Legados literarios.

Oscar Wilde sólo dejó cien libras de herencia. El autor de El retrato de Dorian Gray murió casi desahuciado en un hotel de la capital francesa en 1900. Sin ecos de los éxitos personales y económicos que le llevaron a convertirse en una de las figuras artísticas de la nueva sociedad estadounidense y europea durante el siglo XIX. Las cien libras fueron a parar a su amigo, el periodista y marchante de arte homosexual Robert Ross. Último golpe de un escritor al que un juicio por sodomía en 1895 le terminó de apartar de los círculos sociales en los que brilló durante las últimas décadas del siglo.

Estos datos de la herencia de Wilde son accesibles a través de la web británica Ancestry. El sitio, cuya matriz es la empresa norteamericana Ancestry.com fundada en 1996, tiene 865 millones de registros de la sociedad inglesa. Se recogen certificados de nacimiento, matrimonio y defunción desde el siglo XVI.

Sin embargo, lo más jugoso son los testamentos con los asuntos financieros hechos públicos ayer y que datan entre 1865 y 1941. Un caramelo para los mitómanos, ya que las fechas coinciden con la época en la que fallecieron escritores como Charles Dickens, Arthur Conan Doyle y el propio Wilde, pero también grandes personalidades, como Charles Darwin, filósofos como Karl Marx y el economista John Stuart Mill. “Gracias a estos testamentos, cualquiera podrá averiguar muchas cosas sobre cómo vivió cada uno de ellos, qué heredó y de quién, lo que significa que podrá descubrir también cómo podría haber vivido en otra época”, señaló el director de contenidos de la web, Dan Jones.

Una golosina para fetichistas en la que los dueños de la web también han visto una oportunidad de negocio. Con estos datos, cualquier usuario puede rastrear su árbol genealógico y sorprenderse con la noticia de que su antepasado fue un ilustre escritor o filósofo. Pobre o rico. Y saberlo cuesta dinero. Para acceder a ella es necesario registrarse y pagar 6,86 libras para poder bajarse doce registros como máximo. Una acción encomiable que no oculta el negocio que esconde detrás de los muertos ilustres.

Para estudiosos y curiosos, la publicación de estos datos también arroja luz sobre la vida de insignes intelectuales de la época. En un breve paseo por la página, el usuario ya puede hacerse una idea de cómo vivieron los teóricos del comunismo Karl Marx y Friedrich Engels, cuyas familias tenían un capital muy distinto. Mientras que Engels procedía de la burguesía alemana propietaria de fábricas textiles y vinícolas, Marx era hijo de una familia judía de clase media. Ambos escribieron dos ensayos como El manifiesto comunista y El Capital que buscaban cambiar la estructura económica mundial. Darle la vuelta al sistema.

No obstante, cómo capitalizaron después sus ganancias también fue muy diferente. Si Engels falleció dejando 25.267 libras en 1895 al abogado y traductor de El Capital, Samuel Moore, a Marx sólo le quedaron 250 libras para su hija Eleanor en 1883, fecha de su muerte.

La filosofía no daba demasiado dinero a finales del XIX. Sin el patrimonio familiar, Engels se hubiera encontrado posiblemente en la misma situación que Marx. El dato lo corrobora el de otro pensador como el idealista Thomas Carlyle, autor de Historia de la revolución francesa, que murió en 1882 dejándole 339 libras a su mujer y sus dos hijos. Lo más seguro es que le diera igual. Para los libros de citas han quedado alguno de sus dichos, entre ellos, uno bastante esclarecedor: “Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate”.

Las ciencias, sin embargo, alcanzaron un importante prestigio en la época. Aquel mismo año de 1882 moría Charles Darwin con 146.911 libras en sus bolsillos. Todo fue para su hijo William Erasmus. Es cierto que procedía de una familia acomodada, pero si Wilde tuvo que soportar un juicio por sodomía, en aquella sociedad victoriana tampoco se vio bien que un científico dictaminara que el hombre procedía del mono y no de Dios. A pesar de las críticas de la sociedad más conservadora y más rancia, Darwin supo encontrar su lugar y murió envuelto en billetes con la cara de la reina Victoria.

La política también dejó adinerados cadáveres. Fue el caso de Neville Chamberlain, primer ministro inglés entre 1937 y 1940, quien dejó a su muerte 84.013 libras. Una muy respetable cantidad en los inicios de la II Guerra Mundial.

