. Tim Berra, autor del libro “Charles Darwin, la historia concisa de un nombre extraordinario (John Hopkins University Press) lo resume de forma dramática: “Charles estuvo cada minuto con ella”. Darwin escribía constantemente a su mujer, Emma, que estaba embarazada de siete meses y no pudo trasladarse. “El correo en esos días era muy eficaz, y a veces había dos recogidas de cartas al día. Si él escribía el lunes, solía tener la respuesta de ella el martes, y quizá la de él ese martes por la noche”. Todas estas cartas se han conservado y, para Berra, reflejan la fuerza que sostenía al matrimonio, la dimensión humana de Darwin. “Fue un padre devoto, terriblemente familiar, muy distinto del tipo de padre envarado e inflexible de la época victoriana”.

Darwin fue una criatura de su época y alguien también que iba por delante: religioso al principio, dejaría la Biblia a un lado: el argumento de que la Tierra y las criaturas fueron creados en seis días resultaba incompatible con los hechos y con su trabajo. Para Berra, la muerte de su hija Annie “acabó con cualquier resquicio de cristiandad en Darwin. No podía racionalizar el hecho de que una criatura inocente sufriera durante tanto tiempo por el hecho de que fuera la voluntad de Dios”.

Esa incompatibilidad no afectó a su matrimonio. Fue como un crisol en el que convivieron ciencia y religión. Su mujer, Emma, creía en la Biblia y era una sólida cristiana. “Escribió una carta en la que odiaba la idea de que, por culpa de sus pensamientos científicos, no pudieran estar los dos juntos en la eternidad”, dice Berra. Sin embargo, como señala la escritora Deborah Heiligman, Emma siguió manteniendo sus creencias cristianas, pero se hizo más tolerante con las ideas de su marido. Su convivencia fue muy estrecha, hasta el punto de que, en 1876, una carta de Darwin refleja que jugaba con su esposa al backgammon cada noche, y anotaba los resultados: “Ella ha ganado en 2.490 ocasiones, mientras que yo he ganado, ¡hurra! ¡hurra!, 2.795 veces”.

 Leer artículo completo: Darwin, discutido 200 años después – Luis Miguel Ariza. El Pais.com


Que levante la mano el que haya leído alguna obra de Darwin. Bueno, no se alarmen. A todo aquél que haya decidido subsanar esa laguna imborrable en su repertorio bibliográfico, enhorabuena: Charles Robert Darwin (1809-1882), el padre de la teoría de la evolución, el científico que sentó las bases de la biología moderna y revolucionó nuestro conocimiento del mundo, cumple hoy doscientos años.

 

Y para celebrarlo, las editoriales han pulsado al botón de las máquinas de impresión. Resultado: una avalancha de reediciones y publicaciones en castellano que invaden los estantes de las librerías españolas. Pero si todavía necesitan otro aliciente más, apunten: «El origen de las especies», la obra de referencia del darwinismo que asestó un golpe mortal a la visión antropocentrista del mundo, celebra su sesquicentenario, esto es, siglo y medio de vida. Conclusión: no hay excusas que valgan, 2009 es el mejor año para leer a Darwin.

 

Un inédito en español. «Darwin es una de las figuras más olvidadas históricamente desde el punto de vista editorial español», lamenta el profesor de la Universidad de Valencia Martí Domínguez, quien a su vez dirige «Biblioteca Darwin», la sección de la editorial Laetoli que, en colaboración con la Universidad de Navarra, pretende publicar en castellano las obras completas del científico inglés. Una tarea encomiable, teniendo en cuenta que, a día de hoy, sólo cinco de sus 17 libros han sido traducidos al español. «Pero es que además -denuncia Domínguez- algunas traducciones fueron hechas por aficionados. Eran ediciones pedestres, que se le caían de las manos al lector».

 

Como Voltaire y otros pensadores, Darwin fue una figura non grata para la Dictadura, por lo que sólo algunas pequeñas editoriales se atrevieron a sacar su obra. Sin embargo, con la llegada de la Democracia las cosas no cambiaron demasiado. «Hubo una actitud poco entusiasta por publicar su obra. También por parte de los editores de izquierdas, que sólo lo incluían en las colecciones de clásicos del pensamiento». En su opinión, se trata de un círculo vicioso de incuria. «Con el despegar de la ciencia española, Darwin era un autor clásico, antiguo, y buena parte del profesorado de las Facultades de Biológicas no lo había leído porque ya no lo necesitaba… Pero es que además no existían buenas ediciones. Hubo también algún caso flagrante. En 1998, una editorial publicó bajo el título equivocado de “El origen de las especies” un texto que no era sino “El origen del hombre”». Desde luego, una situación cuanto menos llamativa para tratarse de uno de los científicos más influyentes del pensamiento moderno.

