Libros secuestrados.

Memorias del horror – ABCD.es

Rogelio Alonso – 01/11/2008

 

«Un secuestro es una soledad mortificante. Hay un silencio que te desgarra desde las entrañas hasta la desesperación. Un secuestrado es un hombre que se aferra al límite del horror y que siente cómo poco a poco ya no puede más.» Brian Keenan fue secuestrado por terroristas libaneses en Beirut en 1985 y liberado cuatro años y medio después. Al final de ese infierno, este profesor de literatura nacido en Belfast escribió una obra magistral, “An Evil Cradling”, en la que relató el calvario al que milagrosamente logró sobrevivir. Sus páginas son estremecedoras y bellas, pues describen con una emocionante sensibilidad una de las más inhumanas experiencias a las que un hombre puede ser sometido.

 

Casi un centenar de ciudadanos occidentales fueron secuestrados en ese país durante la década de los ochenta. Muchos de ellos permanecieron en cautividad durante largos años, mientras otros eran asesinados. Varios fueron los supervivientes que plasmaron su cautiverio en conmovedores libros. El periodista norteamericano Terry Anderson, retenido desde marzo de 1985 hasta diciembre de 1991, escribió “Den of Lions”, unas impresionantes «memorias de supervivencia y triunfo», tal y como rezaba el subtítulo de la obra.

 

Terrible relato. El periodista británico John McCarthy, secuestrado en abril de 1986 y liberado en agosto de 1991, escribió “Some Other Rainbow”. Sus páginas alternaban el terrible relato de la tortura padecida por McCarthy con el de los denodados esfuerzos de su novia, la también periodista Jill Morrell, por mantener viva una intensa campaña internacional por su liberación. Ese contraste entre sentimientos como el odio y el amor que los seres humanos son capaces de desplegar hacía de éste un volumen especialmente atractivo. La agonía del secuestro también fue relatada en Taken on Trust” por el británico Terry Waite, enviado del arzobispo de Canterbury con la intención de negociar la liberación de los rehenes en Líbano. Waite, secuestrado en 1987, recuperaría la libertad 1.763 días después.

 

En todas estas obras se percibe una simetría que no es ajena al relato de otros autores que también han descrito experiencias de privación de libertad. Las impresiones y sentimientos que desvelan todos ellos resultan comunes con indiferencia del tiempo histórico y del lugar geográfico en el que se ubican sus tormentos. Por ello no sorprende leer en el excelente diario de Terry Waite que las palabras escritas por una víctima del nazismo le aportaron un aliento que en determinados momentos le impidió enloquecer.

Una Liberación interior. No es ésta la única obra de un secuestrado que evoca las excepcionales páginas escritas por Primo Levi. Si el escritor italiano reconocía que “Si esto es un hombre” ambicionaba «una liberación interior» y que «los demás supiesen», idénticas aspiraciones confesaban los secuestrados en Líbano. No era muy diferente el propósito de “Secuestrado por ETA”, de Javier Rupérez, o de “A Mighty Herat”, escrita por Mariane Pearl, esposa del periodista Daniel Pearl, asesinado por fundamentalistas islámicos tras su secuestro en Pakistán en 2002.

Tabla de salvación. Las recientes publicaciones de secuestrados colombianos encajan en esa misma categoría en la que la tragedia vivida por estos seres humanos encuentra territorios comunes. Durante el cautiverio, la imaginación y la recreación de paisajes lejanos se revelan como una tabla de salvación de hombres y mujeres despojados de su humanidad y dignidad. Frente a las incesantes humillaciones, la capacidad de soñar y fantasear con un futuro en libertad emerge a menudo como la única arma con la que impedir el encadenamiento de su espíritu. Algunos de ellos encontraron en el recuerdo de lecturas pasadas un camino a través del cual liberar su imaginación, luchando así contra la siniestra pérdida de esperanza que iba matándoles paso a paso.

 

Son asimismo lugares comunes la depresión y el abatimiento, el miedo ante la conciencia del inevitable olvido a medida que el tiempo transcurre inexorable, la macabra exactitud de una rutinaria tortura que les empuja a desear la muerte para poner punto final a una interminable sucesión de días, meses y años. Casi parecen réplicas las páginas en las que Levi y algunos de los rehenes citados se refieren a las salvajes palizas propinadas por sus captores, golpes que les llevaban a alcanzar una ausencia de dolor con la que intentaban anestesiar esa bestialidad.

 

La venda en los ojos. En esas circunstancias, como escribió Terry Anderson, la paciencia no es una virtud, sino una necesidad con la que alumbrar la fe. En su caso, la fe por conocer a su hija, nacida durante su secuestro, y a la que tardaría seis años en abrazar. Para Waite, hombre profundamente religioso, ese Dios al que no escuchaba fue también un refugio, como lo fue la Biblia que McCarthy recibió durante su secuestro. La esperanza es un eco que se escucha una y otra vez en la antología de prosa y poesía titulada “Captured Voices”. En ella, sencillos e impactantes textos escritos por víctimas de secuestros en distintos lugares del mundo reconstruyen las sensaciones vividas durante su denigrante abducción.

 

El retrato del otro, de ese captor que entiende que «todo extranjero es el enemigo», como escribió Levi, completa las duras introspecciones personales de los secuestrados. McCarthy recuerda cómo uno de esos guardianes que le retuvo en una minúscula y sucia habitación, al que apenas podía vislumbrar bajo la venda que en todo momento tapaba sus ojos, y del que le separaba una cadena que le mantenía prácticamente inmovilizado, llevó a su bebé a semejante caverna. Ese hombre que mostraba orgulloso su hijo recién nacido a otro torturador era el mismo que derrochaba violencia con aquel «extranjero». «Durante años estuvimos encadenados a una pared o a un radiador, pero ellos estaban encadenados a sus pistolas, símbolos fútiles de poder, pero no un verdadero poder. Estos hombres jamás comprenderían que el verdadero poder arropa, pero no destruye», escribió Keenan.

Mente enfermiza. Esa despiadada crueldad del criminal aparece brevemente reflejada en “Violencia vasca. Metáfora y sacramento”, del antropólogo Joseba Zulaika, en la que se alude al secuestro y asesinato por ETA de Ángel Berazadi en 1976. Escribe su autor sobre los terroristas: «Según me dijo uno de ellos, «lo peor es que acabas haciendo amistad y entonces?»». Son reveladoras de la enfermiza mente de los verdugos elucubraciones semejantes con las que neutralizar las consecuencias que deberían derivarse de su brutal comportamiento. Para el fanático, el secuestrado es hombre y mercancía; hombre que siente y padece, pero que merece un maltrato que no se desearía para un animal. Por ello, las páginas escritas por los rehenes constituyen una suerte de terapia. A ellos quizás les ayude a afrontar una nueva vida, mientras que a sus lectores les descubre la grandeza de una condición humana que también puede ser ferozmente miserable.



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