Thomas Pynchon: El enigma de un novelista.

Se sabe de él que nació en Nueva York y que escribió siete larguísimas novelas consideradas sustanciales en la literatura  contemporánea, pero jamás  se muestra en público ni habla con los periodistas y nadie  conoce su cara.

Es curiosa la insistencia en asimilar la invisibilidad de Thomas Pynchon con la reclusión voluntaria de J. D. Salinger. Nada indica que el primero haya pasado la mayor parte de sus días tras la férrea empalizada de una residencia pueblerina, como el segundo, negándose a la curiosidad pública entre la irritación y el desdén. De atenerse a la hiperkinesis de sus ficciones, resulta más verosímil imaginarlo como un nómade, alguien que, portando una de las viejas guías Baedeker que inspiraron sus primeros relatos, se encuentra, por omisión, en ninguna parte y en todos lados. El mismo Pynchon puso los puntos sobre las íes cuando décadas atrás una nota periodística sugirió que Salinger había venido traficando bajo esa firma su teórica producción en las sombras (la clave del argumento era que el autor de El cazador oculto dejó de publicar al mismo tiempo que el otro comenzaba a hacerlo). “Nada mal. Sigan probando”, dicen que dijo. De modo similar, como un gesto desacralizador, habría que entender sus otras intervenciones clandestinas. Sus apariciones, por ejemplo, en Los Simpson (con su propia voz, la cabeza del personaje cubierta con una bolsa de cartón): en la primera, la más recordada, recomendaba el libro escrito por Marge (“A Thomas Pynchon le encantó este libro casi tanto como le gustan las cámaras”) y ofrecía en la calle su autógrafo de “escritor recluso”. O aquella entrega, en 1974, del National Book Award, cuando su editor envió a recibir el premio a un comediante. Aquel actor estrambótico, al que muchos tomaron por Pynchon (a fin de cuentas, nadie le conocía la cara), terminó agradeciendo el galardón a Brezhnev, Kissinger y Truman Capote.

Contraluz ( Against the Day , en el original), la masiva obra de 1337 páginas que dio a conocer a finales de 2006 y acaba de publicarse en castellano, aporta nuevos argumentos para refutar el lugar común de la fobia social o misantropía militante del escritor. Las interminables persecuciones y el elenco de anarquistas que pueblan de lado a lado esta nueva novela, sumados a su clima de folletín popular de aventuras, hace más bien pensar en la figura de otro escritor misterioso, B. Traven, el de El barco de la muerte o El tesoro de Sierra Madre. Traven logró ocultar a la perfección sus verdaderos orígenes, hasta que distintos biógrafos (Michael L. Baumann, entre otros) alcanzaron a develar, años después de su muerte, su identidad. El caso de Pynchon, si se quiere, es más desconcertante por, justamente, lo que se sabe de él. No ostenta, para empezar, ningún nombre de fantasía, y sus actividades hasta entrada su juventud son conocidas, por más que algunos registros burocráticos se hayan volatilizado misteriosamente. Se llama, en efecto, Thomas Ruggles Pynchon, nació en Long Island, Nueva York, el 8 de mayo de 1937; sus antepasados en suelo estadounidense se remontan a una fecha tan distante como principios del siglo XVII. Abandonó sus estudios de ingeniería física para revistar dos años en la marina (durante ese período tuvo lugar la crisis del canal de Suez); luego, retornó a la universidad de Cornell para licenciarse en literatura inglesa. Vera, la mujer de Vladimir Nabokov, aseguró recordar la curiosa letra de sus trabajos, hecha de mayúsculas y cursivas, para los célebres cursos que daba su esposo en aquellos claustros. Más tarde, un amigo renegado confirmaría el dato (Pynchon le habría dicho que no habría sacado mucho en claro de todo aquello debido al indeleble acento ruso del autor de Lolita). Consta además que, tras recibirse, trabajó en la empresa aeronáutica Boeing, con sede en Seattle, para la que redactó folletós técnicos. También que vivió en México (como Traven), en California y, ya durante los años noventa, en Nueva York, donde se casó con una agente literaria y tuvo un hijo.

El arte de la evasión practicado por Pynchon tal vez convenga leerlo a la luz de su propia obra; en particular, en su convicción de que en un mundo estructurado y manipulado por un sinnúmero de sistemas corporativos los individuos se han convertido en un simple elemento estadístico, en peones de un juego que, sin saberlo, les resulta incomprensible. Complejas y laberínticas, paranoicas y conspirativas, repletas de una erudición desquiciada (que entrevera sin complejos cultura alta y popular, ciencia, tecnología, política, historia y todos los etcéteras temáticos disponibles), desbordantes de humor colegial y canciones deliberadamente zonzas, sus novelas se articulan alrededor de búsquedas frenéticas que, en una continua postergación antidetectivesca, ponen el acento en el misterio y no en la solución de los enigmas.

