Literatura y Erotismo.

El Museo Thyssen abrirá las puertas a Eros en una de las citas ineludibles de la temporada. Pero Eros siempre ha estado ahí, desde el principio de los tiempos, en todas las partes y artes, de la literatura al cine.

La erótica de Eros. Texto: Andrés Ibáñez.  ABCD.es. 10.10.2009 – Número: 919.

Solemos caracterizar un libro comercial y muy vendible como uno lleno de «sexo y violencia». Pero lo cierto es que los libros muy comerciales, los famosos best sellers, los libros de entretenimiento, raramente contienen escenas de sexo. La violencia abunda en todos los géneros literarios, pero especialmente en los que buscan el interés inmediato de los lectores: las novelas negras suelen comenzar (a veces ya en la primera frase) con un horrendo asesinato, y las narraciones históricas son pródigas en torturas, matanzas y ejecuciones. El sexo, por el contrario, brilla por su ausencia. Hay excepciones, claro. Por ejemplo, uno de los atractivos de “Crepúsculo”, de S. Meyer, es la sensualidad perezosa y contenida de esas escenas entre los dos adolescentes que no pueden tocarse (porque él es un vampiro, es decir, porque desea demasiado a su pálida amiga). Y están aquellos libros de Harold Robbins de los setenta. Pero en general, la famosa descripción «un libro lleno de sexo y violencia» es una frase vacía.

¿Deberemos entender, entonces, que en realidad, y pese a lo que todos nos hemos acostumbrado a pensar, el sexo interesa poco a los lectores? Esa es la impresión que da. No sólo el sexo y las escenas de sexo, sino la simple sensualidad, el erotismo e incluso el amor son ingredientes más bien raros en la literatura contemporánea, y muy especialmente en la literatura «comercial» cuya intención debería ser, supuestamente, la titilación del lector. ¿Las causas de esto? Probablemente dos: la inmensa dificultad que entraña la pintura de encuentros y sensaciones eróticas y el hecho de que la mayor parte de la literatura la escriben hombres.

Escribir escenas eróticas debe de ser muy difícil, como bien sabe cualquier lector que haya tenido que enfrentarse a la embarazosa cursilería o, casi sin grados intermedios, al desagradable fisiologismo en que suelen desembocar este tipo de episodios. Incluso un maestro exquisito del lenguaje como Rainer Maria Rilke se convierte en un zafio y en un torpe cuando pretende, en sus célebres «poemas fálicos», hacer una poesía directamente erótica. La cursilería de las metáforas fálicas de Rilke recuerda a los «relatos eróticos» que llenan las revistas llamadas «para hombres».

Una de las dificultades de escribir literatura erótica está en el carácter fisiológico que tiene la sexualidad. Pensemos, por ejemplo, que el caviar es un alimento delicioso y un canapé de caviar algo altamente deseable para muchos de nosotros. Pero una descripción detallada de cómo las minúsculas esferas estallan en la lengua derramando un líquido viscoso que se mezcla con la saliva tibia y se desliza a continuación garganta abajo puede resultar francamente repugnante. Es lo mismo que decía Jeremy Irons de la dificultad de las escenas eróticas de “Herida”: son cosas que se hacen, pero que nunca vemos hacer a otros. A pesar de todo, tenemos, claro que sí, grandes escenas eróticas en la literatura: el cuento “Inocencia”, de Harold Brodkey (en Historias casi a la manera clásica); las épicas escenas de sexo de “La crucifixión rosada”, de Henry Miller; el encuentro erótico que ocupa gran parte de “La noche en casa”, de José María Guelbenzu; las escenas llenas de términos latinos de “La versión de Roger”, de John Updike? Y “Ada o el ardor”. Claro está, probablemente la cima de la literatura erótica de todos los tiempos.

En cuanto al segundo tema, me gustaría no haberlo sacado a colación, porque es el típico lío peliagudo del que es difícil salir bien parado. ¿Es la literatura erótica más cosa de hombres o de mujeres, más de lectoras o de lectores, más de autores o de autoras? Una leyenda bien conocida dice que el «amor romántico» lo inventaron unas damas de Provenza. Pero vean estos versos de la poetisa ecuatoriana Márgara Sáenz: «Me tocabas probándome y fui un durazno de esos que se abren con la mano». ¿Corresponde esa maravillosa imagen a un psiquismo masculino o femenino? Yo no sabría decirlo, y no me parece que la diferenciación por sexos acabe de funcionar en este asunto. Arundhati Roy tiene un erotismo visual y fisiológico tan «masculino» como el de Norman Mailer. Los relatos de Bénédicte Martin (que aparece en la portada de su “Warm up” levantando su vestidito blanco y mostrando unas actractivas bragas rojas) suelen estar escritos desde un punto de vista masculino. Dejando atrás a Simone de Beauvoir y “El segundo sexo” y a Bataille y sus pintorescas teorías sobre el sexo, el mal y la «transgresión», la gran teórica moderna del erotismo en la literatura es Camille Paglia, a la que podríamos definir como «anti-feminista» y que es además una curiosa defensora de la pornografía. Claro que ella ve pornografía hasta en Miguel Ángel. También es pornógrafa Ovidie, autora de un “Porno manifesto” donde afirma que el concepto de «transgresión» de Bataille está transnochado y resulta hoy en día burgués.

Lo cierto es que el país que más interés muestra por la literatura erótica es Francia, y que la mayoría de los autores de libros verdes de este país son mujeres, muchas de las cuales cuentan sus propias experiencias, cómo la célebre Catherine Millet, o la ex actriz porno Sylvia Bourdon, autora de “El amor es una fiesta”, o la joven y bellísima Vanessa Duriès, que contaba en “La atadura” sus propias vivencias como esclava y que murió con 21 años (en 1993) en un accidente de tráfico. La lista podría seguir y seguir.

Lo último es la recién llegada Charlotte Roche, británica que escribe en alemán, cuya novela “Zonas húmedas”, que ha sido calificada por The Sunday Times como «el libro más osado que se haya escrito jamás sobre el cuerpo de la mujer», está llena de sexo, intervenciones quirúrgicas y procesos fisiológicos detalladamente descritos. Pero la sensación principal que produce su lectura es asco. Hay, por ejemplo, largas, insoportables descripciones de hemorroides. Lo cual nos hace preguntarnos a qué responde en realidad la «osadía» de Charlotte Roche. Más osados son los manuales médicos. Pero esos no queremos ni verlos.

En Algún Día:

Sexo sin libros, libros sin sexo.
Literatura, Moda, Erotismo y Amores.
Erótica de la lectura.
Narrativas Nº 10: Monográfico sobre Literatura y Erotismo.
Cinco Cartas apasionadas ¦ Amores Literarios ¦ Carta de amor de Françoise Sagan a Jean Paul Sartre.



Categorías:Artículos

Etiquetas:, , , , , , , , , , ,

2 respuestas

  1. Muy atrevido Sr Alguien, muy atrevido

  2. “Trata de guardar, poeta,

    aquellas eróticas visiones tuyas,

    aunque pocas puedan ser las calmadas.”

    Kavafis titula a este poema suyo “Cuando se aviven”.

    Así que yo…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: