In Memorian: 70 años sin Antonio Machado.

Eran las tres y media de la tarde de un 22 de febrero, Miércoles de Ceniza, y Antonio Machado fallecía en su exilio de Collioure. Hoy se cumplen 70 años y la figura del poeta sevillano y, lo que es más importante, su poesía, no han hecho más que crecer y crecer. De hecho es en la actualidad uno de los poetas más destacados de toda la historia de la literatura castellana.

Cuando de aquello también hacía veinte años. Texto: Araceli Iravedra- Ínsula nº 745-746. Enero-Febrero 2009.

El 22 de febrero de 1939 Antonio Machado moría en Colliure. Era para él el último destino de una forzosa batida en retirada que había comenzado en noviembre de 1936, cuando, por determinación del Quinto Regimiento, la intelligentzia republicana es puesta a salvo en Valencia de los bombardeos de los rebeldes sobre Madrid. Los días del poeta en Rocafort y Barcelona son aún de relativa calma y confort frente a los que se abren en la madrugada del 23 de enero de 1939, cuando las autoridades republicanas evacúan a un Machado anciano y de salud quebrada irreversiblemente a Francia. Junto a cientos de españoles que taponan la carretera del litoral catalán, bajo los bombardeos, la lluvia recia y el frío de enero, el poeta alcanza la frontera a pie y desde allí toma el tren hasta el pueblo cercano de Colliure, para alojarse en el Hotel Bougnol-Quintana. Ni los cuidados de los amigos ni la asistencia protectora del Gobierno pueden nada contra su deterioro físico y anímico: Machado cae enfermo de gravedad y fallece a los pocos días, sin duda más ligero de equipaje de lo que ni siquiera él había alcanzado a presagiar.

Este final dramático era la pieza que faltaba para redondear el mito del hombre generoso e íntegro que sufrió a España hasta entregarle la vida. Con su penosa muerte en el exilio, Machado sellaba su compromiso sin ambages con la fe democrática de la República, del que ya había hablado con elocuencia su intenso activismo intelectual para una de las tribunas de la España dividida, prolongación coherente por cierto de unas convicciones políticas bien asentadas antes de la guerra. Pero este último episodio lo alzaba definitivamente como el gran paradigma moral ante los sectores más progresistas del país. Su sacrificio, pasión y muerte por la causa de la República convirtieron a Machado de inmediato en un santo laico, el «San Antonio de Colliure» del que luego harían mofa quienes denunciaron la veneración acrítica de un poeta del que no se ponderaban valores poéticos sino, exageradamente, valores éticos y humanos.

Con todo, entre el austero funeral «de Estado» que se rindió al poeta en Colliure -doce soldados españoles de la Segunda Brigada de Caballería conducen el ataúd, envuelto en la bandera republicana- y el homenaje conmemorativo que le organizó la República «en la sombra» hubieron de pasar veinte años. En la España del interior esta vertiente del mito, la del hombre sabedor de una doctrina aderezada con unas gotas de jacobinismo, comienza a fabricarse en la prensa de la zona roja que difunde la noticia del fallecimiento y se amplifica durante las pocas semanas de vida que le quedan a la República. Pero la guerra la ganó Franco, y desde entonces, la leyenda sólo pudo alimentarse en la clandestinidad (y también -dicho sea de paso- por obra de ella).

De Escorial (1940) a Cuadernos Hispanoamericanos (1949). No obstante, la cultura franquista no podía prescindir de un poeta de la talla de Machado. Claro que los intentos de asimilación en el proceso de reconstrucción cultural en que hubieron de emplearse los intelectuales del Régimen exigían «interpretaciones» y equilibrios difícilmente sostenibles. En efecto, «rescatar» a Machado como muy tempranamente lo hizo Dionisio Ridruejo desde la revista Escorial (1940: 93-100) resultaba una tarea costosa y de dudosa honestidad por cuanto implicaba traicionar la raíz del sistema ideológico del poeta. En el que iba a ser el prólogo a las pretendidas Poesías completas del autor sevillano, que editaría Espasa- Calpe un año después, el objetivo de Ridruejo no era otro que el de redimir para la causa falangista a un gran poeta que a su vez había sido enemigo civil. Pero retirar a Machado la etiqueta de poeta nefando obligaba a cuestionar la firmeza de su ideario político; por eso Antonio Machado había sido, según las razones de Ridruejo, uno de esos secuestrados morales atrapados por el enemigo rojo contando con «la concurrencia de la senilidad, el hábito de la incomunicación y una cierta incapacidad para el entendimiento del mundo real», a lo que había que sumar la importuna casualidad de que, en el reparto de las dos Españas, al poeta «le tocó estar enfrente». El responsable de esta lectura, que no tardaría en enemistarse con el Régimen, pronto iba a lamentar su falseamiento, y de hecho, sólo andados unos meses prohibiría su reimpresión como prólogo a la edición machadiana.

