La voz del maestro.

El 27 de Enero de 2009 fallecía John Updike, a quien el escritor británico Martin Amis califica como «El mayor virtuoso literario desde Nabokov». Los relatos finales del creador de Harry «Conejo» Angstrom centran este artículo pubicado en ABCD este 25 de Julio .

El siguiente fragmento de prosa contiene dos cosas incorrectas: una grande y otra pequeña (un error desafortunado y otro garrafal). Léanlo con atención. Si pueden identificar ambas, tienen lo que se conoce como oído literario.

Craig Martin empezó a interesarse por los rastros dejados por los anteriores propietarios de su tierra. En la flor de su vida, cuando trabajaba todos los días de diario y hacía vida social todo el fin de semana, le había preocupado bastante poco su tierra.

El fallo más leve es la proximidad de días y diario. Esto produce una rima disonante e idéntica en la primera sílaba; y, además, las dos palabras son, etimológicamente, medio hermanas, por lo que nunca se las debería dejar a solas sin muchas carabinas de por medio. ¿Y el fallo más grave? La primera frase termina con las palabras «su tierra»; y lo mismo, con un eco sordo, le pasa a la segunda. Simples nimiedades, dirían algunos. Pero nos estamos refiriendo a John Updike, que puede que fuera el mayor virtuoso del estilo literario desde Nabokov (quien, a su vez, puede que fuese el mayor virtuoso del estilo literario desde Joyce).

Por tanto, éste es el retrato del artista ya anciano: un panorama turbio y glutinoso (y de interés cada vez más apremiante para el que escribe, que se va acercando a los 60). Mi impresión general es que los escritores, a medida que envejecen, pierden energía (inspiración, musicalidad, intuición para las imágenes) pero ganan destreza (el truco de saber dónde tienen que ir). La ciencia médica nos ha brindado un nuevo fenómeno: la novela escrita por octogenarios. Y uno piensa, con respeto, en Ravelstein, de Saul Bellow, y en El castillo en el bosque, de Norman Mailer; pero nadie podría comparar en serio esos libros con El legado de Humboldt y El fantasma de Harlot. Updike tenía 76 años cuando murió. Y, durante muchos años, padeció una sordera parcial. No sé (quizás nadie lo sepa) si ambos males están relacionados, pero el hecho es que, en My Father´s Tears and Other Stories [Las lágrimas de mi padre y otras historias] – reseña en The Guardian – , Updike está en vías de perder el oído.

Este artículo no se habría escrito si el objeto del mismo viviese todavía. En las tres últimas décadas, he publicado unas 15.000 palabras de elogios más o menos incondicionales de John Updike, y sus logros siguen siendo imperecederos. La página más asombrosa de la nueva colección es la que lleva el título «Libros de John Updike»: sesenta y dos volúmenes, muchos de ellos enormemente largos. Su productividad era sobrenatural: le hacía a uno pensar en un embarazo por una fecundación in vitro descontrolada, o en una afección fisiológica (¿presión sobre la corteza cerebral?), o (lo que es más realista, dada su niñez ensombrecida por la Depresión) en una ética del trabajo protestante llevada al extremo del fanatismo radical. My Father`s Tears es el último libro de Updike, y quizás el menos destacable. Pero termina, de todas formas, con el rayo de esperanza, la promesa incumplida, de un final más feliz.

Admiración incrédula. Ahora los lectores deben prepararse para las citas y para un aluvión de métricas falsas, refiriéndome a esas rimas y reiteraciones y repeticiones involuntarias, esos tropiezos, esas excrecencias y asperezas que todos los escritores esperan suprimir de su obra (o al menos minimizar de forma radical: uno nunca consigue eliminarlas todas). La prosa de Updike, esa fantástica máquina de eufonía, de percepción sobresaliente y de un ingenio despiadado y compasivo a la vez, ha perdido su rumbo en este libro. Antes, uno solía releer las frases de Updike con un sentimiento de admiración incrédula. En este caso suele ocurrir que uno las lee preguntándose a) qué significan, o b) por qué están ahí, o c) cómo han sobrevivido a la redacción, al repaso sistemático y a la revisión sin provocar un espasmo de autocorrección horrorizada.

Fíjense en lo siguiente:

ants make mounds like coffee grounds… [las hormigas hacen montículos como posos de café…]
polished bright by sliding anthracite… [a los que sacan brillo restregando con antracita…]
my bride became allied in my mind… [mi novia se convirtió en aliada en mi mente…]
except for her bust, abruptly outthrust… [excepto por su pecho, abruptamente prominente…]

Este cuarteto no es un ejemplo de la rima ligera de Updike; las líneas constituyen cuatro ejemplos separados de prosa gratuitamente descuidada. De forma similar: una frase contiene «andando» y «andén»; otra contiene «a sabiendas» y «sabía»; otra contiene «año», «anuario» y «año».

