La batalla íntima de dos maestros de la ciencia ficción.

Tan comunes y tan distantes, los dos padres de la literatura fantástica, Julio Verne y H. G. Wells, navegaron cada cual por su lado y con posturas diametralmente opuestas.

Hace poco encontré un viejo y descolorido libro que busqué por años: “El dueño del Mundo” del maestro de la ciencia ficción y aventura Julio Verne, quien describió el mundo, sus maravillas y el más allá sin nunca abandonar su natal Francia.

De niño se enroló secretamente en un buque carguero hacia la India pero fue sorprendido por su padre antes de zarpar. Lanzó entonces su inmortal frase: “Desde ahora sólo viajaré en mi imaginación”.

Sus obras iniciales irradian el ímpetu juvenil, la aventura, mundos fantásticos: explora el imperio de los cielos y las profundidades submarinas. Refleja su búsqueda a través de su eterno personaje Nemo: Él es nadie, en particular, y toda la humanidad a la vez; es nuestra sed de conocimientos, pero también nuestra decepción ante la ignorancia del mundo lleno de complejos y dogmas y el temor al cambio, hacia nuevas formas de pensar.

Ya maduro se desentiende del joven Verne, es más, lo rechaza. Se vuelve pesimista ante el idealismo del futuro; refleja esta vez en “Robur, el Conquistador, un genio visionario como Nemo, dispuesto a compartir su conocimiento con la todavía ingenua humanidad: en respuesta, lo tachan de loco.

Herido en su amor propio rompe con la humanidad y los condena a nunca seguirlo a sus dominios: Los cielos. Años después es la humanidad la que lo presiona a entregar sus secretos so pena de exterminio. Éste, no obstante, decide llevarse a la tumba su conocimiento antes que entregarlo a la horrorosa humanidad. Verne no concebía el idealismo puro, que no se vende ni cede ante la maquinaria de destrucción. Robur era el antagonista que creó a partir de sus temores y flaquezas humanas.

Ya en los últimos días de Verne aparece un joven escritor tan visionario como él. Es más, declaró recibir inspiración de los primeros trabajos del venerable autor. H.G. Wells inició un nuevo estilo dentro de la ciencia ficción: el romanticismo-científico: mundos utópicos que renacen de las cenizas de su decadencia, a la que cayeron por su excesiva dependencia de la ciencia.

H.G. Wells denuncia el totalitarismo de la mal llamada “humanidad” representada en unas pocas poderosas naciones industriales. Autor de “La Máquina del Tiempo”, “La isla del Dr. Moreau” y “La guerra de los Mundos”. Justamente, a causa de esta última obra, Wells recibe una carta de Verne; decepcionado descubre que le reclama con qué derecho él destruye la fantasía y esperanza en la frontera final, con qué derecho arruina la obra previa de Verne.

Se inicia así una guerra secreta entre ambos, cada decisión que tomaban, cada rumbo que seguían, era una afrenta al otro.

El punto culminante de este duelo secreto fue la alineación de cada uno en bandos separados del famoso affair Dreyfus. El capitán Alfred Dreyfus, oficial del Ejército francés durante la década de 1890, fue juzgado por una corte militar de espionaje a favor de Alemania, dado de baja con deshonra y enviado al “peor lugar del mundo”: La Isla del Diablo en la Guayana Francesa.

Francia se dividió entre quienes apoyaron su condena y quienes creían en su inocencia: Verne estuvo con quienes lo condenaron a pesar de la presión ejercida por personalidades como Émile Zola que reabrió el caso y descubrió que el Alto Mando francés fabricó pruebas contra Dreyfus.

Wells siempre se inclinó por un Estado socialista (enfermo, de niño, leyó La República de Platón y Utopía de Moro), tenía una visión socialista (a pesar de odiar a Marx). Se cuenta que desde Inglaterra, junto al partido obrero, apoyaba a Dreyfus. La escalada sociopolítica de este caso mantuvo a Europa dividida incluso después de su excarcelación: los antidreyfusianos (la derecha conservadora) se mantuvieron unidos, incluso hasta la época de Vichy, quien colaboró con las fuerzas de ocupación nazis.

Más allá de peleas y pasiones humanas, el destino es sarcástico por excelencia: ambos escritores —Verne y Wells— murieron de diabetes; ambos consagrados, y por ello hermanados, como los padres de la ciencia ficción tal y como la conocemos.

Texto: Rodrigo D. Aramayo Pizarro. FondoNegro.com – 15/02/2009.

 



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