Leer es cosa de mujeres y hombres.

La manfiction (ficción de hombres) es la repuesta masculina a la chick-lit, la literatura por y para chicas que arrasa desde hace una década. ¿Podrá el arquetipo de macho de hoy irse de cañas con Bridget Jones?

Ellas escriben su propia historia. Texto: Elena Sierra. Diario Sur. 11.12.2008. 

 

A veces la literatura se convierte en un ring. O en un juego de espejos en los que la imagen aparece tan distorsionada que no se reconoce a sí misma. Todo depende de quién y cómo mire. Si se opta por la visión más peleona, este reportaje comienza como sigue. A la derecha, con muy buenas críticas de sus lectoras, libros que tienen el poder de conectar con la mujer moderna gracias a personajes que viven sus experiencias reales aunque las visten de mucho glamour y los decorados son un poco exagerados. A saber: mucha compra fina, chicas estupendas y valientes, con estudios superiores, profesionales como la copa de un pino, cuernos, ex, aperitivos en las terrazas más de moda, taconazos de aguja y dinero a espuertas para dedicárselo a ellas mismas, y si están generosas a sus amigas, sentido del humor y alguna lágrima, la búsqueda del príncipe azul pero sin pasarse, que ya nadie quiere uno para toda, toda la vida ¿o sí? La vida misma, vamos.

Al otro lado, con la etiqueta de género menor, de gueto construido por y para mujeres, de letras rosas como las que más aunque se vistan de Prada, libros llenos de los estereotipos femeninos más brutales –para darle la razón al machista más obtuso, podría pensarse –, el vacío dentro de los cuerpos hermosos, la eterna juventud y el egocentrismo más exacerbado como fin y medio, las mismas historias de siempre envasadas en papel couché, que queda más bonito y se vende mejor. Las portadas son rosas y llevan bolsos y tacones, para que ningún hombre en su sano juicio se atreva a mirar en el interior.

Libros “chick lit”. En este cuadrilátero, ambos púgiles son el mismo. Son dos reflejos de lo mismo. O mejor, de la misma: la “chick lit”. La literatura para chicas. Son dos maneras diferentes de referirse a un género que muchos definen como novelitas románticas, sin más, y que otros comparan a las creaciones de Jane Austen y las hermanas Brontë, ni más ni menos. Tal vez no estaría de más hablar exclusivamente en femenino, ya que a este tipo de literatura parece que los hombres ni se asoman. Porque estas novelas están escritas por, sobre y para mujeres, y estas autoras no tienen problema en que les pongan la etiqueta. La lucen con orgullo. Es así: retratan el universo femenino para que las lectoras se sientan identificadas.

Sólo mujeres blancas. De ahí otra de las críticas que se le hace a esta estantería literaria: la de que se contenta con describir la vida de las mujeres blancas occidentales, olvidándose de las afroamericanas, las latinas, las asiáticas y las árabes. No es extraño que algunas derivaciones del género vayan precisamente dirigidas a estos sectores, con protagonistas de diferentes razas y colores.

Intereses compartidos. La editora de Esencia, Esther Escoriza, cree que la buena aceptación del género y su cultivo por parte de escritoras y editoriales se debe a que «las mujeres compartimos muchos más intereses que los hombres». Pero «se sabe que el 10% de los lectores de novela romántica son hombres, así que no tiene por qué ser un género sólo para nosotras», explica. De todas maneras, no le parece mal que exista un apartado literario exclusivo para chicas. «¿Por qué no? No es menospreciar ni encorsetar. Es dedicarse a un sector en concreto».

Autoras:

Helen Fielding (1959, (Gran Bretaña). Estudió Lengua Inglesa en la Universidad de Oxford y trabajó como periodista. Ha publicado “Ricos y famosos en Nambula” y dos partes de Bridget Jones: “El diario de Brigdet Jones” y “Bridget Jones: Sobreviviré” (deBolsillo)

Candace Bushnell (1959, EE UU). Es columnista y vive en la ciudad de Nueva York. Es la autora de “Sexo en Nueva York”, “Mujeres de Manhattan«, “Tras la pasarela” y “4 rubias”.

Marian Keyes (1963, Irlanda). Ha sido alcohólica pero ahora sólo se confiesa adicta a los zapatos. Refleja en sus libros la infidelidad, los complejos de inferioridad, el divorcio, la adicción… Es una de las más prolíficas: “Un tipo encantador”, “Claire se queda sola”, “Sushi para principiantes”.

