La Noche.

Revista Litoral Nº 247- 1º Semestre 2009. La noche. Navega por este número.

Pocos temas hay más poéticos que el de la noche. Los poetas y los artistas de todos los tiempos han sentido una irresistible atracción por el simbolismo y los misterios de la noche, tal vez porque desde los primeros pasos de la especie humana la llegada de la oscuridad suponía enfrentarse a lo desconocido, a lo mágico, a lo que acaso pudiera explicar el ritmo del tiempo y el sentido de la vida.

La luna, las estrellas, los astros ejercieron entonces y siguen ejerciendo un hechizo trascendente sobre todos los seres, y no sólo los humanos, del planeta. La noche se convirtió pronto en el escenario para comunicarse con lo irreal, con los dioses, con el Absoluto; de manera que se la asocia desde nuestros orígenes con el mejor espacio posible para la creación y como fuente inagotable de inspiración artística.

La noche, además, presenta una riqueza infinita de temas, enfoques y matices. Se da cuenta aquí de la importante presencia de los astros, de la siempre enigmática luna, de las rutilantes estrellas en la historia de la literatura y del arte universales. Se explora el misterio, la magia, el terror, el erotismo, la espiritualidad, los sueños, el insomnio, la soledad…, tantas sensaciones y experiencias que arrastra la noche desde la primera noche de los tiempos. Y se contrasta cómo culturas diferentes han reflexionado sobre ella tratando de dar respuesta a los interrogantes que les plantea o de describir sus intensos placeres o sus caras más oscuras e inquietantes.

Reconocidos escritores de hoy – Antonio Jiménez Millán, Miguel Gómez, Antonio Cabrera, Aurora Luque, Lorenzo Oliván, Jesús Aguado, Josep María Rodríguez, José Andújar, Francisco Fortuny, Pablo Aranda – nos introducen en la noche como espacio creativo, en los estudios de astronomía, en la poesía de Grecia y Roma, en la de India, Japón o China, en la romántica inglesa, en la española contemporánea, en la mística occidental y oriental, en la novela universal…

Otros autores escriben una página sobre el significado de las horas nocturnas: José Antonio Garriga Vela, Andrés Neuman, Juan Bonilla, Amalia Bautista, Josefa Parra, José Luis González Vera, Alfredo Taján, Guillermo Busutil… Y su mirada se completa con una extensa antología de textos que van desde Francisco de la Torre, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, etc. hasta los poetas actuales. Paralela a ésta, una no menos prolija selección de pinturas, dibujos y fotografías ilustra el número.

Artículo: Las Noches y la Noche. Texto: Amalia Bautista. Revista Litoral Nº 247, 1º Semestre 2009.

Hubo noches de diluvio y noches de sequía, noches de insomnio y de anestesia, de pesadillas y de dulces sueños. Hubo noches que parecieron no tener fin y otras que pasaron en un vuelo. Noches en que celebraste la vida y noches en las que sólo querías morir. Hubo noches de amor y noches de sexo. Y a veces coincidieron. Hubo noches que acabaron con las bandadas de gaviotas y bandadas de gaviotas que pusieron fin a la noche. Noches de deslumbramiento y noches de hastío. Noches de ebriedad, muchas de alcohol y unas pocas de otras drogas. Algunas noches creíste haber encontrado al amor de tu vida, una sola temblaste con la certeza dolorosa de haber encontrado al amor de tu vida. También hubo noches de fiebre, de hospital, de parto, de lactancia, de tanatorio. Y otras de bares, discotecas, terrazas, coches, jardines. Hubo noches de tormenta, noches en las que te acunó el murmullo del mar, noches sin luna, noches de fuegos artificiales y noches de temor. Noches de multitudes y noches de la compañía necesaria. Y noches enteras de viaje, de la nada a la vida, ida y vuelta. Noches de palabras ásperas y noches del silencio más cálido, noches de impaciencia y noches de deseo cumplido, noches de zozobra y noches de paz. Noches de cerveza, vino tinto o tequila y noches de agua clara en duchas a deshoras. Hubo noches en que fuiste la elegida y muchas otras en las que te rechazaron. Noches de ciudades extranjeras y de ciudades familiares, noches de amistad, brindis, corazones jóvenes y limpios. Hubo noches de entrega, muchas, y todas te parecen pocas. Incluso hubo noches en que alguien descubrió en tu cuerpo una esquina del paraíso. Y hubo noches que creíste memorables y de las que no recuerdas nada.

Y luego llegó la noche, la que no admite plurales y se lleva mal con los adjetivos, la que fue única. La noche en que la tierra se borró bajo tus pies y comprendiste el peso de todos los símbolos. La noche que te desveló el significado de la soledad, la distancia, el abandono, el nunca. Fue la noche más triste, la más larga, la que jamás terminará. La noche que vino para poner ante tus ojos tu miedo, tu cobardía y tu desamparo. La hiriente noche que todo lo desgarró y en la que todo se marchita interminablemente. Es la noche que llevas a cuestas desde entonces, la que te atrapó y devoró tu fe. La de todo el llanto. La noche de todas las derrotas, la que resucitó todos los monstruos de tus peores sueños, la que se tragó la luna y las estrellas y toda la luz, la que sigue imponiéndose a todos los amaneceres. Noche del frío, noche del espanto, noche en la que cobrar conciencia de la muerte”.

