Ernest Hemingway en Finca Vigía.

«Finca Vigía» fue la casa de Hemingway en Cuba desde 1939 a 1960. Norberto Fuentes visita el refugio del autor de «Fiesta», que se suicidó en 1961.  Su casa-museo está impregnada del espíritu de la Generación Perdida

 

Ernest Hemingway se situó por última vez en la primavera de 1960 frente al estante de librero que empleaba como escritorio de trabajo. Ocupó parte de su tiempo en la escritura del reportaje El verano peligroso y dio los toques finales a París era una fiesta. Pero el momento de partir llegó y Hemingway puso en orden el escritorio, limpio de cuartillas emborronadas y de lápices de punta embotada. Colocó la máquina de escribir Royal Arrow sobre un ejemplar del Who´s Who in America y dejó un par de lápices nuevos, las puntas afiladas, sobre la tabla, y también una docena de hojas de papel carbón Superior Quality en su caja de fábrica, el pedazo de mineral de cobre que servía de pisapapeles, los espejuelos, una tablilla con presillador, que utilizaba para escribir diálogos, y un libro que relata la conquista del Oeste.

 

Los espejuelos, de aro metálico, graduados para controlar la visión defectuosa de un miope, habían sido hechos en la óptica Lastra, de O´Reilly 506, en La Habana. El ejemplar de la edición de 1954-1955 del Who´s Who tiene doblada una esquina de la página 1.191, donde se informa de que Hemingway se educó en escuelas públicas y que contrajo matrimonio con Mary Welsh el 11 de abril de 1946, y se mencionan condecoraciones recibidas y acciones bélicas en que participó. También dice que pertenece a los clubes siguientes: Meyer, Philadelphia, Gun y Vedado Tennis. Los dos lápices son Mirado 174 No. 3. La tablilla con presillador fue un regalo de su primogénito, quien ordenó grabar una inscripción en la madera: «To Ernest from Jack».

 

Inconfundible caligrafía. El pedazo de mineral de cobre pesa 570 gramos. Las hojas de papel carbón están usadas y de ellas se puede extraer el texto de cartas de Hemingway. Cartas manuscritas. El método es difícil y laborioso. Su caligrafía es inconfundible en la parte azul de estas doce hojas. El otro libro en la tabla es Pictorial History of the West. Algunas de sus páginas estaban pegadas porque no hubo un buen corte de guillotina en la imprenta. Hemingway le prestó poca importancia al asunto. Nunca abrió el libro, que permanece cerrado como un ataúd.

 

Concluyó su última sesión de literatura en Finca Vigía, escribió algo sobre la rivalidad de Dominguín y Ordóñez, revisó un poco las memorias de París y cerró el taller. Mas ahora, sobre la llanura del mueble, faltan las pilas de papel gaceta, libros, folletos y periódicos que mantenía abiertos a su alrededor mientras trabajaba. Su costumbre era tender los papeles como si fueran sábanas, una manera de cubrir o guardar los manuscritos que estaba preparando. ¿O era que los tendía para tener una visión de conjunto? Las fotografías que le tomaron en los años 50 muestran a un hombre que laboraba en un incómodo cerco de papeles, con poco espacio libre para poner la máquina de escribir. Trabajando de pie, en bermudas, sin camisa, casi siempre descalzo sobre una piel de lesser kudú [antílope]; o con mocasines, sin medias, con una botella de agua de Vichy a mano.

 

Ante el teclado. Quince años después, en el verano de 1975, cuando yo llegué allí por primera vez -con el encargo de la dirección de la Revolución de ver qué cosa de importancia quedaba en el inmueble (sic)-, se suponía que cada objeto debía mantenerse en su lugar. Creo haber cumplido con el adecuado rito de permanecer en silencio frente a aquel teclado prodigioso de la Royal Arrow y rozar con mis dedos todo el alfabeto, pero nunca presionando para hacer accionar el mecanismo y disparar una letra contra el rodillo. Eso hubiese sido un sacrilegio. Mis jugos eran otros.

 

A la altura de sus rodillas, en el travesaño intermedio del librero, tenía una revista y cuatro libros: una traducción al alemán de cuentos suyos; la novela “Guadalquivir”, de Joseph Peyre; “John Colter, de Burton Harris; “The People of the Sierra”, de J. A. Pitt y el primer número, publicado en 1953, de la revista Nucleus.

 

Colección de botellas. A sus espaldas tenía su cama, que empleaba como primera estadía de la correspondencia llegada a Finca Vigía y en la que los periódicos y revistas que se recibieron después de su muerte se conservan aún, pero ninguna carta importante. Tenía el agua de Vichy a su izquierda. Una de esas botellas se encuentra actualmente en su sitio, pero vacía. El primer objeto que aparecía a su mano izquierda era un manual voluminoso de motores de aviación que situaba en el piso contra la puerta para mantener abierta la habitación.

 

Para los coleccionistas de información sería imprescindible conocer el material que había en la mesa-bar, justo al lado de su poltrona. La batería comprende seis botellas de agua mineral efervescente El Copey, envasadas en Madruga, La Habana; una botella de scotch White Horse; una botella de ginebra Gordon´s; seis botellas de Schweppes Indian Tonic; una botella de ron Bacardí; una botella de scotch Old Forester; una botella de vermut Cinzano, y una de champán, sin etiqueta. Los contenidos originales, desde luego, fueron sustituidos por agua coloreada.

 

Ahora forman parte del museo los 9.000 libros distribuidos por toda la casa y el medio millar de discos, acomodados en un estante detrás de la butaca de Hemingway. Discos de 78 y 33 RPM. (Entre los clásicos, Beethoven era el favorito de Hemingway, y, entre los modernos, Benny Goodman.)

