Así era el padre que Kafka despreciaba.

El ensayo biográfico  «El mundo formidable de Franz Kafka» (Alba Editorial), del que LA NUEVA ESPAÑA ofrece un extracto – que reproducimos a continuación – da claves para entender, sin mitificación, al gran escritor del siglo XX.

A medio camino entre la biografía psicológica y la interpretación literaria, este ensayo –que supone una actualización de la bibliografía kafkiana- está construido alrededor de los diarios y correspondencia de Kafka. La complicada situación de la comunidad judía en Europa a finales del XIX y principios del XX, la conflictiva posición de Kafka respecto a su pertenencia a ella, sus antipatías sionistas, la contradictoria relación con las mujeres y la necesidad de escribir vinculada patéticamente con la enfermedad son los temas principales de este ensayo.


El mundo formidable de KafkaFranz Kafka, nacido en 1883, fue el hijo mayor de Herrmann Kafka (1852-1932) y Julie, de soltera Löwy (1856-1934). Eran una familia judía. Dos hermanos varones murieron al poco de nacer. Tuvo tres hermanas menores, nacidas en Praga al igual que él: Elli (1889-1941), Valli (1890-1942) y Ottla (1892-1943), su favorita y confidente. Las tres fueron asesinadas por los alemanes en los campos de concentración. Ante la presión de los boicots y la violencia ejercida por los nacionalistas checos contra los negocios propiedad de «alemanes» -como se llamaba a la población germanófona de Bohemia, ya fueran judíos o gentiles-, Herrmann prescindió en su apellido primero de una r y luego de una n, pasando así a ser Herman. Se trataba de que su nombre sonara menos agresivamente teutónico.

«Praga no te suelta -le escribía Kafka a los 19 años a Oscar Pollak, su mejor amigo del preuniversitario en la Escuela Secundaria-. Esta vieja bruja tiene garras. Uno ha de rendirse ante ella». En la época del nacimiento de Kafka, la «vieja bruja» era la tercera ciudad en importancia del Imperio austrohúngaro, por detrás de Viena y Budapest.

(…) Para cuando Kafka nació, su padre, Herman, se había establecido en Praga como propietario de una tienda de ropa y accesorios de moda para caballeros. Sin embargo, siendo el cuarto hijo de un carnicero kosher de Wossek, un pueblo de unos cien habitantes al sur de Bohemia, Herman carecía de la educación y el refinamiento que le habrían permitido unirse a las filas privilegiadas de la clase media judía asimilada. Kafka se dolía de la costumbre de Herman de restregar en las narices de sus propios y más favorecidos hijos la extrema pobreza y las penurias que había tenido que soportar como hijo de un carnicero.

«Es desagradable escuchar a padre hablar con constantes insinuaciones sobre lo afortunada que es la gente hoy en día y los padecimientos que hubo de soportar él en su juventud. Nadie niega que durante años, por falta de ropa de abrigo, tuviera llagas abiertas en las piernas, que pasara hambre ni que con apenas 10 años tuviera que empujar un carro de pueblo en pueblo, aun en invierno y muy de mañana; pero lo que no hay forma de hacerle entender es que estos hechos, a los que se sumaría el de que yo no haya pasado por todo eso, no conducen en absoluto a la conclusión de que yo haya sido más feliz que él, de que pueda enorgullecerse de aquellas llagas de sus piernas, algo que da por sentado y afirma de entrada, de que soy incapaz de apreciar sus pasadas penalidades y de que, en definitiva, sólo porque no he pasado por esas mismas penalidades debo estarle eternamente agradecido? Y estaría encantado de oírle hablar largo y tendido de su juventud y sus padres, pero escuchar todo esto en tono arrogante y belicoso es un tormento. Una y otra vez, da una palmada y dice: “¿Quién va a entender eso hoy? ¡Qué sabrán los niños! ¡Nadie ha pasado por eso! ¿Cómo va a entenderlo un niño hoy día?”».

Un judío se hace hombre a los 13 años, pasado su «bar mitzvah». Desde ese mismo instante, Herman había estado solo; le pusieron a trabajar para un mercader de Pisek, una ciudad cercana. Aun así, había recibido educación suficiente -probablemente en la escuela judía de Wossek- para saber leer y escribir en checo, que fue siempre su primera lengua, así como en alemán, que hablaba con fluidez. También tenía conocimientos de hebreo para aclararse con el libro de oraciones y para leer la Tora cuando, en la sinagoga, era llamado al púlpito. A los 20 años le reclutó el Ejército. El carnicero kosher había sido un hombre de fuerza prodigiosa, del que se decía que era capaz de levantar un saco de harina con los dientes. Herman salió a su padre. Destacó en el servicio militar y fue ascendido a cabo. De vuelta a la vida civil, volvió a probar fortuna como vendedor ambulante rural, pero, como tantos judíos, encontraba el ambiente político y social de Praga más tolerante. Se estableció allí, y al cabo de un año, en 1882, se casó con Julie. Abrió su tienda de ropa para caballeros, que acabaría convirtiéndose en un negocio mayorista, con la ayuda financiera de sus suegros, los Löwy.