Artículo: La Noche: flor doble, enigma inacabado. Texto: Alfredo Traján. Revista Litoral Nº 247, 1º Semestre 2009.

“La noche es un género literario que cultivan los vampiros y los asesinos en serie. Utiliza extrañas formas: la espesa veladura, el enigma, el fuego, donde escribe, entre luces negras, que la maldición del hombre está aún por llegar y cuando llegue será de noche.

Noche donde los mediocres mueren ahogados, los estúpidos utilizan el ardid de la afonía, los escrupulosos mienten mientras se masturban, de noche. Noches largas o cortas, amorales o místicas. Lo cierto es que establecen un mundo inverso en el que las virtudes declinan y los vicios se consideran excelencias.

Pero no hay que abusar de la noche: su putrefacción ilimitada dejó sin herederos al trono danés. No hay que olvidar que también por la noche asesinaron al Zar de Rusia, a su esposa, y a sus cinco hijos. Monarquías aparte, la noche es brutal para diletantes y revolucionarios. Cuando estallan las guerras siempre es de noche: tenebroso nocturno que desconoce el pavor y odia la paz del hombre. Noche de crímenes impunes donde un dolor nauseabundo persigue a los inocentes y premia a los culpables. Muerte y noche firman su gran alianza.

En contiendas íntimas la noche se rebela aliada de la traición. Sin ir más lejos, la otra noche, mi amante escondió sus mentiras en su corazón de hielo. Lo hizo como solían esconder los Médicis sus dagas florentinas, con una miserable sonrisa en los labios, sin apenas inmutarse, como un icono falso, peor que Judas Iscariote, a cambio de unas cuantas monedas, menos que treinta, y ninguna de oro.

Por eso me apuñaló, de espaldas, mientras yo me perdía sangrando en la noche perpetua”.

Artículo: Una fenomenología de la noche. Texto: Antonio Cabrera. Revista Litoral Nº 247, 1º Semestre 2009.

“Por efecto del desarrollo técnico y urbano del último siglo, para la mayoría actual de la humanidad la palabra noche ha sufrido un cambio que afecta a su semántica de un modo curioso. No se trata de un cambio radical en su significación, algo imposible por lógica astronómica, sino más bien de una ampliación tan intensa que ha causado el olvido de lo que la palabra venía señalando durante milenios y milenios. Matización de lo nocturno transformada, por obra de la vida en ciudades, en inmensa excrecencia mental que tapa lo que la fase de oscuridad diaria había sido para nuestra especie.

La acepción antigua se vincula ahora a la intemperie, al territorio alejado del resplandor urbano. Por su parte la acepción moderna indica noche iluminada, el tiempo que hemos alumbrado con electricidad y del que tenemos una experiencia ubicua y limitante. Noche significa aún oscuridad y espacio, pero la experimentamos ya como espacio constreñido y oscuridad conquistada, sometida a la luz. He aquí una ganancia semántica con pérdida de realidad.

La noche de siempre

1. Para encontrarnos con la de siempre, la “negra noche” de Hesíodo, la hija del Caos, habremos de avanzar entre las calles y su luminosidad ambarina, dejar atrás los semáforos, y kilómetros después abandonar todavía los vestigios de oscuridad contaminada por el nimbo urbano, siguiendo alguna carretera secundaria, alguna pista sin asfalto, y evitar la cercanía de los grupos de casas, y por fin detenernos, silenciar el motor del coche, apagar los faros, todas las pequeñas luces del salpicadero, y entonces salir o entrar a la viscosa penumbra que ha sido tan cantada como temida a lo largo de los siglos.

No nos consideremos centinelas ignorantes. Podemos colocarnos ante la noche y saber de ella. A poco que adoptemos una actitud de inspección vamos a obtener resultados, vamos a caer en la cuenta de que no tratamos con la Gran Negadora, como la califican las aproximaciones ingenuas y tanta literatura, sino con un aspecto diferente del mismo mundo, la faceta suya que no regala evidencias. Repartirlas es lo que el día hace, sin ton ni son. La noche, en cambio, las retrae. Dentro de ella está cuanto está bajo el sol, menos la luz del sol, por eso se decanta hacia una avaricia involuntaria y sin conciencia de secreto. En el interior de la noche sigue todo, la mayoría de las cosas en mayor quietud, pacientes en su lugar. Tropezaremos con la piedra, que ahí sigue. Ese bulto de sombra es la ladera que se veía esta mañana. En la rama del árbol duerme el pájaro que voló por la tarde. El mundo no ha cambiado, sólo ha girado un poco sobre su eje hasta absorber de las cosas su sustancia palmaria. ¿Se justifica nuestra prevención y nuestro temor ante ella por un motivo así?”

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Todos los artículos extraidos de ARCE. Asociación de Revistas Culturales de España.



Categorías:Artículos

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