 

Un total de 1.197 objetos, sin contar libros y papelería, han sido inventariados en Finca Vigía. Pero el dato puede resultar confuso. No es el primer inventario que se hace y los hubo que arrojaron un saldo de 3.000 y 4.000 piezas, y otros apenas de un centenar. Depende del punto de vista en que el concepto pieza museable sea aceptado. Finca Vigía, en lo esencial, es una sola pieza; un buró, por ejemplo, es también una, pero pueden ser muchas si se lo desglosa por gavetas y el contenido de cada una de ellas. La tarea resulta difícil y ha caído sobre los hombros de dos o tres jóvenes enfundados en batas blancas, que les confieren un carácter ascético, y que son los técnicos de museo y los sustitutos de Ernest Hemingway en el interior de su casa. Sustitutos de 8 AM a 5 PM. Un tiempo que se utiliza en contar, glosar, agrupar por tamaño o por uso o por tonalidad y que sirve, por lo pronto, para informar de que la cifra más confiable de objetos de índole diversa conservados allí, descontando biblioteca y papelería, se aproxima a las 1.197 unidades.

 

Una aventura excitante, pero que exige una dosis alta de paciencia, resulta el examen de la biblioteca de Hemingway; por ejemplo, un ejemplar de la edición de 1951 de Suave es la noche, de Scott Fitzgerald, aparece en el estante. Se revisan lentamente las hojas y se comprueba que mantienen una blancura y limpieza incomprensibles, hasta que en la página 243 se halla la única observación del Hemingway lector. Donde dice «forward and clapped», él coloca dos signos de interrogación y escribe correctamente la palabra que los editores de Fitzgerald dejaron escapar con un error ortográfico: «slapped».

 

Preocupado por su salud. Hemingway cubrió con los signos de su estilográfica una parte considerable de un ejemplar de “Cumbres borrascosas”, de Emily Brontë, publicado en Londres en 1935. Son tres columnas de cifras que aparecen en la cubierta, solapas, primeras páginas e incluso sobre el título de la obra clásica inglesa. Hemingway se preocupa por la marcha de su salud. La primera columna señala la hora; la segunda, la temperatura; la tercera, las pulsaciones.

 

0745 35.9 60

1200 37 66

1600 36,7 66

1800 36,6 54

 

Las observaciones abarcan desde el 25 de noviembre hasta el 6 de diciembre. El año no está consignado. Tiene explicaciones breves de los movimientos que pueden influir en el comportamiento de su organismo. «Up to dinner», levantarse para comer, escribe en una ocasión. «Up to telephone», levantarse a por el teléfono, en otra. Pero se registran pocas afectaciones. La temperatura y el pulso se mantienen en su nivel.

Hemingway, hipertenso, y también impaciente, tomaba su pulso sólo durante medio minuto.

 

Hay otra inscripción, de índole diferente, en la última página de “Cumbres borrascosas”. Es la anotación inicial del libro de remembranzas parisinas de Hemingway, que tiene el título aquí de “The Lean and Lovely Years”. Se convertiría años después en París era una fiesta.

 

Solo y sin dinero. Hemingway comenzó esta obra en Finca Vigía entre el otoño de 1957 y la primavera de 1958. Disponía de un primer boceto, escrito en mayo de 1956, sobre una etapa inicial de su amistad con Scott Fitzgerald. El artista recuerda sus aventuras con la generación perdida:

 

THE LEAN AND LOVELY YEARS

The Three Mountains

Connection

The Lyon Trip

In Scott date was agreed on

and I confirmed it by telephone

 

El relato del viaje a Lyon es uno de los mejores momentos de París era una fiesta. Hemingway le había confirmado previamente a Fitzgerald que viajarían juntos en el tren. Este era un hombre olvidadizo y Hemingway se vio solo y casi sin dinero en un vagón de ferrocarril. “The Three Mountains Press” es el nombre de la editora que publicó la primera edición de “En nuestro tiempo”, en 1924. La denominación alude a los tres montes de la capital francesa.

 

Son escasos los libros de esta biblioteca que contienen anotaciones, pero a veces asoma, entre las cubiertas apretadas de un volumen contra otro, la esquina de una vieja cuartilla o un pedazo de papel cualquiera en el que Hemingway apuntó una frase rápida y luego la dobló para guardarla en ese resquicio, que olvidaría finalmente. Es el caso de esta frase cargada de sentimientos machistas escrita en el reverso de un sobre de carta corriente: «Any woman would rather dig her grave with her mouth than earn her living with her hands». («Toda mujer prefiere cavar su tumba con su boca que librar su sustento con las manos.») Está firmada con sus iniciales: EH.

 

Así pues, quince años después de su última sesión de trabajo en Finca Vigía, me correspondió una pequeña oración mientras transcurría mi leve contacto sobre las teclas de la máquina portátil Royal Arrow de Ernest Hemingway: «Cojones, maestro». Todo lo demás fueron años y años husmeando por los resquicios de la casona. Tú nunca sabes cuándo una tarea puede convertirse en una aventura.

 

Hemingway, vísperas de un largo viaje. ABCD.es. Texto: Norberto Fuentes  – 22/02/2009. Número: 891.

 



Categorías:Artículos

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2 respuestas

  1. Es interesante ver cómo escribía Hemingway, con lápices, papel de calco, una máquina de escribir, cuartillas… y qué lejano parece todo ello en este mundo tecnificado en el que la mera idea de sacar punta a un lapicero y mancharse la punta de los dedos con el grafito parece sólo un recuerdo de la infancia.

  2. Me ha encantado descubrir que Ernest Hemingway se hacía las gafas en una óptica que lleva mi nombre. Una razón mas para ser admirador incondicional de su obra. Enhorabuena por los detalles de este artículo.

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