El Nombre de la Rosa: Origen y Mentiras.


El nombre de la rosa
 
es probable que constituya una de las novelas que todo bibliotecario deba haber leído. Primero porque nos hallamos ante una novela estupenda y, en segundo lugar, porque la trama se desarrolla y gira en torno a una abadía y su biblioteca durante la época medieval. Dentro de toda biblioteca, obviamente se hayan almacenados libros; sin embargo, en esta abadía medieval se encuentra un libro que es capaz de matar durante el transcurso de la lectura. El autor juega entonces con las ideas de un libro que se desea encontrar, a pesar de que según afirman sus detractores religiosos puede corromper el espíritu humano, y que es capaz de matar a aquel que lo lee. Y este último es uno de los planteamientos más ingeniosos de la novela.

Entre las discusiones ideológicas que se suceden en un concilio desarrollado en la abadía, la suposición de los monjes de la llegada del Apocalipsis deducible por los mortales hechos acaecidos, la aparición de la Santa Inquisición para el castigo de los incentivadores del culto al diablo que, liberado, prosigue con sus asesinatos. Mientras tanto, Guillermo de Baskerville y su novicio, Adso de Melk, se muestran dispuestos a averiguar de una forma deductiva qué está ocurriendo realmente. Durante el transcurso de sus investigaciones, el bibliotecario y su ayudante parece que tienen mucho que esconder tras sus impenetrables rostros.

“Pero ahora dime -estaba diciendo Guillermo-, ¿por qué? ¿Por qué quisiste proteger este libro más que tantos otros?¿Por qué, si ocultabas tratados de nigromancia, páginas en las que se insultaba, quizá, el nombre de Dios, sólo por las páginas de este libro llegaste al crimen, condenando a tus hermanos y condenándote a ti mismo? Hay muchos otros libros que hablan de la comedia, y también muchos otros que contienen el elogio de la risa. ¿Por qué éste te infundía tanto miedo?

– Porque era del Filósofo. Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una parte del saber que la cristiandad había acumulado a lo largo de los siglos. Los padres habían dicho lo que había que saber sobre el poder del Verbo y bastó con que Boecio comentase al Filósofo para que el misterio divino del Verbo se transformara en la parodia humana de las categorías y del silogismo. El libro del Génesis dice lo que hay que saber sobre la composición del cosmos, y bastó con que se redescubriesen los libros físicos del Filósofo para que el universo se reinterpretara en término de materia sorda y viscosa, y para que el árabe Averroes estuviese a punto de convencer a todos de la eternidad del mundo. Sabíamos todo sobre los nombres divinos, y el dominico enterrado por Abbone, seducido por el Filósofo, los ha vuelto a enunciar siguiendo las orgullosas vías de la razón natural. De este modo, el cosmos, que para el Aeropagita se manifestaba al que sabía elevar la mirada hacia la luminosa cascada de la causa primera ejemplar, se ha convertido en una reserva de indicios terrestres de los que se parte para elevarse hasta una causa eficiente abstracta. Antes mirábamos el cielo, otorgando sólo una mirada de disgusto al barro de la materia; ahora miramos la tierra, y sólo creemos en el cielo por el testimonio de la tierra. Cada palabra del Filósofo, por la que ya juran hasta los santos y los pontífices, ha trastocado la imagen del mundo. Pero aún no había llegado a trastocar la imagen de Dios. Si este libro llegara… si hubiese llegado a ser objeto de pública interpretación, habríamos dado ese último paso.

© Eco, Umberto. El nombre de la rosa. 

En el trasvase de ideas para una trama del cine a la literatura y viceversa, se afirma que un mal libro puede producir una buena película y que una mala película es producto de un buen libro. No es éste el caso de “El nombre de la Rosa” que fue llevada a la gran pantalla por Jean-Jacques Annaud y cuyo DVD fue editado en 2004  añadiendo contenidos adicionales.

El libro acaba con el último folio de la narración de Adso de Melk, y creo que no voy a revelar ningún secreto, si os digo que finaliza con la frase latina:

STAT ROSA PRISTINA NOMINE, NOMINA NUDA TENEMUS

Que puede ser traducida al castellano por:

  • “Permanece primitiva la rosa de nombre, conservamos nombres desnudos”
  • “De la primitiva rosa sólo nos queda el nombre, conservamos nombres desnudos [o sin realidad]“
  • “La rosa primigenia existe en cuanto al nombre, sólo poseemos simples nombres”
  • la más sencilla y simplificada, “De la rosa nos queda únicamente el nombre”

Bajo esta enigmática frase, el libro se cierra. Muchos creen que esconde la razón del título de la novela. ¿Qué razones aporta Umberto Eco para titular su libro “El nombre de la rosa” de esta forma?

La solución nos la aporta el propio Umberto Eco en sus “Apostillas a El nombre de la rosa:


[…] “
El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho mismo de que toda novela debe de llevar un título.