Pynchon extendió su imprevisibilidad a una frecuencia discontinua en las publicaciones. Un primer período incluye tres novelas: V. (1963), El lote de la subasta 49 (1966) y El arco iris de gravedad (1973). Rompió el silencio en 1984 con Un aprendizaje lento , donde recopiló sus primeros relatos de juventud, entre los que figura “Entropía”, que remite a un concepto termodinámico clave para su concepción narrativa, pero que, en el prólogo a ese libro, el mismo Pynchon aseguró no comprender del todo bien. Hubo que esperar hasta los años noventa para que volviera al ruedo con Vineland (1990) y Mason & Dixon (1997). Y otra década más para que, ya entrando en los setenta años de edad, agregara, además de Contraluz , un policial, Inherent Vice (2009), aún no traducido, al que dedicó una segunda incursión “pública” (el lector curioso podrá encontrar en You Tube un spot publicitario de la novela en que Pynchon, en off , se hace pasar por Doc, el protagonista).

La parodia de estilos, la comprensión de la narración como artefacto, el enciclopedismo ilimitado llevaron a que aquellas primeras ficciones -las más importantes, porque en ellas ya se encuentran todas las claves de su literatura- fueran vinculadas con el posmodernismo estadounidense, ese heterogéneo arco de autores que va de John Barth a Robert Coover. Aunque Pynchon tiene un aire de familia con William Gaddis (Los reconocimientos, de 1955, es un antecedente ineludible), en sus obras campea un delirio integral que parece exceder los límites de esa corriente, injustamente opacada por la ola minimalista surgida en la década del 80. Un principio de incertidumbre parece lanzar sus novelas en direcciones siempre imprevisibles. De ahí que uno de sus rasgos más personales, la intromisión de elementos sorprendentes, haya sido tomado por recurso fantástico o -como le gusta señalar a la crítica anglosajona, que no parece entender las implicancias míticas del término- simple adscripción al realismo mágico.

En V., por ejemplo, se investigaba el paradero de una misteriosa Mata Hari que había sido vista en diversos sitios del planeta en momentos de crisis y que sería la madre de Hubert Stencil, uno de los protagonistas. Además de mezclar épocas y tiempos, la novela se entregaba a largas y curiosas digresiones. Por ejemplo, aquellos capítulos en que Benny Profane formaba parte de una brigada que tenía como misión cazar los cocodrilos que se habían reproducido en las cloacas de Nueva York (después de que compradores desilusionados hubieran arrojado por los inodoros de la ciudad criaturas similares a sea monkeys ) o aquél en que un cura, empeñado en catequizar ratas, descubría que una de ellas se rebelaba con un uso perfecto de la dialéctica marxista. La subasta del lote 49, la más breve de sus novelas, satirizaba la vida californiana al mismo tiempo que se intuía una conspiración en la que jugaban papeles clave un par de empresas imposibles de localizar. El arco iris de la gravedad, que tiene como eje la bomba V, transcurre mayormente en Londres, durante los estertores finales de la Segunda Guerra Mundial. En ese minucioso fresco imaginario acribillado de información técnica, donde se siguen las misiones de Tyrone Slothrop y se mezclan, a través de múltiples voces, los devaneos de centenares de personajes, Pynchon lleva a un punto extremo su idea de que la novela contemporánea debe representar el sinsentido de un mundo guiado por fuerzas inaccesibles.

Texto: Pedro B. Rey. Publicado en  ADNcultura. La Nación.28.08.2010. Leer Artículo Completo.



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3 respuestas

  1. Una parte del éxito literario de Pynchon (no todo, claro está) estriba en que es un autor misterioso que nunca se ha dado a conocer. Estoy convencido de que si concediera entrevistas, buena parte de este halo de atracción lo perdería y bajarían las ventas en todo el mundo, pues sus enrevesados argumentos, casi siempre delirantes, no van dirigidos al lector medio.

  2. Otro pitoniso. Pues yo digo que vendería más pero sería más infeliz.

    • Ya somos dos pitonisos señor Corey, felicidades. Fíjese en que el oficio de escritor tiene mucho de adivinatorio, pues salvo quienes planifican todo su camino, el resto lo hace a oscuras, tratando de adivinar por dónde irán los personajes. En este sentido, mi “profecía” sobre Pynchon no deja de ser un tic de lo más literario. Sigamos indagando.

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