«Porque, ¿qué es todavía más íntimo que el sexo que no sea la muerte?» Bueno, uno sabe lo que quiere decir (después de un momento o dos), pero ¿no debería ese «que no sea» ser un «sino» (lo cual, estoy de acuerdo, tampoco sería mucho mejor). «Fleischer había logrado, en privado, lamerle los pies.» ¿Logrado? Y desde luego no es necesario que nos digan que Fleischer no le lame los pies en público. O fíjense en ésta (sacada del relato que da título al libro), como ejemplo de frase que reclama una vuelta a la mesa de trabajo. «Él era más alto que yo, aunque yo no era bajo, y me di cuenta, con su cálida mano cogida de la mía mientras trataba de sonreír, de que tenía una perspectiva distinta de la mía.»

Superficie verbal. No hay que ser muy listo para darse cuenta de eso; y para cuando uno llega al «de la mía» repetido, esa «i» (que se repite en «tenía» y «cogida» y «perspectiva» y «distinta») resulta tan hipnóticamente conspicua como, por ejemplo, «anticonstitucionalmente». Pongamos fin a estas dolorosas citas con lo que puede que sea la estación más indolente que alguna vez haya plasmado en un papel una pluma de primera fila (y tan fácil de arreglar cambiando «otoñar» por «madurar»): «Las uvas destrozan los ladrillos en el otoño; nadie se plantea siquiera recogerlas cuando otoñan». De todas formas, lo más ridículo de esta frase es su imponente punto y coma.

Considerados como meros textos narrativos, los relatos son tan discretamente inconclusos como suelen serlo las historias de Updike; pero ahora, desprovistos de una superficie verbal sonora, a veces parecen no ser ni de aquí ni de allí: productos de nada más que un hábito profesional. Además, se percibe también una pérdida de control organizativo y, en uno de los casos, una pérdida de todo sentido de la propiedad. Se trata de «Varieties of Religious Experience» [«Variedades de experiencia religiosa»], que está dedicado al 11-S. Primero tenemos una descripción bastante impresionante de la caída de las torres por parte de un testigo presencial; luego Mohammed Atta pidiendo su cuarto whisky en un bar de gogós de Florida; luego un ejecutivo en la Torre Norte unos minutos después del impacto; luego el vuelo United 93 y la rebelión de los pasajeros (extrañamente vista desde lejos). Este relato aparecía en noviembre de 2002: fatalmente prematuro y fatalmente inmerecido. La muerte, que en el resto de su obra se presenta como infinitamente misteriosa, augusta y regia (como «la cosa distinguida», citando las últimas palabras de Henry James), es tratada aquí sin decoro y sin gusto.

Merma interior. He dicho antes que My Father´s Tears contiene el rumor de un final feliz. Estos relatos se presentan en orden cronológico, y al cabo de un rato, el lector siente un suspense inquietante. ¿Hasta dónde llegará la degeneración? ¿Serán las últimas páginas un galimatías puro y duro? Esto no sucede; y la perdida confianza en el autor empieza a recuperarse en parte. La prosa gana en solidez y equilibrio; Updike, aquí, apunta más bajo y evoca con éxito la «merma interior», el cada vez más estrecho horizonte que impone el tiempo. Puede que ésta hubiera sido la ultimísima fase de Updike. Y el lector cierra el libro con una tristeza impaciente porque la muerte nos haya privado de ella.

«The Full Glass» [«El vaso lleno»], la última historia, me parece discretamente innovadora, como el final de «The Walk with Elizanne» [«Paseo con Elizanne»], donde la imaginación literaria rescata audazmente una memoria que falla. V. S. Pritchett, en su 90º cumpleaños, me decía en una entrevista: «A medida que uno se hace mayor, se vuelve muy aburrido y denso. Los pensamientos de uno son prolijos, mientras que antes eran realmente más bien agradables e inquietos. El relato es una forma de viajar… Viajar a través de mentes y situaciones que te revelan su extrañeza. La vejez mata los viajes».

Sugiero sin ironía que el último reto de Updike podría haber sido el de convertir la prolijidad en arte, y hacer el aburrimiento interesante.

La edad aplaca al escritor. El destino más terrible de todos es perder la capacidad de dotar de vida a las creaciones de uno (las creaciones, en otras palabras, están muertas en principio). Otros novelistas simplemente se desenamoran del lector; esto es cierto en el caso de James, y también en el de Joyce (a quien, para empezar, nunca le importó demasiado el lector: lo que le importaban eran las palabras). Pero no en el de Updike, ni siquiera en estas páginas imprecisas y disipadas. Como se puede leer en algún poste de su adorado Estados Unidos rural (al acercarnos a algún pequeño y estoico municipio), aquí las historias están «densamente pobladas». Las creaciones de Updike viven, y el amor del autor es lo que las sustenta. Lo expresó de forma muy sencilla en A conciencia, su libro de memorias: «La imitación es un elogio. La descripción expresa amor». Ese amor, al menos, nunca llegó a debilitarse.



Categorías:Artículos

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