Con todo, durante la década de los cuarenta son Dionisio Ridruejo y sus camaradas del entorno de Escorial quienes, con la venia oficial y los medios editoriales a su alcance, van a cincelar la primera de las imágenes del poeta difundidas después de su muerte, o, con palabras de Valente, el que será su «primer gran apócrifo falso»: un Machado «puesto en circulación previo despojo de sus contenidos éticos o ético-políticos» (1971: 104). Lo que quedaba, entonces, era un modelo estrictamente estético que les guiaría en el proceso de rehumanización en que se hallaba embarcada toda la literatura tras la guerra. El Machado esencial e intimista, el poeta temporalista aunque desvinculado de su tiempo es el que reclaman estos autores para cimentar, al par que una palabra cordial que dé cauce a sus tribulaciones existenciales, un proyecto de interiorización que los aísle, en el espacio incorrupto de lo privado, de un entorno social problemático que les decide a la introspección más que a la protesta. Y éste es el Machado que celebra, en 1949 y con motivo del décimo aniversario de su muerte, la revista Cuadernos Hispanoamericanos, en torno a la cual se aglutinan ahora los poetas falangistas. Ellos son los promotores de un número especial que la citada publicación dedica al poeta sevillano, en realidad el primer homenaje machadiano que organiza una revista literaria española después de la guerra civil. Y Antonio Machado aún no era una figura fácil de recordar. Por eso esta nueva revista oficial, a cargo de Laín Entralgo, toma las debidas precauciones para evitar la frustración del homenaje; por ejemplo, señalando desde el mismo editorial los cauces por los que ha de discurrir la aproximación al poeta: la actualización, políticamente inofensiva, de un Machado neorromántico e intimista, a salvo de toda tentación de compromiso ético con los accidentes de la historia que pudiera levantar sospechas de disidencia ideológica.

Sin embargo, entre el grueso de colaboradores que partían a la busca de ese Machado esencial y exento de accidentes, una firma rompía la uniformidad del discurso pautado. Eugenio de Nora, un joven poeta del ámbito de Espadaña, venía a mostrar su desacuerdo con esa interpretación del sevillano como poeta lírico, ensimismado, melancólico, cultivador de una poesía «eterna» y trascendente. Más aún, se atrevía a suponer que si Machado hubiese podido asistir a la situación poética del momento, caracterizada por la propensión al intimismo y al cultivo de lo autobiográfico, la habría juzgado «negativa», «impotente » y hasta «poética y culturalmente ‘reaccionaria’». Algunos textos del poeta le servían para probar que Machado postulaba una poesía objetivista y solidaria, y que se interesaba no sólo por el hombre esencial que ve en sí mismo, sino también por el que supone en su vecino. Y proclamaba, en fin, el derecho de que, con o contra el machadismo que entonces parecía prevalecer, otros discípulos no menos auténticos potenciasen sentidos por completo diversos: frente al Machado autobiográfico, el poeta portavoz de la conciencia colectiva; frente al Machado nostálgico, el poeta crítico y combativo; y frente al Machado esencial y eterno, el poeta afincado en su tiempo. Para los seguidores de este Machado entendía Nora que el poeta había dejado «su más cariñoso y conmovedor saludo: ‘Pero amo mucho más la edad que se avecina y a los poetas que han de surgir, cuando una tarea común apasione las almas’» (1949: 583-592).

El texto de Eugenio de Nora anuncia un sustantivo cambio de rumbo en el proceso de recuperación de Antonio Machado iniciado en 1940. El relevo lo van a tomar los poetas sociales, que reciben con entusiasmo el saludo machadiano y, arropados por el ejemplo del «poeta del pueblo», se apasionan en una nueva tarea común, que, naturalmente, no puede ser otra que la lucha contra el Régimen. Diez años más tarde, éste es el Machado celebrado en Colliure, y a pesar de censuras y mordazas, también en numerosas expresiones del interior.

Colliure, 1959. Eugenio de Nora sentaba tempranamente las bases de un nuevo discurso que reconocía en el pensamiento de Machado la legitimación de un proyecto poético orientado a la superación del subjetivismo. Este proyecto, etiquetado bajo los nombres de realismo social y realismo crítico, tuvo su núcleo de germinación en las páginas de Espadaña , y diez años serían suficientes para su afianzamiento como tendencia dominante. La poesía social y crítica hizo de Antonio Machado su principal bandera ética y estética: por un lado, el sustrato teórico de su obra revelaba su fuerte carácter precursor de los nuevos rumbos líricos; por otro lado, y sobre todo, Machado aparecía ante los ojos de estos poetas como una referencia insoslayable como personaje civil, del que se recuperaba su discurso ideológico hasta entonces silenciado, su moral republicana, sus reiteradas protestas de democracia y demofilia. Y su impecable coherencia con sus compromisos democráticos, que lo llevaron a morir en el exilio, lo convertía en una inmejorable arma arrojadiza contra la Dictadura. Esta instrumentalización del poeta como piedra de activismo político instituía un nuevo apócrifo falso también denunciado por Valente: «el Machado convertido en pancarta y propaganda, en campo de pelea, en dogma, batallón y monumento a medias» (1971: 104). Y así, cuando se alcanzaba el veinte aniversario del fallecimiento del poeta, ya se había recuperado el discurso interrumpido con el fin de la guerra civil y la victoria del franquismo. Fueron éstos, en verdad, los años de la definitiva canonización de Machado como «San Antonio de Colliure», elevado a enseña de la cultura de la resistencia.

Y fue precisamente Colliure el lugar elegido para la celebración más emblemática, del 21 al 23 de febrero ante la tumba de Machado, así como en el Hotel Bougnol-Quintana donde muere el poeta. La crítica ya se ha ocupado de determinar el sentido de este homenaje (Riera, 1988: 171-176). Convocado por un grupo de intelectuales franceses y al parecer respaldado por el Partido Comunista, el acto de algún modo pretendía, bajo pretexto de exaltar la figura de Machado, reencontrar a los exiliados de dentro y de fuera, según sugería el texto de la convocatoria: «Es ocasión de hacer coincidir en torno al nombre de nuestro gran poeta a los intelectuales españoles separados geográficamente por acontecimientos ya lejanos y cuyas consecuencias es de interés fundamental para España eliminar definitivamente» (en Celaya, 1979: 125). Tomaba, así, un abierto cariz de oposición al Régimen y fue, en definitiva, una conmemoración político-literaria en la que Antonio Machado era erigido en símbolo cívico. Un símbolo que -a decir de uno de los protagonistas del encuentro- vibraba principalmente «en su dimensión de futuro, como algo casi exclusivamente creado por la proyección de nuestra propia esperanza» (Valente, 1971: 219-220).

Representaba para muchos, que asentían a la consigna de reconciliación nacional lanzada por el PCE en los años cincuenta, la encarnación de un espíritu de concordia capaz de congregar en torno suyo a todos los españoles sin distinción de tendencias, tal como subrayaba por ejemplo Celaya, que glosó este y otros homenajes en distintas publicaciones extranjeras. Vale la pena reproducir algunas de sus palabras, por cuanto desvelan en su tono y revelan en su fondo el primero de los significados posibles que el acto adquiría para sus protagonistas:

El homenaje a Antonio Machado se convertía así en nuestras conciencias, a la vez que en un emocionante recuerdo del más grande de los poetas españoles del siglo, en una reivindicación de lo que este hombre entrañado en el pueblo, digno y a la vez pacífico, encarnaba de nuestras preocupaciones actuales, y de nuestra necesidad de manifestarnos contra el clima de guerra civil en que quiere mantenernos el franquismo (1979: 120).

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