 

Darwin, sin censuras. En el Año internacional de Darwin, la industria editorial española se ha puesto las pilas. La oferta incluye nuevas traducciones y reediciones de sus libros, aunque también hay ensayos, novelas y hasta poemarios que versan sobre el darwinismo. Además, Siglo XXI ha reeditado las memorias de infancia de la nieta de Darwin, hay proyectos de cómic en marcha, y en Reino Unido han publicado hasta un libro de cocina basado en las recetas de la mujer del científico.

 

En nuestro país destaca la fuerte apuesta de la editorial Laetoli, que ya ha traducido dos de los libros de Darwin. Empezaron el año pasado con «La fecundación de las orquídeas» y «Plantas carnívoras», y ahora acaban de publicar la autobiografía «no censurada» del científico. «Ha sido todo un descubrimiento -asegura el director de “Biblioteca Darwin”-. Cuando murió, dejó un texto inédito con sus memorias, pero su mujer decidió recortar las frases que mostraban al Darwin más combativo. Hasta ahora no teníamos más que una versión edulcorada de su biografía. Hemos reescrito el capítulo dedicado a la religión, que él consideraba “una doctrina detestable”. Además, se ha marcado en negrita todo lo que fue eliminado, que es casi el 30 por ciento del texto… Su tono es pausado y racional, pero deja caer verdades como martillos».

 

Para todos los públicos. Como siempre, la lectura de publicaciones científicas plantea dudas entre el público no especializado. ¿Cómo acercarse a la obra de Darwin? Para Domínguez, no hay duda: lo mejor es la lectura directa de cualquier traducción moderna de sus obras. «Darwin es uno de los grandes divulgadores de la ciencia -sostiene Domínguez-. Se le entiende muy bien porque él se dirigía al lector. Quería ser accesible a todo el mundo. Exige dedicación, pero el esfuerzo no es mayor que cuando leemos a Joyce o a Proust».

 

Para quien lo prefiera, existe una variada oferta de ensayos que se aproximan a la obra de Darwin desde múltiples perspectivas. Un ejemplo de ello es el último libro de Carlos Castrodeza, editado por Herder Editorial. En «El darwinismo del mundo» este profesor de Filosofía de la Ciencia de la Universidad Complutense de Madrid analiza el impacto de la teoría de la evolución en el pensamiento filosófico actual. «La idea del libro -señala el autor- es explicar, desde las teorías de Darwin, el comportamiento humano en sus tres dimensiones: la epistemología, la ética y la política». Porque, en su opinión, la interpretación darwinista «es en realidad una interpretación metafísica del mundo».

 

En este sentido, Carlos Castrodeza recuerda que, frente «al resurgimiento actual» del darwinismo, del todo aceptado «a excepción del protestantismo y el fundamentalismo estadounidense», la teoría de la selección natural -«su niña bonita- tuvo un impacto mínimo en el siglo XIX. «Pero no por razones teológicas -añade-, sino porque científicamente tuvo muchos escollos. El mundo científico se le echó encima para que explicara todas sus tesis, y la verdad es que Darwin no podía». Castrodeza defiende que su libro es una aproximación histórica al Darwin «persona», que se aparta «de la mayoría de las obras que lo presentan como un personaje de culto, como si fuera una especie de santo secular que todo lo hace bien». «Al igual que los demás, Darwin tuvo sus virtudes, pero también sus defectos», agrega.

 

Sea como fuere, este año la lectura darwiniana se presenta indispensable. Así lo entiende Domínguez. Para él, la obra del naturalista británico es fundamental si queremos entender nuestra época. «Su lectura nos cambia como personas. Si Galileo produjo una revolución en el pensamiento humano, Darwin provocó otra mayor, porque sus planteamientos nos afectan mucho más como seres vivos». «Somos hijos de Darwin», concluye.

 

Fuente │Darwin, un filón editorial – Itziar Reyero. ABC.es. 11/02/09

 

En Algún Día │ Charles Darwin. Bicentenario.Darwin, sin censura.

 



Categorías:In Memoriam, Libros

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