El salto del libro a la película (II).

Cine y Literatura, amistades peligrosas. Texto: Salma Rushdie. ABCD.es. Número: 896- 29.03.2009.

“La adaptación, el proceso mediante el cual una cosa evoluciona y se transforma en otra, mediante el cual una forma o manifestación pasa a ser otra diferente, es un fenómeno común en la actividad artística. Los libros se convierten en obras teatrales y películas constantemente; las obras teatrales se convierten en películas y, a veces, también en musicales; las películas se convierten en espectáculos de Broadway y hasta en libros también, gracias al horrible método conocido como novelización. Vivimos en un mundo lleno de transformaciones y metamorfosis. Las películas buenas –Lolita, La pantera rosa– se rehacen como películas malas; las películas malas –El increíble Hulk, Garganta profunda– se rehacen como películas aún peores; las series cómicas de la televisión británica se convierten en series cómicas de la televisión estadounidense, de modo que The Office se transforma en una The Office diferente […]. También los programas de telerrealidad británicos se modifican para adaptarlos a la audiencia estadounidense […].

Proceso insaciable. Las canciones de los grandes artistas son copiadas por los artistas menores; en el día de la toma de posesión [de Obama], Beyoncé interpretó su versión del clásico de Etta James At Last, para gran irritación de la propia Etta James (aunque también es verdad que James parecía estar aún más irritada por la elección de Barack Obama, así que quizás era sólo que estaba de mal humor). Todos estos son ejemplos de la infinidad de variaciones de la adaptación, un proceso insaciable que a veces puede parecer voraz, dispuesto a tragarse el mundo, como si ahora viviésemos en una cultura que no para de engullirse a sí misma de forma que, al final, se habrá devorado a sí misma por completo.

Cualquiera podría hacer una lista de las muchas adaptaciones catastróficas que ha visto; personalmente, mis favoritas son la ridícula película Pasaje a la India, de David Lean, en la que Alec Guinness, en el papel de un sabio hindú, comete la blasfemia de meter los pies en un tanque con agua sagrada; y la mutilación a la que James Ivory somete a Lo que queda del día, de Kazuo Ishiguro, retratando al culpabilísimo aristócrata británico nazi de Ishiguro como un viejecito adorable, descaminado y engañado, más merecedor de nuestra simpatía que de nuestro desprecio.

Mejor que Los Beatles. Pero la adaptación puede ser una fuerza creativa, además de destructiva. Cuando Rod Stewart canta Downtown Train casi iguala a Tom Waits, y cuando Joe Cocker canta With a Little Help from My Friends logra la rara proeza de cantar una canción de los Beatles mejor que los propios Beatles, lo cual resulta menos impresionante cuando se recuerda que el cantante original era Ringo Starr. Actualmente estoy dando un curso en el que se subrayan algunos de los casos en que libros excelentes se han adaptado para crear películas excelentes – La edad de la inocencia, de Edith Wharton, se transformó en La edad de la inocencia, de Martin Scorsese; el retrato de Giuseppe di Lampedusa de la Sicilia de 1860, El Gatopardo, se convirtió en la mejor película de Luchino Visconti; Sangre sabia, de Flannery O’Connor, se transformó en una maravillosa película de John Huston; y con su película Grandes esperanzas, Lean produjo un clásico que puede compararse con la novela de Dickens sin resultar inferior a ella en absoluto, una película que permite al menos a este aficionado al cine perdonarle sus posteriores meteduras de pata con Pasaje a la India.