Julie procedía de un entorno menos adverso. Sus padres, integrados y germanófonos, iban una generación por delante de Herman Kafka y su familia en progreso social. Kafka compuso un apunte idealizado de sus antepasados maternos: «Mi nombre en hebreo es Amschel, como el del abuelo materno de mi madre, a quien ella, que tenía 6 años cuando murió, recuerda como un hombre muy devoto y culto de larga barba blanca. Recuerda que la obligaron a agarrar los dedos de los pies del cadáver y a pedir perdón por cualquier ofensa que hubiera podido infligir a su abuelo. Recuerda también la multitud de libros que tenía su abuelo cubriendo las paredes. Se bañaba en el río a diario, incluso en invierno, abriendo con un hacha un agujero en el hielo. La madre de mi madre murió de tifus a edad temprana. A raíz de esa muerte, su abuela cayó en la melancolía, se negó a comer y no hablaba con nadie; en una ocasión, al año de la muerte de su hija, salió a dar un paseo y ya no regresó. Hallaron su cuerpo en el Elba. Más culto aún que su abuelo era el bisabuelo de mi madre. Contaba con el respeto tanto de cristianos como de judíos. Durante un incendio ocurrió un milagro gracias a su piedad: las llamas saltaron por encima de su casa y la respetaron mientras ardían las casas de alrededor. Tuvo cuatro hijos; uno de ellos se convirtió al cristianismo y se hizo médico. Todos murieron jóvenes, menos el abuelo de mi madre, que tuvo un hijo -a quien mi madre conoció como el loco del tío Nathan- y una hija, la madre de mi madre». 

El padre de Julie Kafka, Jakob Löwy, había sido propietario de una mercería en Podiebrad, pequeña villa histórica al este de Praga. Al no entrar en el negocio ninguno de sus hijos, lo vendió y se mudó a Praga, donde se estableció como cervecero, lo bastante próspero para vivir en la casa Smetana, uno de los más nobles edificios de la ciudad. Los hermanos de Jakob poseían también fábricas de cerveza o textiles. En la época en que Herman y Julie se casaron, los matrimonios entre judíos eran concertados; incluso cuando no era así, lo normal era casarse únicamente con el consentimiento de los padres. Herman, pobre e inculto, era un candidato improbable a prometido de Julie. Tal vez su padre y su madrastra temieran que ella corriera el riesgo de convertirse en una solterona: contaba ya 26 años. También puede ser que vieran en Herman buenas cualidades: su instinto comercial, su ambición y su deseo de fundar una familia.

Kafka creía que existía un marcado contraste entre las ramas paterna y materna de su familia. En su «Carta al padre», que entregó a su madre para que se la transmitiera a éste -cosa que ella no hizo-, le decía a Herman:

«…Como padre, has sido demasiado fuerte para mí, y más teniendo en cuenta que mis hermanos murieron siendo niños y mis hermanas nacieron ya mucho después, de modo que hube de cargar con ello yo solo, para lo que era demasiado débil.

Compáranos a ambos: yo, por decirlo de modo muy breve, soy un Löwy con cierto fondo de Kafka que, sin embargo, no es espoleado por esa voluntad vital, comercial y de conquista de los Kafka, sino por un prurito de los Löwy que actúa como un impulso más secreto, más escrupuloso y en otra dirección, y que a menudo no llega siquiera a actuar. Tú, por tu parte, eres un verdadero Kafka por fuerza, salud, apetito, potencia vocal, elocuencia, satisfacción contigo mismo, dominio mundano, entereza, presencia de ánimo, conocimiento de la naturaleza humana y cierta ambición de miras, por supuesto con todos los defectos y flaquezas que acompañan a estas cualidades y a los que tu temperamento, y a veces tu mal genio, te arrastran».

En Algún día: Franz Kafka.



Categorías:Fragmentos literarios, Libros

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1 respuesta

  1. Muy interesante el artículo sobre el mundo de Kafka y la particular visión que tiene de su padre. He leído “Carta al padre” y en ella se puede distinguir un claro tono acusador hacia su padre.

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