En el terreno literario hubo escritores que supieron sacarle rédito a sus libros. Quizá el que mejor lo hizo fue Charles Dickens, convertido en uno de los autores más vendidos a finales del XIX. Incluso fue un superventas en EEUU. De su David Copperfield se agotaron 100.000 ejemplares en solo una semana. Había nacido en una familia de clase media -padre oficinista con deudas- y en sus biografías se insiste en que no fue al colegio hasta los 9 años. No supuso ningún problema para convertirse en uno de los escritores más ricos de su época. En la hora de su muerte, en 1870, tenía un patrimonio valorado en 80.000 libras. Las miserias londinenses de Oliver Twist poco tenían que ver con los pasillos en los que se movía el escritor.

El personaje de Sherlock Holmes fue un golpe de suerte para su creador Arthur Conan Doyle. Símbolo de que la novela negra bien cuajada no es sólo un fenómeno de hoy en día, el detective le hizo atesorar al escritor casi 64.000 libras. Al morir, dejó la herencia a su mujer y su hijo Denis Percy. Según los datos del registro, a sus hijas no les legó nada.

Precisamente, una de las curiosidades de la publicación de estos testamentos es poder conocer quiénes fueron los destinatarios de tantas ganancias. En la mayoría de los casos prevalecen los familiares, pero no siempre. Tras su suicidio en 1941, las 16.868 libras de Virginia Woolf, feminista y autora del ensayo Una habitación propia, fueron para su marido, el editor Leonard Sidney Woolf. Precisamente en aquel texto, la escritora dejaba bien claro que si una mujer quiere escribir ficción debe tener dinero y una habitación para ella misma. ¿Decidió ella legar el dinero a su marido o fue una transacción automática por ser el familiar más cercano? El registro no lo aclara, pero lo cierto es que fue él quien se benefició de su herencia.

Lewis Carroll, al que por otra parte tampoco le fue excesivamente bien con Alicia en el País de las Maravillas, prefirió dejar a su hermana Wilfred su patrimonio de 4.145 libras en 1898. Al final de su vida era una de sus familiares más cercanas.

Esta pudo ser también la razón de que el economista John Stuart Mill le dejara todo (14.000 libras) a su hijastra Helen Taylor. Stuart Mill y Harriet Taylor, hija del poeta Thomas Hardy, vivieron una de las historias de amor más intensas de la época. De hecho, cuando ella tenía 18 años se casó con John Taylor y a los pocos años ya tenían tres hijos. Harriet, sin embargo, aspiraba a mucho más que a quedarse en casa cuidando de los bebés. Perteneciente a una familia literata, todo cambió cuando conoció a Stuart Mill. Abandonó a su marido y los nuevos amantes fueron repudiados por sus amigos. Entre los dos desarrollaron nuevas ideas económicas. Enfermos de tuberculosis, en 1853 moría Harriett. Stuart Mill lo hizo veinte años después. De ahí que el dinero fuera a parar a la hijasta del economista.

El poeta y dramaturgo Robert Browning también le dejó todo a su hijo. Falleció en el año 1889, con 16.774 libras de patrimonio. El niño era fruto de su relación con la escritora Elizabeth Barrett, que había muerto casi treinta años antes.

Los amigos están en la segunda categoría de los preferidos por los fallecidos. Además de Oscar Wilde, que mostró su último gesto de amor a su amigo Ross con la donación de aquellas (pocas) cien libras que le quedaban, el autor de La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson, también se acordó de su colega el abogado Charles Baxter en la hora de su muerte. Quizá como algunos personajes de su novela, Baxter fue para Stevenson una de sus inspiraciones. Amigos desde los años setenta del XIX, a él dedicó varios de sus libros y, cuando murió el escritor en 1894, también para él fueron las 15.125 libras.

Las vidas protagonizadas por la mala suerte también tienen su repercusión en los testamentos, que pueden funcionar como el relato de los que no supieron mantener su patrimonio. Entre los ejemplos más evidentes está el del explorador Ernest Shakleton. Había conseguido amasar una fortuna, pero una serie de malas inversiones y un mal olfato para los negocios le llevaron a perderlo todo y a morir en 1922 con 556 libras.

El caso del poeta Thomas Hardy es más misterioso: su familia nunca manejó grandes sumas de dinero, tenía un padre constructor y una madre que trabajó como sirvienta y cocinera. Sus ganancias comenzaron a crecer una vez convertido en escritor de éxito. El registro asegura que dejó una herencia de 91.707 libras en 1928, una fortuna fue a parar a una entidad financiera, el Lloyd Bank Limited, a pesar de que en los últimos años de su vida se casó con su secretaria, Florence Dugdale.

El otro legado, al descubierto. Texto: Aula Corroto . Público.es. 11/08/2010.



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3 respuestas

  1. perdón, llegué por accidente, estaba hablando con mi amiga cuando un inoportuno mosquito se ha detenido en la pantalla de mi teléfono móvil, echaré un vistazo a su blog, [el mosquito ha muerto, lo he chafao]

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