Libros y Ricino.

A nadie se le ocurre hacer campañas para que se vean películas. Con los libros sí, porque son cojos y tienen esta parálisis en la que los meten muchos de quienes trabajan con ellos.

“Más libros, más libres, quien abre un libro abre el mundo, un libro diferencia al hombre del chimpancé. Slóganes para el púlpito y la prédica, para hacernos tragar el libro como un ricino dulce, la vieja canción que le susurraban a los niños cuando les iban a poner una inyección, no va a doler, va a ser un momentito nada más. Las campañas de lectura. Marco Aurelio contra los bárbaros lo tuvo más fácil, y sin necesidad de muletillas. Leer es de tísicos, le habrían contestado entonces. Lo mismo que ahora dirían muchos si socialmente no diera sonrojo ser militante del analfabetismo funcional, de la no lectura, de la no pertenencia a un club selecto que en el fondo es considerado un club de gilipollas o de presuntuosos que andan por el mundo levitando a tres cuartas del suelo, gente que no se entera de qué va la vida, ni la economía ni la verdad del mundo porque están encerrados en su espúrea torre de marfil.

Y así se hacen las campañas, sin convicción, queriendo disfrazar como golosina lo que es un medicamento, algo que dicen que cura pero que es amargo de tragar. Ferias de libros, autores desamparados en sus casetas, llevados y traídos para enfrentarlos a un auditorio de ocho personas, cuatro de las cuales son de la organización de un acto en el que los organizadores creen menos que nadie. Todos disparando contra todos, culpando al de enfrente y al final al mundo, a la sociedad, a los medios audiovisuales, a la LOGSE y al salvajismo de los adolescentes, como si esos adolescentes hubieran surgido de la nada, no de la educación de quienes tienen ahora el poder y se inventan los eslóganes, las medicinas y la falta de fe, el aburrimiento mineral con el que encaran su trabajo.

Sí, la poesía de los libros en la calle, el sueño de otros mundos tomando las aceras, esta fiesta sigue mereciendo la pena, pero también da pena que la traten como a la fiesta de los leprosos y deban inventarse una publicidad generalizada como la que se hace para el cinturón de seguridad, conducir borracho o no fumar. No una publicidad dirigida a un libro en concreto, igual que la que se hace a una película determinada, sino a la bondad del medio en sí. A nadie se le ocurre hacer campañas para que se vean películas. Con los libros sí, porque son cojos y tienen esta parálisis en la que los meten muchos de quienes trabajan con ellos.

Los lectores en masa no se van a crear en las campañas publicitarias, sino en los colegios, enseñando a leer a los niños sin ningún soniquete, sin ninguna falsa tutela, sin espíritu leproseril. Sin ricino de por medio y sin que nadie les caliente la cabeza más de lo debido, del mismo modo que nadie se la calienta para que se aficionen a ver películas. Con naturalidad. Y con profesores y gestores a los que mínimamente les interese el asunto, el tema, que dicen ellos.”

© “Libros y Ricino” por Antonio Soler. Publicado en Diario Sur (1/05/2008)



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