El hombre que murió demasiado tarde.

 

A diario, muchas veces, sentado ante mi escritorio, toco el dolor y la pérdida como quien toca la electricidad con las manos desnudas, pero no muero. No sé cómo se produce este milagro.
DAVID GROSSMAN.

 

«Alguna vez he tenido la tentación de imitar la conducta de mi padre y poner fecha de caducidad a la vida. A fin de cuentas he heredado sus mismos hábitos, sus gestos, sus temores, y solo me falta vivir el mismo tiempo. Lo que mi padre ignoraba era que en 1974 no le quedaban tres años y medio de vida, sino catorce. La muerte le concedió una tregua de diez años, pero eso no le afectó porque ya se había enterrado en vida cuando decidió refugiarse en La Araña. Lo único que le diferenciaba de los muertos era que ellos no mantenían conversaciones entre sí, mientras que mi padre pasaba el tiempo hablando con los muertos. Paseaba con ellos por la playa y al caer la tarde se reunían alrededor de una mesa en el bar del Comunista. Después seguían dialogando en la casa de Javier Cisneros. Una tarde que fui a visitarlo, me confesó que se identificaba con “El hombre que murió demasiado tarde”, una novela de El Coyote que había releído la noche anterior:

—Denis cometió un error al invitar a Solita a que disparase contra él. Claro, que estaba seguro de que no se atrevería a apretar el gatillo, pero ella se atrevió. Y Denis murió, aunque murió demasiado tarde. —Eso dijo mi padre mientras pensaba que la soledad también tardaba demasiado en disparar contra él.

Mi padre se rodeaba de los ausentes para comentarles en voz alta las noticias de los periódicos atrasados que le habían llamado la atención. Cuando yo iba a visitarlo, me repetía las mismas historias. Como el caso de aquella anciana que desenterró los cuerpos embalsamados de su marido y de su hermana melliza para vivir con ellos durante más de diez años. Hasta que uno de esos vecinos que matan el tiempo fisgoneando en la vida de los otros la denunció a la policía. Fue una tarde que ella se dejó la puerta de la calle abierta y el inquilino del piso de arriba descubrió a los tres sentados en el comedor. La anciana no tenía la sensación de hacer nada malo, al contrario, ¿acaso no era una demostración de amor eterno permanecer después de la muerte con los dos seres a los que más había querido? Cuando en la boda se comprometió a amar a su marido en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separase, ella no estaba de acuerdo en lo último. ¿Por qué la muerte tenía que separarlos? Al ser interrogada por la policía declaró que tenía los cadáveres en casa porque necesitaba verlos y hablarles. Los tres se hacían compañía. Además, ella sufría claustrofobia y no podía soportar la idea de que su marido y su hermana permanecieran toda la vida en ataúdes enterrados bajo tierra. ¡Qué imagen tan terrible!, ¿cómo iba a consentir tal barbaridad? Mi padre imaginaba al marido y la hermana en los ataúdes mientras la anciana pasaba el tiempo asomada al interior de sí misma en la habitación solitaria de un centro geriátrico, pensando en los años que vivieron juntos a pesar de estar muertos, los días felices en la casa familiar, las animadas conversaciones de las sobremesas. El marido nunca fue un hombre muy hablador, aunque eso no importaba porque las hermanas suplían con creces sus largos silencios. Por la mañana temprano, la anciana se levantaba y preparaba el desayuno para los tres. Seguramente ahora estará desorientada en la habitación, pensaba en voz alta mi padre. Quizás pase el día intentando salir a la calle para dirigirse al mercado y después cocinar. ¿Quién arropará a su marido y a su hermana cuando refresque por las noches? La anciana se sigue reuniendo con ellos dentro de su cabeza. De nuevo están juntos. Los manda callar, les dice que no hagan ningún ruido porque hay un desequilibrado en la escalera que los quiere sepultar bajo tierra. Cuando alguien entra en la habitación del centro donde la han internado, ella lo abraza y le implora que no se los lleve de nuevo. En el fondo está deseando morir para reunirse definitivamente con ellos y que nadie los moleste, porque la mayoría de las personas son tan simples y crueles que piensan que los muertos están vacíos por dentro y por eso los entierran. Mi padre también había desenterrado la memoria y se puso a convivir con los fantasmas del pasado que permanecieron a su lado después de la muerte.

Estoy realizando el mismo viaje interior que hizo mi padre desde el mes de agosto de 1974 hasta enero de 1988. No sé el tiempo que pasaré aquí, tampoco me importa. Nadie me espera fuera. Teresa se ha convertido en mi ángel custodio, como los ángeles de las películas de Navidad que acuden para resolver los problemas y luego desaparecen. Mi madre afirmaba que el corazón humano solo crecía gracias al dolor. Luego añadía que a mi padre le falló el corazón, ignoro si se refería al órgano impulsor de la sangre o al encargado de manifestar los sentimientos. Creo que he heredado esa enfermedad. A mí también me falla el corazón. Por eso procuro crear los mínimos lazos afectivos para así evitar futuros temores, hasta que alguien me desborda y entonces me dejo arrastrar por los sentimientos».

Fragmento de «El cuarto de las estrellas» (Capítulo 12), de José Antonio Garriga Vela.

En Algún díaJosé Antonio Garriga Vela.

Podcast: Entrevista a José Antonio Garriga Vela en “El cuarto de las estrellas”.

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Categorías:Fragmentos literarios

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2 respuestas

  1. Acabo de descubrir con horror que esta pequeña maravilla que propones se va a convertir en un ejemplar más entre la montaña de libros que quiero leer y no hace más que crecer.

    Gracias!

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