Hay muchos otros ejemplos de adaptaciones buenas. Hoy en día, poca gente lee la obra maestra francopolaca del siglo XIX de Jan Potocki Manuscrito encontrado en Zaragoza, pero les animo a descubrirla por su alegría y excentricidad, por su surrealista, sobrenatural, gótico y picaresco mundo de gitanos, ladrones, alucinaciones, inquisiciones y un par de hermanas increíblemente bellas que, por desgracia para los hombres a los que seducen, son sólo fantasmas. Sus cualidades fueron captadas a la perfección por el director de cine polaco Wojciech Has en su película de 1965 El manuscrito encontrado en Zaragoza, que deberían ponerse a buscar ya mismo. La película de 1955 de Satyajit Ray La canción del camino no sólo igualaba, sino que superaba, el clásico bengalí de 1929 escrito por Bibhutibhushan Bandhopadyahya, en el que está basada. Huston parece haber sido un adaptador de buena literatura especialmente dotado, y su película Dublineses, basada en Los muertos, de Joyce (tal vez la mejor novela corta escrita en lengua inglesa), da vida al relato de forma vívida y apasionada; aunque justo al final, cuando la cámara enfoca el exterior a través de una ventana para observar la nieve que cae y las famosas palabras de Joyce se apoderan de las imágenes de Huston, hablando de la nieve que caía levemente atravesando el universo y que caía levemente también, como el descenso de su final postrero, sobre todos los vivos y los muertos, recordamos cuál es la diferencia entre la excelencia y la genialidad. Dublineses es una película excelente, pero las últimas frases de la historia de Joyce la superan sin esfuerzo. […]

«La poesía es lo que se pierde con la traducción», dice Robert Frost; pero Joseph Brodsky replica: «La poesía es lo que se gana con la traducción», y la línea de batalla no podría estar trazada de un modo más claro. Mi propia opinión siempre ha sido que, ya se trate de un poema que cruza una frontera idiomática para convertirse en un poema distinto en otro idioma, de un libro que cruza la frontera entre el mundo de la imprenta y el del celuloide, o de seres humanos que migran de un mundo a otro, tanto Frost como Brodsky tienen razón. Siempre se pierde algo con la traducción; y aun así, también puede ganarse algo. Estoy definiendo la adaptación de forma muy general para incluir la traducción, la migración y la metamorfosis, todos los medios por los que una cosa se convierte en otra. En mi novela Hijos de la medianoche, el narrador, Saleem, habla de la elaboración de encurtidos como una especie de proceso adaptativo: «[…] elaborar encurtidos es dar inmortalidad: los pescados, las verduras y las frutas cuelgan envueltos en especias y vinagre; una cierta alteración, una ligera intensificación del sabor, es sin duda una cuestión sin importancia. El arte está en modificar la intensidad del sabor, pero no su naturaleza; y sobre todo […], en darle forma y expresión, es decir, significado».

Lo mismo, pero nuevo. La cuestión de la esencia sigue constituyendo el núcleo del acto de adaptación: cómo hacer una segunda versión de una primera cosa, ya sea un libro, una película, un poema, una verdura o uno mismo, que siga siendo ella misma y aún así algo nuevo que todavía lleve en sí la esencia, el espíritu, el alma de la primera cosa, la cosa que uno mismo, o su libro, o poema, o película, o mango, o lima, era originalmente antes de someterse al encurtido. […]

¿Qué debe uno conservar? ¿Qué debe uno descartar? ¿Qué es modificable, y dónde se debe trazar la raya? Las preguntas son siempre las mismas y la forma en que las respondemos determina la calidad de la adaptación del libro, el poema o nuestras propias vidas.

¿Qué hay de las adaptaciones de los premios Oscar de este año? En 1921, F. Scott Fitzgerald escribió un extraño relato llamado «El curioso caso de Benjamin Button» sobre el nacimiento en la familia de «los jóvenes señor y señora Roger Button» de un bebé varón que nace como hombre de 70 años y luego vive hacia atrás, rejuveneciendo con el tiempo hasta que, al final de su vida, con el tamaño de un bebé y encogiéndose lentamente dentro de su cuna blanca, desaparece en la nada. En 2008, esta pequeña historia humorística fue convertida por Brad Pitt y el director David Fincher en una película de 200 millones de dólares. Sin embargo, la diferencia entre el relato y la película es extraordinariamente grande.