Lauren Weisberger (1977, EE UU). Fue asistente de la jefa de “Vogue”. De sus experiencias en semejante ambiente nace “El diablo viste de Prada” y “Cómo ser lo más de Nueva York”.

Sophie Kinsella (1969, Gran Bretaña). Es Madeleine Wickham, una periodista especializada en temas financieros cuyo personaje de Becky Bloomwood, compradora compulsiva, ha dado para “Loca por las compras”, “Loca por las compras en Maniatan” y “Loca por las compras prepara su boda”, entre otras.


Cuando leer es cosa de hombres. Texto: Jordi Costa. El País.com. 16.01.2009.  

¿Leer es cosa de hembras? Hace unos meses, Stephen King intentaba encontrar una respuesta a tan espinosa pregunta en su columna de la revista Entertainment Weekly después de que algunos profesionales del mundo de la edición le comentasen, con la boca pequeña, que la literatura para el lector masculino estaba tocada de muerte en los tiempos de la chick-lit (ya saben, la literatura escrita por ?y diseñada para? mujeres, preferentemente de la variedad que sueña con ser Carrie Bradshaw mientras la báscula del baño y el bajo índice de amigos solteros en Facebook les intenta decir, a gritos, que están mucho más cerca de Bridget Jones).

Stephen King contraatacaba tomándole prestado un concepto a su hijo, el también escritor Joe Hill: la manfiction, lo que se podría traducir como literatura de consumo hecha a la medida del hombre moderno y que, en la mayoría de los casos, no deja de ser la puesta a punto políticamente correcta y liberada de sus aristas más broncas de la ficción hardboiled de toda la vida. El pulso entre la chick-lit y la manfiction subraya uno de los curiosos usos de la literatura de usar y tirar en la era del simulacro: la ficción como prótesis de la propia feminidad o masculinidad, la lectura como experiencia de autoafirmación para sentirse más mujer o más hombre. O el modelo de mujer y hombre que, al parecer, tiene más mercado: a) la frivolona que puntúa sus polvos cuando charla con sus amigas, antes de seguir buscando a su príncipe azul recorriendo, sobre sus manolos, el sendero de baldosas amarillas de las tiendas de modas, y b) el machote de corazón de oro que sueña con desfacer entuertos mientras vacía su mueble-bar, escucha jazz variante Starbucks y ojea una revista de armas.

MANFICTION: MANUAL DE USO

Monógamo, gayfriendly y alérgico al equipaje. El nuevo arquetipo del género parece romper con el tipo duro de antaño. ¿O no tanto? Revisamos los antecedentes, autores imprescindibles, modelos básicos y hábitos del nuevo macho literario.

El Spillane Chic: «Yo no tengo fans. ¿Sabes lo que tengo? Clientes. Y los clientes siempre son tus amigos». Así resumía su poética literaria Mickey Spillane, creador del personaje Mike Hammer y tatarabuelo de la actual manfiction. En su ideario figuran otras perlas: «Mi trabajo puede ser basura, pero es basura de la buena». En suma, Spillane es el tipo de escritor capaz de provocarle viriles sueños húmedos a un hombre tan poco proclive a valorar las bondades del amor griego como Frank Miller, autor de Sin city. Spillane es, también, la coartada de todo hombre duro convencido de que si te pillan leyendo se te pude ir al garete tu fama de machote: leer una aventura de Mike Hammer, sin duda, no es ninguna mariconada, aunque la obra ilustrada del historietista homoerótico Tom de Finlandia también esté poblada de hombres de una pieza. En todo caso, si a usted le pillan leyendo a Spillane quizás puedan acusarle de sucumbir a la… garrulada.

En el desenlace de “Yo, el jurado”, primera novela protagonizada por Mike Hammer, el detective duro como una roca, llegaba a la conclusión de que la casquivana Charlotte había sido la asesina de su mejor amigo. Cuando Hammer llegaba a casa de la muchacha, ésta intentaba seducirle mediante la socorrida técnica del movimiento sexy, también llamado strip-tease. Después de que Charlotte terminase de desnudarse, Hammer no dudaba ni un momento en apretar el gatillo. Era uno de los finales más rudos y machistas en la historia de la literatura criminal, pero su poder para inflamar imaginarios masculinos sigue siendo considerable. La manfiction tiene esa escena como idea platónica, pero la clave es que nunca se atrevería a llegar a ella.