 

Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. Es imposible sustraerse a las sugerencias que generan Blanco y Negro o Guerra y Paz. Los títulos que más respetan al lector son aquellos que se reducen al nombre del héroe epónimo, como David Copperfield o Robinson Crusoe, pero incluso esa mención puede constituir una injerencia indebida por parte del autor. Le Père centra la atención del lector en la figura del viejo padre, mientras que la novela también es la epopeya de Rastignac o de Vautrin, alias Collin. Quizás habría que ser honestamente deshonestos, como Dumas, porque es evidente que Los Tres Mosqueteros es, de hecho, la historia del cuarto. Pero son lujos raros, que quizás el autor sólo puede permitirse por distracción.

 

Mi novela tenía otro título provisional: La abadía del crimen. La descarté porque fija la atención del lector exclusivamente en la intriga policíaca, y podía engañar al infortunada comprador ávido de historia de acción, induciéndolo a arrojarse sobre un libro que lo hubiera decepcionado. Mi sueño era titularlo Adso de Melk. Un título muy neutro, porque Adso no pasaba de ser el narrador. Pero nuestros editores aborrecen los nombres propios: ni siquiera Fermo e Lucia logró ser admitido tal cual; sólo hay contados ejemplos, como Lemmonio Boreo, Rubé o Metello… Poquísimos, comparados con las legiones de primas Bette, de Barry Lyndon, de Armance y de Tom Jones, que pueblan otras literaturas.

 

La idea de El nombre de la rosa se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa, que por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos: rosa mística, y como rosa ha vivido lo que viven las rosas, la guerra de las dos rosas, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa, los rosacruces, gracias por las espléndidas rosa, rosa fresca toda fragancia. Así, el lector quedaba con razón desorientado, no podía escoger tal o cual interpretación; y, aunque hubiese captado las posibles lecturas nominalistas del verso final, sólo sería a último momento, después de haber escogido vaya a saber qué otras posibilidades. El título debe de confundir las ideas, no regimentarlas”. […]

 

© ECO, Humberto. El nombre de la rosa. Apostillas a El nombre de la rosa. Barcelona: Lumen, 1992. P. 633-634

Por último les dejo con un magnifico artículo de Agustín Fancelli publicado en el Diario El Pais (2005) donde analiza “Las mentiras de El nombre de la Rosa 


umbertoecoTenía ganas de envenenar a un monje”. Ésa fue la razón de peso que Umberto Eco (Alessandria, 1932) da en sus Apostillas a “El nombre de la rosa” sobre los motivos que le habían impulsado a publicar, tres años antes, en 1980, su gran novela histórica. Con anterioridad el profesor de semiótica de la Universidad de Bolonia había sacado sólo ensayos, algunos de tanto éxito como Obra abierta, Apocalípticos e integrados o Lector in fabula que sus discípulos leíamos con fruición.

 

El nombre de la rosa se convirtió de manera fulgurante en un best seller. Y de alguna suerte el admirado profesor dejó de ser patrimonio de aquellos estudiantes para abrazar al gran público. No nos sorprendió: sabíamos de su pasmosa habilidad para saltar de santo Tomás de Aquino a Snoopy, de Supermán a Joyce, del Beato de Liébana a Agatha Christie y Mafalda pasando por Gertrude Stein, los hermanos Marx y la música de Luciano Berio o John Cage. Un tipo así estaba llamado a salirse de los límites del aula.

 

Confieso, en cambio, que sí nos sorprendió que después de aquel boom escribiera las Apostillas. Tras habernos empapado de su Lector in fabula, ¿no habíamos quedado en que el autor era el lector menos adecuado para hablar sobre la obra, el más sospechoso, al poseer una información inaccesible al lector común? ¿No debía el autor morirse, tras publicar, para que fuera el texto, esa máquina siempre perezosa, quien hablara por él interrogada por el lector? Sí, habíamos quedado en eso, y precisamente por eso ahí estaban las Apostillas: para confundirnos una vez más e invitarnos a no creernos nunca al autor.

 

Ese opúsculo, en efecto, está lleno de mentiras jocosas. Pero también contiene una verdad que acaso interese a los lectores de esta colección de EL PAÍS. Se trata de una de las mejores definiciones que puedan encontrarse de novela histórica. Eco distingue tres formas de narrar sobre el pasado. Una es cogiendo ese pasado como mera escenografía o pretexto para dar rienda suelta a la imaginación, al modo de Tolkien. Sus personajes, en efecto, podrían hacer lo mismo en cualquier otro tiempo y lugar y la narración no se resentiría. Una segunda manera es utilizar personajes reales, que podrían haber hecho lo que hacen aunque esto sea inventado, junto a otros personajes ficticios que, en cambio, podrían haber actuado como lo hacen en cualquier otro tiempo y lugar. Es el caso de D’Artagnan y Richelieu en la novela de Dumas. La tercera posibilidad es el de la novela histórica propiamente dicha: no hace falta que los personajes sean reales, pero sí que todo lo que hagan y digan sea lo que hubieran dicho y hecho si hubieran vivido en aquella época. Es sin duda el caso de El nombre de la rosa.

