El Espía.

El espía. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 06.12.2009.

“A Germán le gusta perseguir sospechosos. Empezó trabajando de guardia de seguridad en una fábrica de tejidos. Estaba en el turno de noche. A esas horas la fábrica estaba cerrada y él pasaba el tiempo sentado frente a unos monitores de televisión que mostraban espacios vacíos. Cuando se cansaba de tener la mirada fija en las zonas estratégicas de la fábrica, salía a la calle y daba vueltas alrededor del edificio solitario. Iba armado. Sin embargo, en toda su vida sólo había disparado a siluetas de papel, dianas de cartón y latas de refrescos. No tenía mala puntería, al contrario. Una vez disparó a un pájaro con una escopeta de perdigones y lo mató sin querer. No creyó que pudiera acertar a un blanco en movimiento. A partir de entonces tomó el firme propósito de no volver a disparar jamás a ningún ser vivo.

El día que unos delincuentes entraron a robar a la fábrica por la ventana del primer piso, Germán los vio en una de las pantallas y llamó inmediatamente a la policía. Después desenfundó la pistola, subió por la escalera y lanzó un grito intimidatorio. Le respondió el silencio. Estaba sudando y tenía miedo de matar a alguien sin querer, como sucedió con el pájaro. En ese momento, una voz invisible suplicó que no disparara. «¡Salid de ahí con las manos en alto!», gritó Germán. De nuevo, el silencio. De pronto, se oyó una sirena y el reflejo de una luz intermitente parpadeó en las ventanas del primer piso de la fábrica de tejidos y confecciones. Germán vio, a pocos metros de él, dos muchachos que huían despavoridos por la ventana como pájaros asustados. Apuntó a uno de ellos y disparó. Luego al otro. No llegó a apretar el gatillo en ninguna de las dos ocasiones. Sólo emitía con su voz el sonido de los disparos: ¡Bang!, ¡Bang! Ya dije que era incapaz de matar a nadie. Luego sonaron cuatro detonaciones y le vino a la memoria la visión del pájaro que cayó fulminado. Al salir a la calle vio los cuerpos de los dos muchachos sobre un charco de sangre.

Desde aquella noche, Germán se dedica a vigilar por su cuenta las tiendas de la ciudad. No lleva armas, ni esposas, ni va uniformado. A veces, me cruzo con él en alguna de las plantas de los grandes almacenes. Lo veo hablar solo. Se pone la mano o la muñeca en los labios, como si llevara un micrófono oculto bajo la piel, y se comunica con voces invisibles como la voz de los muchachos muertos. Le oigo repetir: «¡No disparéis, no disparéis!». Después persigue sospechosos que miran libros o películas. Me vigila a mí y habla con su mano vacía, con el dorso de su muñeca, como un agente secreto. Hasta que llega la noche, llega a su casa y se sienta frente a la pantalla oscura del televisor”.

En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.



Categorías:Pareceres

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1 respuesta

  1. Una vez disparé a un pájaro con una escopeta de perdigones y lo maté sin querer…

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