Los Efectivos: Stephen King elaboraba en un pispás su ranking particular de autores totémicos de la manfiction, aunque no parecía reparar en que en ella se combinaban alegremente el oro y la ganga. En concreto, una única onza de oro – Michael Connelly y un porcentaje mayoritario de artesanos de la prosa autocombustible, cuando no directamente ortopédica. Lee Child, el rey de la manfiction según King, es alguien que maneja la lengua como quien conduce un tractor: si, por ejemplo, se ve en el trance de describir la ciudad de Indianápolis no duda en recurrir al apunte en negativo, afirmando que «todas las ciudades son grises», pero, en un curioso acceso de singularidad cromática, «Indianápolis es marrón». En su novela “Un disparo” -de la que se está preparando la adaptación cinematográfica -, al lector puede crecerle la caspa, mientras Child se esfuerza por describir paso a paso a un francotirador tomando posiciones: «Alcanzó la base del muro y se extendió en el suelo, presionando con fuerza contra el hormigón. A continuación se incorporó hasta adoptar la posición de sentado. Luego se puso de rodillas. Dobló la pierna derecha contra el suelo…». ¿Ya están bostezando? No me extraña: la cosa dura unas líneas más antes de que suene el primer disparo.

Robert B. Parker – que los fans del legendario escritor de novela negra Raymond Chandler consideran heredero del maestro, pues fue el encargado de completar su inacabada “El misterio de Poodle Springs Robert Crais, Richard Stark y Jonathan Kellerman son los otros nombres a tener en cuenta. El prestigio literario les está vedado, pero eso es de blandengues, ¿no?

Los Beta Machos: Aseguran los cazadores de tendencias que a la idea de Macho Alfa le va a suceder la de Beta Macho, que podría tener en Nicolas Sarkozy uno de sus paradigmas. En la novela criminal de la era Playboy, un tipo duro como Travis McGee, creado por John D. MacDonald, se podía cepillar a 200 jacas (perdonen la expresión) en el curso de 21 novelas, pero ahora las cosas son muy distintas. Los tipos duros de la manfiction tienen sus matices: por ejemplo, Elvis Cole, el personaje creado por Robert Crais, viene a ser algo así como un Bogart para la era de la inmadurez, que no tiene rubor en reconocer su complejo de Peter Pan y en decorar su despacho con figuritas de personajes Disney. Y, bueno, la monogamia ya no figura en la lista de fobias del moderno matón: Spenser, el detective creado por Robert B. Parker, tiene incluso una novia marisabidilla que nunca se cansa de recordar que estudió en Harvard. En el fondo, todo lector de la serie desea matarla, pero se contiene… por si el Código Penal contempla alguna variante de la violencia de género aplicable al lector pasivo.

Spenser también tiene apadrinado a Hawk, un brutote afroamericano, y suele recurrir a los servicios de Teddy Sapp, un matón homosexual que pega como el hetero más asilvestrado. Alex Delaware, el personaje de Kellerman, también es un monógamo que puede presumir de amigo gay: Milo Sturgis. En suma, los chicos duros de hoy se preocupan mucho de que nadie les pueda acusar de misóginos, racistas u homófobos.

Cómo ser un Hombre de verdad: Convendría recomendar algo al lector interesado en estos territorios: la mejor manera de no levantar sospechas sobre su rocosa masculinidad es no obtener el producto en esos antros de libertinaje y libre pensamiento que conocemos como librerías. Los quioscos de aeropuertos y los expositores de supermercados ya ofrecen con toda comodidad lo que un hombre alfabetizado necesita para leer como un hombre… de bagaje poco sofisticado. Habrá quien quiera emular a sus héroes: lo primero es olvidarse de eso que suelen llamar revistas masculinas Go, Men’s Health, Gentleman y, en todo caso, nutrir el revistero con publicaciones dedicadas al armamento y a las artes marciales, por ejemplo.

Jack Reacher, el gañán inmortalizado por Lee Child, dibuja el mejor retrato robot del neomacho: ex militar y actual espíritu libre, recorre el país en autobuses de línea y compra su ropa de usar, sudar y quemar cuando ya huele mal en cada parada de varios días. Su única pertenencia es un cepillo de dientes. Por supuesto, Reacher, capaz de matar a un hombre con sus propias manos sin que los huesos de la víctima crujan de manera indecorosa, es alguien que no le hace ascos a las camisas hawaianas y que, en un momento dado, es capaz de conducir un furgón mientras suena un CD de Sheryl Crow a todo trapo. Uno intuye que, de ser español, sería de ese tipo de personas que añoran el Sepu. Sus oídos están familiarizados con el jazz – cabe suponer que no en sus modalidades más abstrusas- y no suele utilizar las subordinadas en el registro conversacional.



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