En la historia de Fitzgerald, Benjamin nace como un hombre septuagenario de tamaño normal. Nunca se llega a explicar cómo la señora Button se las arregló para dar a luz a un bebé tan grande sin partirse por la mitad. Además, la señora Button nunca se somete a un reconocimiento. En la historia, la vida de Benjamin transcurre en su mayor parte en el ámbito privado, excepto un viaje para luchar en la guerra entre España y Estados Unidos, mientras que en la película se ve envuelto en tantos acontecimientos públicos de su época que el filme casi podría haberse titulado Zelig al revés, o tal vez Forrest Gump marcha atrás. (El guionista de Forrest Gump, Eric Roth, que escribió ese guión a partir de la novela de Winston Groom, también es responsable del de Benjamin Button.)

Quizás la mayor diferencia entre las dos obras sea que, aparte de compartir la idea de un hombre que vive hacia atrás en el tiempo, las historias son completamente distintas; la película no es realmente una adaptación del libro, sino una creación de Roth casi por completo. Y aunque la película de Roth y Fincher es fundamentalmente una brillante puesta en escena de efectos especiales a la que contribuyen las dos excelentes interpretaciones de Pitt y Cate Blanchett, al final no tiene nada de particular que decir. Al menos, la historia de Fitzgerald es una comedia sobre el esnobismo y la vergüenza que, aunque mantiene deliberadamente un tono banal y ligero, satiriza maravillosamente las actitudes sociales del Baltimore de finales del siglo XIX y principios del XX.

El Holocausto al revés. Todo el mundo acepta que relatos y películas son cosas diferentes y que el material original debe modificarse, incluso de manera radical, para que pueda funcionar bien en el nuevo medio. Las únicas preguntas que interesan son cómo y cuánto. Sin embargo, cuando el original prácticamente desaparece, es difícil saber si al resultado se le puede siquiera llamar adaptación. Después de todo, hay otras historias muy conocidas sobre retrocesos en el tiempo que son anteriores a la película de Fincher y Roth. En la novela de 1991 de Martin Amis La flecha del tiempo se cuenta la historia del Holocausto al revés, de forma que, en una escena extraordinaria, unos amables médicos nazis de un campo de concentración sacan oro de sus almacenes privados y lo usan para fabricar empastes para los dientes de pacientes judíos. Pero en La flecha del tiempo todo va hacia atrás, no una sola vida. Quizás el ejemplo más conocido de otro retroceso similar al de Button es el del personaje del mago Merlín en el clásico de 1938 de T. H. White La espada en la piedra, que también fue objeto de una adaptación al estilo Disney sobre la que es mejor correr un tupido velo. Merlín, el maestro del chico conocido como Wart, el futuro Rey Arturo, vive hacia atrás en el tiempo, y por eso tiene la gran ventaja de conocer el futuro, mientras que se siente confuso sobre el pasado. Button no tiene esa suerte. Es viejo y robótico, pero tan ignorante como un bebé recién nacido. Por otra parte, se convierte en Brad Pitt al crecer, así que no todo es malo.

Extrema pobreza. ¿Y qué puede uno decir sobre Slumdog Millionaire, adaptada de la novela ¿Quién quiere ser millonario?, del diplomático indio Vikas Swarup, y dirigida por Danny Boyle y Loveleen Tandan, que ha ganado ocho Oscar, incluido el de mejor película? Un filme optimista sobre los espantosos suburbios de Bombay, una película sobre la pobreza extrema fotografiada con opulencia, una mirada romántica y bollywoodiense a la dura y poco romántica cara sórdida de la India. Bueno, es optimista, ¿a que sí? Y para remate, hay una sensacional secuencia de baile a lo Bollywood al final. (En realidad, es una secuencia de danza sorprendentemente mediocre incluso para lo que es habitual en Bollywood, pero da igual.) Probablemente es inútil que diga nada en contra de una película tan popular, pero permítanme intentarlo.

Descargar artículo original impreso (PDF) – Hemeroteca ABC.es.

En Algún Día │El salto del libro a la película.



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