Diccionario de la lengua: lectura.

f. Acción de pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados. 2. Obra o cosa leída. Las malas lecturas pervierten el corazón y el gusto. 3. Interpretación del sentido de un texto.

Nací en una casa llena de libros. Los había en el baño, en la cocina, en el comedor, junto al teléfono. Por todas partes se acumulaban libros, sobre todo en la cama de mis padres y a los costados, donde crecían torres altísimas de jenga. Mi padre es un lector adicto, omnívoro; como Cervantes, lee todo lo que cae en sus manos, no puede dejar de leer. De hecho, para él, la lectura es una segunda forma de vida, más hospitalaria, menos hostil, el único lugar habitable para los exiliados de la vida. Mi madre, por su parte, es editora, es decir, una lectora infatigable que trabaja horas extra para que otros lectores se tiendan a pierna suelta a leer. A pesar de eso, mi hermana y yo nunca fuimos lectoras precoces y durante los primeros años de nuestra existencia los libreros de la sala fueron empleados, más bien, como edificios de departamentos donde habitaban, con sus pequeñas historias, los personajes de nuestro juguetero. Pero los libros fueron siempre presencias familiares y el acto de leer nos parecía tan natural, tan imprescindible, como bañarse o comer.

A partir de cierto momento, la historia de mi vida se confunde con la historia de los libros que he leído o que he dejado de leer. Recuerdo especialmente el día en que mi padre quiso iniciarme en «las grandes lecturas». Sucedió cuando enfermé de hepatitis, en plenas vacaciones de verano. Mi padre, más preocupado por el estado de mi ánimo que por el de mi hígado, corrió a buscar lecturas para acompañar mi convalecencia. Él, que había pasado buena parte de su vida leyendo en la cama, pensaba que no había mejor postura para leer que la posición horizontal. Me prestó un ejemplar de “La Montaña mágica”, de Thomas Mann, un libro que prometía algún tipo de aventura en el título. Cuando comencé a leerla mi decepción fue enorme: las páginas de aquella novela olían a hospital, parecían sábanas para enfermos. La trama transcurría en un sanatorio de Davos, Suiza, donde un grupo de tuberculosos, un poco menos jóvenes que yo, pasaba largas temporadas mirando sus radiografías en posición horizontal. Aquellos hombres y mujeres exiliados de la vida dedicaban buena parte de su tiempo a leer y  hablar sobre libros, y es posible que mi padre creyera que encontraría en ellos alguna complicidad, una especie de empatía en el dolor. Sin embargo, lo que yo buscaba eran escenarios distintos, descampados que me sacaran del cautiverio de mis cuatro paredes. Arrojé el libro y me puse a buscar compañía por mi cuenta, hasta que di con Cortázar, Twain, Kino,  que me reconciliaron de inmediato con la lectura.

Cuando cumplí quince años, mi padre me regaló “Silogismos de la amargura” de E.M. Cioran, otra lectura drástica.  Sin embargo, parecía haber entendido algo: en la lectura no siempre se busca un espejo, sino un más allá; no una cercanía empática, sino una distancia (un lente distinto) capaz de descifrar lo que pasa inadvertido a la mirada convencional. Visto desde lejos, el regalo me parece un gesto genial, contrario a todos los prejuicios más difundidos sobre la lectura, cuando se trata de un grupo específico (púberes, menores de edad, chicas a punto de convertirse en mujeres, lectores no iniciados en la filosofía, mujeres púberes o no iniciadas en la filosofía o menores de edad o mujeres a secas). En realidad, no hay edad ni condición para esta clase de regalo, y desde que leí a Cioran me convertí en lectora de fragmentos y aforismos, con dificultades para entregarme al «calendario de los hechos», a veces demasiado obvios, de las novelas.

A diferencia de la horda de generaciones de lectoras que me precedieron, nunca tuve que esconder un libro de Sade bajo la tapa de la Biblia, ni que entretenerme con las series encuadernadas en rosa, ni que volverme monja o cortesana para leer lo que me viniera en gana. Tal vez por eso, las novelas escritas por mujeres sobre mujeres generalmente me aburren. Me parecen lecturas tautológicas. Como me sucedía con “La montaña mágica” leída desde mi cama de convalecencias. Creo, como W.H. Auden, que el libro tiene que estar de algún modo en desacuerdo con el lugar en el que se lee, o dicho en otras palabras: debe hacer un espacio para la crítica, la duda y la ironía.

Diccionario de la lengua: lectura. Una palabra de Vivian Abenshushan | Nº. 82. Etiqueta Negra.



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