Drogas Literarias.

Por Jorge Hernández Tinajero. Publicado en Hoja por hoja (Sep. 08)

 

La relación entre drogas y literatura se remonta a la antigüedad, es decir, se encuentra en los textos fundamentales de civilizaciones y culturas en todo el mundo. Rastrear sus orígenes implica comprender, también, el papel de los fármacos en la historia universal.

 

Homero mencionaba ya, en la Odisea, las propiedades esenciales del opio, atribuyéndoselas al nepente, licor de origen vegetal que, mezclado con otras sustancias secretas, “los dioses empleaban para curarse los dolores y las heridas y que también producía olvido”, según la descripción mitológica del diccionario de María Moliner.

 

En tiempos de la Roma imperial, Plinio consigna de igual modo el opio y sus propiedades; además, según dejan constancia diversos textos, sabemos que los romanos consumían cánnabis en sus festines. Tanto la Biblia como el Corán incluyen referencias al alcohol, mientras que numerosos autores chinos, desde poetas hasta emperadores, revelan el papel importante del opio, el cáñamo y otros fármacos en su sociedad.

 

En suma, se puede afirmar que la literatura ha consignado la influencia de las drogas en la historia humana… e incluso, que las drogas han creado, acompañado, encumbrado y destruido a escritores de distintas épocas. Del tabaco al opio, del alcohol al hachís, del té y el café a la mescalina, es difícil pensar en alguna droga que no haya sido experimentada por algún creador de literatura y, más aún, que no haya influido de una manera u otra en su obra.

 

Bajo esa perspectiva, resulta por demás complicado hacer un recuento mínimamente completo de esta relación milenaria. Sin embargo, ateniéndonos a la tradición literaria moderna de occidente, no resulta aventurado afirmar que la relación entre drogas y literatura tiene un parteaguas en Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), quien alude, en las cinco últimas líneas de Kubla Khan, a los poderes visionarios del opio:

 

¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazad en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso.

 

Coleridge introduce en occidente la noción de la exploración del mundo interior y de la divinidad con la ayuda de este tipo de sustancias, al tiempo que inaugura un tema literario que irá desarrollándose según la época, la droga y el autor. Su influencia será enorme.

 

Una vez inaugurada esta tradición, numerosos escritores han utilizado las drogas con diversos propósitos y resultados, y principalmente como vehículos de exploración, conocimiento e inspiración; como motores químicos para el acto de escribir… o como estilo de vida y de autodestrucción, también.

 

A Coleridge seguirá Thomas de Quincey, cuyas “Confesiones de un opiómano inglés” son consideradas, con toda justicia, el mayor texto escrito jamás sobre la condición humana ante el poder de una sustancia; a partir de este texto podemos encontrar toda suerte de referencias al alcohol, el opio, el tabaco, el hachís y la cocaína, en autores tan diversos como Wilkie Collins, Mary B. Shelley, Byron, Blake, Keats, Wordsworth, Stevenson, Conan Doyle o Poe, sólo en la lengua inglesa, pero también en otras del continente: Baudelaire, Rimbaud, Michaux, Cocteau, Nin, Artaud, Walter Benjamin escriben sobre sus experiencias en ese universo interior develado por las sustancias psicoactivas. Jünger escribió: “La ebriedad se limita a descubrir, como si apartásemos una cortina o como si ella forzase la puerta de criptas: es una llave, entre muchas otras.”

 

Si el escritor busca a través de la palabra adentrarse en un proceso de revelación y trascendencia personal, las drogas han fungido entonces como un vehículo natural para muchos de ellos. Aldous Huxley lo expresa de la siguiente manera en “Las puertas de la percepción”, dedicado en buena medida, aunque no únicamente, a la mescalina:

 

“Parece muy improbable que la humanidad en libertad pueda alguna vez dispensarse de los paraísos artificiales. La mayoría de los hombres y mujeres llevan vidas tan penosas en el peor de los casos, y tan monótonas, pobres y limitadas en el mejor, que el afán de escapar, el ansia de trascender de sí mismo, aunque sólo sea por breves momentos, es y ha sido siempre uno de los principales apetitos del alma”.

 

En efecto, pero a esto habría que agregar que la literatura es, o no es, por sí misma; y las drogas no son, tampoco, un motor infalible para la creación, ni literaria ni de ninguna otra especie. Dos ejemplos, disímbolos, podrían dar cuenta de ello.

 

De Quincey señalaba, al describir las inmensas posibilidades oníricas del opio, que la cualidad esencial del sueño radicaba en el soñador, y no en la droga: “un carnicero que consuma láudano tendrá sueños de carnicero”. Una versión mexicana de este mismo punto la encontramos en una entrevista con Agustín Lara; en ella, el reportero le pregunta qué tan ciertas son las versiones de que sus canciones han sido compuestas bajo el influjo de la marihuana, a lo que el maestro responde, sacando su pitillera y ofreciendo un cigarrillo de cánnabis: “Fúmese esto, y luego escriba una canción como yo.”

 

Se comprende, así, que De Quincey haya sido uno de los grandes opiómanos de la literatura y que haya logrado en ella cúspides que actualmente se ven difíciles de alcanzar por otros autores; de la misma manera que tampoco nos debería parecer extraña la adicción de Philip K. Dick a las anfetaminas, que fueron esenciales para consolidar su paranoia y cuyo influjo en historias como “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y “El informe de la minoría” es innegable, tanto como el impacto que ambos textos han tenido en la historia del cine moderno.

 

La prohibición universal de las drogas, fenómeno del siglo XX, dio lugar a una nueva corriente literaria cuyos fines se encuentran no solamente en la exploración personal, el conocimiento de nuevos universos y la creación que se deriva de ellos, sino también en la construcción de una respuesta política al pretendido orden moral inamovible de las sociedades occidentales contemporáneas.

 

Así, en el marco de la contracultura estadounidense de fines de los años sesenta, la obra de Kerouac, Ginsberg y Burroughs, que consigna su afición por los derivados del opio, la cocaína, la marihuana, el alcohol y los psicodélicos, contiene también un claro trasfondo de orden político, y cuya influencia sigue presente en nuestros días. En esta vena, Octavio Paz escribió:

 

“Ahora estamos en posición de entender la verdadera razón para la condena de los alucinógenos, y por qué se castiga su uso: las autoridades se comportan no como si quisieran erradicar un vicio dañino, sino como quien trata de erradicar una disidencia. Como es una forma de disidencia que va extendiéndose más y más, la prohibición asume el carácter de una campaña contra un contagio espiritual, contra una opinión. Lo que despliegan las autoridades es celo ideológico: están castigando una herejía, no un crimen”.

 

Hay que hacer votos, en consecuencia, para que esta clase de herejes literarios sigan entre nosotros por mucho tiempo más.

 

Jorge Hernández Tinajero, politólogo y escritor ocasional, es especialista en política de drogas. Actualmentre trabaja en una serie de propuestas legislativas para regular la cánnabis en México

 

© “La Droga en el librero”. Por Jorge Hernández Tinajero. Publicado en Hoja por hoja (Sep. 08)

 



Categorías:Artículos

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2 respuestas

  1. Muy interesante y completo el análisis.

    Felicidades.

  2. Gracias, celebro verte de nuevo por aquí.

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