Quim…rico Polanski.

Texto: Antonio Soler. Diario Sur. 11.10.2009.

El enano polaco al que había que apretarle las tuercas. Así se referían a Polanski en el 78 por los pasillos de la corte de justicia, cuando ya había alcanzado con el juez Rittenband un pacto -el de autoinculparse en un delito menor del que se le acusaba- tal como permite la justicia norteamericana a cualquier ciudadano. Algo falló. Algo falló siempre en la vida de aquel chico de origen judío. Desde el día de su nacimiento. Mala época para nacer bajo la estrella de David en Europa. 1933, el año en el que Adolf Hitler toma las riendas del poder y el viejo continente empieza a estremecerse desde lo más hondo de sus cimientos. La ingenuidad de sus padres los llevó en busca de refugio a la boca del lobo. Cracovia, Polonia. Su madre murió en un campo de exterminio. Su padre pasó años en otro.

Después los escombros, la restitución de la dignidad o algo parecido. Un joven inquieto enrolado en una compañía de teatro. Actor. Y el cine. Uno de los grandes talentos que ha dado este arte. “Cul-de-Sac”, «El cuchillo en el agua», las absolutamente inquietantes «El quimérico inquilino», «Repulsión» o «La semilla del diablo», pasando por una adaptación ejemplar de «Macbeth» hasta llegar a «El pianista», una de las más profundas, hermosas y reveladoras historias sobre el nazismo que se hayan hecho nunca. Y en medio de todo eso todavía más desgracias, más eslabones rotos, más cosas que fallaban. En 1969 el asesinato de su mujer embarazada, Sharon Tate, a manos de una banda de sádicos exaltados. Unos años después era el propio Polanski quien fallaba estrepitosamente y acarreaba más desgracia a su vida intentando seducir y después violando a una menor de edad.

Ahora viene el debate ético, la pugna de la moral y los privilegios. Pero en muchas mesas y cabezas el debate se plantea torcido. La defensa de Polanski no pasa por darle trato de favor por ser quien es. Su defensa tiene que ver con otra cadena de fallos. Con un juez que se retractó de la condena pactada, una evaluación psiquiátrica que tuvo a Polanski sólo 42 días en prisión cuando lo habitual habría sido que estuviera allí un par de semanas más (ese fue su auténtico privilegio pues nunca se suelen cumplir los 90 días prescritos), un fiscal que ahora reconoce haber mentido en sus declaraciones, y si se quiere llegar hasta el final de la cadena de fallos tal vez daríamos con la propia madre de la menor, una presunta mamá de estrellas deseosa de que su hija triunfara a toda costa. Polanski cometió un delito infame, pero siguió los conductos que marcaba la justicia norteamericana hasta que ésta comenzó a titubear. Han pasado 31 años. Aquella adolescente lo perdonó hace tiempo. La mancha quedará siempre sobre la historia del cineasta, pero quizá sea hora de dejarlo en paz. No por ser el gran Polanski, sino aquel enano polaco al que había que atajar.

En Algún Día: Antonio Soler.



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