Había una vez un circo.

Damas y Caballeros. ABCD.es

Texto: Rodrigo Fresán – 29/11/2008. Número: 879.

 

Un fin de semana de 1932, un joven de doce años entró a una atracción de un circo itinerante. Allí, un tal Mr. Eléctrico tocó la punta de la nariz del joven, una descarga recorrió su cuerpo, y el mago le ordenó: «¡Vive para siempre!». El joven salió de allí, comenzó a escribir, y ya no se detuvo nunca. Su nombre era Ray Bradbury.

 

Con los años, Bradbury regresó al ambiente circense, ya sea en los relatos de “El hombre ilustrado” o en la novela “La feria de las tinieblas”. No ha sido el único, claro, y tal vez la novela definitiva sobre el tema sea esa rareza irrepetible que es “El circo del Doctor Lao”, de Charles G. Finney. Porque el circo siempre ha funcionado muy bien como escenario. El circo como microsociedad con macropasiones. Allí -bajo las lonas de ese perfecto triángulo conformado por artistas, animales y público- pueden presentarse las más feroces y divertidas historias. Y para comprobarlo -pasen y vean- basta entrar en la “Trilogía Deptford”, de Robertson Davies; en “Un hijo del circo”, de John Irving; en “Shalimar el payaso”, de Salman Rush-die, o en el reciente best seller “Agua para los elefantes”, de Sarah Gruen. Todos haciendo equilibro sin red y sobre esa delgada cuerda floja que apenas separa a los espectadores de las atracciones. Todos sabiendo pero no queriendo admitir que los afiches de los circos – como los de los partidos políticos en campaña- prometen mucho más de lo que pueden o quieren dar.

 

Sistema de castas. Otros no tuvieron la suerte de Bradbury. Mi primera referencia circense fue ver a los Payasos de la Tele aullando aquello de Había una vez ¡un circo! o a Leslie Caron cantando su Hi-Lili, Hi-Lo a un títere. Por suerte, no tardé demasiado en someterme a una dosis de Freaks, de Tod «One of Us!» Browning, donde comprendí de inmediato que el circo no es otra cosa que un complejo sistema de castas y jerarquías: empresarios como P. T. Barnum y Buffalo Bill, el maestro de ceremonias, los domadores, las amazonas a caballo, los magos y los trapecistas ocupan el sitial más alto; a mitad de camino se encuentran los payasos; y abajo reinan los fenómenos como el Hombre Elefante, Pinocho, El Hombre Que Ríe, esos personajes siniestros sin brazos o piernas que tanto le gustaban a Lon Chaney Sr., aquel artista del hambre de Franz Kafka, los entrenadores de pulgas (recordemos Mr. Arkadin) o los sufridos héroes de esas obras maestras alucinatorias que son “Los cristales soñadores”, de Theodore Sturgeon; “Noches en el circo”, de Angela Carter; “Amor profano”, de Katherine Dunn, o esa davidlynchiana serie de la HBO que fue “Carnivale”. Chaplin y los hermanos Marx pueden haberse reído y hecho reír con todo eso. Pero lo cierto es que hay poco de qué reírse.

 

Visiones desgarradas o poéticas como las anunciadas por filmes como “El cielo sobre Berlín” -o esos cuadros un tanto desafortunados de Marc Chagall y lo menos impresionante del impresionismo y lo menos redondo del cubismo y alrededores – no alcanzan a disimular el hecho de que hay una jungla ahí dentro (de eso trata “Dumbo”). Y de que (casi) todos los payasos son tristes. Desconfiemos de las pretensiones de esos payasos new age que son los mimos o los bufones del desodorizado Circo del Sol. Ahí están clásicos como “La Strada” y aquel otro documental de Fellini (I Clowns) y – todos lo niños y bastantes adultos lo saben – pocas cosas dan más miedo que un payaso. Para comprobarlo basta con temblar frente al monstruoso Pennywise del It de Stephen King, el “Joker” de Batman, el amoral “Krusty” de Los Simpsons o el Punchinello Beezo en esa genialidad que es el Life Expectation, de Dean Koontz, donde se revela la eterna y secreta guerra entre payasos y trapecistas. Bien lo explicó el comediante Jack Handy cuando recordó: «Para mí, los payasos no son graciosos. Me pregunto cuándo comencé a verlo así y tal vez todo esté relacionado con esa vez que fuimos al circo y un payaso mató a mi padre».

 

«Circo: lugar donde les está permitido a caballos y elefantes ver a hombres, mujeres y niños haciendo el tonto», definió Ambrose Bierce. Y aún así, el circo también puede llegar a ser romántica e idílica Tierra Prometida. En “Tiempos difíciles”, Charles Dickens lo presenta como mundo feliz y libre en comparación a la envarada sociedad victoriana. “Pylon” es para mí una de las mejores novelas de Faulkner (transcurre en un circo aéreo), y la también voladora “The Great Waldo Pepper”, una de las mejores actuaciones de Robert Redford. El primer Bob Dylan mintió a los reporteros sobre un pasado funambulesco y nómada para sentirse más interesante y épico. Los Beatles grabaron la lisérgica “For the Benefit of Mr. K” a partir de un póster circense y los Rolling Stones no demoraron en invitar a la carpa de su Rock and Roll Circus. Y Burt Lancaster saltó a la fama desde un trapecio a “Trapecio en Hollywood. Pero son las excepciones.

 

Un lugar bastante siniestro. Por lo general, el circo es un lugar bastante siniestro. Ideal para ser utilizado como fachada de terroristas (en “Octopussy”, floja entrega de James Bond) y hasta de científicos locos (en el clásico gore-trash “Circus of Horrors”) y chupasangres (Vampire circus; el Théâtre des Vampires en “Entrevista con el vampiro” es la versión esnob à la Circo del Sol de la cuestión). Y no lo olvidemos: en las novelas de John Le Carré protagonizadas por George Smiley, al servicio secreto inglés se lo llama “El Circo”.

 

Una cosa asombra e inspira respeto: desde los tiempos del circus maximus – desde el esclavo Espartaco y el gladiator Maximus Decimus Meridius -, poco ha cambiado. El «pan y circo» ha sido suplantado por el «hamburguesa y circo», pero – saludos de Ronald McDonald – nos los sigue vendiendo un siniestro payaso que, a la hora de la verdad, siempre se ríe de que nosotros paguemos para entrar ahí y nos traguemos todo eso, para siempre, mientras los animales nos miran.

 

Gratis.



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