 

Eco crea una Edad Media perfectamente real, perfectamente medida incluso en detalles como la distancia que puede haber entre el hospital y la biblioteca de su misteriosa Abadía, de cuyo nombre -y situación geográfica- el autor no quiere acordarse. Guillermo de Baskerville y su buen discípulo Adso de Melk, que es quien narra la peripecia, pertenecen por entero a esa época, aunque la intertextualidad -y especialmente la excelente película de Jean-Jacques Annaud sobre la novela- nos permitan identificar a ratos al primero con el Agente 007 del MI5 al servicio de su Majestad la Reina (¡qué grande Sean Connery en el papel!).

 

¿Y por qué la Edad Media? “Ni qué decir tiene que todos los problemas de la Europa moderna, tal como hoy los sentimos, se forman en la Edad Media: desde la democracia comunal hasta la economía bancaria, desde las monarquías nacionales hasta las ciudades, desde las nuevas tecnologías hasta las rebeliones de los pobres… La Edad Media es nuestra infancia” (Apostillas, página 78 en la edición de Lumen). ¿Queda suficientemente claro que Eco miente jocosamente, o por lo menos no nos cuenta toda la verdad cuando afirma que escribió El nombre de la rosa para matar a un monje?

Como también miente cuando niega la emoción al protagonista, Guillermo de Baskerville. Sólo hay que repasar cómo, tras las fabulosas siete jornadas transcurridas en la Abadía, se despide de su discípulo, dándole consejos para sus estudios futuros y regalándole las gafas, para descubrir toda la añoranza del viejo profesor por una educación alejada de las prisas, la titulitis y la masificación, solitario camino moral a recorrer con esfuerzo y voluntad. Aunque, eso sí, sin olvidar nunca la ironía. Las páginas dedicadas a la discusión entre franciscanos y dominicos sobre la pobreza de Cristo y la que debiera observar la Iglesia son hilarantes a fuerza de sofismos imperfectos e insultos gruesos: un inteligente late-show… ¡en pleno siglo XIV! En las clases de Eco, en sus libros siempre hay un momento en que te tronchas: el conocimiento es para él una fiesta gozosa.

 

La gran mentira final es el mismo título de la novela. La rosa está tan cargada de significados -míticos, místicos, poéticos, estéticos, políticos, económicos- que acaba por no querer decir nada. Es puro nombre, como lo es en el verso de Gertrude Stein: “Una rosa es una rosa es una rosa…”. Zambúllanse en ese nombre voluptuoso, en esta gran novela, y disfrútenla. Vale la pena”.

 

© FANCELLI, Agustí. Las mentiras de “El nombre de la rosa”. Publicado en Diario El País. Domingo, 25 de septiembre de 2005. Madrid.



Categorías:Artículos, Libros

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5 respuestas

  1. Uno de mis libros favoritos, con un film (raramente) a la altura, en una trama electrizante y muy pero muy dada al debate. Enhorabuena.

  2. Estupenda entrada (como todas) de un libro que marcó un tiempo que quizá ahora añoramos con tanta abundancia de novelas históricas.

    Un saludo.

  3. Adso del Melk,
    Es posible que sea Adso, abad del monasterio cluniaciense de Montier-en-Der, fallecido en el año 992, durante un peregrinaje a Jerusalén; uno de los más fecundos escritores del siglo X. Nacido de padres ricos y nobles, fue educado en la abadía de Luxeuil, y llamado a Toul como instructor de los clérigos e instituido abad de Montier-en-Der en el año 960. Fue amigo de Gerberto de Aurillac, quien nombrado Papa adoptó el nombre de Silvestre II, de Abbon de Fleury y otros hombres famosos de su tiempo. Sus escritos incluyen himnos , vidas de santos y entre ellas, la vida de San Mansueto, Obispo de Toul (485-509), una composición métrica del segundo libro de los Dialogos de Gregorio Magno y un tratado Libellus De Antichristo en forma de carta a la reina Gerberga, esposa de Luis IV (apodado “el Otromaro” o “de Ultramar”). Este último trabajo ha sido atribuido a Rabanus Maurus, Alcuino e inclusive a San Agustín y es citado por Döllinger entre otros escritos referentes a la concepción medieval sobre el Anticristo . Sus obras se encuentran impresas junto con los trabajos de Alcuino (P.L., CI, 1289-93). Otros escritos de Adso también se encuentran con Migne (P.L., CXXXVI, 589-603).
    Bibliografía
    SCHRÖDL in Kirchenlex.; RIVET, Hist. Litt. de la France, VI. 471; D LLINGER, Prophecies and the Prophetic Spirit in the Christian Era (London. 1873), 83.
    Escrito por Francis W. Grey.
    Traducido por Arturo Salinas Guerrero

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